No pasarán. Ni muertos ni vencidos. Son 30.000
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| "La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina |
martes, marzo 24, 2026
lunes, marzo 23, 2026
¿Quién controla las guerras de Estados Unidos?

Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad van a Teherán (El Tábano Economista)
La frase, atribuida indistintamente a Rambo o a Boogie el aceitoso, según el gusto del lector, resume una tentación que lleva décadas rondando los pasillos del poder en Washington. Pero la cuestión real no es si Estados Unidos debe o no bombardear Irán. La pregunta es quién decide que esa sea siquiera una opción sobre la mesa cuando la mayoría de los ciudadanos se opone, cuando los militares advierten de las consecuencias y cuando la propia estrategia de defensa nacional dice que el verdadero enemigo está a miles de kilómetros, en China.
La respuesta es incómoda, pero está documentada: la política exterior estadounidense es el producto de una estrategia nacional coherente como ya lo expusimos en el artículo Trump no improvisa, pero el resultado es de una lucha feroz entre élites con visiones del mundo radicalmente distintas y, sobre todo, con intereses económicos muy concretos. No se trata de una conspiración con un único cerebro, sino de un ecosistema opaco de intelectuales neoconservadores, contratistas de defensa, lobbies extranjeros y facciones internas de la Casa Blanca que compiten por controlar la narrativa y, de paso, los presupuestos.
Lo que hace que el análisis sea particularmente confuso es que un conjunto paralelo de debates económicos y de negocios se desarrolla casi independientemente de las consideraciones estratégicas. Para entenderlo, hay que observar tres corrientes de pensamiento que hoy se disputan el alma de la política exterior estadounidense. Por un lado, están los asociados al movimiento MAGA, que desean unos Estados Unidos más conservador y una política exterior que sea extensión de las guerras culturales domésticas. El vicepresidente JD Vance lo ha resumido con claridad: Estados Unidos no debería «desperdiciar vidas siendo el policía del mundo». Pero también existe un profundo escepticismo hacia las élites washingtonianas, a las que consideran belicistas empedernidas.
Una segunda perspectiva, la de los autodenominados «realistas», considera que la prioridad absoluta es el Indo-Pacífico. China, no Irán, es el verdadero desafío existencial. Una guerra en Oriente Medio sería un problema sin fin que desviaría recursos cruciales de la contención de Pekín. Abogan por la contención de Irán, no por su destrucción, y creen posible algún tipo de modus vivendi que permita a Estados Unidos salir de la región. Su mentor intelectual es Elbridge Colby, y sus propuestas suenan a música celestial para oídos cansados de guerras interminables.
Finalmente, persiste el enfoque más tradicional de la seguridad nacional estadounidense, los neoconservadores o, ahora, Sion Con, el que percibe amenazas interrelacionadas con China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Esta visión del mundo, que los críticos tachan de «neoconservadora», aboga por un alto nivel de preparación militar y cooperación con aliados en tres frentes simultáneos: el Indo-Pacífico, Europa y Oriente Medio. Para ellos, China es ciertamente el principal adversario, como reconocía Marco Rubio cuando aún era senador, pero eso no implica descuidar los demás frentes.
El problema es que este debate estratégico, ya de por sí complejo, se desarrolla en paralelo a otro mucho más mundano: el de los negocios. Y ahí las cosas cambian drásticamente.
El enfrentamiento entre estas élites no es puramente intelectual. La «lógica fragmentada» que produce decisiones erráticas y aparentemente contradictorias se debe en gran medida a los potentísimos intereses económicos que financian a los centros de pensamiento (think tanks), que generan la cobertura intelectual para las guerras, que a su vez benefician a las corporaciones que financiaron los think tanks. Es un ciclo perfecto, autorreforzado y opaco.
El bloque halcón, heredero del pensamiento neoconservador, parte de una premisa simple: Estados Unidos debe mantener su primacía global mediante una posición de fuerza militar indiscutible. Su objetivo no es contener a Irán, sino buscar activamente el cambio de régimen o, al menos, una degradación tal que le impida proyectar poder en la región. Creen que Irán solo entiende por la fuerza, que cualquier negociación es una concesión al mal y que la eliminación de la amenaza iraní es innegociable, especialmente por la supervivencia de Israel.
Este bando está liderado por figuras con larga trayectoria intervencionista: Marco Rubio como secretario de Estado, Mike Pompeo, John Bolton, Mike Waltz, este último embajador ante la ONU y John Ratcliffe al frente de la CIA. En el Congreso cuentan con senadores como Lindsey Graham y Tom Cotton. Y su brazo intelectual son think tanks perfectamente identificados: la Foundation for Defense of Democracies (FDD), el American Enterprise Institute (AEI), el Jewish Institute for National Security of America (JINSA), el Hudson Institute y el Washington Institute for Near East Policy.
Son instituciones respetables, con expertos brillantes y publicaciones influyentes. Pero también son instituciones financiadas de manera muy particular. Y ahí es donde conviene detenerse, porque el corazón del control reside en el dinero.
Según una investigación reciente del Quincy Institute publicada por Responsible Statecraft, los think tanks más belicistas reciben millones directamente de quienes fabrican las municiones que se están usando ahora mismo en Irán. El Hudson Institute ha cobrado más de cuatro millones de dólares desde 2019 de Lockheed Martin, Northrop Grumman, General Atomics y RTX. Northrop fabrica los bombarderos furtivos B-2, valorados en 2.000 millones de dólares cada uno, que están atacando Irán. Lockheed fabrica los aviones de combate y el sistema de radar THAAD, valorado en 300 millones, que Irán destruyó recientemente. General Atomics produce los drones MQ-9 Reaper. RTX fabrica el misil Tomahawk que, según los informes, mató a 168 niñas en una escuela primaria de Minab.
El Atlantic Council, que acepta más financiación de la industria armamentística que ningún otro think tank, publicó el año pasado un informe recomendando que Estados Unidos adquiriera más misiles THAAD y SM-3 para hacer frente a amenazas como Irán. Los fabricantes de esos misiles, RTX y Lockheed Martin, habían donado al Atlantic Council 850.000 y 700.000 dólares, respectivamente, desde 2019. Ambos sistemas se están utilizando intensamente en la campaña actual.
El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), cuyo presidente, el general retirado Jack Keane, ha pedido abiertamente «borrar a Irán del mapa» en Fox News, aparece financiado por General Dynamics y CACI International Inc, aunque recientemente eliminó los nombres de ambos donantes de su sitio web. Cuando se les preguntó, respondieron que no comparten información sobre sus donantes más allá de lo exigido por ley.
Pero quizás lo más revelador es el fenómeno de los «dark money think tanks». Alrededor del 40% de los principales centros de análisis estadounidenses no revelan la identidad de sus donantes. La Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), fundada originalmente para «mejorar la imagen de Israel en Norteamérica», fue crucial para presionar a Trump a retirarse del acuerdo nuclear con Irán en 2018. Históricamente, FDD recibió millones de Bernard Marcus, Paul Singer y Miriam Adelson, megadonantes pro-Israel que, en el caso de Adelson, llegó a donar 100 millones a la campaña de Trump.
El Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos (JINSA) es otro de estos grupos de dinero opaco. Entre sus miembros se cuentan el exasesor de Seguridad Nacional de Benjamin Netanyahu, el excomandante de la Fuerza Aérea israelí y Elliott Abrams, exasesor de Trump para Irán, además de más de una docena de generales y almirantes estadounidenses retirados. Cuando comenzó la operación militar, JINSA publicó una carta abierta firmada por 75 generales retirados apoyando la guerra.
Y luego están los gobiernos extranjeros. El Atlantic Council ha recibido 20,8 millones de dólares desde 2019, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita. El Washington Institute for Near East Policy, fundado como una escisión del lobby pro-israelí AIPAC, obtiene alrededor del 95% de su financiación de contribuciones privadas, dinero oscuro y donantes pro-seguridad de Israel.
Para quien quiera profundizar, existe una herramienta pionera: el Rastreador de Financiación de Think Tanks del Quincy Institute, que rastrea la financiación recibida de gobiernos extranjeros, el gobierno estadounidense y contratistas del Pentágono para los 50 think tanks más importantes del país durante los últimos cinco años. Los datos son abrumadores.
Frente a esta maquinaria, el bloque realista parece casi amateur. El Quincy Institute, Defense Priorities, el Cato Institute, y en menor medida Brookings y CNAS, abogan por una política exterior más sobria, centrada en China y escéptica de las aventuras militares en Oriente Medio. Pero su financiación es ínfima comparada con la de los halcones. No fabrican misiles, no tienen gobiernos extranjeros que quieran influir en la narrativa, no cuentan con multimillonarios dispuestos a gastar fortunas en promover el cambio de régimen en Teherán.
La consecuencia de todo esto es una política exterior esquizofrénica. La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero afirma que la prioridad es China. Pero la administración se encuentra inmersa en una guerra de desgaste en Oriente Medio. El enviado especial Steve Witkoff, que representa el ala pragmática, ha hecho declaraciones sorprendentemente belicosas en los últimos días. «Tienen uranio enriquecido al 60%, suficiente para once bombas», dijo a los periodistas.
Mientras tanto, en el Congreso, se suceden las votaciones sobre resoluciones de poderes de guerra que intentan, sin éxito, recuperar la autoridad constitucional para declarar la guerra que el legislativo lleva décadas cediendo al ejecutivo. Esta misma semana, el Senado derrotó una medida para detener la acción militar por 47 votos a favor y 53 en contra, en una votación eminentemente partidista. La Cámara se prepara para votar otra similar, pero incluso si prosperara, enfrentaría un veto presidencial casi seguro.
El resultado es un presidente que actúa como comandante en jefe con una libertad que los fundadores de esta nación jamás imaginaron. Y unos think tanks que, financiados por quienes se benefician de las guerras, proporcionan la cobertura intelectual para que eso sea posible.
Cuando comenzó la operación militar, las acciones de RTX, Northrop Grumman y Lockheed Martin se dispararon. La guerra, para ellos, había comenzado excelentemente bien.
Cuando termine esta guerra, si es que termina, y comiencen las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo una nación que afirmaba tener como prioridad estratégica contener a China terminó enfrascada en una guerra de desgaste en Oriente Medio. La respuesta estará en los archivos: en los memorandos de los think tanks financiados por Lockheed Martin, en los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una minoría poderosa y bien organizada.
No es una conspiración. Es un mecanismo económico perfectamente documentado. Y mientras no se aborde el problema estructural del dinero en la configuración de la política de seguridad nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden o cualquier otro— podrá escapar de sus garras.
La democracia estadounidense en materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores, como suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles, bombarderos y contratos millonarios. El rescate se paga con vidas ajenas, en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación que olvidó cómo decidir la paz.
Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2026/03/22/quien-controla-las-guerras-de-estados-unidos/
Peronismo punk: la rebeldía como mecanismo de supervivencia política
Bruno Carpinetti sostiene que convocar a un peronismo punk es recuperar una antropología del conflicto. Volver a aceptar que toda jerarquía necesita ser interpelada para no volverse casta. Que toda conducción necesita crítica para no convertirse en ritual vacío y que toda organización viva requiere, periódicamente, momentos de desobediencia creadora.
Por Bruno Carpinetti*
(para La Tecl@ Eñe)
“Carlos se vendió al barrio de Lanús
El barrio que lo vio crecer
Ya no vino nunca más por el bar de Fabián
Y se olvidó de pelearse los domingos en la cancha…”
YA NO SOS IGUAL – 2 Minutos
Hay un concepto que suena a herejía y a rescate al mismo tiempo: peronismo punk. No es una consigna marketinera ni un intento de aggiornamento estético. Es, más bien, una provocación política. Una forma de nombrar la necesidad urgente de recuperar la dimensión plebeya, irreverente y movimientista del peronismo en un tiempo en que el espacio que lo invoca parece haber extraviado casi toda subjetividad subversiva.
Durante décadas, el peronismo fue definido por propios y ajenos como una anomalía. Para la elite liberal, un exceso popular; para cierta izquierda ilustrada, un desvío nacional–popular; para el establishment económico, un obstáculo. No por casualidad, John William Cooke lo llamó “el hecho maldito del país burgués”. La fórmula no era una metáfora ingeniosa: era una definición estratégica. El peronismo, en tanto irrupción de los trabajadores organizados en la escena estatal, rompía el pacto oligárquico que había estructurado la Argentina moderna. Era maldito porque desordenaba jerarquías, porque producía igualdad allí donde había diferencia.
Ese carácter maldito no provenía de una doctrina escrita sino de una práctica histórica: sindicatos que disputaban poder real, movilización callejera como forma de decisión política, lealtades construidas desde abajo, conducción sometida a la presión de las bases. El peronismo era movimiento antes que partido. Y era plebeyo antes que institucional.
El punk tampoco nació como doctrina cerrada. Fue una irrupción. Un gesto de rechazo frente a una cultura musical que se había vuelto virtuosa pero distante, técnicamente impecable pero socialmente inofensiva. Frente a la solemnidad del rock progresivo y la profesionalización elitista, el punk gritó: cualquiera puede tocar, cualquiera puede decir, cualquiera puede interrumpir. No pedía permiso ni legitimación académica. Desordenaba la escena.
Ese paralelismo no es caprichoso. El primer peronismo desordenó la escena política argentina con la misma energía disruptiva. Introdujo en el centro de la escena a sujetos que hasta entonces ocupaban los márgenes. Cambió el tono, la estética, el lenguaje del poder. Así como el punk rompió con la distancia entre escenario y público, el peronismo rompió con la distancia entre Estado y pueblo.
Jerarquía, obediencia y rebelión
Toda organización humana —desde una tribu amazónica hasta un partido político moderno— necesita algún tipo de jerarquía. La antropología lo ha mostrado con claridad: no existe sociedad sin diferenciación de roles, sin autoridad reconocida, sin mecanismos de coordinación. Incluso en comunidades igualitarias, el liderazgo aparece en contextos específicos: el mejor cazador, el mejor orador, el más experimentado. La autoridad no es un accidente; es una necesidad funcional.
Pero la antropología también ha mostrado algo menos cómodo: las sociedades desarrollan mecanismos para limitar, cuestionar o revertir esa autoridad cuando amenaza con cristalizarse. Muchas comunidades indígenas practican formas de burla ritual, crítica colectiva o incluso abandono del líder cuando este excede su mandato. La jerarquía es aceptada mientras es útil; deja de serlo cuando se autonomiza.
La tensión entre conducción y bases no es una patología: es la condición vital de cualquier organización. Cuando la obediencia se vuelve automática y la jerarquía se naturaliza como orden sagrado, la organización pierde plasticidad. Se vuelve rígida, previsible, incapaz de adaptarse. Desde una mirada antropológica, la insubordinación interna no es necesariamente un síntoma de decadencia: puede ser un mecanismo de regulación y actualización.
El problema no es la autoridad, sino su sacralización.
En las religiones políticas —y el peronismo, como todo gran movimiento histórico, tiene algo de religión civil— la conducción tiende a investirse de una legitimidad que trasciende la coyuntura. Se transforma en símbolo, y el símbolo se vuelve intocable. La obediencia deja de ser una herramienta estratégica y pasa a ser una virtud moral en sí misma.
Sin embargo, las organizaciones que sobreviven en el tiempo son aquellas que institucionalizan el conflicto. Que permiten la crítica. Que aceptan la posibilidad de relevo. Que no confunden unidad con unanimidad.
Desde esta perspectiva, la rebelión interna no es traición sino termómetro. Indica que la base sigue viva, que existe energía, que hay disputa por el sentido. Cuando esa energía desaparece y todo se reduce a acatar, la organización puede seguir existiendo formalmente, pero ha perdido vitalidad cultural.
Peronismo, autoridad y plebeyismo
El peronismo histórico supo combinar verticalidad con presión desde abajo. La conducción de Juan Domingo Perón no era débil, pero tampoco flotaba en el vacío. Se apoyaba en sindicatos con poder real, en una movilización capaz de condicionar decisiones, en una dinámica de ida y vuelta. La famosa “lealtad” no era obediencia muda: era una relación política sostenida por resultados y por identificación material.
Cuando esa dinámica se invierte —cuando las bases ya no interpelan y la conducción ya no escucha— la verticalidad se transforma en verticalismo. Y el verticalismo, en cultura de aparato.
Aquí es donde la metáfora punk adquiere profundidad antropológica. El punk, en su gesto original, fue una impugnación a la jerarquía consagrada. No negaba la existencia de músicos más talentosos; negaba el derecho de esos músicos a monopolizar la escena. No rechazaba la organización; rechazaba su clausura elitista.
El “hazlo tú mismo” fue, en el fondo, una pedagogía política: si la estructura no te habilita, constrúyela. Si el escenario está cerrado, arma uno propio. Esa ética no destruye la organización; la descentraliza y la obliga a renovarse.
Insubordinación organizada o decadencia administrada
El espacio peronista contemporáneo —con honrosas excepciones territoriales— parece haber internalizado los límites del sistema que antes desafiaba. Se discuten porcentajes de déficit, pero no estructuras de propiedad; se gestionan programas sociales, pero no se reconfiguran las relaciones de poder que producen exclusión; se apela a la épica pasada mientras se acepta un presente de correlación desfavorable como si fuera un dato natural.
En ese tránsito, la obediencia se volvió valor central. Se premia la disciplina discursiva y se penaliza la disidencia estratégica. Pero una organización que sofoca el conflicto interno termina desplazándolo hacia afuera: fragmentación, apatía o fuga silenciosa.
Desde la antropología organizacional, esto es previsible. Cuando no existen canales legítimos de insubordinación interna, la energía crítica no desaparece: se desorganiza. Y la desorganización es mucho más peligrosa que el debate abierto.
Combatir la obediencia acrítica no significa promover la fragmentación permanente. Significa asumir que la lealtad verdadera no es sumisión sino compromiso activo con un proyecto que puede y debe revisarse. Significa comprender que la rebelión, cuando se organiza, fortalece; cuando se niega, corroe.
El peronismo fue “hecho maldito” porque expresó una alianza plebeya capaz de tensionar al país burgués. Si hoy ese país burgués ya no lo percibe como amenaza sino como interlocutor previsible, es señal de que la capacidad de insubordinación interna se ha debilitado tanto como la confrontación externa.
Convocar a un peronismo punk es, entonces, recuperar una antropología del conflicto. Volver a aceptar que toda jerarquía necesita ser interpelada para no volverse casta. Que toda conducción necesita crítica para no convertirse en ritual vacío. Que toda organización viva requiere, periódicamente, momentos de desobediencia creadora.
Tal vez el desafío más profundo sea entender que la rebeldía no es lo contrario de la organización, sino su condición de posibilidad. Que un movimiento popular solo se mantiene vivo si permite que sus propias bases lo tensionen, lo incomoden y lo obliguen a reinventarse.
Que vuelva el punk. No como estética ni nostalgia, sino como insubordinación organizada. Como recordatorio político de que ninguna jerarquía es eterna y de que un movimiento popular solo está vivo cuando incomoda.
M
*Bruno Carpinetti es Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública, entre otros fue director de la Administración de Parques Nacionales y Subsecretario de Coordinación de Política Ambiental de la Secretaría de Ambiente de la Presidencia de la Nación durante el gobierno de Nestor Kirchner.
Videla; el muñeco articulado
Un dictador cuyo formalismo militar y beato esconde un grotesco carnicero que se convierte en carne de teatro.
Por Vicente Muleiro*
(para La Tecl@ Eñe)
El único. “¿Si no era yo, quién?” dijo Jorge Rafael Videla, en 1998, en el reportaje para la biografía no autorizada El Dictador (María Seoane-Vicente Muleiro, Sudamericana, 2001). Es que a pesar de repartir una imagen pietista y contrita el general flotaba en el Cielo ungido por Dios Padre y siempre a su diestra. Su singularidad tenía doble filo: aseguraba no buscar el poder pero se vanagloriaba de que “las cosas me sucedían”. Sin embargo cuándo se le preguntó cómo llegó al primer sillón dictatorial dijo eso, aquello: “¿Si no era yo, quién?” y picó en punta: “Yo era el más moderado de los firmes y el más firme de los moderados”. O sea: único.
Se combate con uniforme. Videla fue un milico que en una era largamente controversial del ejército –golpes y contragolpes, logias, conspiraciones internas y externas, traiciones, negociados y cruces de bando- atravesó su carrera (había egresado como subteniente de Infantería en 1944) bajo fuego graneado y sin mancharse para lucir una foja impecable. Un hombre sin brillo pero sin desarreglos que “no leía ni el Patoruzú” según el general Juan Carlos Colombo. Se atiborraba de reglamentos, eso sí. Contó Mohamend Ali Seineldín que, cuando se ensayaban los primeros ejercicios de contraterrorismo, el futuro dictador que lanzaría las patotas sin identificación a reventar la vida argentina, se opuso con la frase: “El soldado combate con uniforme. En el uniforme está la responsabilidad del soldado”.
Cara y ceca. En la interna cuartelera de los años 60 cuando se enfrentaron “azules” (de apariencia legalista) y “colorados” (antiperonistas furiosos y partidarios de una larga dictadura) él se definió colorado. Ya se había alineado –aunque tibiamente, por miedo a manchar su foja- con el golpe del 55. Con su ostentación beata, su impecable formalismo militar, su fama de familiero y sus largos silencios, algunos creyeron que podría ser la cara soportable de una promoción de soldados bestiales. Con una operación de inteligencia le desparramaron el mote de “Pantera Rosa” para intentar humanizarlo. Fue la famosa misión imposible. Videla no tenía un solo rasgo, ninguna huella discursiva que pudiera decirse propia. Apenas un tic nervioso producto de la búsqueda de alinear en extremo su compostura marcial. Fue un muñeco articulado por las instituciones: Iglesia –en modo medieval-, sacrosanto Ejército, abstracta Patria, Sagrada Familia. En el reverso de la impecabilidad apadrinó a todos los “locos” (Rualdés, Bussi, Suárez Mason, Menéndez, Camps, la lista es larga), esas fieras que bajo su mando destriparon los cuerpos de la rebeldía, el Derecho, la siempre frágil organización social. Y los bienes, claro, los bienes: la tan acechada riqueza nacional vertida -como ahora- a ese embudo de cuyo pico solo beben los príncipes del dinero.
Una venia al firmamento. Alejandro Agustín Lanusse es presidente de facto (1971-1973) y con tal investidura concurre al Colegio Militar cuyo director es Videla. Finalizada la visita oficial, el “dictablando” se trepa al helicóptero que comienza a levantar vuelo. Videla hace la venia correspondiente y sigue cuadrado e impertérrito mientras la nave asciende hasta convertirse en un punto indeterminado y lejano. Arriba, el tripulante Lanusse comenta a sus acompañantes: “Mirá a ese pelotudo. Vamos a llegar al cielo y todavía va a seguir haciendo la venia”.
El cadete. La relación con el Colegio Militar fue intensa para Videla. Allí estudió, fue instructor, inspector y, finalmente, capo. Siempre se lo vio como un “cadete” hasta tal punto que ese fue uno de sus pocos apelativos. El formalismo y el uniforme lo dotaban de su única personalidad posible. Cuando en julio de 1978 Juan Carlos I rey de España visitó la Argentina le recomendaron al dictador que lo recibiera vestido de civil pues era una oportunidad para mostrar a la prensa internacional una imagen menos cuartelera. Él se negó con estas palabras: “No. Qué va a pensar el soldadito de Orán”. El capitán Federico Mittelbach que lo tuvo como jefe en el Colegio, explicó: “No podía sacarse el uniforme porque sin uniforme no era nadie. Jamás le importó un bledo el soldadito de Orán”.
Amigos son los amigos. Héctor Hidaldo Solá fue un radical conservador que en 1976 aceptó ser embajador de la dictadura en Venezuela. Videla se proponía tenerlo cerca como uno de los civiles potables para poner en marcha una nunca fechada salida política. El ambicioso capo de la Armada y la Esma, Emilio Eduardo Massera –que pretendía ser jefe y heredero de cualquier salida institucional-, lo mató-hizo matar en Buenos Aires en julio de 1977. Pero Videla ni siquiera amonestó al rival asesino. A la mismísima viuda le dijo que por encima de todo estaba la “unidad de las fuerzas armadas”. No dio curso jamás a ninguna clemencia, a indulgencia alguna. Ni siquiera se movió por el hijo de un enfermero que había cuidado a su propio hijo oligofrénico, Alejandro, en la Colonia Montes de Oca en Luján. Ah, pero cuando se le preguntó si cargaba con alguna culpa dijo: “Estoy tranquilo. Con Dios tengo todo arreglado”.
Vocería. El cristócrata Videla hablaba por Dios; por la importada Doctrina de Seguridad Nacional que inventó al “enemigo interno”; por la Escuela de las Américas que le enseñó a emplear la tortura a los camaradas de su generación; por el anticomunismo ultramontano; por el antiperonismo cerril; por un viejo Ejército crecido en la protección del latifundismo y la renta agraria. Él se las creía todas. Al muñeco articulado lo manejaba el múltiple ventrílocuo de lo peor. Y, encima, hablaba con soterrada bronca porque provenía de una aristocracia de cartón; la de esos parientes pobres que envidian a quienes de verdad -como José Alfredo Martínez de Hoz- la tenían toda.
Carne de teatro. La mecánica absurda del formalismo militar; un lenguaje fijo que se emplea como piedras que hay que arrojar; una ética multidimensional que va de lo intachable a lo imperdonable; un muñeco articulado por el mal, semejante dictador ¿Cómo no iba a ser carne de teatro?*
«Vidé/la muerte móvil», de Vicente Muleiro, con Carlos March y Carlos Vignola. Teatro La Carpintería, sábados a las 20. Entradas: Alternativa Teatral.