En la columna semanal Informe de un día, un recorrido por las obras y acontecimientos de dos grandes intelectuales y militantes argentinos en un nuevo aniversario de sus nacimientos.
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Por Inés Busquets | Ilustración:
Gato Nieva
Para nosotros, Paco, la alegría eran
muchas cosas de cada
día; la compañera, el hijo y el
nieto, un truco, un verso, una
ginebra. Pero más que nada era una
certidumbre
permanente, como una fiebre del día y
de la noche que nos
hace creer que vamos a ganar, que el
Pueblo va a ganar…
(Rodolfo Walsh, carta a Francisco
Urondo, 1976. Publicada en Rodolfo Walsh, los años Montoneros, de Hugo Montero
e Ignacio Portela, Sudestada)
Rodolfo Walsh nació en Choele Choel,
Río Negro el 9 de enero de 1927.
Francisco “Paco” Urondo nació en
Santa Fe, el 10 de enero de 1930.
Los dos escritores, intelectuales,
poetas, periodistas y militantes. Ambos perseguidos y víctimas de la última
dictadura militar.
Paco fue asesinado el 17 de junio de
1976 (su hija Claudia en diciembre del mismo año).
Rodolfo fue asesinado el 25 de marzo
de 1977 (su hija, Vicky el 29 de septiembre de 1976).
Rodolfo inició su carrera de escritor
con cuentos policiales y su obra cumbre fue Operación Masacre,
entre otras obras de no ficción. Además de su participación en Prensa Latina
(Cuba), Diario Noticias, fundador de ANCLA, entre otras actividades
periodísticas.
Paco era poeta y participaba
activamente junto a otros poetas de espacios relacionados. Escribió la
novela Los pasos previos, libros de poemas, ensayos, también fue a
Cuba con intelectuales argentinos en plena revolución y fue parte de
Diario Noticias junto a Rodolfo, Miguel Bonasso, Juan Gelman,
Horacio Verbitsky y Alicia Raboy (la última esposa, mamá de Ángela, secuestrada
el día de su asesinato y desaparecida).
Rodolfo en la infancia ya discutía
con las instituciones desde los dos colegios irlandeses en los que estuvo,
mientras asimilaba la crisis agropecuaria del 30 que afectó la economía
familiar.
Paco, según cuenta su hermana
Beatriz, jugaba a empuñar el arma de juguete y salir a defender a los pobres, a
los 18 años se fue de la casa de sus padres para independizarse.
Ambos sentían la injusticia, sus
vidas parecían signadas al destino de la época, a una coyuntura que iba en
consonancia con los sucesos personales. Los dos desde muy chicos empezaron a
vivir la historia en sus cuerpos.
El libro de Editorial
Sudestada, Rodolfo Walsh. Los años montoneros de Hugo Montero
e Ignacio Portela, cuenta como punto de partida el primer encuentro de ellos
(según Lilia Ferreyra) una noche de fines de 1967 cuando Paco visitó el
departamento de Rodolfo en la calle Cangallo 1671: “Primero en su pequeño
departamento, después cruzando la vereda y compartiendo un café en el viejo bar
Politeama de Corrientes y Paraná, Walsh y Urondo se enredaron en una
conversación que no podía eludir el influjo de ciertos acontecimientos
centrales en la vida política del continente: la muerte reciente del Che en
Bolivia, las consecuencias que esa derrota provocaron. La flamante conformación
de la Organización Latinoamericana Armada Socialista en La Habana, la gestación
de nuevos movimientos rebeldes a lo largo del continente y, sobre todo, la
chance de elaborar con paciencia una construcción política de perspectiva
revolucionaria en la Argentina , donde todavía imperaba desde 1966 la dictadura
militar de Onganía y sus esbirros. ¿Era posible la revolución en Argentina?
¿Cuál debía ser la participación de los intelectuales? ¿Podrían llegar a ser,
ellos mismos, militantes revolucionarios?, fueron algunas de las preguntas que
sobrevolaron ese encuentro, según la propia Lilia.”
Quisiera encontrar las palabras para
definirlos. Divago en determinaciones que escucho, que leo, que investigo. Aun
así siento que no alcanza. Pienso en una palabra punctum que
los incluya a ambos y me sale compromiso: ¿Con la palabra? ¿Con la vida? ¿Con
el pueblo? Tal vez ese compromiso reúna un poco de cada cosa.
Paco y Rodolfo fueron compañeros de organización en un momento determinado.
Personas disímiles con distintos puntos de vista en situaciones puntuales pero
unidas en la idea, la convicción y sobre todo en este gran dilema del vínculo
entre la escritura y la vida. Desafiaron las leyes que separan la obra del
artista para encarnizar la palabra y convertirla en acción.
Los dos fueron primero intelectuales, luego militantes, sin embargo tuvieron un
destino parecido, lucha, persecución, clandestinidad, pérdidas familiares y
muerte en combate.
Ya ante eso todos los detalles que los separan parecen nimiedades.
A la hora de recordarlos son múltiples los matices y las aristas para
abordarlos, me quedo acá: en la vida de riesgo, en la combinatoria perfecta
entre la palabra y la acción. En las palabras de Paco: “Empuñé un arma porque
busco la palabra justa.”
El arte suele ser testigo social de la historia. Las sociedades producen
intelectuales de vanguardia que no existiría manera de imitar justamente por
eso, porque pertenecen a un momento dado, único e irrepetible. En ese contexto
la influencia de la revolución cubana y la expresión popular del peronismo y
otras organizaciones en la Argentina dieron sus frutos.
Por su parte, injusticia, la
desigualdad y los gobiernos de facto en Latinoamérica incidieron también en la
necesidad de ser activo cada uno desde su lugar, oficio o profesión.
El periodismo que aun era solo de oficio dio paso a la manifestación de grandes
pensadores que quizá no encontraban la forma de difundir las ideas de un
movimiento.
De esta manera, política, periodismo y poesía derribaron los diques para
darle cauce a un río caudaloso y desbordante de militantes e intelectuales.
Paco y Rodolfo se encargaron siempre
de exponer su postura al respecto, hay ensayos, reflexiones y papeles
personales que lo afirman más allá de sus obras. En Veinte años de
poesía argentina y otros ensayos de Paco Urondo, de Mansalva y recopilados
por Osvaldo Aguirre, Paco reflexiona: “Los hechos históricos que estamos
viviendo, y que están siendo bien registrados y expresados por su natural
protagonista-el pueblo-, todavía no han sido bien captados por nuestros
artistas e intelectuales. No se ha producido todavía una inmersión de estos
grupos en la realidad cabal que se vive en el pueblo. Hay trabas, dificultades
objetivas, para esta identificación, y solo la práctica, la imaginación y la
capacidad creativa de estos artistas e intelectuales irán encontrando los
caminos, superando las dificultades, hasta que sean suyas las alegrías y las
preocupaciones del pueblo. Pero la superación de estas dificultades objetivas
solo puede darse en la medida en que encaren simultáneamente los problemas
ideológicos. El individualismo, el descompromiso, toda la sintomatología del
liberalismo, estarán sumándose a las dificultades objetivas que intelectuales y
artistas tienen para aportar su tarea a la causa del pueblo.” (Crisis,
septiembre de 1974)
(Ilustración: Leo Olivera)
Por su parte Rodolfo Walsh expresa,
en Ese Hombre y otros papeles personales de Ediciones de la
Flor, la importancia del arte para la causa del pueblo: “Un libro no es
solamente un producto acabado que se vende a determinado precio, por lo general
demasiado caro para que un obrero pueda comprarlo. Un libro es además los efectos
que produce, los comentarios que produce. Dentro de las limitaciones que
existen para que cualquier obra literaria llegue a la clase obrera, creo que
este material tiene una cierta penetración. Basta con que llegue a las cabezas
del movimiento obrero, a los dirigentes, a los que tienen responsabilidad de
conducción, a los militantes más esclarecidos. Ellos son los vehículos de las
ideas contenidas en el libro.” (Entrevista publicada en Siete Días,
junio de 1969.)
La palabra como arma
Es vasto e infinito el material para
recorrer la vida de estos dos hombres que dieron su vida conscientemente por la
causa, en todo poema, prosa, ficción o no ficción subyace el compromiso, lo
colectivo, la mirada revolucionaria.
La inalterable decisión de aportar
sus oficios en favor del pueblo, son quienes adherían a la idea de que en años
agitados había que salir cada uno/una desde su oficio, profesión o lugar de
trabajo para salvar al país de la dependencia. Lo escribieron, lo manifestaron,
alzaron su voz mientras pudieron, luego desde la clandestinidad pero nunca
dudaron, ni sacaron los pies del plato.
Ángela Urondo en el documental La
palabra Justa dice: “Mis padres conocían el riesgo pero lo aceptaron,
hubieran sido personas indignas si no hubieran sostenido su lucha. Si bien la
muerte no es un ejemplo favorable, lo indigno genera hijos mucho más
mutilados.” Una sensación única pero que se transfiere a lo que sentimos por
ellos como pueblo. Nuestros artistas e intelectuales eligieron el riesgo pero
no abandonaron la lucha.
Personas que escribieron hasta último
momento y que rescataban sobre todo la alegría de la vida, menciones que
aparecen en los textos y en los guiones de cine de Paco Urondo.
Paco dice en una entrevista (Así,
1973): “Después todo lo relacionado con estos últimos años, resulta conocido
por todos. El periodismo y la militancia política son para mí las armas que
posibilitan mi comunicación con la realidad. Sobre todo la experiencia
militante que me ayudó y me ayuda a entender todo este proceso de lucha
popular.”
Rodolfo, por su parte, escribe en su
diario del 1972: “Todo lo que se escribiera debía sumergirse en el nuevo
proceso, y serle útil, contribuir a su avance. Una vez más, el periodismo era
aquí el arma adecuada.
Quedaba en pie sin embargo una
nostalgia, la posibilidad entrevista de redimir lo literario y ponerlo también
al servicio de la revolución. “
Escudriñar en la vida de estas
personas refuerza la convicción y el poder de la palabra en todos sus usos. El
lenguaje como comunicación, significación y demarcación como dice Julia
Kristeva.
¿Cómo pensar un cierre cuando Paco y
Rodolfo siempre abren puertas?
Me quedo con unas palabras de Juan Gelman en un
prólogo del libro Poemas de Paco que editó para Visor: “Como
Rodolfo Walsh, como Haroldo Conti, Paco escribió hasta el final, en medio de
tareas, urgencias y peligros de la vida clandestina. Para estos pilares de la
literatura nacional nunca hubo contradicciones entre la militancia por una
patria justa, libre y soberana, y la condición de la escritura”.


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