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domingo, junio 07, 2026

Del oeste/ Plus


 

“Hay un fusilado que vive”: el camino que recorrió Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre

 

a 70 años de josé león suárez

“Hay un fusilado que vive”: el camino que recorrió Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre

Escribió la obra emblema del periodismo de investigación de Argentina trabajando como freelance. La historia de la frase clave que le dio origen. Cómo pasó de traducir libros para bajar de peso a exponer los crímenes de la Revolución Fusiladora. Los ataques de la policía bonaerense y la dificultad para que le publiquen las primeras notas.


El 18 de diciembre de 1956, en el bar Rivadavia de La Plata, a unas cuadras de su casa, frente a un vaso con cerveza, Rodolfo Walsh oye una frase: «Hay un fusilado que vive».

Tiene 29 años y trabaja como traductor en la editorial Hachette, en Maipú 49, en el centro porteño. Lo que escucha lo deja pasmado. No por el hecho en sí, sino por lo enigmático de la frase. Ni los cuentos policiales que traduce y publica en la revista Leoplán como colaborador, ni los relatos de su primer libro Variaciones en rojo, publicado en 1953, contienen tanta fuerza como esa frase. Un cuento que es verdad.

Enrique Dillom, quien se lo dice en el bar, no miente. Es un militar retirado de la Armada y conoce de cerca los hechos del 9 y 10 de junio de ese año, cuando un levantamiento intentó –sin éxito– derrocar a la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu. Dieciocho militares, incluido uno de sus líderes, Juan José Valle, fueron fusilados por orden del gobierno de facto. Dillom, sin embargo, no hablaba de uniformados en su frase.

“Hay un fusilado que vive”: el camino que recorrió Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre

La historia a Walsh lo tiene fascinado. Justo a él, un antiperonista acérrimo por entonces. Apenas un año antes, el 21 de diciembre de 1955, en la revista Leoplán, había contado la “heróica tarea” de algunos pilotos navales que participaron del derrocamiento a Perón. Su hermano aviador, Carlos Walsh, había piloteado en algunos de esos vuelos. El 16 de junio, los bombardeos de la autoproclamada «Revolución Libertadora» que derrocaron al gobierno peronista habían asesinado a 308 personas. Aún así la frase de Dillom lo persigue. Piensa que los diarios y revistas le arrancarían de las manos una historia así. Nada más lejos que eso, aunque todavía él ese diciembre de 1956 no lo sabe.

Walsh y el fusilado que vive

El Walsh que se embarca en la investigación sobre “el fusilado que vive” es un joven periodista freelance, ajedrecista amateur, trabajador de la industria cultural, escritor premiado y padre de dos hijas. No hizo “escuela” en ninguna redacción, ni tiene títulos académicos. Incluso se gana la vida con traducciones de libros que no lo enorgullecen, como Adelgace con inteligencia y El régimen lo hace todo de Gayelord Hauser. Más de 500 páginas sobre cómo bajar de peso. Nada de eso le importa. Rodolfo sale en busca del “fusilado”.

Al otro día del encuentro con Dillom, el 19 de diciembre de 1956, Walsh conoce a su primera fuente: Jorge Doglia, jefe de la División Judicial de la Policía de la Provincia. Doglia le confiesa que una persona llegó a su oficina con una denuncia que lo estremeció: su propia fuerza lo había detenido el 9 de junio, sin cometer ningún delito, en la localidad de Florida y lo había intentado fusilar en la madrugada del 10, junto a otras personas, a más de 12 kilómetros de donde lo arrestaron, en un descampado de José León Suarez. En el operativo de detención –le explica Doglia a Walsh– había participado su jefe, el teniente coronel a cargo de la jefatura de la policía bonaerense, Desiderio Fernández Súarez.

“Hay un fusilado que vive”: el camino que recorrió Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre
El croquis dibujado a mano por Walsh sobre el lugar de la masacre.

La persona que denunciaba lo ocurrido era Juan Carlos Livraga,  el fusilado que “vivió”. Doglia pone al periodista en contacto con el abogado de Livraga, Máximo von Kotsh. Antes de despedirse, el jefe de la división judicial le pasa a Walsh un último dato: hay decenas de denuncias por torturas con picanas eléctricas y otras vejaciones en diferentes comisarías de la provincia, todas entre el 9 y 10 de junio.

Al día siguiente, Walsh se encuentra con von Kotsh, quien le pasa la denuncia judicial de Livraga. Pero aún mejor: entrevista al sobreviviente. Conoce su historia, ve las sombras de la muerte en su rostro, donde le dispararon dos veces. También le confiesa que fingió su muerte para “salvarse”. Otros, le cuenta, hicieron lo mismo, mientras un grupo logró escapar.

El hombre que mordió al perro

En dos días, el periodista ya tiene la denuncia del fusilado en su bolsillo, el testimonio de Doglia por torturas en dependencias, y un tercer dato: hay más sobrevivientes. Todavía no sabe cuántos. Pero hay. Por eso, esa misma tarde, entra a las oficinas de Hachette con una sonrisa luminosa, mira a su compañera Enriqueta Muñiz, una joven periodista de 22 años, y le dice: «Encontré al hombre que mordió al perro».

Enriqueta se suma a la investigación de Walsh. Durante todo el proceso llevará un diario íntimo contando, día a día, los pasos para reconstruir la masacre de José León Súarez. Y a pesar de tener la denuncia judicial de Livraga, ningún medio se interesa. Walsh empieza a entender los mecanismos ocultos de la prensa argentina. Ya tendrá tiempo para escribir y fustigar medios que fueron funcionales al régimen. 

Ahora solo tiene una oportunidad en un semanario socialista: Propósitos. Leónidas Barletta, su director, acepta la nota. A pesar de tener la exclusiva periodística del año, sale solo publicada la denuncia, sin firma ni aporte extra de Walsh ni edición. Solo la denuncia. “Por precaución”, le explica Barletta.

“Hay un fusilado que vive”: el camino que recorrió Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre

El 23 de diciembre, bajo el título “Castigo a los culpables”, sale el primer artículo sobre los fusilamientos. En otra página, un recuadro pequeño denuncia las torturas en comisarías de la provincia. Walsh cerraba así un mes completamente abocado a la investigación sobre los fusilamientos. Y el año siguiente lo arrancaría igual.

La entrevista inédita a Livraga le quema las manos a principios de 1957. El 9 de enero, en el semanario Azul y Blanco, publica una segunda nota, profundizando la denuncia del primer fusilado, pero sin contar su historia.

Esclarecer la masacre

El 15 de enero, en la primera plana del diario Revolución Nacional, finalmente aparece el reportaje. “Yo también fui fusilado”, se titula. Allí Livraga narra lo sucedido el 9 y 10 de junio de 1956, tanto en Florida como en el basural de Suárez. Walsh no se detiene. Junto a Enriqueta consiguen más sobrevivientes y expedientes. La masacre se esclarece: son cinco víctimas fatales y siete sobrevivientes. Walsh saca otras cinco notas en Revolución Nacional. Ocho más en la revista Mayoría. En todas apunta directamente a Fernández Súarez, jefe de la Bonaerense desde diciembre de 1955.

“Hay un fusilado que vive”: el camino que recorrió Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre

El periodista lo acusa de ordenar las ejecuciones de 12 civiles inocentes, antes de que se declarara la Ley Marcial y sin haber cometido ningún ilícito. “Fueron detenidos a las 23 hs del 9 de junio, mientras que la ley empezó a regir a las 0.32 del 10 de junio”, expuso Walsh. Para eso, el periodista consiguió el libro de locutores de Radio del Estado, donde se registró que el anunció se hizo a la hora señalada por el periodista.

El nombre de Walsh circula rápido en la jefatura de policía de La Plata. Un grupo de policías empieza a circundarlo. Detienen a un periodista con sus mismas iniciales, pensando que era él. Van a su casa en La Plata, sin identificarse, y hostigan a su familia. Pero a él no lo encuentran. Se había mudado a una casa en el Tigre. Después a Merlo. Porta una cédula falsa y se hace llamar Francisco Freyre. Aunque todas las notas de ese año –y los que siguen– dirán: R.J. Walsh.

En su octava y última crónica en Mayoría en 1957, que anticipa a la publicación del libro que inventaría un género propio de no ficción, Rodolfo finalizó su nota con una dedicatoria: “Pero la paz no es aceptable a cualquier precio. Y siempre habrá en germen nuevos levantamientos, y nuevas olas de insensata revancha, aunque luego tengan sentido contrario, mientras se mantengan al frente de los organismos represivos del Estado hombres como el actual Jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires, teniente coronel Desiderio Fernández Suárez”.  «

“Hay un fusilado que vive”: el camino que recorrió Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre
Rodolfo, periodista espiado

El Servicio de Inteligencia de la Policía Bonaerense (SIPBA), se creó en diciembre de 1955 con el objetivo de desplegar agentes de información encubiertos por toda la provincia para detectar en fábricas, talleres y sindicatos cualquier indicio de activismo político contrario al régimen. En esa línea, y a nivel nacional, se crea el Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE). Para la Revolución «Libertadora» el espionaje y la comunidad informática eran cruciales. Rodolfo Walsh no estuvo exento a ese espionaje. En un cable de inteligencia de 1957, aparece archivada una de sus seis notas en Revolución Nacional sobre los fusilamientos de José León Súarez. Más adelante, a partir de los años ‘70, las fichas con sus datos personales empezaron a registrarse y, como otros escritores y periodistas, integra una nómina de autores con “antecedentes ideológicos desfavorables”. Sus legajos se reúnen en tres fichas personales: la primera del 20 de diciembre de 1973 tiene sólo dos datos: la profesión, “periodista”, y el Diario Noticias, medio donde Walsh fue jefe de información general y policiales hasta 1974, cuando fue cerrado por orden de la Triple AAA. Esa ficha remite al legajo. Su carátula dice –escrito a mano–, «Walsh Rodolfo» y tiene una única foja. La misma destaca la pertenencia del periodista al directorio de Noticias y hace un análisis de los “lineamientos ideológicos” del medio y del escritor. En 1974, al cumplirse 18 años de la Operación Masacre, Noticias sacó una doble página recordando el caso, escrita por el propio Walsh. Ese ejemplar también fue archivado por los servicios de inteligencia.

“Hay un fusilado que vive”: el camino que recorrió Rodolfo Walsh para escribir Operación Masacre
El archivo de la «Libertadora»

En el Departamento de Estudios Navales Históricos, en el edificio de Casa Amarilla, barrio de La Boca, está el archivo personal del almirante y ex vicepresidente de la Revolución «Libertadora», Isaac Francisco Rojas. Las más de 180 cajas de documentación de unos de los artífices del golpe de 1955 fueron donadas por su nieta en 2014. Entre las hojas amarillentas hay prueba documental sobre la Masacre en los basurales de José León Súarez. Parte de esa material se usará el 17 de junio, cuando –70 años después– inicie el juicio que busca declararla un delito de lesa humanidad. Según pudo saber Tiempo, alguien de la familia Aramburu hizo averiguaciones sobre la demanda que están llevando a cabo los familiares de los sobrevivientes. En el archivo del exalmirante se encuentran los oficios de la Justicia Militar que absolvió a Rojas (entre otros) en 1957, tras asegurar que la Ley Marcial había salido el 9 de junio, antes de la detención de los 12 civiles en la localidad de Florida. Algo que, demostró Walsh, no fue así. En una de las cajas, hay una carta personal –sin fecha– que Rojas le escribió a su nieto, Fernando Serra Rojas. Como un cuento, el ex vicepresidente describió en 20 puntos cómo ellos “salvaron” al país de un “tirano”. Sobre Perón, Rojas dice: “Como era un degenerado se rodeó de chicas y celebraba tremendas orgías como los emperadores romanos disolutos. Se casó con una mujer de la vida (una prostituta) que se llamaba Eva Duarte que tenía mucho carácter y grandes ambiciones. Gastaba muchísimo dinero en regalos que hacía a la gente para conquistársela. El pueblo pobre la quería mucho porque creía que era una «santita» y, en realidad era una mujer más mala que una víbora”.

Adorni, ANDIS y $Libra: en qué estado están las causas que acorralan al gobierno de Milei

 Adorni, ANDIS y $Libra: en qué estado están las causas que acorralan al gobierno de Milei


La investigación sobre el jefe de Gabinete es la más complicada para el oficialismo. En Tribunales esperan su declaración jurada. La lupa sobre la situación del presidente y de su hermana.


Luego de varias semanas sin sobresaltos para el gobierno en materia judicial, la segunda mitad del año promete movimientos importantes en causas sensibles para la gestión libertaria. En la investigación que tiene como protagonista al jefe de Gabinete Manuel Adorni todo indica que se viene un pedido de explicaciones sobre su patrimonio, mientras que ANDIS y $Libra avanzan no sin dificultades sobre pericias que podrían ser determinantes.

En ese horizonte judicial, los expedientes que más preocupan en Balcarce 50 son los que tienen a Adorni como protagonista, y que están en manos del juez Ariel Lijo y del fiscal Gerardo Pollicita. Se trata de la causa por enriquecimiento ilícito, que tiene bajo la lupa la aparente desproporción entre ingresos formales y gastos que ha hecho el funcionario en los últimos dos años, y también la del vuelo privado a Punta del Este que hizo con su amigo Marcelo Grandío, contratista de la Televisión Pública.

Por estos días, Pollicita avanza en los detalles de un requerimiento de justificación que es altamente probable que tengan que responder Adorni y su defensa. Se trata de un pedido previsto en este tipo de causas, mediante el cual se le exige a un funcionario público que aclare el origen de un incremento patrimonial que luce significativo. En expedientes por enriquecimiento ilícito opera la inversión de la carga de la prueba, motivo por el cual pasa a ser el propio imputado el que tiene que demostrar que su dinero no fue mal habido.

Pese a las intenciones judiciales de avanzar, la demora del jefe de Gabinete en presentar su declaración jurada es el principal escollo. En la Justicia explicaron a Tiempo que en causas similares a la de Adorni a esta altura el trabajo suele estar un poco más avanzado en materia de análisis básicamente porque ya suele estar incorporada la declaración patrimonial exigida por la Oficina Anticorrupción.

Pero en el caso del jefe de Gabinete eso no pasó. Hasta el momento, desde el gobierno solo han salido versiones: que la presentaría al filo del 31 de mayo, que sería los primeros días de junio y la última que podría ser cerca del próximo fin de semana.

De todos modos, en la Dirección General de Asesoramiento Económico y Financiero en las Investigaciones (DAFI) avanzan a paso rápido en el análisis fino de los números del jefe de Gabinete. Hay, por lo menos, dos semanas de trabajo por delante: tienen que estudiar ingresos formales, gastos, erogaciones en efectivo y transacciones cripto. De ahí saldrá un informe que deberá ser cotejado con la declaración jurada que nunca llega. El funcionario tiene tiempo hasta el 31 de julio para presentarla. Cuando todo eso pase, el funcionario tendría que dar explicaciones.

Por otro lado, en la causa que investiga la escapada en vuelo privado que hizo Adorni junto a su familia durante los feriados de carnaval de febrero, el juez Lijo espera el resultado de una serie de medidas que ordenó para definir si corresponde fijar una fecha de indagatoria, según supo Tiempo.

Los audios de Spagnuolo

La causa que investiga posibles sobreprecios y retornos millonarios en la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis), en tanto, avanza sobre un punto clave: la pericia de los audios que dio a conocer el streaming Carnaval y que motivaron las denuncias que se usaron para el inicio de la investigación. En los últimos días se supo que el juez Lijo pidió que el ex titular del organismo, Diego Spagnuolo, aporte su voz para realizar el estudio sobre esas piezas sonoras que para la defensa fueron editadas con inteligencia artificial.

Los abogados del ex titular del organismo rechazaron que Spagnuolo tenga que aportar un registro de su voz en los Tribunales porque dicen que sería exponerlo a una autoincriminación.

En la Justicia, en tanto, señalaron a Tiempo que esa negativa busca “embarrar la cancha” e insisten con que quedó claro en los dictámenes del fiscal Franco Picardi y los procesamientos que los audios en los que Spagnuolo relataba un supuesto esquema de corrupción en torno a contratos de medicamentos para personas con discapacidad no fueron usados como prueba.

Igualmente se adelantaron a la posibilidad de que la pericia concluya que fueron editados y afirman que no tendría ningún efecto concreto sobre la causa y lo que se hizo hasta ahora. Sostuvieron, en ese punto, que la aparición de un solo fragmento sin edición será suficiente para determinar que se trata de la voz de Spagnuolo y que habla de corrupción. No obstante, detrás de esa disputa la causa busca profundizar en un entramado que habría generado un perjuicio millonario para el Estado en general y las personas con discapacidad en particular.

La causa $Libra

Donde el panorama está más complicado es en la causa $Libra, que tiene como principal imputado a Javier Milei.

El fiscal Eduardo Taiano espera que le remitan un informe sobre una serie de transferencias que hizo Davis por cerca de U$S 4 millones el 30 de enero de 2025, día en que fue a la Casa Rosada a reunirse con Milei. Pero apareció un problema: según reveló días atrás La Nación, el organismo al que se le encargó ese estudio avisó, con ocho meses de demora, que no tenía las licencias de los softwares para avanzar en esa tarea. Frente a eso, el trabajo se le encomendó al área de Ciberdelito de la Policía Federal, que estaría trabajando para salir del asunto. En una de las querellas están convencidos de que pasará la feria judicial de invierno y el Mundial de Fútbol y que no habrá novedades trascendentales. Con algo de picardía, hay quienes dicen que en la Rosada ya ni se acuerdan de que la causa existe. «

El ahogado de Claromecó

 

Por Lautaro Ortiz
El Tortoni del improbable José Enrique Tafas según Eduardo Stupía. Imagen Web

Detrás de cualquier biblioteca –chica, grande o descangallada–, se oculta una galería de cuadros que jamás fueron pintados. Todos alguna vez, seducidos por ese misterio, fantaseamos con hallar un mecanismo injerto en alguno de nuestros viejos libros que nos permita abrir, en un lento deslizar, una imaginaria puerta secreta para acceder a ese museo inaudito.

(“¡Basta de jugar con el resorte!”, solía decirle Charles Dickens a su sobrina cuando esta visitaba la campestre Gad’s Hill Place, famosa por ser una de las primeras construcciones de Inglaterra en poseer una biblioteca que incluía ese artilugio).

Esa pinacoteca invisible alberga cientos de cuadros que están descriptos minuciosamente en páginas y páginas a lo largo de la historia de la literatura. Todos hemos leído esas descripciones alguna vez: retratos, paisajes campestres y urbanos, escenas inconcebibles de muerte y resurrecciones, perfiles de mujeres trágicas y de hombres tristes, escenarios de colores admirables, y atardeceres que se leen, pero que jamás se ven.

Esta pinacoteca invisible posee, además, un catálogo formado por innumerables nombres de pintores de los cuales muchas veces conocemos su vida y los motivos de su muerte, pero jamás existieron. Pienso en el acongojado Juan Pablo Castel de Sabato o en Jean de Daumier-Smith de Salinger, aquel que pintaba chicas “de altos pechos”, entre muchos otros artistas invisibles.

Los griegos tienen una sonora palabra (casi un chasquido de dedos) que de alguna manera podría explicar en parte este fenómeno: écfrasis, o la descripción verbal de una figura visual real o imaginada. La gran écfrasis, el gran ejemplo, es el escudo de Aquiles, descripto en todos sus detalles. Es el escudo que una madre angustiada mandó a pedir a Hefesto, luego de que Héctor dejara en la arena y sin armadura al bueno de Patroclo. Lo leímos por Homero, pero, claro, él como nosotros, jamás lo vio.

En mi sombría oficina de la calle Uruguay y Viamonte, oficina dentro de un edificio de muchas otras ocupadas por tordos, amigos de los softwares ilegales y cultivadores indoor de cannabis, yo también suelo tantear los libros de mi biblioteca imaginando activar el mecanismo de esa puerta secreta. Y en cada uno de esos intentos, se queda entre mis dedos algún volumen que, por azar, me habla de cuadros o de un pintor que no existió.

(“¡Activa el resorte de una vez!”, le rogó Bruce Wayne al distraído Ricardo Tapia, para poder acceder a la baticueva oculta detrás de la biblioteca).

Así fue como una tarde levanté Crónicas de Bustos Domecq (1967), y me detuve en el capítulo “Un pincel nuestro”, donde se cuenta no sólo la desafortunada muerte del joven pintor José Enrique Tafas, sino su notable y novedosa técnica pictórica.

Archivo -

Lo único que sabemos del pintor es que era de origen árabe, y que solía visitar las playas pedregosas de Claromecó ni bien terminó su infancia, ya que su padre, un árabe que había llegado al país “escondido en una alfombra”, conoció ese paraje siguiendo los pasos de una danesa de amplia sonrisa. Tal vez la esperanza de ese amor llevó a Tafas padre a olvidar a su familia y a instalarse en un departamento a metros del faro Claromecó. Tal vez la insistencia de ese amor imposible (nunca sabremos el nombre de la danesa), lo llevó más tarde a ocupar el puesto de farero. Mientras soñaba, un día de invierno se le apareció su hijo, el Tafas artista.

Se cuenta que el 12 de octubre de 1964 (cuando entonces se hablaba de razas), el viejo Tafas subió, como todos los días, los 278 escalones del faro Claromecó y al llegar a la vidriera observó desde lo alto cómo su hijo, el prometedor pintor con el que había convivido los últimos siete años, era tragado por una gran ola, fría, espumosa, artera. Lo lloró días y noches, y entre aquel mar de llanto recordó cuando su hijo le contó emocionado el encuentro con Bustos Domecq.

Fue una cariñosa mañana septembrina en el quiosco de Bernardo de Irigoyen y Avenida de Mayo. Ambos habían llegado a ese lugar para adquirir la misma tarjeta postal: la del café Tortoni. La coincidencia despertó la curiosidad y la curiosidad ahondó en la afición de ambos: el coleccionismo de tarjetas postales de Buenos Aires. Más tarde, sentado a una de las mesas claras de una confitería de Constitución, el joven Tafas, cuando la cerveza abre las puertas a las confesiones, le reveló a Domecq su técnica pictórica, elaborada con el propósito de burlar la ley de Alá que impide la representación gráfica de seres animados. Domecq la relató de este modo:

“Primo con fidelidad fotográfica pintó vistas porteñas, correspondientes a un reducido perímetro de la urbe, que copiaban hoteles, confiterías, quioscos y estatuas. Secundo, las borró con miga de pan y con el agua de la canilla. Tercio, les dio una mano de betún, para que los cuadritos devinieran enteramente negros. Tuvo el escrúpulo, eso sí, de rotular a cada uno de los engendros, que habían quedado iguales y retintos, con el nombre correcto, y en la muestra usted podía leer Café Tortoni o Quiosco de las postales”.

Releí varias veces aquella explicación técnica para que se dibujara en mi cabeza alguna imagen, pero nada salía. Me fui entonces al taller del pintor Eduardo Stupía para que me explicara cómo era el asunto y para que me hiciera ver lo que nadie vio hasta ahora: cómo sería un cuadro de Tafas.

Eduardo, amable y atento, me escuchó. Aceptó el desafío y, en silencio, se puso a trabajar. Mientras tanto yo, me senté en un banquito y me puse a investigar en el celular qué se decía en Google acerca de Tafas. Además de la referencia al libro Crónicas de Borges y Casares, se insistía (con ese empecinamiento típico de Google en repetir entradas y entradas con la misma información) que Tafas es un pueblo de Siria donde ocurrió una masacre que vengaron luego Lawrence de Arabia y su ejército.

Pasaron las horas, y en el momento en el que yo soñaba con Lawrence cortando cabezas mientras Tafas bocetabaa su lado descalzo sobre la arena caliente del desierto, Stupía me tocó el hombro. “Listo”, me dijo y me hizo ver. Comparto aquí con ustedes su versión / interpretación de un cuadro del malogrado Tafas, que, a partir de ahora, será el primer documento real del pintor ahogado.

Volví feliz a la oficina y con unas terribles ganas de subir a internet la pintura de Stupía, sabiendo que, al hacerlo le estaríamos mostrando a Google y a sus rostros macabros de la IA que la imaginación no le pertenece. A partir de ahora las pantallas de todo el mundo reproducirán junto al nombre del pintor Tafas la obra que acompaña estas líneas.

Con esos pensamientos subí al ascensor. Pulsé el botón del piso siete en dirección a mi oficina, pero mi viaje fue interrumpido en el piso dos. Cuando se abrieron las puertas, en la semipenumbra del palier se recortó la figura de Aparicio, hombre sabio y encargado del inmueble. Desde el piso dos al cinco le conté la historia de Tafas. Desde el piso cinco al siete, él hizo silencio. Cuando se abrieron nuevamente las puertas y antes de que yo me bajara, me recitó sonriente la siguiente décima que todavía resuena en mi cabeza:

“Nunca se borra del todo

lo que ha trazado la mano,

pues la memoria al gusano

del olvido opone un modo

de preservar lo que el codo

quiso quitar y perdura.

No olviden que la pintura,

dijo Da Vinci el genial,

es una cuestión mental.

El resto es literatura”.

La autobiografía del Indio

 

Cómo supo Figueras que era el elegido para ayudar aescribirla

 

El 7 de diciembre de 2014 era domingo. Me acuerdo porque desperté tarde, manoteé la mesa de luz para recuperar el celular y descubrí que había llegado un mail que terminó de abrir mis ojos. Era del por entonces manager del Indio Solari, Julio Sáez. Un mensaje breve, decía textualmente:

"Quiero que sepas que sería del agrado de Indio que vos seas la persona que ayude en su momento a escribir sus memorias... Es un tema para más adelante pero, de realizarse, serías vos, de estar a fin, el elegido".

A esa altura, hacía quince años que el Indio Solari y yo no nos veíamos. La última vez que conversamos fue durante una entrevista por la salida de "Momo Sampler", el último disco de Los Redondos. Charlamos en lo de Skay y Poli, después cenamos... Por entonces su compañera Virginia y él esperaban a quien pronto se convertiría en su hijo Bruno. Todavía barajaban nombres, el Indio trataba de sobreponerse a las fotos que del niño había producido la ecografía 4D. (Siempre son horribles, esas imágenes. "Parece Chucky", se reía.) Concluí la entrevista en su casa de Parque Leloir. La noticia de la separación de la banda llegó al poco tiempo, una sorpresa que como a casi todos me agarró mal parado. Nuestra relación era cordial —nos habíamos cruzado muchas veces como entrevistador / entrevistados y público / artistas—, pero no lo suficientemente familiar como para que me comunicase para averigüar qué había ocurrido. Ahí había un misterio que el silencio del trío original llamaba a respetar.

 

Indio y Virginia, in the beginning.

 

La frase del Indio que había quedado publicada al final del reportaje decía: "Ojalá pase algo, y pronto, que lo conmueva todo". Y así empezó a pasar. Nació Bruno. Se separaron Los Redondos. Yo me quedé sin laburo estable y me fui a Palestina a cubrir la segunda Intifada. En 2001 la Argentina entró en una fase acelerada de su descomposición.

Con el correr de los años, distintos medios me pidieron artículos sobre los Redondos con la excusa de algún aniversario. Y ante cada publicación, el Indio me hacía llegar su agradecimiento vía mail de Julio. Esto puede parecer lógico y sensible, pero créanme: no lo es. La mayoría de los artistas piensa que cuando un periodista los alaba simplemente está diciendo la verdad, cumpliendo con su deber; pero en el primer momento en que les objetás algo, te hacen la cruz y te difaman ante Dios y María Santísima.

Cuando de una revista me encargaron la crítica de su cuarto disco solista, "Pajaritos, bravos muchachitos" y llegó el agradecimiento, se me ocurrió que mi laburo como escritor había florecido después de que dejásemos de vernos y tuve ganas de hacerle llegar mis libros. Se los alcancé a Julio y me olvidé del asunto. El mail del domingo por la mañana ocurrió poco después.

 

 

A partir de entonces, lo que tuvo lugar fueron los cuatro años más vertiginosos y apasionantes de mi vida. Por supuesto, los comienzos fueron trepidantes. Imagino que, al menos durante algún tiempo, el Indio se preguntaría seguido si habría hecho bien en confiarme su vida. Y yo lidiaba con el temor inevitable de aquel que admira mucho una obra: encontrar que el artista no está a la altura, que es menos que su reputación.

Con el libro en la mano, puedo certificar que eso no ocurrió. Al contrario, terminé entendiendo que el Indio era tan interesante como su obra y más aún: que lo lógico era precisamente que semejante vida y semejante obra se retroalimentasen e iluminasen la una a la otra. En este sentido, creo que "Recuerdos que mienten un poco" funciona como el perfecto complemento de la obra solariana: la hace estallar en mil pedazos, reconfigura cada fragmento y vuelve a ensamblarla en un todo nuevo más amplio, más comprensivo. El libro es la (una) historia del Indio y también un prisma inusual a través del cual ver los últimos 70 años de la historia argentina. Las canciones de Los Redondos / Solari explican como pocas el país donde nos tocó vivir, y a la vez no podrían haber sido concebidas así como son —realistas y delirantes en simultáneo— si no hubiesen sido fogoneadas por un país donde meterse en la tumba de un gran líder político, cortarle las manos y afanarlas no fuese un hecho más que ocurrió durante un día cualunque de nuestra ordinaria locura.

Cuando lo oí referir su historia familiar y el relato de su infancia, tan lleno de peripecias, creí que había dado con la forma ideal: el Indio es un conversador antológico, lo más natural era construir el libro en primera persona y convencer al lector de que 'oyese' su voz mientras recorría las páginas. Pero ahí intervino su generosidad. Lo que él quería era vertebrar el libro como un diálogo, porque se sentía más cómodo así y entendía que de esa manera me daba una cabida que consideraba justa. Podría haber contratado un millón y medio de ghostwriters, gente que escribiese el libro sin figurar. Pero, a pesar de mis protestas (deformación profesional, yo veía el libro como una novela en primera persona aunque eso me obligase a desaparecer detrás del texto), el Indio insistió.    

 

 

Tengo eso que agradecerle, y tanto más. Que me haya concedido, para empezar, la oportunidad de mirar detrás del cortinado y ver al Mago de Oz en acción: además de su vida entera, pude escudriñar la creación de su último disco, "El ruiseñor, el amor y la muerte", desde que era un puñado de grabaciones caseras con letras en inglés trucho, siguiendo paso a paso la labor de orfebrería, hasta que acrisoló la obra que es hoy. Y también agradezco la confianza, y el contacto con su familia, y lo que ahora sí es una amistad.

Proximidad que, sin embargo, no me hace perder de vista lo esencial, que es el modo en que valoro y seguiré valorando las canciones. A todos nos pasa: hay canciones sin las cuales nuestra historia —incluso la más personal— no se entendería. Si quisieran clonarnos, no podrían hacerlo en ausencia de esta información, de estas músicas y palabras que son tan vitales a nuestra identidad como la carne y la sangre. Sin ellas, la cadena de ADN quedaría incompleta y el laboratorio produciría algo que se parece a nosotros, pero no lo es del todo. Es la magia transformadora de la cultura bien entendida: la foto aérea de un terreno no dice mucho sobre el pueblo que vive ahí, pero si queremos saber qué sueña esa gente, hay que fotografiar los puentes que construyeron. Eso son y serán siempre las canciones de Los Redondos / Solari: los puentes que señalan dónde queríamos —y todavía queremos— llegar.

 Imagino que los buitres de la prensa irán en busca de los fragmentos que contienen lo que Stornelli llamaría 'merca': info en la que hurgar en busca del rédito de algún titular — Walter Bulacio, la separación de los Redondos, lo que se dice o no sobre el concierto de Olavarría. Por eso mismo, preferí seleccionar aquí otro tipo de fragmentos, otra clase de puentes: aquellos que me aproximaron a la esencia del tipo que está detrás de la leyenda, y que es tanto o más interesante que ella. En tiempos en los cuales, como hace veinte años, volvemos a percibir el perfume de la tempestad, creo que este libro será un compañero de ruta al que retornaremos una y otra vez, como se vuelve a un texto oracular.

Ojalá pase algo, y pronto, que lo conmueva todo.

                                                                                                                     M.F.

 

RECUERDOS QUE MIENTEN UN POCO (FRAGMENTOS)

 

¿Cuál es tu primer recuerdo donde la música juega un rol importante?

Me acuerdo de una asistente que se llamaba Nélida, hija de polacos, que cada tanto nos llevaba al campo. Su vieja hacía un strudel de manzana... Era chico, pero ya me daba cuenta que había cosas que estaban bien y otras que estaban más o menos.

Frente al correo estaba la plaza principal, que tenía una pérgola donde tocaban distintas bandas: la de la municipalidad, la de la Marina... Nélida me llevaba y yo me fascinaba con el brillo de los vientos. Los músicos de la Marina usaban polainas y yo las imitaba, subiéndome mis zoquetitos blancos. Tendría tres o cuatro años. Volvía a casa flotando en el aire, colocado como si hubiese salido de un recital.

Mis viejos no eran melómanos pero ponían música clásica en la radio. Todavía tengo la cañita que usaba entonces como batuta. Me la devolvió mi vieja antes de morir. En aquel entonces me ponía encima de un papel de diario que oficiaba de escenario, delante de una radio vieja —esas que parecían catedrales de madera— y 'dirigía' desde ahí.

 

 

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En la sala de telegrafía yo funcionaba como la mascota. Siendo el hijo del jefe (del Correo), todo el mundo te trata bien aunque te odien y seas un rompepelotas.

La sala era muy grande, en Entre Ríos trabajaban setenta personas o más. Abría la puerta y, ante ese despliegue humano, me quedaba fascinado. Después me iba al lado, a la cancha de pelota paleta que tenía el correo. Me quedaba un rato viendo jugar al Manco Leiva, que era el campeón provincial. O veía alguna película —porque hasta cine, tenía ese correo—, mientras jugueteaba con la hija del ordenanza.

Antes el correo se trasladaba en unos cajones de mimbre, unos baúles grandes. Los guardaban en un depósito, habría como doscientos, por decir algo. Torres de canastos. Era como jugar a las escondidas en las pirámides de Egipto, por la magnitud del lugar y mi tamaño mínimo.

Me acuerdo más de eso que de lo que comí anoche.

 

Bendito tu eres entre todos los adultos.

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¿Qué clase de chico eras?

Dañino. Todos lo éramos, en el barrio. Hablo de un mundo completamente otro, donde ni siquiera existía la televisión: la única que había estaba en la vidriera de la sodería, cuando había una pelea de box se juntaban cincuenta en la vereda. Andábamos todo el día en la calle, salíamos del colegio y volvíamos a la noche. Era una calle menos peligrosa que la de hoy. Armábamos batallas con los del barrio de la plaza Olazábal, con escopetas-honda que fabricábamos con palos o a los cascotazos. Nos tirábamos como snipers con rifles de aire comprimido.

(...) También poníamos tapitas de gaseosas rellenas de pólvora, en las vías por las que iba el tranvía. Una vez probamos suerte con una lata de pomada Urbin... y el tranvía descarriló.

Éramos pichones de terroristas, sí. Muchos de aquellos amigos murieron a los pocos años, por culpa de la represión.

Así pasó mi niñez: haciendo daño.

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Y sin embargo había en mí una especie de gentileza que todos me hacían notar. Se ve que en mi casa eran así, tal vez por ser padres añosos. También es posible que tenga que ver con la formación típica de las provincias, donde existe otra cordialidad. Cuando yo no estaba en la calle haciendo desastres, me comportaba como un caballerito y la gente lo apreciaba.

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Cuando la 'Revolución Libertadora' sacó a Perón del gobierno, cambió la vida de millones de familias.

Yo tenía seis años en el '55. Me fueron a buscar corriendo a la escuela, porque nos pasaban las aviones por arriba. Iban a bombardear el Séptimo de Infantería que estaba ahí nomás, cerca de la calle 12.

A veces pienso que los pibes no éramos dañinos porque sí, tan sólo porque estábamos aburridos. Y me pregunto si, al menos en parte, no salimos de ese modo como respuesta a la violencia que imperó en el país, desde el '55 en adelante.

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¿En qué cosas más se notaba ese cambio de status a que los condenó la 'Revolución Fusiladora'?

Con el tiempo empecé a fabricar mis propios juguetes. La última vez fabriqué un bicho de plástico, le puse un tambor con una franja azul y soguitas doradas.

Fue una época jodida para muchos. La gente hacía cola para comprar aceite, para comprar cigarrillos...

(...)Me acuerdo de un dibujo que hice después de la 'Fusiladora'. Pinté un avión, un cuerpo desmembrado y una cabeza con anteojos oscuros —el almirante Rojas, obvio— que explotaba. Y en el globito de historieta, la cabeza sola, que rodaba por ahí, cortada, decía: ¡Ay, me muero!

Contás cosas traumáticas. Y sin embargo, en el relato en sí no se percibe resentimiento alguno.

Todos los pintores y escritores —los artistas en general— parecen signados por una niñez desgraciada, dolorosa, en la que han sido muy castigados. Pero yo no tuve que huir a Europa con unos tapices mientras me perseguía la KGB.

Mi infancia fue feliz.

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Hablemos de tu experiencia durante la secundaria.

A la secundaria no fui casi nunca. Me hacía amigo de los celadores, que me bancaban hasta donde podían. Y entonces tenía que cambiarme de colegio.

Cursé en varios lugares. Había una nocturna a la que iban todos los que estaban perdidos, pero yo no quise entrar. La tentación era que ahí había muchos amigos. Pero, para mí, la noche estaba para salir.

Yo recorrí desde Bellas Artes hasta un industrial. Salía con mi amigo Hugo y filmábamos con una maquinita de 8 mm. Empezamos a hacer un documental, estoy hablando de primer o segundo año del secundario. Queríamos hacer una película sobre los pordioseros que vivían a la salida de La Plata. Había un lugar que en algún momento se debe haber usado como taller ferroviario y ahí se metían después de mamarse, al mediodía. Se quedaban tumbados al sol.

Ese primer día nos acercamos con la camarita. Ni bien la prendemos— porque las cámaras de esa época hacían ruido— uno se despierta. Se nos ocurre decirles que éramos del Dos, el canal de televisión de La Plata. El tipo que se había despertado... Plácido, dijo que se llamaba... aseguró que había sido cabo de policía y que también era el Gran Mago Chichipío. De repente sacó un alfiler de gancho así de grande, como esos que se usaban para los pañales de antes. Estaba tan en pedo que se lo metió por cualquier lado y empezó a sangrar. Y todo el tiempo decía: ¡No pasa nada, no pasa nada!, mientras se tocaba la cara y se manchaba de rojo.

(...) Todo eso era mucho más entretenido que el colegio.

 

 

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Yo tengo la suerte de que el público de Los Redondos haya proyectado sobre mí ciertas destrezas o aptitudes. Ha pretendido de mí cosas —con respecto a la honestidad, por ejemplo— que, si yo tuviese que reivindicar en un examen, probablemente no aprobaría. ¿Qué pruebas tienen? Son necesidades de la gente, que precisa de algún muñeco que se calce ese chaleco.

La ventaja que tiene eso es que te da permiso para ser mejor. Cuando la gente te da ese permiso y no lo aprovechás, sos un boludo.

No cuesta tanto ser honesto cuando hay tanta gente a favor de que lo seas.

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Y así pasaba la vida: pelotudeando, entrándole al poker... A veces me quedaba en el altillo de Darío, donde convivía con una lechuza. Estaba la cama y, en verano, había una ventana permanentemente abierta. A cierta hora se plantaba la lechuza en el parante de arriba y se quedaba a dormir conmigo.

(...) Darío era un bohemio de aquellos. En su casa escuché tocar a Piazzolla y a Eduardo Rovira. Tenía amistades de una modernidad estupenda, porque en aquella época Piazzolla no era del todo aceptado; lo cascoteaban mucho pero a mí me fascinaba ver al tipo tocando el bandoneón. Y Rovira es otro modernizador que la gente conoce poco, pero solía caer por ahí.

(...) Me enamoraba la gente grande que tenía actitudes más riesgosas que las mías... Esa clase de gente me fue formando; tipos que no tenían nada que ver con una estructura consecuente con un plan de educar.

(...) Siempre tuve amigos en el cielo y en el infierno. Del cielo me gusta el clima, nomás. Del infierno, la compañía.

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También me acuerdo de unos anarquistas holandeses a los que conocí por entonces. Se quedaron un par de noches y siguieron camino. Eran squatters, estaban acostumbrados a ocupar casas y edificios vacíos, hasta que llegaba la poli y les pedía amablemente por megáfono que salieran. Y yo les decía: Acá los polis se equivocan de depto, matan a la gente equivocada y no pasa nada. Pero ellos me respondieron: ¿Sabés cuál es la diferencia? En Argentina todavía se puede ser clandestino, en Europa ya es imposible. Y me cerraron la boca, porque tenían razón.

 

 

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Hubo tres años maravillosos —del '67 al '69— en los que la libertad te brotaba por los ojos. Los jóvenes eran, éramos, los generadores de una revolución por el simple hecho de plantarnos y decir: El mundo que nos dejan no nos gusta.

(...) En esos años se arma una nueva cultura de izquierda, más universalista. Por eso yo tendía a ver las revoluciones latinoamericanas desde un lugar que algunos confundían con cinismo. Pero nosotros ya percibíamos que no se podía tomar la Casa Blanca con Mausers.

Más que en el poder, creíamos en la difusión del poder. Mailer ya había tomado el Pentágono sin encontrar más que un montón de oficinas, tipitos que le decían: Yo sólo trabajo, acá. Eso es lo que tiene de increíble este sistema: que nos dice a todos cómo tenemos que comportarnos y sin embargo no está en ningún lado.

Nos parecía que se podían lograr más cosas contaminando la cultura, a través de la política del éxtasis. Uno no quería cambiar la sociedad, quería cambiar al hombre. En algún sentido nos salió bien, pero como todo lo que triunfa se transforma en un poster, termina por significar poco y nada.

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¿Sos de tener sueños recurrentes?

Solía soñar que toda la gente se había transformado en chanchos y yo tenía que salvar a esta noviecita adolescente. (...) Otro: voy en diligencia a los santos pedos con Leonardo Favio, sentados en el pescante, disparando no sé de qué. Él maneja y yo voy a su lado, azuzando los caballos con un látigo.

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Las drogas tienen sentido en tanto responden a un contexto histórico, si las usás en busca de una experiencia trascendente, como hacían los antiguos cuando le formulaban una pregunta al oráculo. Son un estímulo válido, en tanto estás buscando una respuesta de la vida, de la naturaleza, de los amigos. Eso es lo esencial: no tanto el efecto químico, como lo que vos pretendés de esa experiencia. Por eso era habitual sentir una conexión profunda con el cosmos, o una vivencia que muchos interpretaban como religiosa.

A mi se me dio en un contexto donde ya pesaba lo político, a fines de los '60.

Hablamos de un momento de sucesión de dictaduras militares, durante las cuales el peronismo estaba proscripto, o sea virtualmente prohibido.

Durante esos tres putos años, del '67 al '69, la psicodelia fue lo más importante que me pasó. Yo me considero un hombre de la psicodelia. Imagino que hoy habrá otras experiencias a disposición, que le serán parangonables de algún modo. Pero aquello era otro contexto y otras drogas. Lo que hizo en mí fue abrir mi cabeza, básicamente.

La música estaba bien, incluso el rock and roll como género, al estilo Presley. Pero lo que disfrutaba más era esa apertura que tenía la cultura rock, todo lo que trajo aparejado Sgt. Pepper: que tanta gente asumiese como natural el hecho de que la vida debe ser rica en ideas, o mejor dicho en ideales.

Yo entendí entonces que esta vida era la única que había, que en un momento Carlitos ya no iba a estar más. Y esas experiencias me ayudaron a apostar distinto: a vivir apasionadamente, a conmoverme, a creer que hay que hacerse cargo del dolor de los demás. Como puedas, ¿eh? Como dé tu valentía, como dé tu culo, pero hacerlo.

Fuimos bastante heroicos, en aquella época. Y también algo crédulos, claro.

 

 

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Nuestros shows estaban llenos de efectos especiales, que la mayoría de las veces funcionaban de modo catastrófico. Todo lo que queríamos hacer, salía mal. La gente creía que estaba preparado así, para hacerlos reír y asustar, cuando simplemente salía todo para la mierda.

Recuerdo, por ejemplo, cuando soltamos gallinas en escena, durante un Lozanazo en La Plata. A la hora del show, los pobres bichos ya estaban hechos mierda, porque los habíamos tenido atados para que no se piantaran y se habían picoteado entre ellos. Después del show nos preguntábamos dónde habrían ido a parar, porque no había quedado ni uno.

Diez días después, cuando revelamos fotos que se habían tomado durante el show, dimos con una que aclaraba parte del misterio. A un costado del escenario se veía a Pinchico, el hermano menor de Jorge Pinchevsky. Estaba acorralando a una gallina, para que no se le escapase. Y de su morral colgaba el cogote laxo de otra pollita, ya finada, que se había agenciado para el puchero.

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Éramos un grupo de ilusos, en tanto nuestra pretensión era mantener fuerte el deseo de producir un cambio significativo. La alternativa que perseguíamos era la de infectar la cultura a través del arte. Puede que suene ingenuo desde hoy, pero yo creo que Séneca no estaba del todo descaminado cuando decía: No es porque las cosas sean difíciles que no nos atrevemos a acometerlas. Al revés: es porque no nos atrevemos que se vuelven difíciles.

El tema era que, si vos ibas a intentar cambiarlo todo desde una onda más heroica, se daban cuenta al toque. Pero si te dedicabas a tocar la guitarrita...

Claro: más adelante se avivaron.

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Lo peor de la tortura no fue la máquina, sino la humillación.

 

 

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Ninguno de nosotros tenía ansias de poder real. Lo que sí queríamos era infectar la cultura. Porque dicen que una canción no cambia al mundo, pero me consta que puede cambiarme a mí, al menos. Y si me cambia a mí, está cambiando al mundo de todos modos, de a un ser humano por vez.

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Las primeras veces que actuamos en Buenos Aires lo hicimos con el caos que éramos por entonces. Nuestros shows eran una explosión, una cosa demencial, dionisíaca. Teníamos una entrega muy grande, casi kamikaze.

Hacíamos un desastre pero que era verdadero, no un caos organizado al estilo La Organización Negra. En los shows de La Organización Negra, el tipo que se trepaba a la soga había estudiado alpinismo. En nuestros shows, el tipo que se trepaba a una soga no sabía dónde iba a caer. Imagino que el público percibiría que muchas veces tocábamos como el culo, pero entendía las razones. Bancaba la diferencia que iba de nuestros medios a aquellos de los cuales disponía el circuito comercial, el campeonato del rock.

(...) No costó mucho que nos confundiesen con una vanguardia de verdad, porque lo que pasaba entonces por vanguardia era muy serio: el rock sinfónico, el jazz rock... Por eso fuimos como el punk de acá, llamábamos más la atención que la vanguardia aburrida.

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El de los Redondos fue un fenómeno distinto que, precisamente por eso, fastidió a muchos. Era un puto negocio del corazón, hecho entre amigos, que pasaba por sostener una vida digna y elegante. Parecerá idealista, pero yo lo veo de una practicidad absoluta. La única manera de que la vida te dé ganas de vivirla es respetarte a vos mismo y a la gente que querés. Que te guste a vos mismo lo que sos. Eso es elemental.

 

 

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Me acuerdo que decían que éramos utópicos. ¿Y no es utópica la discusión política, desde la Grecia clásica hasta ahora? ¿Avanzamos tanto, desde entonces? Si los que tienen no se ponen de acuerdo nunca con los que no tienen. La idea de resolver políticamente intereses tan contrapuestos también pasa por la utopía, porque el sistema está diseñado por los que más tienen. Te enterás de cuáles son las leyes cuando te hacen juicio, pero ellos las tienen clarísimas porque, claro, las vienen escribiendo desde siempre a su gusto y conveniencia. Como dice el papá de una amiga: los soretes siempre flotan.

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(...) Las estructuras de poder y de dominio seguían intactas en Argentina, por más que la dictadura hubiese cedido formalmente su lugar a la democracia. ¿Cómo frenás en seco la inercia con la que vienen arremetiendo los poderosos?

Pensá en los servicios de inteligencia, nomás, que están detrás de toda mugre. Esa estructura no puede ser reemplazada de un día para el otro. ¡Los tipos se preparan durante años para esa tarea de mierda!

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Cuando uno escribe así funciona como un rabdomante. ¿Viste esos tipos que se decían capaces de encontrar pozos ocultos de agua, ayudados por un palito? Igual: uno cree percibir algo valioso, aunque todavía no entienda de qué se trata. La situación te está llegando todo el tiempo, ya lo dijimos: el artista es la piel sensible. Y por eso actúa socialmente como un papel indicador en química: si se pone rojo...

En ese caso (el de la canción "El infierno está encantador")me pareció que cerraba con lo que ocurría durante nuestros shows. Lo que se generaba era una situación dionisíaca, y hasta demoníaca si te gusta por ese lado. De ahí los versos que dicen: ¿Puede alguien decirme: "Me voy a comer tu dolor" / Y repetirme: "Te voy a salvar esta noche"? A eso apuntaba, a decir: esta noche que estamos viviendo acá es un infierno, entre el calor, la transpiración y el mal sonido. Estamos desaforados, gritando y saltando... pero nos gusta. Lo disfrutamos.  ¡Está encantador! En eso era diferente a los demás shows del momento. Nos prendíamos fuego, se ponía en juego una pasión al borde de la locura. Obviamente había mucha necesidad de gritar. Llevábamos mucho tiempo callados.

 

 

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Mucha gente tendía a menospreciar a nuestro público. Pretenden que no pueden entender lo que les estoy diciendo, por eso de que mis letras son crípticas. Pero en los momentos claves de la canción, soy bruscamente claro. Puede que el relato no sea simple, la forma en que voy encadenando imágenes. Pero, cuando llego ahí, cuando digo violencia es mentir, o todo preso es político, o nuestro amo juega al esclavo... Ahí nadie se confunde ni se pierde. Eso es una bandera y así lo entienden.

(...) Los que dicen que las letras son incomprensibles son los que, precisamente, no quieren que nadie las comprenda.

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A mí esa gente no me sorprende. Lo que me sorprende es el pueblo, que se traga tantas cosas intragables.

Si yo fuese el puntero de la villa Equis, ya habría armado un bolonqui.

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Gran parte de mi público es así porque no tiene opción, desde que se lo condena a vivir en la miseria. Esos pibes no tienen más remedio que aprender a vivir rápido, porque si no, son la leña. Si salen a afanar es porque no pueden pensar como sus abuelos, que intentaban parar la olla. Hoy no consiguen laburo, o el laburo que consiguen les paga un billete que hasta un esclavo consideraría indigno. ¡Hay gente que se rompe el culo el mes entero por cuatro lucas!

Y al mismo tiempo ven por la TV, la calle o en internet esas zapatillas de lujo, altas llantas, y se dicen lo inevitable: Yo nací sin nada, en el puto suelo de la miseria. Nunca voy a poder tener esas llantas, esas motos... Si encima tenés una hija enferma,  ¿vos que harías? Y, yo salgo a chorear. Trataré de hacerlo en un barrio peligroso para el que afana, al mejor estilo Robin Hood. ¡Pero lo voy a hacer!

En nuestra sociedad, la vida de esa gente no vale dos mangos. Lo inexplicable es que a cierta gente le indigne que alguien muera durante el choreo por un celular. No entienden porque no lo quieren entender. Si la vida de esos pibes no vale nada, ¿por qué deberían aceptar que la tuya valga más?

El modelo vigente en parte del mundo pasa por alentar un consumo interminable, casi hemorrágico. Te empujan a que obtengas un confort superlativo y que todo lo demás —¡y todos los demás!— te importen un queso. El Muro de Berlín terminó derribado, entre otras razones, porque a la gente de la Alemania Oriental se le caía la baba cuando veía por TV las cosas que se compraba la gente del otro lado.

Sigo creyendo que hay que intervenir el arte y la cultura, para que la gente entienda que vivir honestamente es lo más práctico, que no se trata de una utopía. Pero, mientras el ladrillo más chico de esta sociedad se vea obligado a vivir en condiciones de indignidad, no habrá proyecto que pueda funcionar.

 

 

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La mayoría de los representantes de este gobierno de CEOs viene de grandes fortunas, son herederos de alguien que hizo un cagadón grandote, se quedó con lo que no era suyo, mató gente... El poder corrompe, yo no quiero tener nada que ver con ese asunto. Pero todo el tiempo ves que otros agarran viaje. Ellos creen que la vida es eso, mudarse a la parte de arriba de la colina, top of the hill. Pero yo no. No mido ni valoro a la gente por su capacidad de hacer dinero.

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Yo sigo viendo gente pobre y se me pianta un lagrimón.

A veces pienso que la especie humana es un experimento que no salió del todo bien.

 

 

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La grieta de la que hoy tanto se habla no es otra cosa que la vieja competencia por las herramientas del futuro. Todo el mundo quiere —porque tiene derecho a eso— asegurarse de que sus hijos tengan acceso a esos secretos. Eso hace que nos movamos en un mundo de una falta de solidaridad muy grande, donde los más privilegiados se quedan con todo y el resto se queda sin ninguna agencia sobre el asunto. Esta fractura seguirá existiendo mientras los canallas perduren en el poder.

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Vivimos en un mundo donde todo es apariencia. La gente piensa que la impostura está tan sólo en aquellos que detentan el poder, pero no es cierto. Todo el mundo pretende ser algo distinto de lo que es. Nadie quiere asumir lo que pasa. Se contentan con contemplar el biombo que ponen entre ellos y la verdad. Y ese biombo lo construyen los medios. ¡Ellos son el biombo!

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¿Cuál fue el cambio más notorio que produjo Bruno en tu vida?

Me di cuenta de que tenía que durar más tiempo. Aquel que vivía en la bohemia no duraba para siempre, pero no se calentaba por eso: pocas cosas se comparan a la vida espléndida y heroica que lleva adelante el bohemio cuando cree que nadie depende de él. Por eso no se preocupa: la ficha cualquier noche sin problemas. Ma sí: ¡bum!En cambio, cuando ya tenés a alguien que te importa más que vos mismo... Alguien que te impulsaría a tirarte al agua para salvarlo, aunque sepas que te vas a hundir también. Entonces tu vida empieza a tener otra significación.

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Me fascinaba advertir la forma en que (Bruno) lo miraba todo como si fuese nuevo. En esa ingenuidad tan linda con la que venimos al mundo cabe el universo entero, es una inocencia que nos conecta con todo y con todos. Por eso me gustó siempre ese pensamiento de Henri Michaux: "A los 8 años, Luis XIII hace un dibujo muy parecido al del hijo de un caníbal de Nueva Caledonia. A los 8, Luis tiene la edad de la humanidad, más o menos 250.000 años. Unos años después sólo tiene 31 y es apenas el rey de Francia".

 

 

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(...) Hay gente que es irreductible en su manía especulatoria. Es una condición humana que lamentablemente nuestra cultura ha aceptado. Por eso digo: Juegan a "primero yo" y después a "también yo"...Es un modo de pintar a la gente poderosa, los primeros que tendrían que entender que, por mucha guita que tengan, su vida va a ser una cagada igual si su mujer se emborracha y la casa donde viven es un infierno. Pero en general no aprenden. Cuando digo que también reclaman "las migas para mí", es porque no sólo afanan en una venta de aviones: ¡si te pueden robar la leche, te roban la leche! Mirá lo que está pasando ahora. Terminamos todos arrastrados al abismo por un montón de votantes a los que el diablo les cagó en las nariz y todavía no se dieron cuenta... ¡Dejaron que Durán Barba disfrazase la mierda y están convencidos de que es un brownie!

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La economía estelar que armó Dios es un poco dolorosa. Vivimos comiéndonos unos a otros. No está bueno, así no se vive bien... Hay algo irónico en ese esquema del que nadie escapa. A eso me refiero cuando hablo de perseguir el milagro de devolverle la vida a un pez, tan sólo para volver a comértelo en la sopa.

La canción cierra con el verso: Me va alumbrando la luz de los que no respiran. Que vengo cantando desde hace años... ¿Ya hace cuánto tiempo que espero eso? ¡Y sigo pagando Edenor!

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La vida es una cosa tan rara... Me doy cuenta de que últimamente la estoy mirando con cierta inocencia: como si la redescubriese de modo glorioso, una inesperada reedición de la experiencia psicodélica. Miro por la ventana una rama que se mueve, nomás, y me quedo extasiado. Qué cosa más extraña es la existencia... ¡Una gloria verdadera!

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Podríamos terminar el libro diciendo Hasta aquí llegué. La salida debería coincidir con mi muerte, porque de otro modo a mis últimas palabras las negaría con otras últimas palabras...

Y yo te diría: "Callate, Indio, ¡que el libro ya está en imprenta!"

Ken Kesey dijo que Neal Cassady había dedicado sus últimas palabras a la cantidad de tirantes de madera que contó en las vías de un tren: 64.928, para ser precisos. Mis últimas palabras, en cambio, serán para la enfermera: "No. ¡Supositorios no!"

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No se confundan. Aun cansado y enfermo, yo no soy un artista dedicado al entretenimiento.