El analista político Simplicius se pregunta en su substack si la «MAGAstroika» de Donald Trump significará para Estados Unidos un renacimiento al estilo del que llevó a cabo Julio César, una quimioterapia para el globalismo o simplemente Perestroika para el fin de la Historia.
No es una comparación arbitraria la que elige hacer el analista Simplicius. César —en palabras de los historiadores—, «desató una revolución que cambiaría Roma para siempre», a pesar del poco tiempo que gobernó y ni siquiera fue emperador, en contra de lo que se suele pensar. César se encontró con una República Romana en una situación política y social turbulenta, provocada por la concentración de poder en manos de una élite. Sus reformas lo hicieron inmensamente popular entre el pueblo de Roma, tanto como el odio que le profesaban sus enemigos. Entre sus reformas, es interesante recordar, entre otras muchas, que reorganizó hasta el calendario, dado el caos cívico que reflejaba (el verano ya no coincidía con la cosecha, ni el otoño con la siembra); mandó realizar un censo de población casa por casa porque había ciudadanos que recibían el grano gratis destinado a los pobres, eliminando así la corrupción; limpió las calles de criminales haciéndolas más seguras; impuso fuertes aranceles a los productos extranjeros; fijó el valor del oro para la moneda romana; instó a los terratenientes a emplear hombres libres y pagarles, en lugar de usar mano de obra esclava, etc. Finalmente, fue asesinado por una conspiración de políticos y senadores —algo que hoy llamaríamos el «Estado Profundo»— que querían detener sus medidas. Pero ya había cambiado para siempre la historia de Roma.
La otra comparación que utiliza el analista político es más conocida por reciente: la perestroika impulsada por Mikhail Gorbachov. La reforma de Gorbachov [o lo que fuera que pretendiera hacer] fue un desastre —no hace falta explicarlo— pero tras unos 10 años de caos y una Rusia en caída libre, llegó Vladimir Putin y volvió a poner el país en pie.
La regeneración que necesita Estados Unidos se parece más a las reformas que realizó Julio César, y curiosamente —salvando 2000 años de distancia— se están pareciendo. También se parecen los enemigos: poderosos y peligrosos. Es de esperar que el 47° presidente de Estados Unidos no tenga que pasar por los Idus de marzo.
La MAGA-stroika anuncia la Nueva Era

¿Renacimiento al estilo César, quimioterapia para el globalismo o simplemente Perestroika para el fin de la historia?
Las protestas del establishment se intensifican cada día más por el desmantelamiento del llamado «Orden de Posguerra» por parte de Trump. Este orden [en Occidente] benefició únicamente a las élites financieras globales, permitiéndoles crear vastos cárteles de empresas capaces de eludir las leyes soberanas de cualquier nación para facilitar el arbitraje predatorio mediante estafas como el TLCAN, la OMC, el Acuerdo Transpacífico (TPP), etc., donde las corporaciones podían enriquecerse explotando su capacidad para empobrecer a las naciones y, al mismo tiempo, estafar a sus trabajadores pobres.
Comparando a Donald Trump con un capo de la mafia, The Economist, propiedad de los Rothschild, ofreció una bandeja de amenazas alarmistas de su clientela globalista, como el [canciller] alemán Merz, quien advirtió que la OTAN podría estar muerta para junio . Su primer párrafo advierte que ahora estamos entrando en un mundo de la razón de la fuerza, donde las grandes potencias intimidan a las pequeñas:
«Se acerca rápidamente un mundo donde la ley del más fuerte es la razón, donde las grandes potencias negocian y amedrentan a las pequeñas. El equipo de Trump afirma que sus acuerdos traerán la paz y que, tras 80 años de ser engañado, Estados Unidos convertirá su estatus de superpotencia en ganancias. En cambio, hará al mundo más peligroso y a Estados Unidos más débil y pobre«.
¡Qué alivio es saber que nuestra ahora menguante «época dorada» existió en total ausencia de potencias fuertes como Estados Unidos que intimidaban a otras naciones!
The Economist nos toma por amnésicos si cree que podemos olvidar tan rápidamente los 70 años previos de presión estadounidense sobre prácticamente todos los países del mundo, especialmente en su propio continente, con las interminables «intervenciones» en lugares como Granada, Nicaragua, Cuba, Panamá y muchos más. La intimidación parece contar sólo contra los supuestos «aliados». A otras naciones se les deshumaniza con reglas diferentes: imponer aranceles a la UE es «intimidación», mientras que bombardear Yemen es simplemente «vigilancia» justificada.
Pero dejando de lado el aperitivo, el verdadero corazón oscuro y revelador del artículo viene a continuación:
«Por lo tanto, el mundo sufrirá. Lo que el Sr. Trump no comprende es que Estados Unidos también sufrirá. Su rol global ha impuesto una carga militar y una apertura comercial que ha perjudicado a algunas industrias estadounidenses, pero las ganancias han sido mucho mayores. El comercio beneficia a los consumidores y a las industrias importadoras. Ser el núcleo del sistema financiero en dólares le ahorra a Estados Unidos más de 100.000 millones de dólares al año en intereses y le permite incurrir en un elevado déficit fiscal. El negocio exterior de las empresas estadounidenses asciende a 16 billones de dólares. Estas empresas prosperan en el extranjero gracias a unas normas comerciales globales razonablemente predecibles e imparciales, en lugar de a la corrupción y los favores especiales transitorios, una filosofía que favorece mucho más a las empresas chinas y rusas.
Esto describe la verdadera esencia de lo que los dueños de The Economist intentan proteger: el imperialismo globalista neoliberal depredador de «libre mercado».
El autor de la nota de The Economist describe los principales beneficios de este «sistema» que Trump supuestamente amenaza. Estos «beneficios» se destinan principalmente a las megacorporaciones transnacionales que desde hace tiempo han rechazado cualquier lealtad a los «grupos de interés» estadounidenses, los mismos que generalmente financiaron y subvencionaron su ascenso al poder.
«El negocio exterior de las empresas estadounidenses vale 16 billones de dólares», presume The Economist. ¿Y qué gana el estadounidense medio con la capitalización bursátil de estas empresas, que en la práctica ya no son estadounidenses? Nada más que precios en constante aumento y una economía destrozada.
Como ironía, el mismo número de The Economist contiene un artículo condenatorio, que refuta su propio argumento anterior lamentando que las naciones occidentales se han deteriorado tanto que es necesario heredar riqueza para comprar una casa o, en general, progresar en la vida. Concluyen: Este cambio tiene consecuencias económicas y sociales alarmantes, porque pone en peligro no sólo el ideal meritocrático, sino el capitalismo mismo.
Trump amenaza con trastocar este orden mundial «próspero» que ha sumido a toda una «generación perdida» en el malestar inflacionario, la decadencia cultural y una espiral económica desastrosa. Queda claro que a los dirigentes del establishment sólo les importa el dogma partidista, por muy torpe que sea su conflicto con la lógica y la realidad objetiva.
De igual manera, ahora hay llamados desde dentro de la UE para impulsar una mayor centralización, un sueño largamente acariciado por los eurotecnócratas. El argumento conveniente es que sólo una Europa «unificada» puede plantar cara a los grandes agresores del mundo en una era de «política de grandes potencias».
Hace dos años, este tipo de llamados ya estaban encabezados por el príncipe banquero turbo-globalista Mario Draghi:
Un aspecto fundamental del argumento de Draghi fue la siguiente justificación (tómenla en cuenta): “Hoy el modelo de crecimiento se ha disuelto y necesitamos reinventar una forma de crecer, pero para ello necesitamos convertirnos en Estado”, afirmó.
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