Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, mayo 10, 2026

Everlast - What It's Like


 

Tiempos modernos



Fuentes: Rebelión

San Diego, California. Es primavera. Parada del 901. Un pequeño cartel, una gran huelga. ¿Quiénes paran? Los conductores de autobuses. ¿Qué exigen? No trabajar más jornadas de 13 horas ni los días de descanso, otro reparto del trabajo y el tiempo libre. ¿Por qué? «Estás aquí hasta las 7 de la tarde —explica una chofer al Union-Tribune— y cuando vuelves a casa, no tienes tiempo de hacer nada con tus hijos, ayudarles a hacer los deberes o preparar la cena. Tienes que darte prisa, meterlos en la bañera e irte a la cama para volver otra vez al trabajo a las cuatro de la mañana». La huelga dura cinco semanas.

Dubái, EAU. Un verano como cualquier otro. Voy en metro más allá de los rascacielos. Dejo atrás gigantescas torres eléctricas y tráileres blancos, verdes, azules. El sol quema. Polvaredas de arena. Una extraña comitiva de hombres cruza el desierto. ¿Adónde van? Hacia los campos de trabajo (Labor Camps), los monoblocks con guardias y cámaras de vigilancia que alojan a cientos de miles de migrantes. La mayoría trabaja en la construcción doce a catorce horas diarias. ¿Tienen algo que decir? Están prohibidos los sindicatos y las protestas. La escritora Decca Aitkenhead pregunta: «¿El mundo entero se parecerá a Dubái?» Y Slavoj Žižek responde: «Sí, y en Dubái, ya sabes, la otra parte son literalmente esclavos.»

Buenos Aires, Argentina. Primer viernes de otoño. Acompaño a una multitud de almas al festival solidario en los portones de FATE, la fábrica de neumáticos que cerró dejando a 920 obreros en la calle. No es un caso aislado, sino parte de una avalancha. El neologismo de moda es industricidio. La producción nacional camina por la cornisa. En Argentina todos los días cierran 30 empresas, todos los días desaparecen 400 puestos de trabajo. ¿Dónde encontrar un nuevo empleo? «Nos quieren a todos haciendo Uber —apunta un desocupado al periodista Nicolás Recoaro—. Nos vamos a chocar entre nosotros en la calle.»

Tijuana, México. Otro invierno aquí. De lunes a sábado oigo el rumor de la ducha, el zumbido de la afeitadora, un portazo al salir. Desvelado, mi roomie va hacia la línea limítrofe con USA. Le preocupa un solo asunto: cruzar y no llegar tarde a la compañía. Se convence a sí mismo que tiene suerte de trabajar en la maldita maquiladora gringa ensamblando las malditas piezas de metal. Aguanto luego existo: un mantra enraizado en decenas de miles de trabajadores transfronterizos que regresan a sus hogares tijuanenses doce, catorce horas después. Los cuerpos molidos, las mentes molidas. ¿Vida espiritual? Un poco de televisión, dormir y resucitar antes del amanecer. ¿De quién es la culpa? En realidad, no pueden hacer otra cosa. ¿O sí? ¿Por qué no?

Montevideo, Uruguay. Las cuatro estaciones tropiezo con el mismo paisaje en la misma esquina. Decenas de jóvenes con bicicletas, motos y mochilas fuman, conversan y esperan con los ojos fijos en la pantalla del celular. Los repartidores son ya un fenómeno global. En Beijing tienen una posición central en la economía. «Los que corren contra el tiempo», titula el Diario del Pueblo. Yo corro, tú corres, nosotros corremos. Cautivas del algoritmo las personas dan vueltas y vueltas como la mula en la noria buscando sobrevivir. La madre de todas las batallas diez, doce horas todos los días. La columnista Jessica Grose del NY Times lo resume perfectamente: «para la Generación Z, el trabajo es ahora más deprimente que el desempleo.»

Me toca el hombro el fantasma de Marx. Le pregunto qué opina de Richard Sennett —la flexibilidad actual despoja a los de abajo del manejo de la variable temporal que es el único recurso del que pueden disponer gratuitamente—. Me responde que está de acuerdo, que cada progreso del capitalismo es un progreso en el arte de explotar al trabajador, que el tiempo libre debe ser algo más que una cabeza en la almohada. Se acerca un poco y me recuerda al oído las palabras de André Gorz: «una reducción de la duración de la jornada laboral abriría para todos una vida más libre, más tranquila y más rica.»

Carlos Moreira, sociólogo y fotógrafo

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Israel, laboratorio mundial de la crueldad



Fuentes: Rebelión - Imagen: Assad Abdeen sostiene el cuerpo de su hijo, Saeed, un 
bebé de un mes que murió por estar expuesto al frío en una precaria tienda de
 campaña forzados por el régimen israelí, Khan Younis, December 18, 2025. 
(Doaa Albaz/Activestills)

“Lo más espantoso es que lo espantoso ya no causa ningún espanto. ¿No es este el mayor 

peligro, la naturalización del horror, el blindaje sensorial que produce?” -Peter Pal Pelbart

 y Bentzi Laor, Contra el eurocentrismo judío. Cartografía de un colapso ético

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No cabe ninguna duda, Israel se convirtió en un laboratorio mundial de la crueldad, en el lugar en el que se experimentan a la vista pública las peores atrocidades que se puedan realizar contra la condición humana. En ese laboratorio de horror se realizan todo tipo de prácticas criminales, estatales y privadas, que no hace mucho tiempo se consideraban inadmisibles entre ellas genocidio, limpieza étnica, segregación, asesinato de niños y mujeres, torturas, violaciones, hambrunas programadas, destrucción de escuelas, universidades y hospitales, bombardeos indiscriminados contra población civil, asesinato de dirigentes políticos, “masacres inteligentes”, secuestro de activistas en aguas internacionales profanación de cadáveres y robo de órganos… Se suponía hasta no hace mucho tiempo que los “avances civilizatorios” en materia de derechos y respetos elementales a la dignidad humana eran irreversibles. Aunque en rigor esos criterios “civilizatorios” no hayan operado casi nunca ni para todos, en la práctica el horror se disimulaba con una cara amable de respeto y tolerancia, pese a que por debajo el terrorismo de Estado fuera la norma.

En ese contexto, nadie hacía ostentación de la crueldad contra otros seres humanos y mucho menos en público. Eso ha cambiado drásticamente en los últimos años y el polo impulsor ha sido Israel, ahora imitado a granel por sus admiradores confesos y secretos, y cuya crueldad la aúpa y reproduce Estados Unidos.

La “enseñanza israelí” (el laboratorio político, social, militar, tecnológico) dictamina que ya no existen límites morales de ninguna índole que puedan detener su instinto asesino y eso ha sido posible por la complicidad y participación directa de Estados Unidos, la Unión Europea y la Comunidad del Occidente Imperial. Hoy, cualquier crimen es admisible y se le aplaude como una gran innovación en la industria de la muerte, tal y como sucedió con la masacre tecnológica del Mosad, en el Líbano en 2024, que, con el uso de bíperes, asesinó o dejó lisiadas a centenares de personas. Ese hecho sádico, en lugar de ser condenado fue avalado por falsimedia occidental como una extraordinaria novedad que demuestra el “ingenio y grandeza de Israel”. Lo mismo sucede con los bombardeos con toneladas de “explosivos inteligentes” sobre Gaza, Líbano, Yemen, Siria, Irán… que son tolerados como algo normal, como si no rompiera elementales principios del derecho de guerra.

La impunidad absoluta de que gozan los genocidas ha propiciado la extensión de la brutalidad y la exhibición de la crueldad a niveles pornográficos. En efecto, los criminales gozan de todos los privilegios, como se pone de presente con la libre movilidad de los genocidas de Israel, que son recibidos como héroes en el Senado de los Estados Unidos y en algunos países de Europa y a los cuales se les abren las puertas y se les tienden alfombras de honor en certámenes deportivos, culturales y artísticos.

Sin la impunidad que los cobija, los criminales de Israel y de los Estados Unidos no serían aplaudidos ni imitados y gozarían del repudio universal que merecen. Y, mucho menos, las cupulas dominantes en esos dos países (Trump, Netanyahu y compañía) podrían pavonearse con orgullo de esos crímenes, como hoy lo hacen.

Después del genocidio de Gaza ‒que no es un hecho puntual y de corta duración, como el de Ruanda, sino una acción criminal continuada y sin pausa‒ todo está permitido. Ya nada horroriza ni causa estupor: Estados Unidos secuestra al presidente de Venezuela y a su esposa, asesina a centenares de pescadores en el Caribe y en el Océano Pacífico, asesina a niñas de una escuela en Irán, destruye infraestructura civil y energética, impulsa un genocidio energético contra Cuba, amenaza con borrar una civilización de la faz de la tierra….

Podría decirse que no hay ninguna novedad en la criminalidad sionista y estadounidense, porque la historia está repleta de horrores, como puede constatarse si se hace un seguimiento básico de la expansión colonialista e imperialista de Europa y Estados Unidos en los últimos siglos. Claro, pero existe una diferencia: antes los crímenes se ocultaban, se negaban o se justificaban, pero no se exaltaban ante el grueso público ni tampoco eran motivo de orgullo. Ni siquiera los nazis presumían de sus crímenes, cuya verdadera dimensión se conoció tras la derrota del régimen hitleriano en 1945.

La crueldad sionista, hoy convertida en ejemplo que envidian e imitan las clases dominantes de muchos lugares del planeta, no surgió de la noche a la mañana, ni es un producto reciente. Desde hace un siglo, los sionistas despliegan una ferocidad inaudita en la palestina histórica contra sus habitantes ancestrales, hasta convertir a ese territorio en un laboratorio ‒que envidiaría el Ángel de la Muerte, el médico nazi Josep Mengele‒ en el que se realizan las más terribles prácticas contra todos sus habitantes, sin importar edad, sexo o clase.

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La crueldad está al orden del día, forma parte de la agenda de las clases dominantes y de los Estados occidentales hasta el punto de que las extremas derechas tienen como referente practico a Israel, un estado canalla que todos los días renueva su crueldad endógena.

Uno de sus “aportes” más recientes está referido a la aprobación de la pena de muerte contra los palestinos por el parlamento de Israel el 30 de marzo de 2026. Se dictaminó que los tribunales militares de Israel impondrán la pena de muerte a los palestinos que residen en la Cisjordania ocupada y sean declarados culpables de atentados terroristas en los que haya muertos. El cadalso no rige para los ciudadanos de Israel que están exentos de esa pena. La nueva ley tiene el agravante que estipula el ahorcamiento de los condenados, una de las más brutales formas de ejecución que fue dominante en diversos lugares del mundo hasta finales del siglo XIX.

El elemento adicional que resalta la crueldad sionista radica en que la aprobación de la Pena de Muerte judicial generó regocijo entre algunos dignatarios del gobierno de Israel. Eso no extraña, puesto que en Israel no existe ningún respeto a la humanidad de los otros, de los “gentiles”, encabezados por los Palestinos, a lo que se considera animales y se les da un tratamiento bestial.

No sorprende, en consecuencia, que Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, y colono que ocupa los territorios que los sionistas les roban a los palestinos, haya celebrado con champan cuando fue aprobada la ley de Pena de Muerte, como si esa fuera una gran conquista para la conciencia del mundo.

Pocos días después, este genocida y criminal de guerra, que debería estar preso en cualquier cárcel del planeta, cumplió 50 años. Al evento de celebración asistieron funcionarios de la policía, de las cárceles, miembros de la ultraderecha y colonos; en una palabra, fue un encuentro de asesinos, activos y confesos, del pueblo palestino. 

En esa ocasión, su esposa, con dotes de psicópata como su marido, le obsequió una tarta de cumpleaños especialmente decorada con la soga de una horca, acompañada con la leyenda: “a veces los sueños se hacen realidad”. Esto quiere decir, que el sueño de asesinar judicialmente a los palestinos se hizo realidad, lo que complementa el asesinato sistemático y cotidiano que soportan a diario desde hace décadas a manos de los sionistas.

La simbología escogida no es accidental, simplemente muestra hasta dónde llega la normalización del genocidio y la manera cómo un genocida a carta cabal se ufana con el dolor que infringe a los palestinos. Y, lo peor de todo, es que ese hecho pleno de crueldad cuenta con adeptos y seguidores, y la brutalidad le garantiza votos de los colonos en futuras elecciones. Como quien dice, para contar con un gran caudal de electores el genocidio de los palestinos es la mejor bandera. No puede esperarse nada distinto en un país, en la que el grueso de sus habitantes apoyan el asesinato de los palestinos. Porque, igual que sucedió en la Alemania nazi, en Israel la población no solo está informada sobre la masacre de árabes y palestinos, sino que las celebra y aplaude. Esto es posible porque “la población israelí construyó para sí un domo psicoafectivo impenetrable” (Peter Pal Pelbart y Bentzi Laor) y esa barrera protectora, de sesgo cognitivo e impunidad, hace que la inmensa mayoría de esa población sea coparticipe del genocidio.

En esas condiciones, no sería raro, dada la ferocidad de Israel y los sionistas, que reaparezcan las ceremonias macabras de épocas anteriores, cuando las ejecuciones públicas se convertían en un espectáculo de diversión al que acudían miles de personas, que se regocijaban en el momento en que los condenados eran ejecutados, o los negros de los Estados Unidos eran linchados por turbas embravecidas y sedientas de sangre.

En Israel ya se tienen antecedentes de este tipo de crueldad, cuando se ultraja a las personas que van a ser asesinadas. Esto lo hacen los colonos que se instalan cómodamente en sus sillas, degustando licor, con sus teléfonos celulares y cámaras fotográficas dispuestos para ver en directo y aplaudir el bombardeo sádico contra los habitantes de Gaza. Con estos antecedentes, la crueldad del criminal de guerra Itamar Ben-Gvir al celebrar la aprobación de la pena de muerte contra los palestinos forma parte del sentido común genocida dominante en Israel, el principal laboratorio de crueldad e infamia de nuestro tiempo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

SEFINI: Milei está acabado, pero el Círculo Rojo no termina de encontrarle un sustituto

 


SEFINI: Milei está acabado, pero el Círculo Rojo no termina de encontrarle un sustituto



Ante una crisis que parece terminal, Milei pide disculpas mientras sigue argumentando que «somos el mejor gobierno de la Historia».

El de ayer fue un discurso patético. Milei acudió a deponer ante el Círculo Rojo precedido por insistentes rumores de sus papagayos mediáticos que aseguraban que sería algo señero, inolvidable, que dividiría aguas con administraciones anteriores; que les cantaría las cuarenta a quienes tienen la sartén por el mango y el mango también. Por no apoyarlo como merece.

Con enorme sorpresa, nos topamos con un hombre taciturno y que, por increíble que parezca, encomió la mesura, virtud que recomendó a su auditorio tenga a la hora de juzgarlo.

Audiencia paqueta que apenas lo aplaudió. Porque daba pena.

Los comensales y nosotros asistimos a una larguísima y compungida monserga de alguien, que, fuera de la realidad, no paró de dar explicaciones.

Su abstinencia de insultos sorprendió tanto como si nos topáramos con un Santiago Cúneo pacato.

MIlei procuró darle apariencia de seguridad a sus dislates. No tanto en sus disparatadas matemáticas, que nadie toma ya en serio, como en reafirmar arraigadas convicciones. Como su fe en el capital monopólico y su odio a las regulaciones.

Contra lo que el más insensible de los observadores puede constatar luego de trajinar las calles porteñas, Milei insistió en que habría extraído de la pobreza a «14 millones» de personas, ratificó su arrobado amor por uno de sus auspiciantes, Marcos Galperin (al que presentó como el mayor empresario argentino a pesar de su radicación en Uruguay) en desmedro de Paolo Roca, al que volvió a llamar «Don Chatarrín».

A pesar de haber calificado (cuando se postulaba a la Presidencia) a nuestra moneda de «excremento», ahora se jactó de que su valor seguiría apreciándose frente al dólar.

De la prometida dolarización no dijo nada, pero arremetió contra su predecesor en el cargo, Alberto Fernández, del que criticó su posición frente a la pandemia, una de las cosas más exitosas que tuvo el pusilánime presidente socialdemócrata ungido por CFK, que no termina de arrepentirse.

Aunque se empeñe en no ver la realidad y se distraiga con viajes que solo tienen la finalidad de seguir haciéndoles la pelota y sorbiéndoles los zoquetes a Trump y el killer cázaro Bibi Netanyahu (nacido , Milei,,,kowski) aunque no lo quiera ver, Milei, «el presidente más sionista de la Historia» lidera un experimento que a él quizá le parezca innovador, pero que es más viejo que el pan duro: exprimir a las mayorías y desmantelar el estado en beneficio del capital concentrado,. Que así podrá arrasar con los recursos del país.

Milei está obsesionado con una izquierda que por desgracia en Argentina tiene poco peso, fuera y dentro del peronismo, lo que parece revelar (al igual que cuando se obstina en ponerle a Kicillof el marbete de «soviético») su creencia en que ese gigante invertebrado y miope que es el peronismo si carece de conducción clara, puede reconvertirse en la némesis de su dizque «anarco-libertarismo».

Como si lo afirmado por John William Cooke pudiera volver a ser cierto: «En Argentina los verdaderos comunistas somos los peronistas».

Milei enfatizó que su gobierno les ofrecía a los presentes una reforma laboral que anteriormente ni siquiera soñaban, y pretendió librarse rápidamente de las muchas denuncias de corrupción que recaen en su gobierno (Manuel Adorni, junto a su hermana Karina, estaban en una mesa del proscenio aprobando sus dichos con la cabezazos) diciendo que todos eran inocente «hasta que el fisco (sic) demuestre lo contrario».

Inusualmente serio, nada efervescente, agregó que si hubiera podido cumplir con sus promesas sería «Gardel con guitarra eléctrica». Y luego de elogiar al «Coloso» Sturzenegger por su reformas (que dijo continuarán a ritmo acelerado) subrayó la supuesta austeridad de su administración al decir que él tenía sus haberes congelados y era el presidente que menos dinero percibía por su labor en toda América Latina.

Su exposición ya dijimos, fue larguísima, prolífica en gráficos y nada complaciente con las acuciantes necesidades del pueblo trabajador. Traté de escucharla sin interrupciones, primero en A24 y luego en TN pero me vi obligado a pasar a la denostada TV Pública luego de que los presentadores de ambos canales  lo interrumpieran y silenciaran para hacer comentarios tan insulsos como bobalicones. Lo que dejó claro el nulo respeto que tienen por la palabra del más alto dignatario de la república.

Es que a Milei ya nadie parece tomarlo en serio. Sin embargo, sigue estando donde está, mientras los nuestros asistimos al espectáculo de que los  más más ricos asociados con el imperialismo, buscan quien pueda sucederlo preservando el «modelo» extractivista y de timba financiera.

Millonario, auspiciado por la internacional facha de los sionistas cristianos, la CIA y el Mossad, el no pastor Dange Gebel no parece poder decolar a pesar del mucho dinero invertido, lo que sitúa a Macri, si no de candidato, al menos si de árbitro de quienes ansían la continuidad del actual «modelo».

Milei, entre tanto, se las ve en figurillas en laudar entre su hermana (que le reclama sostener a Adorni, los Menem y otros bandidos) y Santiago Caputo, que cuenta con el apoyo de la CIA y Peter Thiel.

Milei no puede enfrentase con Caputo-Thiel, no tiene como.

Tampoco puede contrariar a  su hermana «Moisés», a la que le prometió no sólo acompañar a Adorni al cementerio, sino incluso a la tumba.

Así como Milei no pudo siquiera balbucear que respeta la democracia, Thiel no pudo decir que está a favor de la sobrevivencia de la especie humana. No lo está. Aboga por el transhumanismo: el futuro de una minoría con acceso a los transplantes de cerebro y también de psiquis gracias a una super IA.

Una minoría que aspira a la inmortalidad y tiene como norte emigrar a otra galaxia cuando haya terminado de desertificar este planeta.

Milei hace su parte al promover la libre compra-venta de niños y de órganos humanos.

Todo está la vista . Salvo qué es lo que haremos nosotros.

Necesitamos a Cristina libre, y que ella y Kicillof se pongan de acuerdo en impulsar un plan de reconstrucción nacional. Es un imperativo categórico.

Yo no soy racista

 



Todas las formas de estigmatización se esconden, muchas veces, en pliegues inconscientes. La categoría de «racismo aversivo» remite a que una gran parte de la sociedad cree sostener valores igualitarios, se autopercibe como carente de prejuicios, pese a lo cual alberga sentimientos negativos hacia otros grupos.