Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, febrero 08, 2026

Tamo volviendo...Gracias compas. (Y va uno de mis temas favoritos. Un renacer de las cenizas.)






 

El bunker de Joe Lewis


El magnate inglés construye un búnker en Lago Escondido

Lewis sale del juzgado de Nueva York tras escuchar su condena, en 2024.
 
 

 

Joseph Lewis, el millonario británico propietario de la estancia Lago Escondido, en Río Negro, construye una ampliación de la residencia principal de alta seguridad, bajo tierra y en la piedra, a pocos metros de la costa. Estuvo en las tierras propiedad de Hidden Lake SA en diciembre del año pasado, poco después de recibir el indulto por parte del Presidente norteamericano Donald Trump, que le perdonó la condena penal por fraude financiero y conspiración para cometer maniobras con valores. El fundador y cabeza de Tavistock Group regresó en enero con invitados, reafirmando su poder local después del mal trago de la investigación judicial en Estados Unidos, por la que fue arrestado en julio de 2023 y declarado culpable en enero de 2024.

Al menos tres grupos de capitales comparten esta tendencia a fortificar sus espacios en áreas rurales a las que no acceden ni siquiera autoridades provinciales competentes, con obras de infraestructura y equipamiento muy diferente a la seguridad privada de los barrios privados y estancias de la zona. La residencia privada del Emir de Qatar en cerro Baguales, a 1.700 metros de altura, excavada en la roca; las instalaciones del fideicomiso Amaike (de la familia real de Abu Dhabi) tanto en la zona andina como en la costa atlántica; y, ahora, el bunker de Hidden Lake, de acuerdo a nuestro seguimiento de las prácticas de estos capitales en el territorio.

Magdalena Odarda, legisladora provincial por el bloque Vamos con Todos, hizo un pedido de informes a funcionarios públicos de Río Negro para establecer “si en área de seguridad de frontera se han construido infraestructuras y/o edificaciones aptas para uso militar por parte de personas físicas o jurídicas extranjeras”. Al cierre de esta nota, el Ministerio de Defensa tiene suspendido el servicio on line de identificador de áreas de frontera del Instituto Geográfico Nacional (IGN).

La presencia de Lewis en la zona coincidió con la visita de la delegación de congresistas norteamericanos a Tierra del Fuego y Neuquén, sin aviso ni invitación oficial a ninguno de los respectivos gobernadores. El fueguino Gustavo Melella cuestionó públicamente la presencia de la delegación norteamericana, en tanto que el neuquino Rolando Figueroa optó por molestarse con la prensa al quedar fuera de la actividad política.

 

Spa fortificado

Algunas medidas de seguridad parecen excesivas para solamente proteger la privacidad de las personas. Según una fuente, está en construcción un ala nueva anexa a la mansión de Lago Escondido que consta de tres subsuelos y dos plantas. En las imágenes satelitales de acceso libre sólo es posible constatar una planta en construcción, pero no la envergadura de la obra.

La residencia principal, el helipuerto, las viviendas para invitados y para el personal, caballerizas y galpones, todo está emplazado en la cabecera este del lago, a 800 metros sobre el nivel del mar. Es un fondo de valle formado por depósitos glaciares, formaciones geológicas llamadas morenas. El lago es alargado, rodeado por cordones montañosos que al norte se elevan con el cerro Ventisquero (2.298 m.s.m.) y al sur con los cerros Grande (2.294 m.s.m.), Pulgarcito (1.920) y Escondido (1.853).

Hace siete años exactamente informábamos sobre la falta de declaración ante el Estado de la superficie cubierta construida por parte de Hidden Lake, entre otros grandes capitales. Ahora, la preocupación es mayor, ya que es sobre el tipo de construcción que se realiza y el papel del Estado provincial.

Odarda requirió precisiones sobre estas construcciones fortificadas a Agustín Ríos, ministro de Gobierno; Judith Jiménez, secretaria de Ambiente y Cambio Climático; y a Gastón Renda, superintendente del Departamento Provincial de Aguas (DPA). “Dónde se ubican, características de las mismas, fines, funcionario que autorizó las obras civiles y los planos de construcción y organismo que dio el aval correspondiente para su funcionamiento”, indagó. La información que dispone le permitió asegurar que “en cercanías de la mansión ubicada sobre el emblemático Camino de Tacuifí, se habría construido una estructura conocida como búnker, apta para uso militar. También puede tratarse de una especie de ‘refugio antiaéreo’ para protección de población civil”. Son aproximadamente 4.000 metros cuadrados, con varios pisos subterráneos y otros en superficie, elaborado con materiales de alta resistencia propios de este tipo de fortalezas cuyo fin es resistir condiciones extremas y ataques externos. Cuenta con salas de control de comunicaciones, canchas de paddle, spa, habitaciones, salas de reuniones, peluquería y un piso entero destinado a la estadía del magnate inglés Joseph Lewis. No se conoce si la edificación tendría fines de uso civil o militar, indicó en el pedido de informes elevado a la Legislatura.

También es reciente la apertura de un camino de unos ocho kilómetros junto a la costa, que no respetaría la línea de sirga fijada por ley.

 

El búnker en construcción.

 

La pista de siempre

Odarda también volvió a plantear su preocupación sobre el aeropuerto privado ubicado a metros de la costa Atlántica, a unos 30 kilómetros al sureste de Sierra Grande y a 500 de las Islas Malvinas en línea recta.

“Desde que fue habilitado, ninguna autoridad ha podido asegurar que el aeródromo es controlado en su movimiento aéreo por radares u otro tipo de control estatal a fines de preservar los intereses soberanos nacionales. Tal es el secretismo que adquiere este aeropuerto, que no existe presencia de Gendarmería, Prefectura o de la policía de la Provincia, a quien recientemente no se les permitió el ingreso a las instalaciones”, aseguró la diputada de la oposición.

Esa pista fue construida por Bahía Dorada SA (de Tavistock), firma que vendió las tierras con la pista al fideicomiso Amaike de capitales de los Emiratos Árabes Unidos (EAU). El polista argentino Alfredo Capella la compró para Amaike en setiembre de 2023 sabiendo que la parcela estaba comprendida en el área de seguridad de frontera, como consta en la documentación oficial del Registro de la Propiedad Inmueble. En noviembre del año siguiente, la Jefatura de Policía informó que un comisario inspector no pudo hacer constataciones del aeródromo porque el encargado se lo impidió, tal como quedó asentado en la respuesta a otro pedido de informes legislativo.

En 2022, un control aduanero en el aeropuerto de Bariloche reveló que un avión militar de los Emiratos Árabes trajo una estación satelital para las parcelas rurales de Amaike. Instalaron cámaras de seguridad a 1.700 m.s.m, según se desprendió de la documentación ofrecida en la demanda por presunta usurpación de 14.000 hectáreas contra gente mapuche. Allí se emplazó el coto de caza de especies exóticas Futan Tue. En ese mismo lugar se instaló una estación meteorológica, que no puede ser revisada por agentes públicos de El Bolsón, como correspondería por jurisdicción, de acuerdo a fuentes de la zona.

Una selfie con las montañas de fondo es causal de despido en Las Marías, establecimiento ubicado en el paraje El Manso, también de Amaike.

 

El avión de Emiratos Árabes despegando del aeropuerto de Bariloche. Foto: Marcelo Martínez.

 

 

Siete congresistas

Los movimientos anónimos de los poderosos también desataron preocupación en Neuquén, donde siete congresistas norteamericanos ni siquiera invitaron al gobernador en su tours por lugares y con anfitriones desconocidos. El martes 27 de enero a las siete de la mañana despegó de Usuhuaia un avión de la Fuerza Aérea norteamericana, que aterrizó dos horas y media después en la capital neuquina. “Eran 23 personas: siete miembros de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos (pertenecientes al comité bipartidario de Energía y Comercio), cuatro funcionarios de la Embajada de Estados Unidos en Argentina (incluido un traductor), y el resto familiares de los congresistas, asesores en temas ambientales y un médico. Entre los senadores estaba Morgan Griffith, figura central del Comité, influyente republicano y representante del noveno distrito de Virginia”, según la reconstrucción de la prensa. El grupo liderado por Griffith estuvo integrado por Nanette BarraganRuss FulcherRandy WeberDiana Harshbarger y Mike Kennedy.

Figueroa tenía prevista una conferencia de prensa conjunta con Mariano Gaido, intendente de la capital neuquina, que fue alterada por la llegada del Boeing C-40 de la USAF. No pudo eludir las preguntas de la prensa. Se molestó mucho. Algunos dicen que le avisaron informalmente del arribo y no lo invitaron. Como sea, Lorena Parrilli, legisladora provincial por el Frente de Todos, presentó un pedido de informes para tener precisiones, pero recién se tratará en sesiones ordinarias.

 

 

Algunas respuestas habrá que buscarlas en el texto del Acuerdo de Comercio e Inversión Recíprocos entre los Estados Unidos y la Argentina que firmaron el jueves 5 el embajador Jamieson Greer y el ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Pablo Quirno.

 

 

Leones eran los de antes

 


Milei y el sometimiento colonial

 
 

 

La admiración del Presidente Javier Milei por la ex Primera Ministra británica Margaret Thatcher, su definición en cuanto a que los kelpers deben decidir acerca de la soberanía de Malvinas, su exhibición con el ex Primer Ministro británico Boris Johnson en el balcón de Perón —provocación de fuerte valor simbólico—, su incondicional sometimiento a Estados Unidos y su adhesión al genocidio colonial en Gaza, lo definen como un colonizado perfecto, de aquellos que lamentan que nuestros antepasados hayan sido colonizados por España y no por Inglaterra; preocupación injustificada en quienes tienen un alto contenido de anglofilia en sangre aunque no lo sepan: los pueblos originarios fueron colonizados por el español pero hace 200 años que la influencia dominante en la vida de los argentinos es la de los imperialismos anglo-norteamericanos; el caso de Milei es prueba elocuente y factor determinante de la inserción geopolítica y el sometimiento político-económico de la Argentina desde diciembre de 2023.

Paradigma del racismo, la explotación y otras violencias durante más de dos siglos, el imperio británico todavía se presenta con arrogancia como una empresa civilizadora y modélica en comparación con los imperios francés, español y portugués, considerados defectuosos, cuando no fallidos. Esta fantasía ha tenido soportes importantes en la academia y en la industria del entretenimiento, dos herramientas efectivas del hegemonismo anglo-americano, en estrecha colaboración con los sistemas político, militar, financiero y mediático. Si miramos retrospectivamente, comprobamos que la industria de Hollywood logró convertir en proezas, epopeyas o relatos románticos lo que constituye una historia universal de la infamia, pero no la de la ficción borgeana, sino la del pasado ominoso del colonialismo británico y su descendencia histórica. Clásicos del cine como Lawrence de Arabia (1962), 55 días en Pekín (1963), Zulú (1964) y Kartum (1966) prueban que toda una generación creció entretenida y encandilada por estas leyendas enaltecedoras incorporadas como fiel testimonio de realidades pasadas. Cualquier obra seria sobre lo realizado por el imperio británico en India, cotejada con películas como Victoria y Abdul (2017), de Stephen Frears —que presenta la relación de cálida amistad entre la reina Victoria y su criado indio, en una época en la que millones de indios morían de hambre como consecuencia directa de la gestión colonial—, sirve para tener una idea del nivel grotesco de tal manipulación. 

Si el virtuosismo monopólico tiene un propagandista en el “especialista en crecimiento económico con o sin dinero”, el virtuosismo imperial ha tenido los suyos en el ámbito académico. Un ejemplo es el fallecido historiador de la economía en Harvard, David S. Landes. En La riqueza y la pobreza de las naciones (1998) escribió que “para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo modo de proceder. Para otras naciones, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas y de subirse a la ola del progreso histórico. Esta obra, ampliamente difundida, ha contribuido a embobar a criollos admiradores de las glorias británico-yanquis. No están solos, ya que encuestas recientes revelan que en el Reino Unido hay más nostálgicos del imperio que en otras antiguas potencias coloniales.   

Según un estudio de Jason Hickel —Universidad Autónoma de Barcelona— y Dylan Sullivan —Universidad Macquarie, Australia—, solo entre los años 1880 y 1920, la colonización británica causó en la India unos 100 millones de muertes, provocadas por el empobrecimiento y las hambrunas. “Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida de la historia de la humanidad” —“historia de la humanidad” se dice aquí con fundamentos—. “Es mayor que la suma de muertes que se produjeron durante las hambrunas del siglo pasado en la Unión Soviética, China, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”. Antes, en 1770, una gran hambruna mató en Bengala aproximadamente a diez millones de personas, la tercera parte de la población, tragedia en la que fue decisivo el monopolio del arroz y otros productos impuesto por la Compañía Británica de las Indias. 

Uno de los análisis explícitos de Marx sobre la colonización capitalista en los países de Oriente se encuentra en los artículos de la Tribuna de Nueva York, aparecidos el 25 de junio y el 8 de agosto de 1853. Su lectura crítica —siguiendo enseñanzas del autor— debería hacer el progresismo iluso que cree en “el desarrollo inducido por el imperialismo”. Marx explica la destrucción de la artesanía y la comunidad aldeana de la India por obra del capitalismo británico, cuyas mercancías —más que la injerencia burocrático/militar— “destruyeron hasta las raíces la unión de la agricultura y manufactura”. Además, pone de relieve el carácter implacable del proceso: “La profunda hipocresía y la barbarie congénita de la civilización burguesa se despliega con toda su amplitud ante nuestros ojos no bien nos apartamos de su patria, donde asienta sus respetables lomos para examinar las colonias, en las que se manifiesta con toda desnudez”. No obstante —agrega—, la indignación moral no debe obscurecernos el panorama objetivo, y muestra su optimismo por cuanto al destruir las bases seculares del régimen y su despotismo político, el capitalismo producirá “en verdad la única revolución social que Asia jamás haya conocido”. Se pregunta: “¿Puede la humanidad satisfacer sus destinos sin una revolución fundamental en el Estado social de Asia? Si no puede, entonces Inglaterra, cualesquiera que hayan sido sus crímenes al realizar esta revolución, resultó el instrumento inconsciente de la historia. Inglaterra debe cumplir en la India una doble misión, destructora y creadora: el aniquilamiento del antiguo orden social asiático y la creación de las bases materiales para un orden social occidental en Asia”.

La experiencia histórica no se corresponde en este caso con las expectativas de Marx: el capitalismo librecambista y el monopólico cumplieron con creces la tarea “destructora”, pero no la “creadora”; no se orientaron a echar las bases objetivas de un desarrollo “burgués occidental”. Asimismo, Marx se equivocó al formular el pronóstico que sigue: “Cuanto la burguesía inglesa se vea obligada a hacer no producirá la liberación de la masa del pueblo ni el mejoramiento de su situación social, que no depende solamente del desarrollo de las fuerzas productivas, sino del grado de su apropiación por el pueblo. Lo que de todas maneras hará es crear las condiciones de su realización”. Como es sabido, no hubo tal desarrollo de las fuerzas productivas, sino retroceso y subordinación económica y política.

Más cerca en el tiempo, según escribe el periodista y estudioso de la historia Rafael Poch de Feliu, “el político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill, era un racista confeso. En los años ‘40 del siglo XX se refirió a los indios como ‘un pueblo bestial con una religión bestial’, y de la hambruna de 1943 en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que ‘fue culpa suya por reproducirse como conejos’”.

Otro de los casos que exhibió la brutalidad del dominio inglés es el de Irlanda. La violenta conquista de Irlanda por Inglaterra quedó consumada a principios del siglo XIX al establecerse la Ley de Unión. Pero Irlanda, a diferencia de Gales y Escocia, no disolvió su fisonomía nacional, aunque las hambrunas y represiones llevadas hasta el exterminio, más las emigraciones, el despojo de tierras y la implantación violenta de colonos ingleses, estuvieron a punto de eliminar el idioma nacional gaélico, un tipo de lengua celta.

En la segunda mitad de la década de 1840 se produjo una hambruna que, en relación con la población irlandesa, fue de las mayores históricamente registradas. Con ocho millones de habitantes, las muertes y la emigración causadas por el hambre se llevaron alrededor de dos millones. Los ingleses continuaron destinando a la exportación todos los alimentos producidos en Irlanda: lo consideraron más importante que la vida de los irlandeses. Charles Trevelyan, ex funcionario colonial en la India, era en esos momentos subsecretario del Tesoro y tuvo a cargo la atención de la hambruna en Irlanda; pero estaba más preocupado por “modernizar” la economía irlandesa que por salvar vidas, parecido a lo que pasa en la Argentina de Milei. Esto dice una descendiente de Trevelyan.

En su viaje de 1856 por el “verde país de Erin” —forma poética que nombra a Irlanda—, Federico Engels transmitió agudas observaciones a Marx, que luego amplió en estudios históricos y económicos específicos: “La llamada libertad de los ciudadanos ingleses se funda en la opresión de las colonias”; lúcida frase que ilumina sobre un hecho fundamental: el gobierno democrático no nace de una amable predisposición a “tolerar todas las opiniones”, sino de las condiciones materiales de convivencia. En otras palabras, el saqueo de los pueblos sometidos y su hegemonía sobre el mercado mundial permitían a Inglaterra asegurar a sus ciudadanos, incluso a los obreros, una holgura tal que excluía toda disputa por el poder; esa era la democracia inglesa: se basaba en el reparto del botín colonial; aunque, naturalmente, tenía su reverso: “Las medidas de violencia son visibles en cada rincón de Irlanda. El gobierno inglés se mete en todo. Ni rastros del gobierno propio”. De nuevo, como en la Argentina de Milei.   

El imperio británico era una dictadura militar en la que los gobernadores coloniales imponían la ley marcial ante el menor disenso. Miles fueron confinados en la misma metrópoli, sobre todo después de que la independencia de Estados Unidos impidiera usar ese territorio colonial del “nuevo mundo”: en los 30 años anteriores a 1776, la cuarta parte de los emigrantes llegados a Maryland eran convictos; lo que Poch caracteriza como el “gulag insular de su majestad” se completaba con islas del Caribe como las Bermudas y Roatán en Honduras. Penang en Malasia o Seychelles y Andamán en el océano Índico “formaron parte del presidio insular británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a Singapur”. El arzobispo Makarios, líder del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo detenido en Seychelles en 1956. 

Por su parte, el recientemente fallecido periodista e historiador británico Richard Gott afirma, en Britain’s Empire (2012), que “el imperio tal y como había sido llegó a su fin formalmente en la década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos territorios coloniales”. Gott escribió en 2012 y su afirmación resultó un pronóstico acertado: el genocidio del pueblo palestino tiene lugar en la Palestina histórica —los actuales territorios de Israel, Cisjordania y Gaza— que estuvo bajo el Mandato Británico hasta 1948.  

Este incompleto recorrido por los crímenes del colonialismo inglés sugiere que la violencia que practica su vástago yanqui ni es novedosa ni debería sorprender. La persecución interna que realiza el Estado federal estadounidense a través del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Trump se reconoce en la tradición británica de represión en la metrópoli a ciudadanos cuyo origen está en las colonias. La reclusión por encargo en territorios coloniales, como el San Salvador de Nayib Bukele o la Irak bajo control norteamericano, que configura algo así como el presidio intercontinental estadounidense, tiene su antecedente en el “gulag insular de su majestad”. No habría que sorprenderse si la ampliación del presidio se concretara con la Argentina de Milei y Bullrich, que están construyendo un Estado policial interno, con planos en el DNU 941/2026.    

La admiración de Milei por los británicos y el vasallaje de su gobierno al señor norteamericano podrán tener un componente ideológico; pero de lo que no caben dudas es de que encubren negocios, como los que tuvieron las castas feudales indias con el amo británico. Si la medida es la capacidad de daño, no se equivoca Milei cuando dice “Yo soy el león”; en cambio, la historia dice “león era el de la Queen Victoria”.

 

 

La montaña

 

Lo que está en peligro es nuestra humanidad esencial


 
 

 

Llevo una temporada empollando una idea que —estoy seguro— muchos habrán tenido también, o al menos visitado repetidamente, durante estos años: estamos inmersos en una de las eras más lamentables que haya conocido la humanidad, en tiempos contemporáneos. Un juicio para el cual me siento calificado, no sólo porque ya viví una cantidad de años considerable, sino además porque esa longevidad me expuso a experiencias como la última dictadura, para colmo en la etapa correspondiente a mi formación. (Ese régimen cívico-militar me sorprendió con 14 años recién cumplidos, como cuento en mi novela Valecuatro.)

A casi medio siglo de esa tragedia, conservo abiertas las heridas que infligieron el terror, la cobardía generalizada y la negativa a hacerse cargo de una realidad intolerable. Creía por eso —otra vez: como algunos de ustedes— que nunca iba a vivir algo tan espantoso y denigrante por segunda vez. Me equivoqué. Esto de hoy no es igual a aquello, en materia de violencia física directa; no todavía. Pero ya se le compara en lo que hace al envilecimiento a que somete a la población. Nuestra sociedad está siendo irradiada por un experimento político-científico cuyo objetivo es brutalizarla, acostumbrarla a la indignidad para que consienta la miseria, la injusticia y la violencia, como si no existiese mejor modo de vivir. Hoy la Argentina se parece a un hospicio de novela de terror victoriano, donde se trepana la cabeza a los internos y se los deja idiotas, con una mueca impresa en el rostro y resbalando sobre su propia mierda.

 

En el Mundo Bizarro de Superman, como en el Mundo Bizarro de Trump, lo malo es bueno y lo feo es bello.

 

Este fenómeno excede nuestras fronteras. Somos una versión patética de lo que ocurre en paralelo en los Estados Unidos, por obra de Trump y los oscuros intereses que representa. En un giro desconcertante, más propio de narración pynchoniana que de una crónica histórica, Trump & Co. se han lanzado a convertir esa nación en la perfecta inversión de sus principios fundacionales. Desde una perplejidad que no cesa, uno registra los hechos y no puede eludir la sensación de que quien mora en la Casa Blanca no es un humano común y corriente, sino un visitante de lo que en el universo de Superman era el Mundo Bizarro. Ese planeta ficcional estaba consagrado a hacer lo contrario que se practica en la Tierra. (El Código Bizarro establece que hay que odiar la belleza y que el crimen organizado lo soluciona todo.)

Como uno ya no puede permitirse el lujo de la ingenuidad, reconoce que el proceso actual es un sinceramiento respecto de la clase de poder que Washington blande desde 1945. Pero al mismo tiempo es innegable que aquí se juega algo más que un imperialismo sin maquillaje.

Con obsesión digna de villano de James Bond —deberíamos rebautizarlo Fuckfinger—, Trump está destruyendo todo lo positivo que el mundo asociaba todavía con el American Way of Life. Pienso en la inocencia de las menores de edad que Epstein le proporcionaba. En instituciones como la Corte Suprema, las universidades más prestigiosas, el Washington Post y el Kennedy Center, al cual, no contento con rebautizar Trump-Kennedy, decidió cerrar por dos años en respuesta al boicot de artistas como Philip Glass. En el tinglado de la ley internacional, arrasado a fuerza de tarifazos, asesinatos teledirigidos y secuestros de dignatarios extranjeros. En suma, se está cargando todo lo que sus compatriotas consideraron bello y bueno durante siglos. No se le puede negar la enjundia. Lo suyo huele a venganza de malo de cómic: resentido con el establishment que lo rechazó por payaso arribista, resetea su país a su imagen y semejanza, con la intención de transformar a todos en gente tan vulgar e inescrupulosa como él.

 

El Joker trabaja para que todo el mundo tenga su misma mueca.

 

(Hay una subtrama de la historia del Joker que emparenta el universo de DC Comics, casa matriz de Superman y Batman, con el presente de Washington DC. En versiones de la historieta —pienso en The Dark Knight Returns de Frank Miller, que este año cumple 40—, así como en el primer Batman de Tim Burton, el Joker cuenta con un arma química que imprime en el rostro de sus víctimas su misma sonrisa perenne. Trump procede con la misma lógica. Como no puede dejar de ser quien es —como no puede convertirse en alguien digno y virtuoso—, se empeña en que el mundo que lo rodea descienda a su mismo, rastrero nivel.)

Intento corregir mi propensión a verlo todo en términos de las ficciones que me formaron y constituyen, además, mi vocación y mi forma de vida. Pero acto seguido me digo que lo que ocurre se describe mejor en clave narrativa que político-histórica. Cada vez nos distanciamos más de la posibilidad de explicar la realidad en términos de un ajedrez geopolítico secreto, y además bizantino. Relatos de esa índole podrían describir todavía el presente de China, pero ya no la cotidianeidad de Occidente. Los espías eficientes y culposos de Graham Greene y Le Carré quedaron atrás, son el espejo de un mundo que ya no existe. Ahora estamos en manos de agentes chapuceros como los de Slow Horses, la saga novelística creada por Mick Herron que también es una serie hilarante, protagonizada por Gary Oldman. Y conste que uno hace el esfuerzo de pensar que las componendas del poder real siguen ocurriendo como siempre, tras bambalinas. Pero el mundo actual está siendo dibujado por un trazo muy grueso, de consecuencias más fatales que las elucubraciones del mejor mandarín. A no ser, claro, que se concluya que los mandarines de hoy tramaron exactamente eso: tomar la clase de ficciones que los Estados Unidos usaron para imponer su poder en el mundo, y convencer a los figurones del Occidente actual —Trump, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Peter Thiel, Elon Musk (no, Milei no califica en esta liga)— de que ellos también pueden ser superhéroes.

 

Zuckerberg, Bezos, Musk: los herederos de Lex Luthor.

 

En su compulsión de acumular y exhibir poder, estos personajes no advierten que les cambiaron el escenario. Ellos desearían que se los reconozca como supermanes. (La del big tech bro es una categoría confeccionada e impuesta por los medios que regentean, para sugerir que, además de ser los más inteligentes y ricos, también son cool y desbordan carisma — lo cual está en las antípodas de la verdad.) Pero el mundo no los ve como una liga de campeones. Los considera supervillanos. Una liga de ex nerds devenida en club de adultos patéticos. Que no perciben que el guión que interpretan, lejos de glorificarlos, corrige la historia oficial de los últimos 80 años. Hoy en día ni los estadounidenses creen en el cuento de La Gran Democracia del Norte. Al mismo tiempo, el mundo percibe mejor la línea de coherencia que liga al país que bombardeó Hiroshima con aquel que hoy habilita el genocidio de Gaza y censura a la prensa, detiene ciudadanos sin causa y sitia sus propias ciudades con fuerzas paramilitares. Bajo la égida de Trump y los intereses que lo sostienen, los Estados Unidos se comportan hoy como El Gran Monstruo del Norte.

A veces pienso que, llevado por la ceguera que induce su resentimiento, Trump va a terminar por volver real la fantasía que Philip K. Dick concibió en su novela El hombre en el castillo (The Man In The Castle, 1962): convertir los Estados Unidos en un país derrotado, y ocupado, por las mismas potencias que estaba persuadido de haber vencido políticamente.

 

 

 

El hombre en el castillo

La semana pasada dije aquí mismo que me maravillaba la centralidad creativa de William Shakespeare, entre otras razones porque siempre parece haber llegado antes, y más profundo, a los lugares donde uno sólo accede mediante gran esfuerzo. Esta semana —como si quisiese refregármelo por la cara, el muy turro— descubrí un texto que desconocía y se le atribuye, que parece estar hablándonos aquí y ahora.

Se trata de un fragmento de la obra Sir Thomas More, escrita a varias manos entre 1591 y 1593. El manuscrito recrea la vida del Tomás Moro que fue canciller de Enrique VIII y murió como mártir de la fe católica. Uno de los autores de este drama isabelino —aquel que la academia identifica como Hand D, o sea Mano D— habría sido Shakespeare. En ese caso, el texto que se conserva constituiría la única prueba de su escritura de puño y letra, más allá de la firma que dejó en un puñado de documentos.

 

El monumento a Shakespeare en la iglesia donde está enterrado: Holy Trinity, Stratford-upon-Avon.

 

La obra dramatiza la jornada que la historia registra como Evil May Day: literalmente, El Malvado Día de Mayo. El primer día de ese mes de 1517, la ciudad de Londres fue epicentro de un alzamiento contra los extranjeros. Que en aquel entonces no eran hindúes ni orientales, sino de Flandes y franceses. Sin embargo, se los demonizaba con los mismos argumentos que se utilizan hoy contra los inmigrantes: quitar el laburo a los trabajadores ingleses y comerse el pan que correspondía a sus niños.

Una turba marchó ese día hacia St. Martin Le Gran, enclave al norte de la catedral de Saint Paul donde vivían muchos extranjeros. Sus intenciones, como imaginarán, eran las peores. Pero les salió al cruce Tomás Moro, que por entonces tenía el cargo —intraducible, por cierto— de under-sheriff de Londres. En su Acto Segundo, la obra que lleva su nombre recrea lo que Moro les dijo, con el propósito de aplacar su violencia.

En este punto, voy a solicitar dos cosas. La primera, que perdonen mi traducción, que quizás exagere en el deseo de que suene coloquial y moderna, y así más comprensible de lo que sería una literal. Y la segunda, que amplíen el horizonte de su comprensión y hagan de cuenta de que Moro no defiende sólo a los inmigrantes, sino también a todo colectivo que haya sido o siga siendo víctima de persecuciones: afro-americanos, descendientes de nativos esclavizados o masacrados, africanos, judíos, palestinos, orientales, latinoamericanos, mujeres, homosexuales, izquierdistas, kirchneristas. Los argumentos que este Moro saca a relucir defienden a todas las víctimas del poder.

 

Sir Thomas More, según Holbein El Joven.

 

He aquí, fragmentariamente, las palabras que Shakespeare habría puesto en boca de Moro:

 

Si les conceden la deportación, este motín

Despojará a Inglaterra de toda su majestad.

Imaginen a estos inmigrantes miserables,

Con sus bebés en la espalda y su pobre equipaje,

Arrastrándose hacia puertos y costas en busca de transporte,

Mientras ustedes se sientan sobre sus deseos como reyes,

Con la autoridad silenciada por el miedo que inspiran,

Orgullosamente arropados por sus propias opiniones;

¿Qué habrán conseguido? Yo se los digo: habrán demostrado

Que lo que debe primar es la grosería y la violencia,

Y que es así como se pone fin al orden; un modelo

Según el cual ninguno de ustedes llegaría a viejo

Porque de ese modo otros rufianes, controlados por sus pulsiones,

Y haciendo uso de su propia mano y de los mismos deseos y argumentos,

Caería sobre ustedes como tiburones; y así los hombres,

Como peces voraces, se alimentarían los unos de los otros.

.............................

 

Digamos ahora que el rey,

Que suele ser piadoso cuando el acusado se lamenta,

No encuentra modo de perdonar esta gran ofensa

Y decide desterrarlos a ustedes: ¿adónde irían?

¿Qué país, dada la naturaleza de su crimen,

Les regalaría cobijo? Vayan a Francia, o a Flandes,

A alguna provincia alemana, a España o Portugal,

A cualquier lugar que no pertenezca a Inglaterra,

¿Les parecería bien convertirse en inmigrantes? ¿Les complacería

Toparse con una nación cruel y salvaje,

Que, permitiéndose una violencia espantosa,

Les niegue cobijo en lugar alguno

Les ponga un cuchillo odioso al cuello,

Y los desprecie igual que a perros; como si Dios

No los hubiese creado ni les debiese nada

Ni concediese los elementos imprescindibles

Más que a los ciudadanos locales?

¿Qué pensarían si se los tratase así?

Esta es la circunstancia que aquí atraviesan hoy los extranjeros;

Y esta es la inhumanidad de ustedes, descomunal como una montaña.

 

Sé que la cuestión de la autoría de este monólogo me importa sólo a mí, y a un puñado de dementes como yo. Pero las modestas herramientas de análisis de que dispongo me inclinan a pensar que sí lo escribió Shakespeare. En ese caso se trataría de un Shakespeare temprano y, por ende, todavía en formación. (Se supone que entre 1591 y 1593 escribió la segunda parte de Henry VI y habría escrito Titus Andronicus y Ricardo III.) Los entendidos dicen que la letra y la forma en que las palabras están escritas —porque en aquel tiempo todavía no existían reglas definidas— son las mismas que usaba Shakespeare. Pero a mí me convence más la confluencia de las imágenes que usa y la música y el ritmo de su lenguaje. (Más abajo reproduzco el texto en su idioma original, para quien quiera cerciorarse *.) Y, ante todo, me decide la elección de una palabra. Donde yo puse: Y esta es la inhumanidad de ustedes, descomunal como una montaña, Shakespeare —o quien haya sido— escribió: And this is your mountainish inhumanity. Si vas al diccionario de Oxford y buscás mountainish, te va a decir que esa palabra no existe. Y es verdad. En el marco de las obras cuya autoría no se le discute, Shakespeare añadió al idioma inglés más de 1.700 palabras nuevas, usando sustantivos como verbos, verbos como adjetivos y juntando palabras que antes no iban unidas. (Por ejemplo moonbeam, rayo de luna, y bloodstained, manchado de sangre.)

 

El manuscrito de la escena de "Sir Thomas More" atribuida a Shakespeare.

 

Podría haber traducido Y esta es la montañesca inhumanidad de ustedes, inventando una palabra que tampoco existe en español. Pero como no soy Shakespeare, prefiero manejarme dentro de los confines de mi idioma. Lo cual no me impide valorar la creación de la palabra mountainish como un atrevimiento propio del joven Shakespeare. Que, haciendo gala de la empatía que llevaría a fruición durante las dos décadas siguientes, consideró la bestialidad que aquellos ingleses perpetraron en 1517 y llegó a la conclusión de que no existía una palabra que pudiese describirla o calificarla. Por eso se agarró de una de las mayores magnitudes físicas que existen sobre la Tierra —podría haber ido también por el lado del océano, ya que se había metido con tiburones y peces— y equiparó la insensibilidad de aquella gente con la de una montaña.

Yo elijo creer que esa palabra la inventó Shakespeare. Quien escribió desde su tiempo pero para la eternidad, y por eso nos concedió la idea que hoy necesitamos, cuando está claro que la inhumanidad de la que somos testigos y víctimas —la salvajada que llevan adelante Netanyahu, Trump, el Yago al que conocemos como Steve Miller, Milei y los envilecidos ricachones que los habilitan— es lisa y llanamente mountainish.

 

 

 

2 + 2 = 5

No es mi intención minimizar la tarea de historiadores, politólogos y científicos sociales. Pero la realidad actual exhibe una dimensión extra que excede los análisis racionales, fundados en la experiencia documentada, los datos objetivos y la mesurada especulación. En este mundo nuestro, 2 + 2 ya no es necesariamente 4, como lo anticipó Orwell e insiste Raoul Peck en un documental reciente. No todo lo que ocurre es la resultante del encadenamiento de decisiones conscientes y razonadas. Las reglas del ajedrez son claras e inequívocas, pero lo que mueve a los jugadores en su interioridad más profunda no lo es. Para arrimarnos a una mejor comprensión de lo real habría que considerar también el factor humano, que introduce en el juego de la existencia el elemento de lo inefable, de aquello que no puede ser lógicamente explicado. Y de las disciplinas humanas, ninguna se hace cargo de ese factor mejor que la ficción.

Ante hechos consumados, el científico se ve compelido a explicar lo ocurrido como una ecuación compleja (compuesta por hechos objetivos y decisiones humanas) que no podía sino dar como resultado aquel que dio. Pero la vida no es así de consecuente, limpia y directa. Porque los actos humanos, tanto como las omisiones, no siempre responden a voluntades en condiciones de explicarse a sí mismas. Quien hace algo suele tener una explicación a mano, pero esa interpretación no siempre es verdad. (A menudo ni siquiera somos conscientes de ella.) Si algo aclara la historia en curso, es que la especie humana se sobrevalora a sí misma; y que, a pesar de la porfía en realzar el componente racional de nuestra naturaleza, la mayoría de las veces no hacemos lo que deberíamos hacer si hubiésemos pensado, sino apenas lo que nos sale — lo que podemos, a tontas y a locas.

 

Trump, según una caricatura del New Yorker.

 

Eso es algo que cualquier escritora o escritor comprende. Si alguna vez creó al menos un personaje con verdadero espesor, habrá experimentado lo que se siente cuando ese personaje hace algo inesperado, que ni siquiera su autora o autor logra explicarse. Un personaje que está vivo hace cosas que no previmos ni podemos justificar pero le permitimos, porque ese mismo exabrupto justifica su existencia. No conozco un sólo ser humano que sea apenas la resultante de su genética, su experiencia y su circunstancia. Mis dos hijos varones, producto de la misma genética y de experiencias y circunstancias casi idénticas, no pueden ser más distintos — Alfa y Omega. Somos muy predecibles, sí (de otro modo, no incurriríamos hoy en las mismas pelotudeces que perpetramos en 1517), pero también albergamos un grado de libertad, de arbitrariedad o de simple locura que no puede soslayarse cuando se analiza el fenómeno humano.

Tengo claro que el designio que los poderosos de hoy llevan a cabo responde a motivaciones materiales. El grado de concentración de riqueza que existe en el mundo actual es evidencia incontrastable. Pero al mismo tiempo, no podemos ignorar el dato de que, para llevar adelante ese plan en el campo de batalla, ungieron generales cuya característica esencial es el capricho, la grotesquería y la violencia compulsiva. No existe forma de explicar personalidades como la de Trump y Milei en los términos exclusivos de la geopolítica, y ni siquiera del psicoanálisis. Se los eligió, presumo, porque no tenían prurito alguno, y se los sabía capaces de hacer cualquier cosa. Pero entre las cosas que acometen desde el poder, además de aquellas que responden al plan de sus mandantes aparecen otras, que contienen la simiente de su autodestrucción.

Los financiaron y los sostienen porque no tienen freno. Al llevarse todo por delante, permiten colar medidas que una política liberal, por conservadora que fuese, no lograría imponer. Pero los frenéticos no son selectivos. No sólo se desmadran cuando conviene a sus mandantes. Una vez acostumbrados a desbocarse se abalanzan siempre, aunque sus exabruptos se demuestren cada vez más contraproducentes. El Tercer Acto de la obra en curso sugiere que su naturaleza irrefrenable acabará estrellándolos: a ellos mismos, a quienes los bancaron políticamente... y quizás, si no actuamos con premura, al mundo entero.

Pusieron a monstruos al timón y ahora están haciendo cosas monstruosas, que ni los propios saben cómo pilotear. Degradan todo lo que tocan. No conocen más lenguaje que el de la violencia. Prostituyen la política y la vida pública. Son enemigos declarados de la belleza y de la virtud. Su depravación es tan atroz, que sólo puede ser descripta como mountainish.

 

 

Ignoro si el Tomás Moro real dijo algo parecido a lo que Shakespeare, o al menos la Mano D, puso en su boca durante El Malvado Día de Mayo. Lo innegable es que aquel Moro ya era el tipo que un año antes, en 1516, había publicado el libro que conocemos como Utopía. Es decir, alguien que venía pensando sistemáticamente en la necesidad de un sistema político que, a diferencia de las monarquías absolutistas —a las cuales el gobierno de Trump se parece tanto—, no devaluase la humanidad de los ciudadanos, sino que la convirtiese en el bombeante corazón de la sociedad.

El motín de 1517 lo enfrentó a la maciza inhumanidad que un régimen antidemocrático necesita para preservarse. Podría haberla usado como excusa y consagrarse a la construción de castillos en el aire. Pero aunque escribió Utopía, Moro no fue un lírico. Hizo política en el seno del poder. Su experiencia en lo más alto de la corte no lo convirtió en acomodaticio ni en cínico, lo cual prueba que, más allá de sus condiciones de posibilidad, asumió que la utopía que soñaba era necesaria.

Cinco siglos después, seguimos contando con la figura de Moro y la imaginación de Shakespeare para sobrellevar el trance. Ambos entendieron que la cuestión esencial es la defensa irrenunciable de nuestra humanidad. Y revelaron que, para imponernos a esta desgracia que tenemos delante, debemos oponerle una respuesta igual de colosal, que transmita la majestuosa autoridad de una montaña.

 

 

 

 

 

 

 

 
* Grant them removed, and grant that this your noise
Hath chid down all the majesty of England;
Imagine that you see the wretched strangers,
Their babies at their backs and their poor luggage,
Plodding to the ports and coasts for transportation,
And that you sit as kings in your desires,
Authority quite silent by your brawl,
And you in ruff of your opinions clothed;
What had you got? I’ll tell you: you had taught
How insolence and strong hand should prevail,
How order should be quelled; and by this pattern
Not one of you should live an agèd man,
For other ruffians, as their fancies wrought,
With self same hand, self reasons, and self right,
Would shark on you, and men like ravenous fishes
Would feed on one another.
 
..........................
 
Say now the king,
As he is clement if th’offender mourn,
Should so much come too short of your great trespass
As but to banish you, whither would you go?
What country, by the nature of your error,
Should give you harbor? Go you to France or Flanders,
To any German province, to Spain or Portugal,
Nay, anywhere that not adheres to England,
Why, you must needs be strangers: would you be pleased
To find a nation of such barbarous temper,
That, breaking out in hideous violence,
Would not afford you an abode on earth,
Whet their detested knives against your throats,
Spurn you like dogs, and like as if that God
Owed not nor made not you, nor that the elements
Were not all appropriate to your comforts,
But chartered unto them, what would you think
To be thus used? This is the strangers’ case;
And this your mountainish inhumanity.