Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

lunes, septiembre 26, 2011

Tres Agujas - cuento





El lastimoso derrotero de Huevo lo condujo hasta la plaza principal. El viento y la llovizna arrastraban su cuerpo. El agua helada y las hojas del viejo ombú, que agitaba sus ramas embravecidas de invierno, lo sujetaban
Los ojos entumecidos divisaron finalmente la fachada de piedra, las columnas, la escalinata y la pesada reja. Las cruces sobre los domos celestes y el campanario distintivo de la catedral. Cuando las campanadas marcaron las seis, Huevo, sintió el fuego que anunciaba el final.
Esquivó las fuentes circulares. Hundió la palidez huesuda de sus manos en las fauces de los leones de mármol que custodiaban, impertérritos, echados sobre pedestales de granito, el paseo público; hasta acertar el sendero de baldosas cuadriculadas y grises que le absorbían la poca sombra que le quedaba. Sujetándole los pies lacerados y sucios.
Allá, del otro lado de la calle despoblada, atendía Dios.
Lo movilizaban el pulso discontinuo y feroz del corazón, la sangre envenenada que comenzaba a quemarle y un frío atroz escarchándole la piel.

Había deambulado sus últimas centurias por ése barrio hostil, irreconocible y deshabitado de la infancia. Puertas cerradas, ventanas herméticas, perrada feroz mostrándole los colmillos, miradas furtivas, curiosas e incisivas; observándolo como si fuera un alienígena… “¿Tan cambiado estoy que nadie me reconoce?” Se preguntó.
“Abuela, he vuelto. Soy yo abrime, tú negrito”… “Abrime siento frío…”
Y el silencio cruel de los negadores calando hondo en la conciencia desahuciada.
Había agotado su reserva de lágrimas y perdones. El cuenco de sus ojos secos se resquebrajó en aquel lugar. En cuclillas. Rayando el metal con las uñas, pasó la noche estampado a la chapa de la puerta de la vieja casa.
Cuando sus ojos se abrieron reconoció la iglesia en donde jugaban los chicos del barrio. Como pudo recogió sus huesos y se plantó frente a las puertas del templo. Huevo gritó “Dios, ¿dónde estás?” pero nadie le respondió. “¿Dónde estás?”.
Sus manos temblorosas arrancaron mechones de pelo y los fue adhiriendo, uno por uno, al pórtico con  saliva. Después buscó la avispa entre los bolsillos que lo vestían para que lo picara otras dos veces. Aguijones trepanando las costras de sus venas rasgadas.
La piedra artera le partió la frente y aquel insulto anónimo lo alejó para siempre de su barrio. “¡Boludo! ¿No te das cuenta que Dios no tiene tiempo para atender a los drogones?”
Huevo volvió a recoger sus huesos, seguro de que Dios no podría estar lejos. Pero, ¿dónde, entonces?

Sus ojos afiebrados fueron registrando sitios, olores, voces, sin verlos. Señales que lo condujeron por calles adoquinadas, por rieles oxidados que lo proyectaban sobre las piedras partidas y los durmientes marrones, hasta la gran casa de Dios.
Huevo se colgó de las rejas. Gritó, llamó y suplicó. La casa estaba deshabitada. Nadie escuchó su clamor; ni siquiera Dios.
El corazón comenzó a latir con más fuerza… “¿Cómo se reza? Alguien que me enseñe a rezar… ” Sollozó.
“En la esquina, la pequeña capilla nunca cierra sus puertas.” Le susurró una sombra fugaz. “La Madrecita te va a enseñar.” “¿Dónde?” "Allí.”
Huevo cayó de rodillas sobre la vereda y fue el viento quien empujó sus huesos hacia la imagen iluminada de la mujer que le extendía su mano.
“¡Abuela!”, exclamó avanzando a tientas hacia el altar. “¡Abuelita!” repitió “Vine a hablar con Dios. A pedirle perdón…” “Ayudame abuelita. Decime cómo se hace…”
Huevo recorrió el pulpito con el extremo de los dedos antes de posar sus labios resquebrajados sobre los pies de aquella virgen con el rostro de su abuela que lo recibió con una sonrisa amorosa y le enseñó a orar. “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tú nombre…” 
Hasta que el dolor se le escapó de un suspiro.
El ruido seco, producido por el cuerpo al caer, alertó a la señora de la limpieza que repasaba los pisos. Asustada corrió a dar aviso al sacerdote.

“Tranquilízate, hija. La policía se encargará de todo. Seguro que es otro ladrón con intención de llevarse alguna imagen para venderla…Dios se apiade de su alma.”

Reo West de su cuentario "Non fiction, el infierno al oeste".

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