Releer los
textos de protagonistas como Belgrano o Moreno implica encontrarse con una
pintura dramática de esta época. Ellos luchaban entonces por un estado en
favor de las mayorías y en contra de los intereses minoritarios. Y abogaban por
ese país al que “sólo le queda acechar como un tigre, un futuro que sin duda
será de grandeza”.
Por Carlos del Frade
(APe).- Dos siglos y quince años atrás, en estas
tierras desmesuradas y bellezas únicas, un grupo de muchachos que no superaban
las cuatro décadas de existencia en el Virreynato del Río de la Plata,
decidieron inventar un país.
¿Esta semana de mayo tendrá algún significado para
los habitantes de estos saqueados arrabales del mundo?.
“…el vestido de los héroes de la Patria, siempre
tirados y siempre en trabajos y poco menos que desnudos”, escribió Manuel Belgrano, uno
de aquellos muchachos en una de sus 370 cartas reunidas en el llamado
“Epistolario Belgraniano”.
El párrafo hace mención a sus compañeros de armas.
Los describe como héroes de la Patria. Son anónimos. Pero ellos son los héroes.
Los protagonistas de la historia.
Para Belgrano, entonces, el sujeto social son las
masas anónimas, las que combaten en el interior en pos de una nación americana.
“Llora la guerra civil y destruidora en que
infelizmente está envuelta la América”, se lamentaba el dirigente que había sido educado
en España en medio de las privaciones económicas propias y las de toda su
familia. Se recibió de abogado, volvió y a los 24 años ya era secretario del
consulado en Buenos Aires.
Ya estaba “hecho”, según el malversado sentido
común de estos tiempos.
Sin embargo, repetirá una y otra vez un concepto
político existencial desmesurado. Una infranqueable intransigencia contra toda
forma de corrupción.
“Ofrezco a VE la mitad del sueldo que me
corresponde, siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis
facultades son ningunas y mi subsistencia pende de aquel, pero en todo evento
sabré también reducirme a la ración del soldado, si es necesario, para salvar
la justa causa que con tanto honor sostiene VE”, dijo e hizo el abogado
economista transformado en militar.
“No quiero pícaros a mi lado…Lo mismo es morir a
los cuarenta que a los sesenta, no me importa y voy adelante, quiero volar,
pero mis alas son chicas para tanto peso”.
¿Cuál era el vuelo que quería remontar Belgrano?.
¿Qué cielo imaginaba para esas masas miserables que
lo seguían?.
¿Por qué le achicaron las alas al general?.
Dice y repite que en las revoluciones “los
que las intentan y ejecutan, trabajan las más de las veces para que se
aprovechen los intrigantes…es la época de aprovecharse”. Pero él no se
aprovechó. Estuvo siempre a la orden de los distintos gobiernos que se hicieron
cargo de un país todavía enemigo de sí mismo. De una colonia que quería cambiar
de dueño y formar parte, relaciones carnales mediante, con la potencia hegemónica
de entonces, Gran Bretaña.
“Entré a esta empresa con los ojos cerrados y
pereceré en ella antes que volver la espalda…”, confesó y fue fiel a esas
palabras.
Palabras refrendadas con hechos.
Palabras de un político refrendadas con hechos.
Compromiso. Como así se le llamaba a la coherencia
en los años setenta del siglo XX también en estas tierras de América latina.
Un compromiso que lo llevaba a la locura.
En Vilcapugio, Belgrano estaba “parado como un
poste en la cima del morro, con la bandera en la mano, parecía una estatua”,
narran los historiadores. Allí estaba, en medio del desbande, sosteniendo la
bandera por la que había sido juzgado.
¿Por qué ese hombre que había logrado un difícil,
pesado y fatigoso ascenso social se exponía a la muerte en un sucio campo de
batalla?.
También sostienen los cronistas oficiales que
Belgrano, en la retirada de Vilcapugio, se ubicó en la retaguardia y cargó un
fusil y cartuchera de un herido.
Estaba cargado de ideas y proyectos. Enamorado de
un país inventado en las mesas de cafés clandestinos antes de que estallara el
25 de mayo.
“Crea V que es una desgracia llegar a un país en
clase de descubridor”, dijo en una clara demostración de inteligencia y modestia.
Allí se juega el destino de sus sueños. Las ideas
de un grupo de una incipiente clase media que tomó el cielo por asalto y que no
entendía que allá lejos, a través de ríos y pampas, allá en el interior, se
pensaba y se creía en otras cosas. Será un choque para Belgrano, Castelli y los
otros revolucionarios. Eso es lo que connota esta primera impresión de Don
Manuel cuando se entrevista con la gente de carne y hueso del país que tendrá
que descubrir. “Esta gente son la misma apatía; estoy convencido de que
han nacido para esclavos”, dijo.
Repitió en abril de 1818: “todo es país
enemigo para nosotros, mientras no se logre infundir el espíritu de provincia,
y sacar a los hombres del estado de ignorancia en que están, de las miras de
los que se dicen sus libertadores, y de los que los mueven para satisfacer sus
pasiones”.
Diez años de guerra continua en favor del proyecto
de la revolución de Mayo lo llevaron a enfrentarse con Artigas aunque sostenía
sus mismas ideas políticas y económicas.
Pero hay un momento de la transformación de la
acción política en Belgrano.
El 15 de julio de 1810 escribió los nueve puntos
básicos para la Primera Junta de Gobierno surgida del 25 de mayo.
Es necesario un plan que “rigiese por un
orden político las operaciones de la grande obra de nuestra libertad”.
Allí describía el cuadro de situación heredado del
Virreynato: “Inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio,
arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación
extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de
talento y mérito desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y
premiados los vicios”.
Ese documento es la base del Plan de Operaciones de
Mariano Moreno, a la sazón nombrado como secretario de la Junta. Agosto de
1810. Moreno, entonces, a sugerencia de Belgrano, es el encargado de redactar
el programa político y económico que le dará encarnadura al invento de 162
personas que el 25 de mayo decidieron hacer un nuevo país y separarse de
España.
Moreno escribirá el “Plan de Operaciones. Que el
gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en
práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia”.
Para la junta era vital el proyecto, el horizonte
hacia donde marchar.
La situación no podía ser peor: “En el estado de
las mayores calamidades y conflictos de estas preciosas provincias; vacilante
el gobierno; corrompido del despotismo por la ineptitud de sus providencias, le
fue preciso sucumbir, transfiriendo las riendas de él en el nuevo gobierno
provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, quien haciéndose
cargo de la gran máquina de este estado, cuando se halla inundado de tantos
males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y
las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados,
exhaustos sus erarios, los hombres de talento y méritos desconceptuados por la
vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios…”, describieron los
integrantes del gobierno provisional el 18 de julio de 1810.
Moreno define la revolución como un proyecto
sudamericano: “El sistema continental de nuestra gloriosa insurrección”.
Para el secretario es necesario modificar la
estructura social: “tres millones de habitantes que la América del Sud abriga
en sus entrañas han sido manejados y subyugados sin más fuerza que la del rigor
y capricho de unos pocos hombres”. Moreno sabe que los privilegios deben ser
suprimidos si en verdad se quiere crear “una nueva y gloriosa nación”, como
dirá más tarde una de las estrofas mutiladas del Himno Nacional.
Es la misma idea de Belgrano cuando dice que “las
tres quintas partes de la población y territorio del antiguo virreinato,
escapan a nuestro control; la plata del Alto Perú, bloqueada por la
insurrección del Mariscal Nieto, resulta vital para las finanzas; representan
el 80 por ciento de las exportaciones de la capital. Además, los españoles
europeos siguen conspirando. Nuestro país es inmenso y despoblado; tal es su
presente; sólo le queda acechar como un tigre, un futuro que sin duda será de
grandeza”.
Por ello Moreno quiere insuflar de decisión
política al nuevo estado para que sea herramienta de distribución de riquezas:
“qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el estado sobre
bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aún cuando
parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda
causarse a cinco mil o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas
que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios, y demás establecimientos
en favor del estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos”.
Y agrega que “si bien eso descontentará a cinco mil
o seis mil individuos, las ventajas habrán de recaer sobre 80 mil o 100 mil”.
Un estado que arbitre lo necesario para cumplir el
objetivo de la política, según el propio Moreno, que es “hacer feliz al
pueblo”. Un estado que vuelque su poder en favor de las mayorías y en contra de
los intereses minoritarios.
Con un proyecto de desarrollo del mercado interno y
proteccionista de su comercio y su industria: “se pondrá la máquina del estado
en un orden de industrias lo que facilitará la subsistencia de miles de
individuos”.
El futuro del país pensado por Moreno “será
producir en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin
necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesita para la conservación
de sus habitantes”.
Durante una década no habrá interés particular por
sobre las necesidades del estado revolucionario: “se prohíbe absolutamente que
ningún particular trabaje minas de plata u oro, quedando al arbitrio de
beneficiarla y sacar sus tesoros por cuenta de la nación, y esto por el término
de diez años, imponiendo pena capital y confiscación de bienes con perjuicio de
acreedores y de cualquier otro que infrigiese la citada determinación”.
Repite su cuestión de estado a favor de una
igualdad garantizada desde el poder: “las fortunas agigantadas en pocos
individuos, a proporción de lo grande de un estado, no solo
son perniciosas, sino que sirven de ruina a la
sociedad civil, cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los
ramos de un estado”.
No era solamente una advertencia sobre aquel
presente, sino una profecía para los tiempos que vendrían.
El 4 de marzo de 1811 Moreno fue envenenado frente
a las costas brasileñas y junto a su cuerpo también desapareció la voluntad
política de generar y sostener un estado revolucionario.
La metáfora del cuerpo del revolucionario sumergido
y desaparecido en el Atlántico es un macabro prólogo de lo que sucedería en los
años setenta del siglo XX con aquellos que intentaban un cambio estructural en
la sociedad argentina.
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