Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

jueves, marzo 29, 2012


Ese incierto porvenir

Estamos ya pisando la primavera y cualquiera lo diría, porque cunde por las calles una silenciosa decepción que te penetra al menor descuido. Basta con que, al pasar, atisbes los bares vacíos y con los camareros mirando aburridamente el televisor, o esas tiendecitas de decoración o de complementos anunciando que lo liquidan todo por cierre inminente, o los carteles que cuelgan de este o aquel balcón proclamando su disponibilidad para un alquiler o para lo que se tercie. Y el paisanaje, claro, como el paisaje: cabizbajo y abrumado por sus tribulaciones. 
Al punto que Sita —de la que nada les cuento hace ya tantas anotaciones— se ha dado de baja de aquella masajista carísima de las piedras calientes y los barros milagrosos, y del fantástico viaje de Semana Santa no quiere ni oír hablar, y en cuanto al resto de las chicas Telva, casi al mismo renqueante compás: la que no tiene al propio al borde del despido, tiene enormes problemas para acortar sus gastos sin que a su hogar le crujan los goznes. 
Tanto es así que su cena de los jueves, en lugar de ser aquel tráfago de chismes divertidos y aquel prontuario sobre las últimas ofertas chic de Madrid, ha devenido en un catálogo de problemas domésticos, apuros inesperados y visitas a médicos de familiares y conocidos; en fin, más o menos como lo era, en mi infancia de pueblo, la mesa camilla de mi abuela, por donde pasaban, a media tarde, las señoras del lugar para comentar sus achaques y desengaños, al trasluz mortecino de los visillos. Y, por supuesto, la copa con que se agasajaban tras la cena, en el Cock o en La Turba o en cualquier de otro de esos sitios para ver y dejarse ver, hace semanas que desapareció, de modo que, los jueves, ella regresa antes de lo previsto y un poco alicaída por todo lo escuchado. Y claro, no puede menos que desahogarse contándome los apuros de su pandi mientras se desviste, hasta que este último, se detuvo y, contristada, me preguntó:
—¿Y si se me torcieran las cosas? ¿Qué haríamos?
—¡Mujer! —exclamé un poco sobrecogido— Es que…
—No te alarmes, no hay motivos. Sólo que, tal y como pinta la situación, puede suceder de improviso y entonces… 
—Ah, en ese caso cogemos el portante y nos instalamos en una de mis adoradas islas griegas a criar cabras, o si se tercia y visto el panorama, a levantar la barricada.
—A levantar la barricada o criar cabras… Mi vida, ¿no podría ser a una cosa un poco menos heroica como, por ejemplo, abrir unaboutique de marca para turistas?

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