Un frente vidriado. Un marco metálico, pequeña puerta de contacto por donde se intercambian mercancías por dinero. Miradas, sonrisas, comentarios y puteadas, según el caso.
Del otro lado, la marea humana que todo lo invade y contamina. Sólo la leal e inclaudicable, presencia de Alfi me transmite ése poco de calor “humano” tan necesario para afrontar las largas jornadas de otro fin de semana de batalla. Porque ésa es la mejor definición. Las horas de este lado del vidrio son agotadoras, raudas y de ritmo enloquecedor.
El quiosco de la vieja estación ferroviaria de Zárate del Ferrocarril Urquiza, última parada antes de abordar el ferri que depositaba a los pasajeros del otro lado del río, más precisamente en tierras entrerrianas, está tan derruido como el edificio que algún político declarara Patrimonio Cultural de la ciudad, espacio, desde hace algunos años, devenido en improvisada terminal de ómnibus y con todas las secuelas que esto trae aparejado.
Es acá donde confluyen pasajeros de todos los colores y matices. Es acá en donde, como en ningún otro lado, confluyen los destinos de las más variadas nacionalidades: Paraguayos, bolivianos, gitanos, españoles, brasileros, ecuatorianos, dominicanos, alemanes, estadounidenses, chinos, colombianos; atraídos por el boom de la construcción o por la cantidad de las nuevas empresas radicadas o en proceso de radicación.
Batallar con toda clase de sujetos forma parte de mi trabajo. Así entre pebetes, panchos, gaseosas, cigarrillos, condones y golosinas, transcurren las horas. Tres días a la semana. Treinta y seis horas. Cuatro veces al mes…
Ver, observar, escuchar, forma parte de esta rutina. Ya desde temprano. Mientras barro la vereda, acomodo las mesas, levanto la persiana o pongo a calentar el agua para el mate, comienza el run – run, el puterío, traído por algún chofer, algún remisero o por algún cliente que espera desde mucho antes que llegue para comprar puchos. Por supuesto que Alfi no permite que nadie se acerque. Y carga contra todo lo que amenace adentrarse en su territorio. Es una especie de acuerdo tácito entre ambos: Entre humano y perro, entre perro y humano o entre perro y perro si se quiere… Dos Guaymallén de dulce de leche es lo que me cobra el can. Y lo va cobrando según las ganas. Él reclama lo suyo de un salto. Acodándose en la ventanilla y extendiendo una de sus patas. No le hace falta hablar y eso me hace pensar lo bueno que sería imitar a los animales para no oír a tanto pelotudo suelto… En fin.
Tengo como clientes fijos a dos colectiveros que la van de ranas y me apabullan contándome sus hazañas con pendejas. Son dos jovatos que dan pena y no se dan cuenta que las pibas le secan las billeteras. A unos cuantos galanes que se quieren voltear a Lisa, la dueña del quiosco. A una gitana vieja que vende chucherías y no puedo convencer de escaparnos juntos. A un vigilador que la juega de Rambo. A un músico caído en desgracia que se gana la vida limpiando los baños a cambio de monedas. A un artesano que intenta vendernos la imagen de hippie superado. A las putas, a los travestis y a los cadetes de la Escuela de Prefectura Naval. Y a todo un mundo, por momentos bizarro, enmarcado en un rectángulo vidriado de pequeñas dimensiones.
De los dos primeros no hay mucho que agregar. Cuarentones, separados y con claritos en el pelo. Adictos, en cierta forma, a la bayaspirina forte y al Vitaliza. Compran chocolates, cigarrillos y caramelos para seducir a sus víctimas.
Con los galancetes la cosa es más densa. La flaca está buena y es simpática. En cierta medida les da cabida a todos y eso, quizás, exacerbe elucubraciones en los muchachos que les cuesta diferenciar que tener un diálogo, mirar a los ojos o tener una sonrisa a flor de labios no siempre sugiere algo más. Cuando coincidimos en los horarios puedo oír todo tipo de proposiciones y piropos. Acá no hay diferencia de edad. El espectro es vasto y variado por lo que mi dama debería sentirse orgullosa. Sola no va a quedarse…
El más pintoresco de todos es Rambo. Trabaja los fines de semana cuidando el edificio de Cultura. Y es bastante mitómano; de un ego superlativo, diría. De él se pueden escuchar las historias más disparatadas, desde el tamaño de su chota hasta sus hazañas en descomunales, cuan desiguales trifulcas en pos del orden. Según me ha dicho gana fortunas, tiene muchas mujeres y ahora va por su propia empresa de seguridad. No está claro si pertenece a prefectura, fue casco azul en misiones de paz o simplemente es lo que él cree que es… en fin. Pero lo más delirante de todo es que, este sujeto petiso, morrudo y con cara de muñeco de goma, también se “gana la vida” como stripper en fiestas privadas vestido de comboi (sic) por 100 pesos la hora y cuando les tiene que entrar a las viejas les entra sin asco… había resultado todo un sex toy, el vago!
Carlitos es del sur del conurbano bonaerense y de edad indefinible. Habla pausado y es sumamente respetuoso. Le cuesta mucho hablar de su pasado. El trato cotidiano sirvió para abrir las ventanas del corazón y se largó nomás.
Sin origen preciso, Florencio Varela, creo; no supo explicar cómo es que recaló en la vieja estación de Zárate. De esto no hace mucho, pero desde entonces vive y se gana la vida aseando los baños. No sé a qué atribuirlo pero me conmueve su presencia. Hay algo en este tipo que lo define como hecho de buena madera. Este músico caído en desgracia al que algún ratón le robó su más preciada pertenencia, sueña con volver a las calles con una guitarra en las manos a desplegar su arte que, según cuentan quienes lo escucharon, es muy buena. Sus ojos enrojecidos, sus ropas viejas, sus zapatillas rotas, su andar resignado me entristece. Sin que se entere la flaca, siempre que puedo, le regalo cigarrillos, bizcochitos para el mate, algún “sánguche” o seda para armar. Es agradecido y cuando consigue me habilita una ramita pero, así como me la da, la doy.
A veces pienso como me gustaría tener unos mangos para comprarle una viola. La que se le antoje, para que el chabón se la gane de otro modo… Bueno, supongo que no soy el único… porque me enteré que algunos vecinos y el Súpertata de arriba le dieron una manito.
El otro día, Carlitos, se me apareció en el kiosco. Traía una guitarra enfundada y me dijo: “Le falta una cuerda pero ésta va para vos pela”… y ¿qué pasó? Una excelsa versión de “Ya despiértate nena” de Pescado Rabioso y un punteo de puta madre que me iluminó la mañana, la tarde y la noche…con sus días subsiguientes…
Ya hace un par de días que no lo veo por los baños. Ojalá le haya puestos alas a sus pies y duendes al encordado de su guitarra…
El artesano es otro caso a tener en cuenta, quiere, hace como, o pretende filosofar sobre la condición humana y la verdadera razón de su existencia en este planeta. Habla de meditación trascendental, de cuestiones metafísicas, de sus viajes y de su orfebrería pedorra. Carga su mercadería en un enorme morral de cuero y lana, un termo de acero inoxidable y el mate. Es tan flaco que luce ridículo vistiendo a lo Hendrix. Su voz es aflautada y tiene un par de ojos negros, tan chiquitos, que se dislocan cuando habla. Me da la impresión que sufre de los intestinos o tiene problemas de retención porque siempre me compra pastillas de carbón, además de los Philips diez. Ahora, me cuenta, está programando un viaje Tchetnotitlán. Este es uno de los galanes de Lisa.
Olga Demetrius es mi gitana favorita. Es argentina descendiente de zíngaros húngaros. Vive en Campana desde hace un tiempo con su familia. Sus ancestros provienen de diversas partes y en su sangre corren entrelazados los espíritus trashumantes de su raza inquieta. Una salchicha bien caliente, una coca y jockey cortos. Que primero consume y después paga porque, según dice, no es bueno salir a trabajar con el estómago vacío. Olga viste como visten las gitanas. Ropas amplias y coloridas. El pelo tirante atado con una gasa amarilla. Pulseras y collares. Tiene el rostro arrugado, un diente de oro y la lengua picante. Me gusta hablar con ella, generalmente con doble sentido para cagarnos de risa. No es embaucadora ni te lee las manos, ella sale a vender todos los días desde las diez de la mañana hasta el mediodía. Muchos la miran con cierto temor, por eso de los mitos, otros son desconsiderados, hasta burlones, y existen los otros, los menos, que algo le compran. Y yo, simplemente, la adoro.
Existe un momento, los lunes para ser más exactos, entre las 12.30 p.m. y las 13.30 p.m. en que me dedico, con los tiempos acotados o supeditados por el ritmo de las ventas, a observar la parafernalia montada por los boys del yellow truck.
Son cuatro los monigotes que parodian las andanzas del sheriff lobo. Cuatro sujetos con visión periférica del lugar. Todos protegidos por lentes oscuros, chalecos antibalas y armas de grueso calibre. Son loa troupe de la empresa PROSEGUR encargados de retirar la recaudación del fin de semana de CHEVALLIER. No sé por qué me causa tanta gracia verlos actuar. Mucho menos, cual es el nexo que me induce a asociarlos con Macri… será el PRO, será el color amarillo y el logo negro, será la pinta de botones exonerados de alguna fuerza de seguridad, será el modo, demasiado milico, de movilizarse… No lo sé (o sí).
Todos ellos tienen alma de milico y se les nota. Así baja el primero. Mira hacia todos lados, se asegura de que todo esté en orden. Con su mano posada sobre el arma se adelanta para posicionarse e indicar al segundo que puede asomarse.
Baja el segundo de los lobos de cabotaje con un pequeño sobre. Repite la rutina y camina hacia las oficinas de la empresa de transporte. El tercero se corporiza inmediatamente para apostarse con el arma montada junto a la puerta blindada del camión. Como un terminator sumamente precavido sondea el área, en tanto un cuarto permanece junto al volante hasta que la operación termine.
Al rato vuelve el segundo con el sobre lleno, secundado por el primero que agita la cabeza hacia ambos lados como ésos muñequitos de colectivo. El segundo se introduce en el blindado. El primero lo imita y, luego de algunos instantes, una vez corroborado que no existe peligro alguno cierra la puerta, palmea sobre la misma y se ubica al lado del conductor… Lamentablemente no puedo, pero me gustaría filmarlos. Imagino cómo sería la respuesta de éstos tipo si tuvieran que enfrentarse con algún grupo comando… por ahora me divierto.
Acá no faltan los conflictos de parejas, las piñas, los arrebatos, los borrachos, ni los drogones. Según los horarios van mutando las formas, los modos y los estilos. Así como los perros vagabundos que destrozan las bolsas de basura por la mañana, los malandras se adueñan de la noche. Como una forma de evitar problemas y con buen criterio no vendemos bebidas alcohólicas.
Toda la terminal es un lugar sucio. Oscuro y peligroso a ciertas horas de la noche. Cualquier nimiedad genera una riña. Y como factor determinante existe el maltrato de la empresa Chevallier hacia los pasajeros. La boletería cierra a las nueve y la gente se pone loca. Sin monedas ningún chofer te lleva. Conseguir cambio de cien es una odisea y todas las miradas se recargan en el kiosquero pelado que las acapara y que a veces entrecruza alguna que otra puteada con algún zarpado.
Fin de semana en la “pecera” de un kiosco descascarado, porque ciertas ordenanzas municipales prohíben desvirtuar la fachada histórica del patrimonio de la ciudad, saturado de mercadería y a mil por hora, te parte al medio.
Luego de despachar a las últimas oleadas de las diez me apresuro a bajar las persianas y salir de raje hacia el Pineral a tomarme mi tinto con ruido a bochas y retrucos en el aire.
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