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"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

martes, enero 24, 2012

Un escritor...


Tras las huellas del Sudeste

7 Dias /
El escritor desaparecido por la última dictadura se instaló en los años ’50 en el Delta y se volvió un personaje más de su fauna. De ese contacto brotó "Sudeste", su primera novela. Hoy, su casa, devenida en museo, parece esperar al Boga en uno de sus viajes, o a Haroldo Conti, su creador, que es más o menos lo mismo.

Por Gustavo Moure – Fotos: Javier Heinzmann
La lancha de "Interisleña" arrancó humeante y a pleno sol, cargada como para un fin de semana en el Delta. Adentro, la gente. Arriba, las "Helatodo" junto a cañas de pescar, bolsas de carbón y bidones de agua. Afuera, el río Sarmiento, color marrón. El recreo "Galeón de Oro" era la parada esperada. Había que bajar en su muelle y recorrer el recreo a lo ancho hasta toparse con el arroyo Cruz del Gambado.
Allí recaló en los ’50 un escritor enamorado de la vida de los simples, de los trabajadores del junco, de los pescadores, de los navegantes, de los espíritus ermitaños, como el suyo. Compró una casita de madera y material. Del contacto con el río surgió su novela "Sudeste", fiel reflejo de esas almas solitarias que sólo podrían encontrarse en la silenciosa lejanía del Delta; también sus cuentos "Todos los veranos" y "Marcado", y su texto periodístico "Tristezas del vino de la costa", este último basado en el Delta rioplatense sureño, el de Berisso.
Llamó a sus personajes el Viejo, la Vieja, el Boga, el Largo, el Cara, el Hombrecito, el Cabecita, el Oscuro. Seres que casi no tienen nombre, pero sí identidad. Héroes anónimos, sobrevivientes. Náufragos. Todos igual a su autor: Haroldo Conti.
"Y el río trajo sus cosas también. Sobre todo aquel llamado que nos urgía de todas partes, principalmente desde el río abierto que resplandecía cada vez más. Entonces nuestros pechos se dilataron como si les faltara el aire y se apoderó de nosotros un ansia desmesurada de partir porque la tierra debajo de nuestros pies se había tornado extraña y todos los lugares estaban allí, de alguna manera presentidos, enviándonos sus mensajes a través del río."
El camino que conduce a su casa bordea los arroyos Espera y Gambado. Es un exiguo caminito entre las raíces de los árboles y los fondos de las casas. Uno de esos patios frondosos llama la atención por sus colores. Regadera en mano, una mujer justifica 40 años después aquella dedicatoria que el escritor de Chacabuco le hiciera en su cuento "La Balada del Álamo Carolina", dedicado "a Teresa Bruzzone, que vive entre los árboles".
La aparición de Teresa entre sus árboles daba crédito a la idea previa de que bastaba con rastrear en sus cuentos para encontrar tantos rostros e historias de la ficción en la realidad. A Conti le bastaba con el mundo que lo rodeaba para nutrir su literatura, y lejos de la vanidad de tantos escritores de su tiempo, sostenía: "Soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente".
Teresa comenzó entonces a desandar el derrotero de Conti en la isla: "La casa la había alquilado Dora (N. de la R.: Dora Campos, primera esposa de Conti) en el ’50 o el ’52, y después, cuando se casaron compraron. Nosotros habíamos comprado el terreno de al lado, y en el ’63 escrituramos juntos".
La charla con Teresa Giacobone entregaba más pistas. Esposa del fallecido "Tito" Bruzzone, tan "Tito" éste, que todos pasaron por alto su nombre de pila: Oreste. Del verdadero nombre de Tito surgió la identidad que Haroldo elegiría para los protagonistas de sus novelas "Mascaró, el cazador americano" y "En Vida", como también el de sus cuentos "Con otra gente". El propio Haroldo se encarnó a sí mismo en la figura de Oreste en su novela "En vida".
Ese vínculo entre la vida real y su literatura es la que llevan a Teresa a recordar al "Viejo Noi", como un personaje de Conti, habitué de la casa del escritor, que en realidad no aparece en sus textos del Delta, pero sí con "y" griega al final, en "Mascaró": "Hablaba mucho de un ermitaño que había acá, el viejo Noi, que era muy abandonado, vivía de la guadaña, pero se notaba que era un tipo muy inteligente. Siempre venía con perros a los que llamaba con nombres como ‘Quién sabe’, o ‘Come nunca’. Entonces dejaba adrede su machete en el bote y se hacía notar llamando a los animales para que se lo traigan, pronunciando esos confusos nombres que nos hacían reír a todos".
Sopla el Sudeste. "Haroldo era amante del río. Se internaba y le gustaba la soledad. Un día compró un casco viejo, el Alejandra, que lo tuvo entretenido largo tiempo hasta botarlo, aunque luego debió venderlo porque no lo podía mantener". Las palabras de Teresa hacen imposible no ver a Conti transmutado en el Boga, el protagonista de "Sudeste": "Tenía grandes proyectos con respecto a ese bote. Primero pensó en una simple reparación de emergencia, pero poco a poco, había ido elaborando un proyecto bastante más ambicioso. Claro que eso le llevaría su tiempo. Pero en cierto modo, él era el tiempo (...) por último comenzó a fastidiarse de este trabajo y su ansiedad por un barco se confundió con su ansiedad por partir".
En el medio del diálogo, Teresa sale a buscar unas fotos que guarda con recelo, también ella, queriendo mantener vivo a su amigo, como Haroldo lo hacía con Paco y tantos más en sus ficciones. En ese lapso, una recorrida por el interior de la casa del escritor demuestra el esfuerzo de Marcelo Conti, por mantener todo tal cual lo había dejado su padre, casi como esperando su regreso: una foto del Che Guevara, otra de Lenin, el escudo del Tigre Boat Club (en donde Haroldo practicaba remo), una madera con fósiles de caracoles, parte de una pasteca, una pala, una olla colgando en el fogón, partes de un viejo timón, una caja de galletitas Bagley, un sol de noche, un palo de amasar, una cocina Junker & Ruh, un horno de fundición Istilart, una heladera Frigidaire, y una sugestiva pava sobre la hornalla que invita a la nostalgia más verdadera.
El culto a lo apenas necesario, una marca de la vida en la isla, es también una marca del escritor y de sus personajes, y la selección de objetos de Haroldo es muy coincidente con la del Boga, cuando arma su bote y se dispone a partir sin destino por el río.
"En la cajonada de proa metió el Primus, un farol de kerosene, el machete y una caja de madera con algunas herramientas que había ido coleccionando de a poco. (…) debajo del asiento metió el trasmallo, la canasta con los espineles y la bolsa de lona embreada. A sus espaldas (…) colocó un cajón con algunas latas y botellas y la pava del mate. Arrimada al cajón había una bolsa con algunas galletas y un buen pedazo de tocino".
Teresa regresa con una caja plagada de recortes de diarios sobre Haroldo Conti y unas fotos familiares, "las que se salvaron", donde se ve al escritor junto a sus amigos del Tigre. Aunque Haroldo parece estar en el momento crucial de una borrachera, botella en mano, Teresa aclara que no tomaba casi nada de alcohol.
Eran reuniones donde Teresa, "peronista de la primera hora", como se autodefine, recuerda que gustaba desatar debates políticos, especialmente con Haroldo: "Me encantaba hablar con él porque tenía un diálogo muy claro. Hablabas con él, por ejemplo, de un viaje y te parecía que habías viajado vos, porque iba hasta los mínimos detalles. Una vez quería grabar el sonido de un árbol cuando era derribado y mi marido taló uno para que él lo grabara. Lo mismo hacía con los pájaros para registrar su gorjeo. Tenía cosas muy bonitas, era un tipo genial".
El lugar del combate. "Ahora estaban casi a fines de la primavera. Él siguió trabajando en el junco, acercándose más y más a los bancos, sobre el río abierto. El canto de las islas era cada vez más intenso. Él oía constantemente esa voz. Ahora permanecía junto a las líneas también de noche, tendido en el fondo del bote, observando el lento desplazamiento de las estrellas. Una extraña impaciencia lo consumía por dentro. El verano no estaba lejos."
No son muchos los seres capaces de escuchar la voz del río, del monte, de las islas; en eso quizás algo acertaron sus captores, cuando sostenían: "Luce una imaginación compleja y sumamente simbólica", en los informes de inteligencia sobre su última novela, "Mascaró, el cazador americano".
La tragedia ocurrió en Villa Crespo, en la calle Fitz Roy y lejos del Tigre. Sus captores no supieron lo que significaba la frase Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt, escrita en latín, puesta en un cartel encima de su máquina de escribir, que significa: "Éste es mi lugar de combate, y de aquí no me voy".
Tiempo antes, cuando se le preguntó a Conti por esa tozudez por hacer sobrevivir en sus páginas a la gente que más quería, dijo: "Acabo de dedicar un cuento a mi tía Haydée, que representa mucho para mí; y pongo: ‘A mi tía Haydée para que nunca se muera’. Sé que ese cuento, de alguna manera, en alguna biblioteca va a sobrevivir y que de acá a cien años alguien va a abrir ese libro y ella va a estar viva, porque ahí en ese cuento la dejé viva para siempre. También yo me siento vivo en alguno de esos personajes".
Haroldo Conti no pudo evitar abandonar su "lugar de combate", su escritorio, sus papeles. El escritor fue llevado con una capucha al centro de torturas "El Vesubio", dónde también estuvieron secuestrados el guionista de "El Eternauta" Héctor G. Oesterheld, y el cineasta Raymundo Gleyzer.
Un año antes cuando había terminado de escribir "Mascaró", este viajero incansable de ríos y palabras decía: "Mascaró daba para todo. Creció y creció como un tremendo canto, y yo era a medias el cantor porque se juntaron tantas y tantas voces, que ‘Mascaró’ realmente no me pertenece. Ahora, a diferencia de otras veces, no he quedado triste y vacío, porque ‘Mascaró’ sigue vivo. Y me demanda nuevos caminos. (…) Aquí estamos, pues, a un costado de ese camino diciendo los adioses y estrechando su firme mano. Pero yo sé que volverá. Yo sé que volverá. Yo sé que volverás compadre. Por eso te digo hasta siempre". 

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