Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

martes, septiembre 20, 2011

Tres de tiros y una de muza...


Recuerdo aquellos miércoles de película en el viejo cine Achával de Morón. Tres de acción (sí tres) y, si al viejo le sobraba algo de guita o la abuela había cobrado la pensión, en el intervalo, corríamos a comprar una porción de pizza en el Sportman, cortadas a cuchillo con buen ojo y extrema precisión por el gallego de los bigotes respingados que canturreaba aires de muñeira; que devorábamos a la disparada, un tanto porque la mozzarella se derramaba y se pegoteaba en las servilletas de papel y otro tanto porque empezaba la otra peli.
Sí eran tardes gloriosas, y si llovía mejor todavía. Sólo o con amigos. De catorce a diecinueve, porque después se repetía la función. La oscuridad, profanada por la linterna del acomodador. El murmullo convertido en silencio tras el zumbido que descorría los pesados telones. Primero el "publicitario", con toda la propaganda que leíamos y releíamos pegados a la butaca. Después el bordó con remiendos. Y enseguida llenaban los espacios de la sala los avances de las películas de la semana próxima, anticipadas en el programa de papel que nos daba el acomodador a cambio de una moneda, Ocurría, ciertas veces, que al operario encargado de proyectar los filmes se le trabucaban las latas y "ligábamos" alguna que otra escenita de las películas reservadas para la trasnoche del sábado. Un culo o una teta servían para mantenernos entretenidos toda la semana, mientras soñábamos despiertos con los ansiados dieciocho que nos convertiría en hombres de verdad, habilitados para ver las prohibidas. Y ni hablar la de silbidos y abucheos que se generaban cada vez que se cortaba la cinta. Algo típico en el Achával, hoy convertido en otro fucking Mac...
Demasiado atrás han quedado aquellos tiempos. Generaciones enteras se han perdido, quizás, el disfrute que nos producían aquellas incursiones al cine de mi barrio.
Los tiempos han cambiado y también los gustos. Ya no existen los cines barriales y para ver UNA sola película tenés que ir al centro. A los multicines, a los shoppins, o a alguna sala en donde sólo se exhiben los tanques hollywoodenses promocionados con bombos y platillos. O los productos que financian los canales de televisión en coproducción con españoles, franceses o alemanes, en donde siempre trabajan los mismos. Empacharte de pop corn y quemarte la guita de las horas extras con el merchandising pedorro con que te esquilman el bolsillo. Y, mientras todo esto sucede,  el cine argentino agoniza en los circuitos alejadas de la ciudad. Con suerte, y viento a favor, no duran más de un par de semanas en cartelera y luego el olvido.
A menudo escuchamos a empresarios, funcionarios, artistas y directores quejándose de las desigualdades que un mercado "captado"  tiene reservado para el cine  nacional. Y por ahí, como ahora también, aparecen soluciones arrastradas de los pelos que intentan paliar la falta de criterio y luces de los muchachos responsables del área, gravando el valor de la entrada para fomentar, promocionar, financiar al nuevo cine argentino (???)
Pero ¿a qué y a quiénes debería considerarse como nuevo cine argentino? Si hace más de veinte años que, salvo honrosas excepciones, siempre vemos las mismas caras, los mismos nombres, llenando las pantallas. Sin animarse a apostar por lo nuevo. Al cine negro, al policial, a la comedia con aires de sainete, a guiones basados en las grandes novelas argentinas. Pero  se quejan, en vez de competir desde otro lugar ( Esperando la carroza, Nueve reinas y el Secreto de sus ojos son ejemplo vivo de lo que hablo). Demostrándoles a los de allá que por acá también somos capaces de hacer excelentes policiales, o lo que se nos antoje, pero con otra dinámica, la dinámica que sólo pueden infligirle las nuevas generaciones. Sobran autores, sobran directores, sobran actores y sobran ganas... plis denles un lugarcito y después me cuentan. 
La problemática, según el criterio de los funcionarios que dicen intentar equiparar oportunidades para el cine de acá sólamente pasa por el incremento del impuesto o el valor de las entradas al cine extranjero en vez de volver a las “fuentes” y legislar para que exista una ley que obligue a las salas exhibidoras a proyectar dos películas por función: Una extranjera y una argentina en todas las salas del país. Personalmente creo que sería beneficioso para todos. Empresarios, directores y actores, porque habría de todo y para todos los gustos; y todos tendrán las mismas posibilidades para mostrarse a un público masivo. Y el espectador tendría la oportunidad de conocer a otros actores, otros guionistas, otros directores. Conocer su obra, su pensamiento y su trabajo. 
Está bien que se grave al cine extranjero pero estaría bueno "aprovechar la volada" y arreglar con los distribuidoras para ofrecer en forma conjunta un combo mixto. Porque un país también crece desde lo cultural y si permanecemos siempre estancados en lo mismo de siempre jamás avanzaremos. Abrir el abanico para que todos tengan su espacio es también una jugada política de los pueblos libres. El cine, por lo tanto, debería predicar con el ejemplo y permitir que nuevos "actores" cuenten con los lugares idóneos que les permitan crecer. Por eso, asegurarles reglas de juego limpias y salas dignas, aunque compartan cartelera con los tanques, además de una leal competencia, sería una doble motivación que vale la pena experimentar.
Y podría llegar a suceder (déjenme soñar) que, como pasa  con los trenes recuperados del interior, algún día podré llevar a mis nietos a ver tres de acción un miércoles de lluvia (con porción de piza incluida) en alguna sala de algún barrio cualquiera.
Roque Paz

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