Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

lunes, noviembre 21, 2011

Paraje Gluck -cuento-






Los sorprendió una madrugada acuosa. Helada como la carcajada de una hiena. Y aquellos primeros rumores les llegaron sucios, entre ladridos y motores.
La primera en saltar de la cama fue N. alertada por el llanto de su beba. Apenas tapada con una bata corrió hacia la habitación continua en donde se retorcía la niña sobresaltada.  La  alzó de la cuna con la intención de consolarla y amamantarla. La criatura abrió grande sus ojos y se prendió a la teta sin desviar la mirada del rostro familiar de su madre que temblaba.
Acostumbrada a ver en la oscuridad, distinguió la silueta de J. que reptaba hacia la ventana frontal de la vivienda. – Shhh, son ellos. Agachate… - Le dijo con la voz atenuada por las circunstancias.
N. juntó su cuerpo al de su marido y lo abrazó con desesperación, J. permaneció callado unos instantes, acariciando la seda de los cabellos que tanto amaba. 
-    Vos encargate de la nena y quemá los papeles, que no quede ninguna evidencia… Necesito pensar… 
-     ¿Qué creés que nos puede pasar?
-  Estamos fritos, no te das cuenta que nos vendieron?
-    ¿Entonces?... 
-    Entonces nada, mamita. Sabíamos que esto podía ocurrir… ¿tenés la cápsula? 
-    Sí, pero no pienso utilizarla. 
-  Bien, yo tampoco, de acá me sacan muerto. El tema es ver que hago con ustedes. Veré si se puede negociar. – dijo J. montando la 45.  
-  ¡Estás loco! Con los milicos no se negocia. Siempre estuvimos juntos y juntos nos vamos  - respondió N.
-    ¡No seas boluda!...
Afuera los aprestos se hicieron más notables. Entre el ruido de los metales y la cobardía de un vecindario que se resguardó del frío mortuorio que envolvía la calle de tierra y el descampado. Siluetas verdes, con cascos y fusiles, aplastadas sobre los yuyos escarchados, mientras la chimenea latía a puro fuego y humo impregnando la neblina nocturna con olor a leños quemados. Un humo blanco que trepaba hacia un cielo sin estrellas y sin ángeles.
-        _            ¿En qué pensás? – preguntó N. 
  - Pensaba lo linda que va a ser esta mocosita cuando crezca, cuidala. – respondió J. besando en la frente a su hija por última vez.
Y se hizo de día. La luz potente del reflector les heló el corazón, cegándoles la visión. ¡Ríndansé! ¡Los tenemos rodeados! – Se oyó gritar, mientras la torreta de la tanqueta zumbaba hasta posicionarse en la dirección correcta.
-        -          Dáme un pucho…
-        -        Es el último…
-        -     ¡Mierda!
-   -        , Bien, parece que la taba viene de culo, amor… ¿lo compartimos?
-     -   Dále, prendelo. Escuchame bien lo que vamos a hacer y no me interrumpás… Cuando se acabe el cigarrillo voy a pactar con los milicos para que te dejen salir con la nena…
-        ¡No!... No voy a dejarte… De cualquier forma estamos muertos. ¿O te pensás qué me van a perdonar? Nos marcaron, nos vendieron, nos traicionaron. Te lo dije en México. La cúpula nos envía al matadero.
-        -     ¿Y qué otra cosa podía hacer? Soy un cuadro peronista que lucha por la liberación de su patria.
-        -     En una guerra absurda que se perdió por la pobre lectura de un par de hijos de putas que imparten órdenes desde París…
-        ¡Basta! ¡No quiero oír más! No me jodás, ya lo discutimos. Abrigá la nena y salí. - J. hurgó bajo la cama. Allí encontró el viejo FAL y el único cargador. Después rompió la sábana con la que improvisó una bandera blanca mientras que Chicho, el perro atorrante de la cuadra, dentellaba a los fantasmas de la lluvia.
  - ¡Salgan zurdos de mierda o los reventamos! ¡Un minuto o mueren!
 - ¡Andate, carajo! – le dijo J. empujándola con brusquedad. - ¡Qué acá me quedo yo! Las amo… - Y el trapo blanco se agitó a través de la ventana entreabierta.
N. se tragó las lágrimas, envolvió a la criatura en una frazada y le colgó un rosario al cuello. Entonces salió hacia esa nada refulgente sin volver la vista.
La figura robusta la interceptó. Emitiendo palabras que nunca oyó. Los dedos de una mano se le agarrotaron alrededor de uno de sus brazos para conducirla hacia la luz pero ella se resistió. Entregó a su hija y se plantó como una rama congelada en medio del jardín descuidado y sin flores. Desoyendo la voz que la conminaba a avanzar con los brazos en alto.
Luego de unos segundos N. dio uno, dos, tres pasos… hasta que la browning que llevaba escondida en la cintura escupió una andanada de plomo levantando gritos de dolor e insultos entre los sorprendidos milicos. “¡No me rindo hijos de puta! Dicen que gritó antes de caer ametrallada bajo el amarillento albor de otro invierno jodido.
-        ¡Nooo! ¡Nooo!. Gritó J. desde el interior de la casa que se desgranaba como un pan seco con cada proyectil que impactaba sobre la mampostería de la fachada. Y entonces blandió el estandarte y el fusil y corrió. Lo hizo en zigzag, como le habían enseñado los instructores adiestrados en Cuba. Cinco metros, no más, eran lo que lo separaba de su amada compañera. Abanicando el aire con disparos de fusil llegó hasta el cuerpo. Ya no le dolían los aguijones que le perforaban la carne. Tan sólo el caliente borbotón que se le escapó por la boca al grito de “¡Viva Perón carajo!”
J. cayó de bruces sobre N. cubriéndola, y sobre ambos la bandera con la estrella federal y las tacuaras cruzadas con la que fueron incinerados y enterrados en una fosa común.

De la casa del paraje Gluck no quedó piedra sobre piedra. J. y N. jamás aparecieron. Nadie reclamó por ellos, y de su pequeña hija nada se sabe.
He pasado por el lugar varias veces. Durante años, la casa de mis amados compañeros, fue una especie de mojón fantasmal a la espera de que alguien cuente la historia. Fiel a la cobarde costumbre que me identifica; tarde, muy tarde, saco a luz este recuerdo mortificante de una época de enfrentamientos y sueños truncos.

Paraje Gluck puede estar en cualquier punto del oeste bonaerense en donde la represión y la maquinaria asesina de la dictadura acorraló y masacró a los mejores cuadros peronistas.

Reo West.
De su cuentario “Non fiction, el infierno al oeste.”



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