Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, marzo 01, 2026

Veranos en loop


La repetición de la estética y la política

 
 

 

La edad no suele ser indulgente con nuestros recuerdos porque nos condena al olvido o, peor aún, al presente continuo. Así, aquellos que estén bordeando los 60 años tendrán presentes las frases de José Alfredo Martínez de Hoz de “achicar el Estado es agrandar la Nación” o el primer mandamiento del decálogo menemista: “Nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del Estado”.

Como señalaba Karl Marx, los grandes hechos de la historia y de la Argentina se repiten primero como tragedia y después como farsa [1]; también pasamos de la alcurnia de Julio A. Roca, Marcelo T. de Alvear, Álvaro Alsogaray y el ya mencionado José Martínez de Hoz a los astrólogos, traficantes y cosplayers que hoy nos gobiernan desde el Poder Ejecutivo y desde algunas bancas en el Congreso. Entre ellos se destacan Martín Menem, que afirma sin sonrojarse que "los problemas de las empresas en la Argentina son por el exceso de Estado", y el desregulador Federico Sturzenegger, que facilitó la trata de personas con sus desregulaciones. Así fue en el caso de una menor de 15 años que, sin documentos, fue rescatada de un micro que se dirigía a Jujuy, con destino final a Perú, en un estado de “somnolencia aguda”.

Esta estética degradante no es casual. Walter Benjamin sostenía en 1936 que “el fascismo ve su salvación en otorgarles a estas masas no su derecho, sino la oportunidad de expresarse [y este] busca darles una expresión preservando la propiedad. El resultado lógico del fascismo es la introducción de la estética en la vida política”. Al respecto, Matt McManus agrega que “Benjamin sugiere que nos sumergiríamos tanto en la distracción de nuestros impulsos más oscuros que incluso los actos de destrucción y aniquilación desenfrenados se considerarían cada vez más aceptables porque sacaban a las personas de sí mismas durante un breve periodo. La conexión entre dicha estética y el apoyo a una cultura política cada vez más autoritaria y paranoica no es difícil de discernir”. Así, las nuevas tecnologías de la comunicación abrieron nuevos espacios que les han permitido a los libertarios argentinos, y a los seguidores de las alt-right en el mundo, vivir en una “burbuja comunicativa” sin preocuparse por “la relevancia intelectual de su ideología”. “En otras palabras —continúa Matt McManus—, se concibió como entretenimiento ideológico que avivaba los deseos psíquicos de los alt-righters de alimentar sus resentimientos”. Así, esta “estética de la distracción está diseñada para afectar a las masas; distrae los sentimientos de resentimiento e ira hacia las acciones reaccionarias en lugar de la evaluación crítica del poder (...) [De esta manera], las herramientas estéticas de distracción hacen más que simplemente dar salida al resentimiento: [le permiten a las Alt-Right la oportunidad de construir un relato histórico] que redime y resucita superficialmente la narrativa triunfalista anterior”. Tanto el "Make America Great Again" como la berreta copia de “Make Argentina Great Again”, o el retorno —mediante una interpretación superficial— al país de la generación del '80, pretenden hacerlo “eliminando a quienes [supuestamente] amenazan su credibilidad”.

De esta manera, hemos tenido en la Argentina la estética de distracción del tapado de piel de María Julia Alsogaray posando en la nieve y las vedettes de Carlos Menem en la década de los '90. Actualmente, es el caso de los disfraces y las incoherencias de Lilia Lemoine, y los envaselinados o el estar entre las sábanas de Javier Milei como telón de fondo de las privatizaciones, desregulaciones, apertura de importaciones indiscriminadas, despido de empleados estatales y retiros voluntarios, reformas laborales, desfinanciamiento de las universidades y las represiones a los jubilados cada vez que se implementaron políticas neoliberales en nuestro país.

Esta derecha que supimos conseguir no destruyó ni está destruyendo el Estado, sino que, tras esas estéticas de la distracción, lo está reconfigurando para modificar las relaciones de poder, para sostener y profundizar las relaciones de producción de este capitalismo de valorización financiera. Todo ello enmascarado también detrás de la construcción de enemigos diversos que se extienden desde un menor con autismo hasta el feminismo, Montoneros y el ERP, la comunidad LGBT+, el comunismo y los inmigrantes.

 

 

Verano del '96

Al cierre de esta nota, la mal llamada reforma laboral estará aprobada, pero aún no tendremos certeza sobre lo que ocurrirá con el financiamiento universitario, cuya ley el gobierno ha incumplido y que ahora intenta reemplazar con un nuevo proyecto que afectaría el funcionamiento de las universidades y sus proyectos de investigación. Además, cristalizaría el atraso salarial de casi un 50% de los docentes y no docentes. En palabras de un funcionario universitario, el sistema está expulsando a nuestros jóvenes que solicitan, como no pasaba desde los '90, que se les firme una carta de recomendación para conseguir una beca para ir a estudiar e investigar en el exterior.

Pero, como adelantábamos, nada nuevo bajo el sol. Treinta años atrás, un grupo de amigos debatía estas mismas problemáticas en una pizzería de Villa Luro en febrero de 1996. Casi un año atrás, en abril de 1995, se había realizado una gran marcha federal universitaria contra el proyecto de Ley de Educación Superior que introducía cambios en el financiamiento, evaluación y gobierno del sistema universitario. Luego de ella, de tomas de facultades, paros docentes y clases públicas, la Ley N.º 24.521 fue aprobada el 20 de julio de 1995. Recién esta sería reformada por la Ley N.º 27.204 el 28 de octubre de 2015.

Pero eso no era lo único que se debatía en esa mesa. El ingeniero aeronáutico Blanco, el ingeniero industrial Salerno y el estudiante de Ciencias Políticas, el Turco, no se limitaban a reflexionar sobre la problemática educativa, sino que, como militantes de esos años de retorno a la democracia y de la década del '90, criticaban la corrupción y las reformas menemistas que estaban destruyendo el tejido social del país.

En efecto, la primera reforma de 1989/1990 y la segunda reforma de ese año 1996 implementaron un amplio proceso de transformación estructural del Estado orientado a reducir su tamaño, transferir empresas públicas al sector privado y reorganizar la administración pública. Así, por ejemplo, la Ley 23.696 de 1989 declaró la emergencia administrativa del sector público, autorizó a privatizar empresas estatales estratégicas, intervino organismos descentralizados, implementó programas de retiros voluntarios y la reducción del empleo público. Por su parte, la Ley N.º 23.697 de Emergencia Económica de 1989 dispuso la suspensión de regímenes de promoción industrial, desreguló la economía, efectuó una apertura indiscriminada a las importaciones, reformó el sistema financiero y autorizó la apertura al capital extranjero. Por último, la segunda reforma del Estado, instrumentada a través del Decreto 558/96 (1996), fusionó, eliminó o reestructuró organismos públicos, redujo el empleo público y, nuevamente, se implementaron retiros voluntarios y jubilaciones anticipadas.

Paralelamente, como anunciaba el diario Clarín en su tapa del 2 de mayo de 1993, las “reformas laborales” introdujeron los contratos temporales y modalidades de empleo flexible, se ampliaron los períodos de prueba para los nuevos trabajadores, se redujeron las indemnizaciones, se descentralizó la negociación colectiva, se redujeron las contribuciones patronales y se privatizó el sistema jubilatorio a través de las AFJP.

Todo esto avanzó bajo la estética del 2x1, los viajes a Miami, los Globetrotters jugando con Carlos Menem y las novias-vedettes del Presidente que enmascaraban la transferencia de poder de las clases trabajadoras y medias a los sectores más ricos de la Argentina.

Obviamente, esa reconfiguración del Estado estuvo acompañada necesariamente de numerosos casos de corrupción que (casi) nunca tuvieron una sentencia judicial. Estos incluyen el caso de la Ferrari, el Yomagate, el escándalo de IBM-Banco Nación, el contrabando de armas a Croacia y Ecuador, el atentado a la Embajada de Israel, a la AMIA y a la fábrica militar de Río Tercero, los guardapolvos de Bauza, la leche contaminada, las escuelas shopping y los sobresueldos, entre otros.

La memoria la perdemos y es también presente continuo, pero con hechos y fechas travestidos, porque el entramado cultural e ideológico impone una hegemonía que sostiene esas relaciones de poder y producción. Por eso, si bien Blanco y el Turco se sorprendieron cuando Salerno dijo, de la nada y pese a todo lo que habían debatido, que “el problema es el tamaño y los ñoquis del Estado”; no supieron entonces que el triunfo ideológico de la dictadura se había manifestado ante ellos en la conciencia política de un militante universitario “progresista”.

 

 

El Estado que (no) queremos

Uno que sí la vio fue el politólogo argentino Oscar Oszlak, que escribía en 1993: “La luz del semáforo se ha apagado súbitamente. El cruce de las dos avenidas está ahora librado a la racionalidad individual de cada peatón, de cada automovilista, de cada conductor de autobús, camión o ambulancia. No más luces que guíen alternadamente sus movimientos (…) Tratarán de hacerlo ordenadamente (…) Nadie intentará ganar de mano a los demás ni aprovechará el porte de rodado para apresurar la operación de cruzar”. A continuación, Oscar Oszlak traslada el escenario a las “reformas del Estado” implementadas en esos incipientes años '90: las privatizaciones se han completado, se han desregulado los mercados, el Estado nacional ha visto reducidas sus capacidades de administrar justicia, brindar seguridad, proveer a la defensa común y relacionarse con otros países.

Mientras que los mercados regulan automáticamente la oferta y la demanda, los ciudadanos cumplen voluntariamente con sus obligaciones impositivas y colaboran con las raleadas burocracias estatales nacionales, provinciales y municipales para que continúen funcionando los servicios ya señalados y los de salud y educación transferidos a las provincias. Estas “visiones utópicas (…) impulsan hoy en día los esfuerzos de transformación del Estado y la sociedad” que se basan en discursos sobre la hipertrofia e ineficiencia de este o sobre la grasa militante y los ñoquis que pulularían en el aparato estatal. Finaliza el autor: “No son estas las reglas que gobiernan ni el mercado de peatones automovilistas ni el mercado económico. Y aunque el discurso neoliberal dominante nos indique que la maximización del interés individual maximiza el interés colectivo, sabemos de sobra que si pretendemos maximizar nuestro interés personal como automovilistas-cruzadores-de-avenidas, solo contribuiremos a un caótico congestionamiento de tránsito. Peor aún (…), si somos débiles peatones y el tránsito es totalmente delegado a la decisión individual”, correremos el riesgo de ser atropellados. En otro texto de ese mismo año, Oscar Oszlak precisa que no niega la necesidad de una reforma del Estado “para afrontar otras circunstancias históricas. [Pero considera] que el camino para lograrlo es fortaleciendo y no demoliendo al Estado. Nadie defiende ya la existencia de un sector público sobreexpandido; pero lo contrario a 'obeso' o 'flácido' no es 'raquítico' (…), lo que se requiere es un "Estado atlético".

Esta no es la visión que ha impulsado las “reformas” de la dictadura, del menemismo, del macrismo y de los libertarios. Por el contrario, estas han estado dirigidas —como adelantamos— a reproducir las relaciones de producción, transferir ingresos de los trabajadores y clases medias a los sectores más ricos de la población y “capturar el Estado” para continuar haciendo negocios.

 

 

Verano del 2026

El lugar de encuentro cambió de una pizzería a un café de especialidad, como indican los tiempos posmodernos. Pese a que les ofrecen latteiced coffeemacchiato o cold brew, entre otras "delicias", Blanco y el Turco insisten con café con leche con medialunas; aunque deben explicar cuál es el tamaño adecuado de una taza para este. Debaten, como han hecho toda la vida, el ataque a Venezuela, la situación en Gaza y la amenaza de Estados Unidos a Irán, y la sinuosa realidad de la política nacional: la estafa cripto; el 3% de Karina; los 3.000 millones de dólares que serían administrados por el Fondo de Asistencia Laboral con una comisión del 2,5%; el contrato que la Cancillería otorgó a la esposa de Federico Sturzenegger para enseñarles inglés a los diplomáticos (¿?) por un monto de más de 114 millones de pesos y en el que solo se inscribieron diez cursantes; el contrato del ministro de Defensa, Carlos Presti, para proveer de alimentos a la Armada Argentina con una empresa sospechada de corrupción; los fondos extras para los F-16 —autorizados por Gran Bretaña y Estados Unidos— que con suerte se adiestrarán alguna vez en el año, pero que no podrán entrenarse y operar en el Atlántico Sur; la represión a los jubilados; la desindustrialización; las privatizaciones; la reforma laboral; fusilamiento y golpizas a periodistas; y la jubilación anticipada de empleados estatales.

La angustia y la tristeza los invade. Blanco ya es gerente de ingeniería y sufre con el industricidio, aunque no afecte el sector económico al que pertenece la empresa en la que trabaja, y el Turco sobrevive al recorte presupuestario de los salarios docentes y no docentes universitarios. Por ello derivan la conversación a la familia y los amigos. “¿Y qué sabés de Salerno?”, pregunta Blanco. “Mirá —respondé el Turco—, la historia es larga y sorprendente. Entre el 2000 y 2001, cada fin de año rezaba para que no lo echaran. Siguió siendo radical, bah, básicamente antiperonista; salió a manifestarse a favor del campo; se rasgó las vestiduras con Nisman; votó a Macri; protestó contra la pandemia; se enarboló con Vicentin…”. “Pero si tenía dos mugrosas macetas en el balcón”, interrumpe Blanco, riendo. “Votó a Milei —continúa el Turco entre risas— todas las veces que pudo; se quejaba de las licencias por enfermedad de los trabajadores de la empresa donde trabajaba. Lo último que supe es que en diciembre de 2025 lo despidieron”. “¿Se quedó en bolas?”, pregunta Blanco. “No, afortunadamente aún sigue dando clase en la materia Modelos Productivos Argentinos de la Facultad de Ingeniería”. “Che, le faltaban dos años para jubilarse, ¿no?”, pregunta Blanco. “Sí, pero no se queja porque considera que, si bien algunos pueden quedar en el camino, lo hace por sus hijos y porque estos ajustes son necesarios para cambiar la economía, fortalecer el capitalismo y terminar definitivamente con el comunismo y el peronismo”.

“Siempre es la disputa por el Estado y no por su destrucción”, piensan y recuerdan en silencio y vagamente a Julio de Grazia en la película Plata dulce:

“—Sabés cómo le viene esta lluvia al campo —dice Ruben [2] mirando el aguacero que cae a raudales afuera de la cárcel.

—¿Tenés campo? —pregunta Bonifatti [3] detrás de las rejas.

—No, pero está el país. La cosecha, viejo… con una buena cosecha nos salvamos todos —responde Rubén—. ¡Cómo llueve! No hay nada que hacerle: Dios es argentino. ¿Qué, no me creés? Dios es argentino”.

Por eso, sólo agregarían irónicamente a ese diálogo que todavía está el Estado para salvar al sistema financiero con una devaluación y a los empresarios con una estatización de la deuda. Pero ojo, primero hay que reformarlo.

 

 

 

[1] Marx, Karl (2005 [1852]). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Buenos Aires: Longseller, p. 17.
[2] Julio de Grazia.
[3] Federico Luppi.

 

Led Zeppelin - Going To California (Live at Earl's Court 1975) [Oficial Video)




 

Milei usa pañales

 Por Ernesto del Limo/ Literatura tropical


Donde hay un esfínter, hay un mercado.

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Reforma laboral: el devastador regreso al siglo XV

 

La eliminación de los derechos laborales producirá una sociedad de mayor 

explotación y menos humanismo. Destruir las relaciones laborales implica

 una feroz transferencia de recursos producidos por quienes dan cuerda

 al universo todos los días hacia los sectores concentrados de la riqueza

. Los manuales de historia hablarán de la domesticación social de este tiempo.


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Por Carlos del Frade

(APe).- Los votos populares completarán la tarea de las botas sangrientas de 1955 y 1976: la demolición de los derechos laborales argentinos. Ejemplo a nivel internacional durante ochenta años, devenido en el concepto “costo argentino”, desde aquellos golpes y en décadas de democracia implosionada por las clases dominantes, por las grandes patronales.

He allí la clave de la doble tristeza del presente que hoy atraviesa aquellas personas que todavía hoy saben que no son seres humanos completos si no tienen conciencia social, política e histórica.

El objetivo del terrorismo de estado de 1976, de la dictadura de las 30 mil desapariciones, fue quebrar las resistencias trabajadoras, por eso la mayoría de las desaparecidas y los desaparecidos eran empleados y obreros, seis de cada diez y menores de 35 años. Quien destruye las relaciones laborales elabora un nuevo código genético de la sociedad en la cual aplica la feroz transferencia de recursos producidos por la gente que le da cuerda al universo todos los días hacia los sectores concentrados de la riqueza.

No importan los accidentes laborales, importan los juicios que tienen que pagar las empresas.

No importan las enfermedades laborales, solamente es fundamental cuidar los números de los patrones.

No sirven los años de antigüedad, apenas el presente es funcional a los intereses de la producción.

Por eso la modernización laboral es la vuelta al siglo quince cuando en el idioma castellano apareció el concepto de salario, aquello que se pagaba con sal para quienes prestaban su fuerza de trabajo durante horas y horas. En uno de los artículos dice con claridad que se pagará en pesos, dólares o especias, la sal del siglo quince. Fenomenal retroceso que necesita de los efectos devastadores de la deliberada construcción del olvido y desprecio por la historia inoculada desde hace décadas.

Cada persona fue educada para despreciar la lucha de su mamá, su papá, su abuela o su abuelo. Cada persona fue adoctrinada en los supuestos beneficios del descrédito en las luchas que antecedieron a su experiencia cósmica llamada vida.

Les enseñaron a despreciar la historia, el sindicalismo, la política, los derechos humanos, los derechos laborales, el protagonismo. Los convencieron que la mejor herramienta era el rencor y creer en líderes brutales e ignorantes. Esa pedagogía produjo este presente.

La eliminación de los derechos laborales producirá una sociedad de mayor explotación y menos humanismo.

Además de la transferencia millonaria en dólares de los sectores trabajadores a las minorías empresariales, habrá una domesticación social de inescrutables consecuencias.

Los votos de personas que abrazaron la política enamorados de las épicas de los viejos movimientos nacionales y populares en Argentina son una expresión del triunfo de las principales fuerzas del capitalismo: exacerbación del individualismo y del consumismo.

Más allá de este momento doblemente triste y claramente demostrativo de la destrucción del país que ya no es, las resistencias crecen en distintos lugares, algunos lejanos y ajenos a lo que sucede en las grandes ciudades.

El tiempo es solo tardanza de lo que está por venir, decía José Hernández en su “Martín Fierro”.

El puño cerrado de miles y miles frente a la mirada de la pareja o los hijos o los padres jubilados se multiplicará y logrará confluir en nuevos riachos de dignidad que empezarán a fluir desde las catacumbas de la desaparecida conciencia política del pueblo argentino.

Cuando eso suceda ocurrirá que los nuevos manuales de historia hablarán del triste momento en que la Argentina fue despojada del derecho laboral, cuando en las cámaras de diputados y senadores condenaron a las grandes mayorías a ser meros espectadores del privilegio de unos pocos, cuando la sociedad eligió fingir que seguía existiendo, cuando el país se convirtió en el territorio de los muertos vivos.

 

Breve historia de la privatización de los medios electrónicos



Fuentes: Rebelión

Según Marconi, la radio iba a ser “un heraldo de paz y civilización entre las naciones”. Poco después, vendió su invento a los británicos como instrumento de comunicación y propaganda para sus guerras coloniales. En 1906 se emitió el primer programa de radio en Estados Unidos. Pronto, los discursos políticos se redujeron de una hora a diez minutos. El político que mejor supo usar el nuevo medio fue Franklin Roosevelt. En Alemania, Hitler no sólo se inspiró en la tradición racista de los esclavistas y de teóricos como Madison Grant, sino que su ministro de propaganda aprendió de los libros de Edward Bernays. Hitler no tenía dudas y no andaba con vueltas: “Cuando se desencadena una guerra, lo que importa no es tener la razón, sino conseguir la victoria”.

En Estados Unidos, en los años 20, la mayoría de la población prefería que el nuevo medio, la radio, continuara siendo un servicio público de información. Para 1926, sólo el 4,3 por ciento de las emisoras eran comerciales. Los gremios de maestros y profesores estaban a favor de mantener un número mínimo de esas ondas destinadas a la educación a distancia, no comercial y más democrática, pero para 1928, en apenas dos años, las universidades ya habían perdido decenas de ondas (de 128 a 95). El director de la radio de la University of Arkansas se quejó de que la FRC (organismo en Washington que administraba las ondas de radio) “nos sacó todas las horas que valían algo y nos dejaron aquellas sin ningún valor”. Esto no es sólo un ejemplo; por entonces, apenas el cinco por ciento de la población estadounidense apoyaba un cambio radical hacia la comercialización. En 1932 Business Week reportó una avalancha de cartas protestando por la nueva radiodifusión basada en anuncios.

En 1925 los maestros y profesores habían fundado el National Association of Educational Broadcasters (NAEB) y en 1930, como respuesta al incipiente pero agresivo control del sector privado a través de la venta de publicidad, crearon el National Committee on Education by Radio. Para 1938 habían logrado asegurarse cinco ondas destinadas a la educación, pero todos los observadores estaban de acuerdo en que la exposición de anuncios comerciales no era bien recibido por la población. Pese a esta larga historia de resistencia por medios sin fines de lucro, a finales de los 30 ya quedaban pocas ondas destinadas a la difusión de la cultura y el conocimiento. Todas habían cedido terreno a la radiofonía comercial, con sus programas de diversión apoyados por anuncios comerciales. 

Para dar el golpe final, las nuevas emisoras comerciales ofrecieron espacios gratis a los políticos y a los legisladores. ¿Suena conocido? Entre 1931 y 1933, los legisladores fueron invitados 298 veces a la flamante NBC, cadena propiedad de General Motors, la telefónica AT&T y la United Fruit Company, responsable de múltiples golpes de Estado y masacres en América Latina.

El 28 de abril de 1932, la publicación Education by Radio, sostenía que el principio de la Carta Magna de la radio estadounidense declaraba que su existencia se debía al “interés público” y criticaba los lobbies que intentaban cambiar estos principios: “El personal de la Comisión [Federal] de Radio está en este momento reclutando abogados y gente con intereses militares y comerciales (…) y subordinando el aspecto educativo al monopolio de los intereses comerciales”. Más adelante advierte: “La libertad de expresión es la base de cualquier democracia. Permitir que los intereses privados monopolicen el mayor instrumento de acceso a la mente humana que se ha conocido es destruir la democracia. Sin la libertad de expresión de aquellos que no tienen a los ‘beneficios’ como interés principal, no habrá una base inteligente para determinar ninguna política de interés social”.

Poco a poco, se fueron cerrando las radios universitarias y otras de educación, confirmando el divorcio de sus mayores instituciones de educación y cultura con el resto de la población, lo que se refleja cada dos años en los mapas electorales y en la mutua desconfianza entre estos dos sectores de la sociedad disociada. Ya por los años 30, las organizaciones a favor de una cuota de ondas no comerciales como el NCER (parte del Institute of Education Sciences) era caracterizado como “un grupo engañado por pedagogos” demandando tonterías “infantiles”. Por su parte, el “socialista” F. D. Roosevelt no tomó partido por los grupos que se oponían a la toma total de las ondas por los intereses privados porque, frecuente invitado en todas ellas, temía perder este favor político. 

Al mismo tiempo, en Canadá se realizaron discusiones populares en decenas de ciudades para decidir qué era lo más conveniente, si seguir un incipiente proceso de comercialización del nuevo medio que se estaba dando en Estados Unidos a través de los avisos o mantener los medios independientes del capital privado. Como lo resumió el hombre de negocios y socialista canadiense Graham Spry al millonario estadounidense y defensor de los medios públicos, Armstrong Perry: “Nuestro mayor temor no es sólo el monopolio [comercial] sino el poder extranjero que viene con el monopolio”. La decisión mayoritaria fue mantener la radiodifusión como un servicio público, no comercial.

No obstante, el poder de los capitales acumulados era abrumador. Como observó el profesor Robert McChensny, el mismo proceso ocurrió durante los 90 en el debate sobre el estatus legal de Internet: mantener el nuevo medio de comunicación regulado por los gobiernos o dejarlo librado a las “leyes del mercado” y a los intereses de las corporaciones. El 22 de junio de 1998, el New York Time reportaba “un clima en el que cualquier regulación de Internet en su infancia comercial se considera alta traición”.

En 1934, los lobbies privatizadores y contra la petición de un 25 por ciento para canales no comerciales en Estados Unidos lograron su mayor éxito con la Ley de Comunicaciones. Esta fue la ley rectora de los medios hasta la Ley de Telecomunicaciones de 1996, no por casualidad diseñada para regular el nuevo medio, Internet, bajo la nueva ideología neoliberal de privatizaciones y desregulaciones de la “libertad comercial”. Entre otras previsiones, eliminó el número legal de canales en manos de un mismo grupo financiero. Es el caso de Sinclair Broadcast Group, el cual actualmente es dueño de casi doscientos canales locales en diferentes estados (afiliados a las grandes cadenas nacionales como Fox, CBS y NBC) los cuales son forzados a leer manifiestos del directorio central como si se tratase de información real, objetiva e independiente, en todos los casos en apoyo de la ideología conservadora de las grandes corporaciones. 

En 1938, años después del asalto privatizador de los medios, la NBC concluía: “Nuestros medios son lo que son porque operan en la democracia estadounidense. Es un sistema libre porque este es un país libre. Es de propiedad privada porque la propiedad privada es una de nuestras doctrinas nacionales. Se mantiene de forma privada, a través del patrocinio comercial de una parte de las horas del programa, y sin costo alguno para el oyente, porque el nuestro es un sistema económico gratuito”. 

En Inglaterra, con la BBC y con el apoyo mayoritario de la población, la radiofonía permaneció, en su gran mayoría, como servicio público, no comercial, hasta una década después de la Segunda Guerra Mundial. Desde los años cincuenta hasta los ochenta, permaneció como propiedad mixta entre capitales públicos y privados pero con un claro control de calidad en cuanto a los contenidos culturales y de información por parte del Estado. Esto comenzó a cambiar a partir del neoliberalismo impuesto por el gobierno de Margaret Thatcher en los 80. Para los 90, la comercialización del servicio público británico tuvo lugar en Estados Unidos con el fin de recaudar fondos para su central en Inglaterra.

La historia de Internet es un calco del proceso que sufrió la radio. A mediados de los años 20, cuando la radio, el nuevo medio revolucionario por entonces ya había sido inventado y su uso se encontraba en desarrollo, un tercio de las ondas todavía eran de servicio público, es decir, educativas o no comerciales. Similar a todos los medios de comunicación anteriores, Internet no fue inventada por ningún “exitoso hombre de negocios” sino por profesores estadounidenses que, a pesar de su origen militar, creyeron crear un medio anárquico; primero una red no comercial de investigadores y luego una red abierta al público para la interacción y la difusión de las ideas y la información. Como observa McChensny: “Internet nunca hubiese sido creada por ninguna compañía privada; no sólo porque el tiempo de espera para los retornos de ganancia hubiese sido inaceptable, sino por su idea fundamental de una arquitectura de propiedad abierta hubiese sido inaceptable para las compañías privadas”. 

Un par de décadas después, cuando la idea y toda la estructura de Internet ya estaba desarrollada en base al principio más democrático de propiedad pública, como todos los medios y todos los grades inventos anteriores fue secuestrada por el poder de turno que, en lo que se refiere a los últimos siglos, está basado en el dinero y en la concentración de los capitales, es decir, las grandes corporaciones. La privatización y comercialización de Internet a través de diferentes leyes desreguladoras ocurrieron en los años 90, no por casualidad en la cresta de la ola neoliberal. Washington decidió la privatización de grandes sectores de la red en 1993, cuando hasta entonces se encontraba prohibida y se había mantenido y desarrollado como una realidad anárquica, amenazando en convertirse en propiedad de la gente común. La idea original de quienes trabajaron en esos proyectos no iba en favor del monopolio de un gobierno, pero tampoco en favor del oligopolio de las grandes corporaciones (protegidas por ese mismo gobierno) que en pocos años se hicieron con este instrumento fundamental de creación de realidad y de opinión pública, no en su totalidad, pero sí en un grado suficiente para mantener el control.

Incluso una poderosa publicación liberal (es decir, conservadora) como The Economist lo reconoció en 1998, aunque no sin sus clásicas ambigüedades de clase: “Cuando Cyberia [Internet] era un pequeño país de académicos, sus leyes funcionaban muy bien. Pero ahora ha sido colonizada por el mercado. Es necesaria una acción más en favor de los negocios” (“The death of an icon”, 22 de octubre de 1998). El poder siempre tiene una buena excusa para apropiarse de todos los inventos, habidos y por haber. 

En este caso, la decisión de privatizar Internet se tomó muchos años antes, en 1990, en una reunión en Harvard University, a la cual asistieron representantes del gobierno de Washington y de las grandes corporaciones de las telecomunicaciones. Por supuesto que ni siquiera hubo un profesor de otras áreas, como ciencias o humanidades. Menos hubo un representante del pueblo, ni estadounidense ni de ningún otro pueblo. La democracia es siempre un estorbo para el progreso y la libertad, ¿no? “Es verdad, el gobierno creó Internet con sus recursos, pero el muchacho ha crecido y se ha ido de casa”, fue la explicación de uno de los miembros de la Internet Society (ISOC), interesados en su privatización (Wall Street Journal, 4 de junio de 1998, p. 26). 

No por otra razón, en 1996 se aprobó la ley más importante sobre medios de comunicación desde 1934, la Ley de Telecomunicaciones, la que liberaba las fuerzas de los grandes lobbies y corporaciones en nombre de una participación democrática de todos los actores privados. Gracias a esta ley, una misma corporación dejó de estar limitada en el número de medios autorizados para operar. La libertad de los liberales y, más recientemente, de los libertarios conservadores, la libertad de los poderosos, la libertad de los dueños de los países. Que viva la libertad.

Desde la comercialización de Internet, la gente no abandonó la radio ni la televisión, sino que sumó un nuevo medio, agregando varias horas por día al mercado de la atención. Al igual que con la popularización de los periódicos en el siglo XIX, el nuevo medio prometía democratizar la información y crear pueblos e individuos más libres. Al igual que con todos los nuevos medios de comunicación, con Internet y las redes sociales esta libertad ha sido fuertemente cuestionada. Al igual que en todos los casos anteriores, los poderes de las elites de turno secuestraron los nuevos medios y las nuevas tecnologías desde el primer día y, en ningún caso, fue con un propósito altruista de ceder poder a la abrumadora mayoría de los de abajo, los (aparentemente) sin poder. Esta urgencia fue aún más importante en aquellos países que habían consolidado un sistema de democracia liberal con votaciones periódicas. De esta forma, los medios justificaron los fines y la opinión pública se convirtió en el commodity y en el arma más valiosa. 

En octubre de 2022, el hombre más rico del planeta, Elon Musk, compró Twitter por 44 mil millones y, antes de conocer siquiera a los principales directores de la empresa, prometió despedir a la mitad de los empleados para “limpiar la casa”. Los asalariados son siempre basura para los psicópatas que aman el éxito y el ejercicio del poder despidiendo empleados. Para noviembre, ya había cumplido con su promesa y, en nombre de la libertad, propuso diferentes cobros del servicio, aparte de comenzar a incluir publicidad. En Twitter la libertad comenzó a expresarse con una explosión de racismo y violencia política. La red no mejoró pero el señor Musk continuó haciendo miles de millones de dólares. De una junta administrativa se pasó a una dictadura más estilo banana republic con un jefe psicópata, autopromocionado como el paladín de la libertad y la democracia. 

La introducción de publicidad en Twitter es la repetición del proceso de comercialización de un medio de comunicación, exactamente como ocurrió con la radio en los años 30, con la televisión más tarde y con las compañías de telecomunicación y, principalmente, con Internet en los años 90. La comercialización se vendió por parte de políticos, presidentes y grandes gerentes como una forma de expandir la libertad y la neutralidad ideológica, como si los grandes negocios y la cultura de adoración de las corporaciones y los multimillonarios no se sostuviera con un permanente y ubicuo bombardeo ideológico que es aceptado como si fuese la lluvia que da vida a los campos. Los anunciantes que realmente importan en esta lógica son las grandes compañías, no los pequeños negocios. Más aún, en los países periféricos (la mayoría del mundo) ni las grandes compañías tienen muchas chances de pagar publicidad en las plataformas en la escala en que lo hacen las compañías de los países dominantes.

La super comercialización de las sociedades ha creado una cultura del consumo y, con ella, la fosilización de la ideología que diviniza las leyes del mercado sobre toda actividad humana, define el éxito (los millonarios) y demoniza cualquier opción bajo alguna figura ficticia (los trabajadores holgazanes o los socialistas come niños). No hay consumo sin beneficios y no hay concentración de las ganancias sin un consumismo que impida cualquier pensamiento radical que se oponga a una realidad radical.

En el ensayo “There are Alternatives” publicado en 1998, el filósofo Jünger Habermas fue categórico: “No creo que podamos tener ilusiones sobre lo público de una sociedad en la que los medios de comunicación comerciales marcan la pauta” (New Left Review, setiembre 1998). Claro que, como decía NBC y los lobbies empresariales en los años 30, todas estas opiniones no comerciales son irrealistasinfantiles, y están contra la libertad y la democracia. Al fin y al cabo, Habermas como el profesor Einstein o el pionero de la computación moderna, Alan Turing y los filósofos o inventores de los últimos siglos han sido todos pobres, irrealistas y fracasados. 

Hoy, en Estados Unidos, existe una cadena pública de televisión, PBS, y una de radio, NPR. Hasta la presidencia de Ronald Reagan, la mayoría de sus ingresos procedían del gobierno federal, lo cual se fue reduciendo en las décadas posteriores hasta un magro 15 por ciento, en un persistente intenso en convertirlas, sino en privadas, al menos en cadenas comerciales. A pesar de ser los mayores productores de contenido cultural e informativo profesional del país, todos los años deben mendigar donaciones a su público para complementar su menguado presupuesto, siempre bajo ataque de los políticos conservadores y las corporaciones que los financian, los que entienden que la existencia de un medio depende de su rating. Por otro lado, como ya lo observó Robert McChesney, “lo último que quieren las cadenas comerciales es que PBS y NPR salgan a competir por la publicidad, sobre todo entre aquel público educado y de clase media alta. Cuando en 1998 el gobierno de Francia limitó el tiempo de publicidad en la televisión pública, TF1, la mayor cadena comercial del país, se vio de repente beneficiada”.

En 2025, el presidente Donald Trump eliminó casi todos los fondos del gobierno para NPR y PBS.

La misma historia ha sido y continúa siendo la historia de la Inteligencia Artificial. Luego de 70 años de investigación, experimentación y naturales fracasos por parte de sus creadores no capitalistas, se logró su desarrollo a principios del siglo XXI. Para 2015, luego de la aceleración del desarrollo de los modelos de lenguaje y aprendizaje artificial, se fundó una de las compañías más visible de la actualidad, OpenAI. Sus fundadores no inventaron nada, pero iniciaron el proyecto como una organización sin fines de lucro (nonprofit) para “asegurar que la inteligencia artificial general (AGI) beneficie a toda la humanidad”. En 2019 comenzó su privatización. Luego del éxito de ChatGPT, en 2025 OpenAI pasó de organización “sin fines de lucro” a corporación en gran parte privatizada, con fines de lucro.

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