“El colonialismo digital es una amenaza real e inmediata; en manos de unos pocos países y empresas, los algoritmos se han convertido en un instrumento de dominación”, advirtió el presidente de Brasil, Inacio Lula da Silva, en un foro internacional realizado este año en Brasilia. Sus palabras definieron la política que Estados Unidos viene desplegando en América Latina y el Caribe (ALC) para asegurar que la infraestructura tecnológica, el manejo de datos y los algoritmos de Inteligencia Artificial (IA) queden bajo el control de Washington. El objetivo, según sus críticos, es subordinar las capacidades soberanas de la región a un esquema de alineación exclusiva.
Estados Unidos ha profundizado esta lógica de dominación a un nivel de sistematización que fue más allá del programa Clean Network, impulsado durante la anterior gestión de Donald Trump. Aquella política estaba enfocada básicamente en el software, los servicios y la infraestructura digital visible. La actual arquitectura de Pax Silica — la iniciativa lanzada en diciembre de 2025 que ya suma más de dos docenas de signatarios, desde la Unión Europea y Japón hasta India, Corea del Sur y Australia — clasifica el silicio, las telecomunicaciones y los centros de procesamiento de datos en la categoría de seguridad nacional, abandonando la retórica del libre mercado para aplicar un esquema de estricto alineamiento.
Con sus diferencias y matices, Clean Network y Pax Silica responden a una misma lógica que condiciona el acceso al ecosistema estadounidense a la decisión de rechazar a los proveedores considerados de alto riesgo, un eufemismo para vetar todo lo procedente de China.
En este esquema, Panamá se ha convertido en un nodo crítico en la región. Su adhesión a Pax Silica, junto a Argentina, Chile, Costa Rica y El Salvador, garantizó que el tránsito de insumos por el estratégico Canal de Panamá — por el que pasa el 5 % del comercio marítimo mundial y el 40 % del volumen de transporte de contenedores de EE UU— cumpla con los estándares de seguridad fijados por Washington.
La dimensión geopolítica pasa por asegurar que la cadena de suministro tecnológica que abastece a ALC no incluya componentes provistos por empresas chinas que se encuentran bajo sospecha dentro de la doctrina de seguridad digital que Estados Unidos viene imponiendo en la región.
En Brasil, el denominado sistema Pix desplazó la intermediación de los gigantes estadounidenses Visa y Mastercard, y de las plataformas de pago de las grandes empresas tecnológicas. Con cientos de millones de usuarios registrados y un volumen transaccional que supera ampliamente al de las tarjetas de crédito y débito combinadas, el programa desarrollado y gestionado por el Banco Central demostró que un sistema público, gratuito y soberano es posible.
La respuesta de Washington llegó en julio pasado, cuando la administración Trump impuso un arancel adicional del 25% a determinados productos brasileños, justificando la medida en las políticas del país sobre comercio digital y servicios de pagos electrónicos, entre otros fundamentos.
Costa Rica ilustra una dinámica distinta, la de una alineación anticipada. En agosto de 2023, antes de que Pax Silica existiera, el gobierno de Rodrigo Chaves reglamentó la ciberseguridad para redes 5G exigiendo que los proveedores de infraestructura crítica pertenecieran a países signatarios del Convenio de Budapest. Dado que China no es signataria, el decreto excluyó de facto a Huawei y ZTE. Tres años después, Costa Rica formalizó su adhesión a Pax Silica.
Además de estas maniobras, Washington utiliza agencias como la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional para ofrecer paquetes de financiamiento blando y créditos para el despliegue de redes 5G. La condición que se impone a los países es que sus operadoras locales utilicen proveedores “confiables” como Ericsson, Nokia o Samsung.
La disputa también alcanza a la computación en la nube, con gigantes estadounidenses como AWS, Microsoft Azure y Google Cloud que han impulsado centros de datos en mercados clave como Chile, Querétaro en México y São Paulo en Brasil. Las presiones de Washington apuntan a restringir el uso de Huawei Cloud y Alibaba Cloud en sectores estratégicos como defensa, finanzas y administración gubernamental.
Mientras algunos países latinoamericanos cedieron sus marcos regulatorios para actuar como enclave seguro de la arquitectura estadounidense, las principales economías de la región buscan frenar la pretensión de exclusividad, conscientes de que la pérdida de neutralidad tecnológica implica renunciar a su propio margen de autonomía geopolítica.
Hubo una época en que Washington impulsó en América Latina una doctrina de seguridad nacional para combatir la amenaza comunista en la región. Varias dictaduras latinoamericanas adoptaron ese marco para justificar la persecución política y una represión que dejó miles de asesinados y desaparecidos. Fue la lógica de la Guerra Fría. Hoy, cuando la disputa se traslada a los algoritmos, los chips, los datos y las redes, la seguridad cambia de escenario. La nueva frontera pasa por el control de las capacidades digitales.
La discusión, en definitiva, excede si el silicio tiene su origen en Silicon Valley o Shenzhen. Para América Latina, y para gran parte del mundo, la cuestión pasa por si los países conservan su soberanía digital o, en el caso que la hayan perdido, están dispuestos a hacer algo para recuperarla.
El Punto Azul Pálido, foto de la Tierra tomada en 1990 por la sonda Voyager 1 de la NASA a una distancia de 6.000 millones de kilómetros (3.700 millones de millas) del Sol.
El 20 de julio de 1976, cuatro meses después del golpe de Estado cívico-militar que derrocó a María Estela Martínez de Perón, el módulo de aterrizaje Viking 1 se separó del orbitador y comenzó su descenso a la superficie de Marte, realizando un aterrizaje –o, mejor dicho, un amartizaje– suave en la región de Chryse Planitia. Como el interés por el espacio sideral no es incompatible con el entusiasmo nacional, el descenso debía llevarse a cabo el 4 de julio, con motivo del bicentenario de los Estados Unidos, pero se retrasó debido a que el terreno inicial parecía muy accidentado. A los pocos minutos de su llegada, el Viking 1 envió la primera fotografía tomada desde la superficie del planeta rojo, en la que se percibe una de las patas de apoyo del módulo. Iniciar ese momento estelar del género humano con la foto de una pata metálica, en lugar de la vasta superficie de Marte, podría parecer un gesto torpe, como el dedo en el obturador de un fotógrafo aficionado; pero tuvo una explicación operativa: “Queríamos comprender cuál era la capacidad portante de esa superficie. Queríamos entender cómo respondería la superficie a la base del módulo”, afirmó John Newcomb, miembro del equipo directivo de la misión marciana. El Viking 1 había recorrido unos quinientos millones de kilómetros, luego de despegar de Cabo Cañaveral casi un año antes. Debía operar durante noventa días, pero estuvo activo por más de seis años, hasta que una falla humana lo condenó al silencio eterno. Los objetivos principales de la misión Viking, compuesta por dos naves espaciales (Viking 1 y 2), eran obtener imágenes de alta resolución de la superficie marciana, caracterizar la composición de la atmósfera y la superficie y, sobre todo, buscar indicios de vida. La conclusión final fue prudente: Viking no había hallado evidencias concluyentes de vida en Marte. Sin embargo, tampoco podía demostrar que el planeta fuera completamente estéril. Seguiremos en la duda.
Primera foto de la superficie de Marte, tomada por la Viking 1 en 1976. Foto: NASA.
Pero las imágenes del planeta rojo sí confirmaron la desolación que algunos escritores habían presentido. Al mirarlas, resulta difícil no recordar las Crónicas marcianas de Ray Bradbury (The Martian Chronicles, en el original) y el prólogo de Jorge Luis Borges a la edición en español, publicada en 1955 por Ediciones Minotauro: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena–. (...) ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?” Bradbury empatiza, y nosotros con él, con esos alienígenas que al principio temimos y al final añoramos. El escritor norteamericano publicó sus Crónicas en 1950, y el tono literario no es ajeno a esa época de conflictos políticos relacionados al proceso de descolonización global; en plena Guerra Fría y con el declive de los imperios europeos de fondo. Lejos de ciertos lugares comunes de la ciencia ficción, Bradbury no parece interesarse por las complejidades de la tecnología. Prefiere un tono poético, no exento de una cierta melancólica. Frente al genocidio de los marcianos, Bradbury cuestiona a su manera el racismo y el colonialismo. No nos habla de tecnología sino de la naturaleza humana.
El escritor Ray Bradbury.
Uno de los científicos que formó parte de la misión Viking fue el astrónomo norteamericano Carl Sagan. Integró el equipo encargado de detectar eventuales rastros de vida microbiana en el árido suelo del planeta rojo y ayudó a elegir un lugar seguro de aterrizaje en base al análisis de la superficie marciana, que determinó la región de Chryse Planitia. Sagan se haría famoso gracias a aquella misión a Marte, aunque no por la razones que podríamos imaginar. El astrónomo quedó azorado por el escaso interés mediático que generó un proyecto espacial que él consideraba trascendental. Como científico y, sobre todo, como divulgador, consideró que era necesario impulsar el conocimiento científico a través de un formato amable orientado “hacia la astronomía, pero con una perspectiva humana muy amplia”. Buscaba interesar a audiencias diversas, adultos y jóvenes. De ese impulso nació Cosmos: un viaje personal (Cosmos: A Personal Voyage, en el original), una serie documental de trece capítulos, lanzada en los Estados Unidos en 1980. Sagan se embarcó en un proyecto de tres años en los que viajó alrededor del mundo, explorando la historia humana en relación a la del mismo universo. Quienes fuimos adolescentes en los ‘70 y tuvimos la suerte de contar con enciclopedias (Lo sé todo, Enciclopedia Universal Larousse, Enciclopedia Salvat) guardamos una cierta veneración hacia al astrónomo de la eterna polera. Gracias a él y a una oportuna cartulina, supimos que la Tierra es redonda.
También entendimos al libro como “una máquina del tiempo”: “Qué cosa tan sorprendente es un libro. Un libro está hecho de un árbol. Es un objeto constituido por partes planas y flexibles (que todavía llamamos «hojas») impresas con garabatos en oscuros pigmentos. Pero echas un vistazo a un libro y escuchas la voz de otra persona, quizás la de alguien que incluso ha muerto hace miles de años. A través del tiempo y los milenios, la voz de quien lo escribió nos está hablando, clara y silenciosamente, dentro de nuestra cabeza, directamente a ti. La escritura es quizás el más grande de todos los inventos de la humanidad, uniendo a personas, ciudadanas de épocas lejanas, que nunca se conocieron. Los libros rompen las cadenas del tiempo y son la prueba de que los seres humanos realmente pueden hacer magia”. Cosmos fue también un libro, la continuación de la serie.
La frase más recordada de Sagan está relacionada con nuestro origen: “Somos polvo de estrellas. Somos una forma que tiene el universo de conocerse a sí mismo”. Además de su belleza poética, la frase es científicamente justa: los átomos de nuestro cuerpo se formaron en el interior de estrellas muy antiguas. Es un golpe duro a nuestro ego, a nuestro tenaz geocentrismo, pero también un antídoto contra la toxina del individualismo: podemos hacer magia, pero sólo en grupo, sólo si nos conectamos incluso con aquellos que fallecieron hace miles de años a través de ese maravilloso truco de magia que es el libro. En 1990, otra sonda célebre, la Voyager 1, fotografió la Tierra desde una distancia de casi 6.000 millones de kilómetros por sugerencia de Sagan. Es el famoso “Punto azul pálido”, que forma parte del álbum fotográfico “Retrato de familia del sistema solar” capturado ese mismo día. Somos una mota de polvo en el espacio y Sagan escribió un libro sobre eso. Otra cura contra la soberbia.
Fallecido en 1996, es probable que Sagan se sorprendería con el regreso del terraplanismo y la violenta ignorancia de matones globales que padecemos en esta época. Lo asombraría escuchar a Donald Trump, Presidente de la mayor potencia militar del planeta, vanagloriarse ante la Asamblea de las Naciones Unidas por haber secuestrado a Nicolás Maduro y a su esposa y haberse apropiado de los recursos del país: “Con Venezuela, tenemos más del 60% del petróleo del mundo, al vencedor de la guerra le pertenecen las riquezas del país perdedor. Venezuela es la prueba de que Estados Unidos usará el ejército en el hemisferio occidental para asegurar nuestros intereses nacionales”. O prometer: “Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”, en referencia a Irán. Del mismo modo, consideraría extravagante que el Presidente de la Argentina felicitara a su par israelí, Benjamín Netanyahu, considerándolo “un líder extraordinario (que) entiende la batalla cultural como muy pocas personas en el mundo”, teniendo en cuenta que ese “líder extraordinario” tiene una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y lesa humanidad en la Franja de Gaza, genocidio que sin duda deploraría, como deploró tantos otros al hablar de nuestro hogar, el Punto azul pálido: “Piensa en los ríos de sangre derramados por todos esos generales y emperadores para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en los amos momentáneos de una fracción de un punto”.
Los matones de barrio, los terraplanistas entusiastas, los ignorantes extrovertidos, los que consideran que Dios les dio el poder de exterminar a quienes no tuvieron la suerte de recibir ese legado celestial, son alérgicos a la historia e intentan imponernos un presente eterno. También suelen creerse eternos. Es bueno recordar que nunca lo son y enfrentarlos con lo mejor que tenemos: la magia de la que nos hablaba Sagan y que nos ofrecieron Bradbury, Borges y tantos otros.
Y no es un insulto, apenas una constatación. Está tan a la vista que Trump es un asesino despiadado, como que Milei, Karina & Co. son ladrones compulsivos. Hagámonos cargo.
Si hiciera falta reafirmarlo, aquí está el discurso patoteril que Trump dio ayer en la Asamblea General de las Naciones Unidas:
Donald Trump habló sobre la guerra con Irán: «¿Quiero entrar y aniquilarlos? ¿o no?»
Aquí, su discurso completo:
Más de 70 legisladores de 13 países de América piden el fin de los ataques de Estados Unidos en el Caribe y el Pacífico
En una carta pública, denuncian que Trump practica “ejecuciones extrajudiciales” contra barcos pesqueros bajo el paraguas de una presunta guerra contra el narcotráfico.
Ayer escribió Atilio Borón (@atilioboron):
Desde la tribuna de la ONU, Trump le ofreció a Irán dos caminos: un acuerdo o la aniquilación. La delegación iraní se levantó y se fue. Detengámonos un segundo en la escena. Una semana antes, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU había señalado motivos razonables para creer que Estados Unidos cometió crímenes de guerra en Irán. El acusado subió al estrado a amenazar. Después le llegó el turno de América Latina. Trump celebró «el mayor acuerdo petrolero de la historia» y avisó que usará su poderío militar para defender sus intereses en el hemisferio. Puso a Venezuela como ejemplo y le exigió a México «recuperar el control» de su territorio. Eso tiene nombre: Doctrina Monroe, versión siglo XXI. Un imperio que reemplaza la diplomacia por la amenaza y usa la ONU como escenario para anunciarlo. Lo que se dijo hoy en Nueva York marca la agenda de nuestra región para los próximos años. Entenderlo es el primer paso para pararse frente a eso.
Inmediatamente antes, el periodista colombiano Gonzalo Guillén (@HELIODOPTERO) publicó lo siguiente:
Donald Trump es un mafioso. Y mafioso de los peores: mafioso de Nueva York. Superó a todos los de esa ciudad en todos los tiempos. En sus inicios, Trump, preparado por su padre, que era otro mafioso temible, estafó y persiguió a los mafiosos rivales en Nueva York. Desde entonces delinque con las mismas tácticas de la mafia más refinada: se enfrenta a un rival, lo derrota y, si no se doblega, lo mata o lo anula. Enseguida les dice a todos los miembros de la organización vencida: “ahora ustedes trabajan para mí o se mueren”. Es exactamente lo que hizo, por ejemplo, en Venezuela al apresar y secuestrar a Nicolás Maduro. Se lo llevó y les dijo a Delcy Rodríguez, a Diosdado Cabello y al resto de la organización que en adelante serían de los suyos y delinquirían para él. Obviamente, aceptaron.
Así lo hizo en los años 30 Luky Luciano, quien fue el más grande de la historia hasta que llegó Trump a superarlo. Luciano se deshizo de sus dos más grandes rivales y reinó en la ciudad. A Joe Masseria lo acribilló en un restaurante en 1931 y a Salvatore Maranzano —mafioso siciliano que, ante la ausencia del otro, se había proclamado brevemente “jefe de jefes”— lo asesinó cuatro meses más tarde en su propia oficina, ubicada en el piso 9 del edificio de la New York Central(en el 230 de Park Avenue, Manhattan). Las mismas tácticas las ha utilizado Trump como presidente, dentro de Estados Unidos y alrededor del mundo. Por eso es el mafioso más peligroso y sanguinario de la historia, después de Luky Luciano, quien en 1962 murió de infarto en Nápoles. Tenía 64 años.
En América Latina Trump está por consolidarse como “capo de capos” y ya creó su propia organización criminal, se llama “Escudo de las Américas”. Solamente le faltan México y Brasil. Ojalá no lo logre jamás.
Por fin, hoy ¡a las 5 AM! Carlos Balmaceda publicó una nota editorial del Teheran Times:
Ayer se conmemoró el 46.º aniversario de la invasión de Irán por parte de Saddam Hussein. En los primeros días de la guerra, mientras se encontraba en territorio iraní ocupado, cerca de la frontera suroccidental del país, Saddam declaró a los periodistas que concedería su próxima entrevista en Teherán unos días después.
El delirio de Saddam no carecía de fundamento. Irán acababa de atravesar una revolución turbulenta que había transformado radicalmente casi todos los pilares del país, mientras que muchas instituciones aún estaban en sus inicios. Numerosos altos mandos del ejército habían huido del país o habían sido arrestados y juzgados. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica se había creado hacía poco tiempo, y muchos de sus miembros tenían escasa o nula experiencia militar. En consecuencia, Saddam y sus adversarios no consideraban al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica una fuerza capaz de hacer frente a una invasión extranjera a gran escala.
En general, Saddam creía enfrentarse a un Irán debilitado y que una ofensiva militar rápida y masiva podría someterlo, brindándole una victoria fácil y contundente en cuestión de días. Sin embargo, esa sangrienta ilusión se convirtió en una guerra de ocho años, y Saddam no logró ninguno de los objetivos que había declarado al inicio del conflicto.
Donald Trump, quien ahora libra una guerra contra Irán, guarda innegables similitudes con Saddam Hussein. Trump también creía que Irán se encontraba en un estado vulnerable y debilitado, y que una rápida y masiva campaña aérea acabaría con él. De igual modo, Saddam inició su guerra con una amplia ofensiva aérea contra decenas de objetivos militares y civiles dentro de Irán, con la intención de paralizar el país.
Trump y Saddam comparten otra similitud. Durante la guerra, Saddam cometió repetidamente crímenes de guerra mediante el uso de armas químicas suministradas por Occidente, así como a través de ataques aéreos contra zonas urbanas y civiles que causaron la muerte de civiles iraníes. Trump también ha cometido crímenes de guerra en el conflicto actual al atacar escuelas, universidades, hospitales y otros objetivos civiles en Irán. El ataque a una escuela en Minab el primer día de la guerra, que dejó más de 120 estudiantes muertos, es solo un ejemplo de estos crímenes.
Otra similitud radica en su relación con algunos de los vecinos del sur de Irán. Durante la guerra de ocho años, algunos estados árabes del Golfo Pérsico se convirtieron en una fuente de financiación crucial para el aparato bélico de Saddam Hussein, ayudándolo a perpetrar sus crímenes. En la guerra actual, estos mismos países, al poner su territorio a disposición del ejército estadounidense y brindar otras formas de apoyo bélico a quienes atacan territorio iraní, se han convertido en cómplices de Trump y sus crímenes. Así como respaldar a Saddam durante esa guerra les causó arrepentimiento, ahora han apostado por el bando perdedor y no pueden eludir las consecuencias de este error.
Otra similitud entre estos dos hombres delirantes y criminales es su errónea percepción del pueblo iraní. Saddam creía que la población de habla árabe de la provincia de Juzestán recibiría con los brazos abiertos a los invasores. En cambio, fueron de los primeros en oponerse a la invasión, oponiendo una feroz resistencia y dejando un legado histórico y perdurable de desafío. Trump también imaginó que, una vez que comenzaran los intensos ataques aéreos, el pueblo iraní saldría a las calles y completaría su plan para derrocar a la República Islámica de Irán. Expresó abiertamente esta expectativa en repetidas ocasiones e incluso, en una ocasión, manifestó sorpresa y frustración, con enojo, por el hecho de que el pueblo iraní no se sublevara.
Cada dos horas alguien se suicida en nuestro país. Los datos de esa realidad superan la media mundial y nos interpelan como sociedad. Jorge Elbaum alerta sobre las consecuencias devastadoras que las políticas económicas y la doctrina liberticida de «patear al caído» tienen sobre subjetividades vulneradas.
Por Jorge Elbaum*
(para La Tecl@ Eñe)
Nuestro país atraviesa otra pandemia: no incluye fiebre, no se combate con vacunas ni se protege con barbijos. Avanza en cuartos cerrados, sensaciones de vacío y un letargo que no encuentra salida. Si el COVID nos exigió distancia, esta realidad nos reclama cercanía y mano tendida. El mapa emocional de esta epidemia tiende a ubicar al portador de ese ardor triste como el intérprete solitario de una angustia que tiene ramificaciones previas, causalidades colectivas e imaginarios desolados.
Cada dos horas, alguien se suicida en nuestro país. Los datos de esa realidad superan la media mundial y nos interpelan como sociedad para advertir que «la macro» —tan endiosada y aparentemente neutral— también cumple su papel de espanto en las estadísticas del estrago doloso. Aparece como indudable que las políticas económicas, el discurso de la crueldad, la doctrina liberticida de «patear al caído» y el desprecio por los más vulnerables, también tienen consecuencias devastadoras en el pellejo de la subjetividad. Quizás no logramos advertir, además, que el utilitarismo y la ausencia de esperanza van acompañados de la reverberación de la arenga distópica. Y esta última por la naturalización de la crueldad que despliega su geografía de abismo y su certeza de extinción humana. ¿No había algún indicador que conecte la caída de la natalidad con esa negrura con la que nos martirizan, apelando a los cantos de unas sirenas taciturnas que sólo corean malas noticias?
A medida que la curva de suicidios aumenta, no logramos advertir la íntima conexión que existe entre el retiro del Estado, el aislamiento, la prevalencia de una imaginación distópica, la conectividad digital (descorporeizada) y el deterioro de los lazos sociales. Cuando te desarman, te excluyen del cuidado mutuo —que provee colchón emocional— y te quitan el sostén comunitario, estás más expuesto.
Es necesario decirlo. El suicidio mantiene una relación particularmente tensa con el futuro. El presente pierde su asombro y su belleza porque está colgado de un porvenir que sólo augura más de lo mismo, una habitación sin ventanas en la que no se alcanza a ver el rescoldo debajo de la ceniza. El suicidio crece como una calamidad silenciosa. Sobre todo, entre adolescentes y jóvenes. Exige que nombremos su presencia sin simplificaciones, reduccionismos ni estigma.
Hace más de un siglo, el sociólogo francés Émile Durkheim estudió las causalidades sociales que contribuyen a que determinadas personas tomen decisiones desesperadas. Expuso los motivos transversales que coadyuvan a dichas decisiones trágicas, sin que las propias víctimas sean conscientes de ellas. Además, demuestra que las tasas de suicidio varían según los niveles de integración o anomia social. Y, a su vez, con la capacidad que tienen las sociedades para brindar un sentido vital poderoso a sus integrantes.
Durkheim reveló que existían grupos sociales más proclives a tales predisposiciones. Entre ellos, los varones. Esta última regularidad continúa exhibiéndose de forma similar en la Argentina actual a lo que sucedía en Francia, a fines del siglo XIX. ¿Qué concepción sigue operando en la masculinidad contemporánea para que casi el 80 por ciento de quienes se suicidaron en nuestro país, en 2025, sean varones? Cuando el sociólogo francés publicó su trabajo estadístico demográfico, en 1897, se supo que el segmento de edad más expuesto era el grupo de ancianos. Y que la tasa disminuía con la edad: más jóvenes, menor proporción de suicidios. Esos datos son inversos en la Argentina actual. ¿Por qué los jóvenes entre 15 y 34 años son los que están más expuestos al autodaño? El hecho de que existan patrones demográficos nos advierte que también coexisten causalidades sociales que están asociadas a las subjetivas.
Esa búsqueda de un final no nace exclusivamente de una historia biográfica particular. También existen los otros. Aquellos que hemos internalizado y los que interactúan diariamente con nosotros en las familias, en las instituciones, en la (in)comunicación digital. Nos hicieron creer que somos autosuficientes y que todo el caos y el orden del mundo caben dentro de nosotros. Eso es falso. No nacemos ni crecemos aislados. Alguien nos ayudó en los primeros años. Alguien nos cuidó o protegió. De no haber sido por esos otros, no hubiésemos podido sobrevivir. Puede incluso que esa tarea se haya hecho bien o mal, pero sin ella no hubiésemos pasado del primer umbral. Ese empujón inicial prologa lo que fuimos construyendo. Después, cabizbajos o sonrientes, nos cruzamos con decenas, cientos y miles de otras y otros que dejaron luz o sombra en nuestra manera de estar en el mundo.
Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros
A menor cuidado y protección colectiva, mayor posibilidad de que las personas pierdan la motivación por vivir. Es verdad que la contención emocional aparece como una condición necesaria, pero no suficiente, para guarecernos frente a los variados desgarros que atravesamos en la vida. Una frase atribuida a Jean-Paul Sartre señala que «somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros». Eso implica dos secciones cronológicas entrelazadas. La primera hace referencia a todo lo que recibimos sin elegir: el lugar donde nacemos, el capital social que heredamos, nuestro entorno familiar y la educación inicial que recibimos. Esos son los condicionantes con los que amasamos nuestro presente y futuro: el primer término de la frase de Sartre «somos lo que hacemos». Esa articulación supone que la arcilla inicial es diferente. Y lo que «podemos hacer» está fuertemente atravesado por eso que recibimos.
En aquello que «hicieron de nosotros» –e incluso lo que siguen haciendo con nosotros– hay fuerzas que apuntalan, destruyen, debilitan o fortalecen nuestra subjetividad: culturas familiares atravesadas por el abuso; precariedades emocionales que hunden en el temor; marcas de violencia sin sanar; vulnerabilidades económicas que hacen del presente una pesadilla; imposibilidades de imaginar el porvenir; deudas de juego o créditos tomados para comprar comida; adicciones; padecimientos de salud mental no tratados a tiempo; abandonos gubernamentales que hacen de la crueldad una forma de orgullo. Todos esos elementos, o cada uno por separado, impactan de tal manera que muchos (y muchas) no logran reconvertir esas dolencias en una apuesta vital. Es verdad que existen otros que —con trabajo, poesía, contención externa, amor o análisis— logran delimitar el resultado arrollador de ciertos golpes. Pero ¿vamos a culpabilizar a quien no lo logra, a quien padece, a quien no pudo salir del encierro en el que percibe su biografía? ¿Vamos a abandonarlo con una revictimización que lo hace responsable de su sufrimiento encarnado?
Los dolores tienen orígenes diversos. Largas depresiones no atendidas, duelos fermentados, consumos que prometían alivio y terminaron alienando, marcas antiguas sin sanar, familias y escuelas que dicen proteger pero que en realidad destruyen, sistemas de salud mental desbordados, desfinanciados o lejanos. Decir lo social no borra lo íntimo: lo integra y lo complementa. Porque cada existencia es una trama de cuerpo, memoria, vínculos, historia, economía y comunidad.
No sabemos con certeza si alguien lee estas líneas desde una habitación cerrada, rumiando su martirio porque no encuentra otra salida. En ese refugio interno, al borde de su sombra, un nudo repite en soledad su íntimo secreto sin porvenir. En muchas ocasiones, quienes piensan acabar con su existencia se van desconectando progresivamente del entramado afectivo. No creen que alguien pueda auxiliarlos porque están convencidos de que todo se juega en su interioridad. Es ahí donde faltamos. Donde nuestra ausencia se hace ostensible porque no sabemos cómo pronunciar las sílabas de sus fantasmas. O porque no logramos unir la ética del cuidado con la responsabilidad y la delicadeza que merece toda vida atormentada. Ese ahogo se profundiza, además, cuando se omiten —en la agenda social pública— los ejemplos de coraje; las historias de amistades inquebrantables; la nobleza de la entrega militante; la belleza curativa de la naturaleza y las múltiples formas vivaces del compañerismo y la entrega.
Ahí afuera caminan parientes, amigos y compañeras que perciben su existencia como una experiencia desdichada. Y encima viven su desgarro en un clima donde no abundan los relatos colectivos esperanzadores. El contexto entrelaza la subjetividad del dolor con el abandono del cuidado social organizado. A eso se le suma la continua propagación de distopías y un murmullo persistente que suele celebrar la crueldad e imponer el desánimo. Dada la generalización de esta pandemia, es posible que cerca de nosotros existan personas que están atravesando esa pesadilla. Tal vez les cueste respirar. Pero incluso en ese ahogo hay un hilo de oxígeno que afirma que su historia no está clausurada. Podrá estar mutilada, pero todavía guarda aire suficiente para decir que necesita ayuda. Hay horas en que el calendario pesa como una piedra y el cuerpo se vuelve una casa sin ventanas. En esos momentos la cabeza repite una sentencia escrita por el padecimiento. En ese momento no ayudan los discursos moralistas: hace falta un silencio compartido, una mano tibia, una voz que no pronuncie sermones. Basta una presencia comprensiva. Una cercanía, incluso silenciosa.
Henri Bergson llamó élan vital al impulso misterioso que atraviesa todo lo que respira. Ese impulso pierde vigor cuando una sensación de fracaso, convertida en pantalla automática de desdichas, empieza a pesar toneladas. La vitalidad siempre necesita un sentido. Una poderosa ilusión que aspira y desea. Una fuerza que inventa caminos aun cuando los senderos están anegados, que funciona como un faro pero que privilegia el viaje por sobre el destino. Konstantin Kavafis transmitió esa disposición en un poema escrito a finales del siglo XIX, titulado «Ítaca». Ese desplazamiento, que convierte el trayecto en la parte sustantiva del viaje, no siempre es en línea recta. Implica caerse y no se realiza con zapatos limpios.
Baruj Spinoza supo que la tristeza nos quita potencia, nos achica el pulso, nos roba la posibilidad de obrar. Jauretche, con su sabiduría de tierra y esquina, lo tradujo al porteño: las oligarquías prefieren pueblos entristecidos, cuerpos aislados, almas exhaustas. Por eso, hablar de suicidio no puede reducirse a una escena privada: también obliga a preguntarnos qué formas de abandono, precariedad y brutalidad social están levantando muros alrededor de la esperanza. Debemos advertir, además, que abundan las observaciones que asocian la fragilidad con culpa y el cansancio con vergüenza. Las lecciones mundanas de un estoicismo —rebajado en manual de autoayuda— que insiste en calificar el «no puedo más» como una falla de la matrix privada. No es un delito estar abatido.
Tenemos que popularizar la posibilidad de llamar a una línea de ayuda, acercarse a una guardia, a un centro de salud, a una escuela, a una organización del barrio. No hacen falta palabras perfectas: alcanza con decir «no puedo más» para que —del otro lado— se haga presente alguna forma de sostén. La ternura puede ser una patria portátil. Llorar de a dos diluye la desesperación. Hace que el peso de la aflicción se reparta, que la señal salga del agujero y se vuelva pasaje. No hay contradicción entre estar roto y buscar a otros. A veces el hilo que salva comienza exactamente ahí: en mostrar la grieta y permitir que un otro ingrese para hacerla más ancha, para permitirle que entre un poco más de luz.
Nos necesitamos en esa tarea porque somos necesarios. Nos necesitamos con días nublados y noches rotas. Con silencios y quizás sin preguntas. Nadie vuelve del precipicio por obedecer un mandato de fortaleza. Se vuelve con otros: con una amiga que escucha sin juzgar, con un docente que detecta una señal, con una médica que pone una mano en el hombro, con un club que enciende las luces de su canchita para invitarte a jugar, con una política pública sostenida, con presupuesto, prevención, tratamiento y seguimiento. Se tramita en comunidad. Acompañar no es tener todas las respuestas: es estar cerca; apartar peligros inmediatos, insistir con delicadeza, acompañar con la presencia cercana y/o sostener hasta que lleguen los profesionales.
El suicidio también debe leerse como una interpelación colectiva. Necesitamos volver a reivindicar espacios donde la existencia, la cotidianeidad sean invocadas por su nombre y no sean asociadas al aislamiento de las redes sociales, el egocentrismo, la competencia o la guerra de todos contra todos. La vida, cuando duele tanto, necesita testigos amorosos. Toda desolación merece y exige compañía.
Si necesitás ayuda, comunicate con el Centro de Asistencia al Suicida (CAS): (011) 5275-1135. Desde CABA y el Gran Buenos Aires también podés llamar a la línea 135.
*Sociólogo. Periodista. Escritor. Dr. en Ciencias Económicas.