EL CUENTO POR SU AUTOR
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En 1987, Vincent Bramley, un ex
combatiente británico, escribió “Viaje al infierno”, una crónica de su
experiencia de combate en Falklands. Días después de publicado el libro lo
investigaba Scotland Yard. En el UK se había considerado Falklands como una
guerra prolija. Ninguna guerra es prolija. Tampoco sus motivos. Los intereses
económicos suelen flamear en las banderas. La soldadesca británica venía de un
país jodido por el thatcherismo. Los pibes que se enganchaban en la Royal Navy
no lo hacían por nacionalismo sino para encontrar un sueldo seguro. Años
después de la guerra, Bramley volvió a la carga con “Los dos lados del
infierno”, crónica de su viaje a Argentina con el propósito de reunirse con sus
antiguos “enemigos”, los jóvenes que, como él, habían combatido en esas islas
perdidas en el remoto Atlántico Sur. Quería cambiar impresiones sobre lo vivido
desde el otro lado: “La pobreza que vi me llevó a preguntarme hasta qué punto
la gente en Gran Bretaña está en mejores condiciones materiales”. El relato de
Bramley es estremecedor: los británicos y los argentinos habían coincidido en
algo más que en el territorio de combate. Habían coincidido en la extracción de
clase. Años más tarde, entre diciembre de 2009 y abril de 2009 Esther Cross y
Ángela Pradelli convocaron veintitrés escritores para escribir ficciones en
torno a la Biblia. Tuve la suerte y el desafío de integrar ese equipo. No me
acuerdo si me asignaron o elegí Jonás. En ese relato bíblico había algo que,
antes que yo, lo había detectado Melville. Tenía que ver no sólo con la
historia del hombre castigado por Dios al vientre de la ballena. En lo
personal, me interesaba también, como a Bramley, escarbar en las
contradicciones del otro lado y del Otro, en lo que podía haber de común entre
los pibes destinados a la muerte. Este lado, el otro, escribo. Un detalle puede
causar una gracia macabra: cada tanto en un algún film británico o en alguna serie
hay una mención a Malvinas: no es evocación gloriosa sino más bien penosa y
mordaz. No persigo la ecuanimidad, no creo en ella. No me importó entonces si
el cuento estaba bien o mal escrito. Tampoco me importa ahora. Sí me importan
los pibes víctimas de esa guerra tan absurda como lo son todas.
JONÁS
1
Todos los 2 de mayo nos
encontramos. Cuando es la fecha dejamos todo de lado, se trate de trabajo o de
familia, y nos encontramos. Una vez al año. Nos gusta, al emborracharnos,
evocar los que éramos, parte de aquella tripulación. Y no los que somos ahora. Porque
ya no somos los mismos. Ya no somos los marinos que fuimos. Colin ahora es
chofer de taxi. Tiene cuatro hijos y una mujer diabética. Michael es vigilante
de un supermercado. Es viudo. Tiene una hija heroinómana. Y yo. Yo. Mejor me
callo. A mí tampoco me fue mejor. Yo no importo. No es de mí que voy a
hablarles. De los tres es Michael quien se encarga siempre de organizar el
encuentro, y lo hace con la misma pasión con que colecciona películas, fotos,
insignias y banderines de barcos de guerra y submarinos. En especial, de
submarinos. Los submarinistas somos tipos especiales. Vemos el mundo desde
abajo.
Esa noche, Colin, Michael y yo, al
salir del bar y entrar en la niebla del Támesis, tropezamos con Johnny. Estaba
solo, una sombra hablándole al río. No lo habíamos vuelto a ver desde entonces.
Que se nos apareciera justo en esa noche de aniversario le confería un sentido
misterioso a nuestra reunión anual. Colin fue el primero en reconocerlo. Johnny
tenía, como nosotros, no más de cincuenta, pero era un viejo esquelético.
Apestaba, como todos los que duermen en la calle. Sabemos reconocer a los
derrotados. Y los derrotados somos, a pesar de la victoria, los que estuvimos
allí. Allí es las Falklands. Y nosotros, basura bajo la alfombra. Pudimos ver
en Johnny al tipo vencido que alguna vez, como nosotros, fue joven y, siendo
marino, creyó pertenecer a una estirpe. Uno de los nuestros. Pero el mar,
también lo sabemos, se las ingenia para ahogar nuestras pretensiones. Los que
fuimos del mar, sin barco, somos homeless.
Creo haberlo dicho: Johnny venía
hablando solo. Frases sueltas, algunas más acentuadas. Sonaba a rezo lo suyo.
De pronto se calló, mirándonos. A los ojos. Pero no era a nosotros que miraba.
Tardamos en darnos cuenta de que pronunciaba nombres. En español. Argies. De
memoria los decía. Preguntando a la oscuridad decía cada nombre. Pero nadie le
contestaba.
La ballena, le escuchamos decir.
Johnny no estaba borracho.
Y esta es su historia.
2
Mi padre, un párroco de
Manchester, nos había contado Johnny. Cuando lo mandaron a Manchester se
convenció de que él era Jonás y Manchester, su Nínive. Un enviado del Señor.
Con una misión especial: irradiar la fe. Y yo, cuando no trabajaba en un taller
mecánico, era el portero en ese templo con goteras. Me reventaba atender los
menesteres del culto. La fe era su problema. No el mío. Pobre, mi viejo.
Terminó abandonado por el resentimiento de sus feligreses, los obreros en la
calle. Cómo convencerlos de que había un Dios si no había un pan. Las fábricas
cerraban, aumentaba la desocupación y, en tanto, los irlandeses morían en sus
huelgas de hambre. Mi madre, celadora de un colegio que era un reformatorio.
Nuestra casa, angosta, de dos plantas: el olor a frito, los pasos en la
escalera de madera que suenan como martillo clavando un ataúd, las risas de la
tele, un foxterrier viejo y su hedor en los almohadones, una novia escuálida
teñida de azul y con granos. Nos mudamos a Londres.
Mi madre limpió las letrinas de un
asilo de idiotas en Bayswater. Era mejor que nada. Para mi padre esta mudanza
era otra señal de Dios: Londres, su nueva Nínive. Dios no paraba de mandarle
señales. Dios y la ginebra también. Porque a esta altura se había vuelto devoto
de la ginebra. Se emborrachaba hasta que los renacuajos, las iguanas y las
culebras imaginarias le trepaban por el cuerpo. Mi madre movía su culo gordo
calentando a los idiotas del asilo.
No tuve suerte como mecánico.
Conseguí trabajo en el lavadero de un hindú. Me quedaba una chance más digna:
enrolarme. Un sueldo fijo. De acuerdo: te preparaban para matar. Pero no había
nadie a quien matar. El imperio tenía cada vez menos colonias. Y nadie ya se
acordaba de la última guerra. Me pagaban por lo que nunca haría.
Mi padre cayó en un hospital de
mala muerte. Lo visité una tarde. Qué sabía de la ramera babilónica, me
preguntó. No le contesté. Tampoco insistió. Lo último que un hombre debe perder
es la fe, me dijo. No clamo por tu perdón, Señor. Y agradezco tu castigo. Aun
en la desgracia, conservo mi fe. Le conté que me había enganchado en la Marina.
Que me habían asignado a un submarino. Antes de marcharme, me agarró la mano.
Puro hueso era. Alambres sus dedos. Si Dios nos somete a una prueba, no podemos
huirle, me dijo. Dios es el dueño de todo y todo lo gobierna: los cielos, la tierra,
el mar. La tempestad y la calma. El mal le desagrada y pide su castigo. Pero es
misericordioso y perdona, aprecia el arrepentimiento. No te enojes, Jonás. Tu
misión es terminar la que yo no pude. Nínive, me dijo. Puedo verte llevando el
mensaje de la fe. Alucinaba: Jonás, me llamaba. Nunca antes me había llamado
por mi verdadero nombre. Que me resistía a ver la señal, me dijo. Para él
estaba clara la señal, mi señal: la ballena, dijo. Lo único que me faltaba:
continuar su misión de fe. No le quise llevar la contra. No correspondía.
Quedé en visitarlo. Cuando volví
al hospital, mi padre ya no estaba. Terminó su última botella y su vida en un
rincón de Park Lane.
Londres era otra vez Dickens, si
es que alguna vez dejó de serlo.
3
A Johnny, al principio, le costaba
creer no sólo que lo habían admitido en la Royal Navy. También su destino. Y si
el padre había entrevisto lo que él se resistía a aceptar, se preguntó. Y si el
submarino no era sólo la señal que Dios, padre todopoderoso, le había enviado.
Y si el Conqueror era una prueba para que el hijo, convenciéndose de la
existencia de Dios, cumpliera la misión que el padre había dejado inconclusa. Y
si todo esto era así, entonces qué. Prefirió no pensar en esa dirección.
Además, antes, convenía meditar que Dios, de haber existido, le habría
concedido a su padre el último voucher de la fe.
A la mierda con Nínive, decidió.
Pero el impulso le duró poco. Nos
tocaron misiones de rutina: vigilar a los soviéticos en el Mar del Norte.
Johnny ahora estaba metido en sí mismo. A veces su silencio era un sigilo.
Aunque ahora formaba parte de un equipo, un seleccionado épico, uno de los
nuestros, la Royal Navy, no podía olvidar la profecía paterna.
A menudo lo ganaba la ansiedad: no
aguantaba la espera, el suspenso. Cierre de escotillas. Una presión en el
pecho.
4
Hay tipos que al volver de la
guerra no hablan más del asunto. Otros, para quienes fue lo más importante que
les pasó en la vida, no dejan de exagerar su participación, agrandar anécdotas
y juntar souvenirs. Michael es uno. Le entusiasman los documentales y los
libros sobre Falklands. No se pierde ningún artículo al respecto. Se sabe de
memoria la guerra de las Falklands. Como los detalles de nuestro submarino. Y
cada vez que puede filtrarse en la conversación, sin pedir permiso, se
descarga. Michael le dio precisión al recuerdo:
Con casi noventa metros de eslora,
diez de manga y nueve de calado, el submarino nuclear Conqueror provenía del
astillero Cammel Laird, en Birkenhead. Lo botaron a fines de los sesenta.
Disponía de seis tubos para disparar torpedos Mark 8, Mark 24 y Misiles Arpón.
Sumergido podía alcanzar una velocidad de veintiocho nudos. Su tripulación:
cien marinos. Nosotros entre ellos. El objetivo, espiar los movimientos de la fuerza
naval soviética. En abril del ‘82 anclaba en la Base Naval Faslane. Hasta que
un día nos ordenaron entrar en acción. El objetivo ahora era vigilar la flota
argentina y en especial un buque que navegaba al sudoeste de Falklands.
Unos militares argies buscaban
salvarse y conservar el poder persiguiendo la unidad nacional con una guerra.
Alguien dijo que esa guerrita representaba lo mismo para la Dama de Hierro.
Johnny no prestó atención. La política no le importaba. Apenas el comandante
informó el destino, nos preguntamos qué hacían los argies invadiendo las
Shetlands. Creíamos que esas islas estaban cerca de las Shetlands. Shit-lands,
bromeó alguno. Por qué no invadieron las Barbados, tan soleadas. Un oficial nos
informó que del alto mando pedían que tuviéramos cuidado con las ballenas. Una
especie en extinción. Una cosa es la guerra. Y otra la ecología. Que no
confundiéramos al enemigo con un cetáceo. Eso les preocupaba.
Johnny sentía el vértigo. Se
preguntaba si estaría a la altura de la situación. Colin era el encargado del
sonar y Johnny, el torpedista. Fueron los primeros en advertir el objetivo. El
Belgrano se reabastecía de combustible en altamar. Un satélite había detectado
al petrolero Rosales, fácil de captar por sus motores diésel. Michael identificó
el objetivo en su pantalla. Nos acercamos.
Subimos lo mínimo como para usar
el periscopio. Además del Belgrano y el Rosales estaba cerca el destructor
Piedrabuena. Informamos a Londres, nos ordenaron perseguir al Belgrano. Que no
jodiéramos a las ballenas, recordaron. Ya recibiríamos más órdenes. Dos días
después, el 2 de mayo, una tarde de domingo, antes del anochecer, el submarino,
a casi dos kilómetros de distancia, disparó sus torpedos.
Johnny los disparó.
5
Michael, el maniático de los
datos, con su obsesión de filatelista, busca completar la historia. Con su
detallismo, se acuerda de Pearl Harbor: el Phoenix provenía del astillero New
York Shipbuilding. Ciento ochenta y cinco metros de eslora, veintiún metros de
manga, siete metros de calado. Quince cañones, tres en cada una de sus cinco
torres. Ocho cañones antiaéreos. Veintiocho cañones Bofors. Veinticuatro
cañones de veinte milímetros. Hangar para cuatro aviones. Dos montajes
cuádruples de misiles Sea Cat. Fue botado un domingo de 1938 y por entonces, en
un viaje diplomático, ancló en aguas argentinas. Más tarde, en el Pacífico,
sobrevivió el ataque japonés en Pearl Harbor. Superstición, se dirá, pero fue
domingo el desastre de Pearl Harbor y también sería domingo el día de su
muerte. En Pearl Harbor respondió al ataque, pero no fue alcanzado por las
bombas japonesas. Le ordenaron que se lanzara tras los portaaviones enemigos.
Más tarde, en los años de la guerra, participó en diferentes misiones. Tuvo su
gloria en Filipinas. Le causó bajas importantes a la Marina japonesa. Terminada
la guerra, retornó a la Argentina. Lo compró Perón. Habrán oído hablar de aquel
Mussolini. Trae mala suerte cambiarle el nombre a un barco. Debieron saberlo
los argies. Una fecha folklórica le pusieron: 17 de octubre. Pero no fue por
mucho tiempo. Unos militares rebeldes decidieron voltear al tipo. Y emplearon
el ahora 17 de octubre para desembarcar en Buenos Aires. No tuvieron mejor idea
que bautizarlo por tercera vez: el nombre de un prócer. Esos países bananeros.
Si es verdad que no conviene
cambiarle el nombre a un barco, los argies desafiaron demasiado la suerte. El
Phoenix sufrió dos nuevos bautismos. Dos domingos, dos bautismos, dos torpedos.
Un 2 mayo. El Phoenix estuvo maldito desde el mismo día en que cambió de
bandera. Y su destino estaba sellado en esa tarde del ’82, cuando dos torpedos
del Conqueror lo hundieron en menos de cuarenta minutos. El viento soplaba a
ciento veinte kilómetros, las olas medían más de doce metros, la temperatura
era de diez grados bajo cero. El Phoenix se encontraba al este de la Isla de
los Estados y al Sur de las Falklands. De sus mil tripulantes, perdieron la
vida más de trescientos.
6
El mar estaba encrespado y los
torpedos iban a cinco metros de profundidad. Los argies no pudieron verlos.
Podíamos imaginar lo que pasaba en el Belgrano. Un marino que camina por un
pasillo siente una explosión. Todo se mueve. Tiembla el piso. Se corta la luz.
La oscuridad más negra. El silencio que aturde. Alguien grita: “¡Tranquilos,
que no pasa nada!”. Entre una y otra explosión hay treinta segundos. El primer
torpedo impactó en la sala de máquinas de popa, cerca del comedor y los
dormitorios. Los muertos, los heridos. El olor a petróleo intoxica. La onda expansiva
provoca una chimenea de quince metros y atraviesa las cinco cubiertas. Treinta
segundos. El segundo torpedo acierta en la proa. Se eleva una columna de agua y
hierros. Desaparecen quince metros de buque. Más tarde se dirá que de los
trescientos muertos del Belgrano la mayoría murió con el primer impacto.
Mientras se arrojan al mar las primeras balsas, la tripulación todavía no
escucha la orden de abandonar el barco. Marinos desnudos, envueltos en llamas,
se retuercen aullando. Los compañeros quieren arroparlos, pero es tarde. El
Belgrano se inclina, las balsas siguen cayendo al agua, los marinos saltan. El
Belgrano se hunde. Una humareda densa se recorta en el cielo gris. Los
náufragos buscan poner distancia del barco. Al hundirse, puede tragarlos. A las
cinco de la tarde, cuando los náufragos se alejan del Belgrano, lo ven
hundirse. En menos de cuarenta minutos sólo flotan en el océano los cuerpos de
los sobrevivientes y las balsas. Es casi de noche.
Divisan unos buques escolta. Pero
los buques se esfuman, temen otro ataque. Unas horas después, un temporal
sacude las balsas. Las olas amenazan darlas vuelta, impiden la atención de los
heridos. Los marinos vomitan. Les cuesta cerrar los techos de lona. El
termómetro baja. En la noche de tormenta, las olas, cada vez más altas. Las
balsas se inundan. Los hombres usan su calzado para desagotar. El frío mortal.
Los náufragos mean las bolsas recolectoras volviéndolas bolsas de agua
caliente. El viento arrastra las balsas hacia la Antártida.
En tanto, el Conqueror, aplicando
la lógica de cualquier submarino después de un ataque, se alejaba de la zona
evitando ser localizado por las fuerzas enemigas que pudieran acudir en ayuda.
Cuando el submarino ya se
encontraba fuera de peligro, algunos nos preguntamos dónde estaba Johnny. Lo
encontramos. En su camastro, agarrándose las orejas, tapándose los oídos, en
posición fetal, temblando, murmuraba. La ballena, murmuraba. Perdón, Señor,
murmuraba. Se agarraba la cabeza, se tapaba los oídos.
7
Ahora, esta noche, Johnny terminaba
de contarnos su versión. Su suerte siempre estuvo escrita, dijo. Una maldición,
dijo. Dios lo había traicionado, dijo. Estuve por decirle que la salvación del
alma no puede depender de un libro. Menos de uno de fábulas. Qué otra cosa es
la Biblia. Pero me callé. Michael también se calló. Con todo su coleccionismo
de batallas navales no supo qué decir. Colin, siguiéndole la corriente a
Johnny, lo quiso consolar: al fin de cuentas, sus torpedos habían librado a
Nínive de los militares. La historia avanza sobre cadáveres.
Johnny nos miró como
perdonándonos.
Se perdió en la niebla balbuceando
más nombres.

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