Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, octubre 25, 2026

Saúl Blanch. La voz del oeste QEPD


 

No mostrar nada

 


Jusé Luis Espert terminó procesado por lavado de activos. Una transferencia de doscientos mil dólares, una cuenta sin declarar y los archivos de sus contadores. La reconstrucción del recorrido del dinero, la discusión sobre las trampas y las explicaciones que Espert presentó (y no presentó) ante la Justicia.

En la computadora de Mariano Cosentino hay una presentación de PowerPoint preparada para una reunión con José Luis Espert. Es mayo de 2021. Es el contador de Espert y trabaja sobre su situación patrimonial. En la computadora tiene una diapositiva que ordena cuatro maneras posibles de blanquear doscientos mil dólares. La plata había llegado desde el exterior. Desde Wright Brothers Inc., una compañía del entramado de Federico “Fred” Machado, el empresario ligado a la aviación privada que para entonces ya estaba investigado en una causa en Estados Unidos por narcotráfico, lavado y fraude. Ese dinero había entrado en una cuenta del Morgan Stanley que Espert nunca declaró ante el fisco argentino. Después empezó a moverse de a poco hacia una cuenta local del Banco Francés. Cosentino guarda en su computadora un archivo con el abanico de opciones para resolverlo. Lo creó la noche anterior al encuentro con el nombre “Apuntes para la reunión del 7-5-2021.pptx”. Una diapositiva. Y un gráfico con cuatro columnas prolijas que ofrecían distintas alternativas:  Mostrar todo, Prestación del servicio incumplida, Liberalidad, No mostrar nada.

Espert eligió no mostrar nada.


Las cuatro alternativas que evaluaron los contadores de Espert en 2021 para tratar los US$200.000 recibidos.

Este jueves 22 de octubre, el juez federal de San Isidro, Lino Mirabelli, procesó a Espert por presunto lavado de activos sin prisión preventiva. Le impuso un embargo de mil millones de pesos y le prohibió salir del país. La resolución también alcanzó a Cosentino y a Varianza SA, la sociedad familiar. 

En esas cuatro columnas se condensa toda la historia que sigue. Cada vez que a Espert se le presentó una salida, eligió la que lo terminaría hundiendo. Firmó un contrato en un país al que nunca viajó, recibió dinero en una cuenta que no declaró, cuando le mostraron cuatro maneras de blanquear esa plata, eligió esconderla. Cuando el escándalo se hizo público dio explicaciones que se pisaban entre sí. Cuando se dio cuenta de que ya no quedaba margen se quebró, lloró al aire en Radio Mitre y se bajó tarde de una candidatura que ya tenía su cara impresa en la boleta. 

Los archivos registran qué alternativas discutieron sus asesores en mayo de 2021 y qué se informó después al fisco. En septiembre de 2025, las mismas decisiones reaparecieron en otros documentos preparados para explicar la transferencia cuando ya era pública.

El economista libertario que había sido candidato en la campaña presidencial de 2019, el que decía “cárcel o bala”, el que después encabezó la lista de diputados de La Libertad Avanza en la provincia de Buenos Aires, tenía una historia paralela que empezó con un contrato guatemalteco que siete años más tarde lo dejó procesado.

El 7 de julio de este año, Espert se presentó a indagatoria ante la Justicia Federal de San Isidro. Llegó con un escrito y no respondió preguntas. Un mes y medio después volvió a hablar. Esta vez con un descargo de 141 páginas —65 de escrito y 76 de anexos— y una frase en redes sociales. “No pido que me crean, sólo que me lean”, escribió. Este artículo rescata la documentación que permite reconstruir el camino, las dudas y las decisiones de Espert y sus contadores  para ocultar el dinero.

El contrato

El documento llevaba fecha del 7 de junio de 2019 y ubicaba la firma en Guatemala. Allí, Minas del Pueblo, una empresa minera, aparecía contratando a Espert por un millón de dólares. Del otro lado firmaba Federico “Fred” Machado, presentado en el contrato como gerente general de la compañía. La tarea prometida tenía tres partes. Un análisis de mercado, un asesoramiento para refinanciar la deuda de la minera, un plan de crecimiento a tres años con seguimiento e informes periódicos.

Según la explicación de Espert, la empresa había contratado a un economista de la city porteña. Los doscientos mil dólares eran apenas un adelanto. El trabajo no se había hecho por la pandemia. La explicación tenía una ventaja: existía un contrato. Pero tenía un problema: casi todo alrededor de ese contrato crujía.

El contrato estaba firmado en Guatemala. Pero la documentación de Migraciones mostró que Espert no estaba allí. No registró un solo viaje a ese país ni antes de la firma, ni en la fecha, ni después. Entre febrero y agosto de 2019 fue a Estados Unidos y a Chile. A Guatemala, nunca. En cambio, el que se encontraba en la Argentina por esos días fue Machado. Entró el 5 de junio y salió el 8. El contrato lleva fecha del 7.

La empresa existía. Estaba inscripta, tenía objeto minero y esa cáscara formal servía para la defensa. “Existe la mina, todo”, diría Espert después. Pero el fiscal no encontró deudas ni problemas financieros que justificaran contratar a un economista para asesorar a la minera guatemalteca. Mucho menos por un millón de dólares cuando la deuda de la empresa era de 372.975 dólares. La Fiscalía también cuestionó su experiencia para el trabajo contratado. 

Según su propio sitio espert.com.ar, su experiencia muestra conocimientos sobre macroeconomía, apertura comercial, gasto público e inflación. Sin embargo, nada sobre minería más que una charla que brindó en San Juan.

¿Por qué se firmó un contrato en Guatemala si Espert no viajó a Guatemala? ¿Por qué Machado estaba en la Argentina el día de la firma? ¿Por qué una minera sin deuda necesitaba refinanciarse? ¿Por qué un economista sin trayectoria en minería iba a cobrar un millón de dólares por un plan de ampliación? ¿Por qué Espert cobró doscientos mil dólares, no hizo el trabajo y nunca devolvió la plata?

En agosto de este año, Espert volvió sobre ese punto. Presentó once correos de 2019, la certificación notarial, la apostilla del contrato y señaló a tres testigos que, según su defensa, corroboraron la relación profesional. Para él, esos documentos prueban que el contrato existió antes de la transferencia. Para el fiscal, siguen sin explicar su objeto real, su ejecución ni por qué Wright Brothers terminó pagando doscientos mil dólares. 

Siete meses después de la firma, el 22 de enero de 2020, salieron doscientos mil dólares de una cuenta de esa empresa y entraron a una cuenta del Morgan Stanley a nombre de Espert y su esposa, María Mercedes González. 

Wright Brothers administraba fondos para operaciones aeronáuticas. El Departamento de Justicia estadounidense identifica como propietaria a Debra Mercer-Erwin y describe un esquema en el que inversores depositaban dinero bajo custodia para compras de aviones que luego no se concretaban. Los fondos se desviaban a otras cuentas y nuevos depósitos cubrían obligaciones anteriores. Esa estructura combinaba empresas, cuentas y documentos de operaciones aparentemente comerciales. 

En un intercambio, los contadores advirtieron que la transferencia había ingresado y que había que “amortiguar” esa suma. La herramienta posible para blanquear era Varianza SA, la sociedad de Espert y su esposa. Era una empresa real, inscripta y con papeles, aunque casi no registraba actividad. Según los propios contadores, había facturado apenas dos meses y pagaba sueldos a Espert y a su esposa. En las tramas de lavado, sociedades formalmente constituidas y con poca actividad pueden utilizarse para incorporar ingresos a una contabilidad, justificar movimientos y alejar el dinero de su recorrido original. Para los investigadores, Varianza cumplía la función de simular ingresos profesionales legítimos y justificar consumos dentro de la economía de Espert. 

En 2020, el exdiputado ordenó dos transferencias de cincuenta mil dólares cada una desde la cuenta del Morgan Stanley a su cuenta local en el Banco Francés. Del primer giro retiró efectivo y pagó 47.800 dólares por un BMW M240i. En noviembre de 2024 vendió ese auto por 62.000 dólares. Después compró un Lexus de casi 130.000 dólares. El dinero empezó a tener usos y movimiento. 

Para la adquisición del Lexus, Cosentino -ahora también procesado- firmó una certificación de origen de fondos. La acusación atribuye a ese documento una función concreta en la incorporación de los activos al mercado formal. 

La cuenta del Morgan Stanley no aparecía en las declaraciones juradas analizadas por la investigación. Espert declaraba una cuenta en el exterior en UBS Financial Services Inc, pero nunca mencionó la otra. Y sus contadores lo sabían.

"Lluvia de ideas"

En abril de 2021 detuvieron a Fred Machado en Viedma. Para el fiscal, ese momento es uno de los elementos de juicio de “mayor relevancia y trascendencia” de toda la maniobra. Según el dictamen, la detención mostró la comprensión que Espert y sus contadores tenían sobre el problema que representaban las transferencias y los activos en el exterior.

Hasta entonces, la relación de Espert con Machado era una historia de campaña. Vuelos de favor, una camioneta blindada, la presentación de un libro en Viedma, fotos y sonrisas. La detención cambió la escala del problema. El expediente dice que fue la detención del empresario rionegrino la que precipitó la revisión de la situación patrimonial de Espert.

Entre los archivos del contador apareció un documento de Excel que la fiscalía atribuye al propio Espert. Se llamaba “Morgan Stanley Value Holdings a fin de año desde 2019.xlsx”. Un estado de situación de las existencias dinerarias de la cuenta del Morgan Stanley a distintas fechas. Después de la detención, Espert enviaría un audio a uno de sus contadores alertando sobre el contratiempo. 

“El problema es… el ingreso de esos doscientos del 2020”, le dijo. 

Algo alterado, le confesó a su contador que la plata venía de Minas del Pueblo, la empresa de Machado. “Existe la mina, todo”, se justificó. Y agregó “puede ser que el tipo, como muchos de estos ñatos, tenga sus negocios blancos”. La expresión quedó grabada. Espert hablaba de Machado después de su detención y buscaba encajar los doscientos mil dólares dentro de una actividad que pudiera ser presentada como legítima. Minas del Pueblo servía para eso. Era una empresa existente, estaba inscripta y tenía como objeto la minería. El contrato también existía. “Negocios blancos” podía ser una manera de separar esa parte presentable del resto de los negocios de Machado que ya estaban bajo investigación en Estados Unidos.

Los mensajes y audios de WhatsApp recuperados del teléfono del contador Fernando Escobar, otro de los contadores, permiten seguir las conversaciones entre Espert y sus contadores. Las planillas y presentaciones secuestradas a Cosentino completan esa reconstrucción. 

El 26 de abril de 2021, se produjo el siguiente diálogo entre los contadores. “Locura buen día, avísame a qué hora te puedo llamar, tengo un tema delicado”, le escribió Fernando Escobar, otro de los asesores contables de Espert, a Cosentino. “Uf.. que cagada esto. Fijate si conseguís el extracto a ver cómo fue la transferencia. Lei todo y esta todo re vinculado, ya se sabe que la empresa es de ese tipo” le contestó Cosentino.

A partir de esos dos mensajes, los contadores trabajaron en distintos archivos con alternativas para resolver cómo blanquear el dinero y sus movimientos.

“JLE-Revisión impositiva.xlsx”

“JLE-Revisión y planificación fiscal.pptx”

“Lluvia de ideas.vsd”

“Alternativas.pptx”

“Resumen situación JLE.ppt”

Según la fiscalía, el “punto neurálgico” era qué hacer con esos doscientos mil dólares en las declaraciones juradas. Declararlos, explicar su origen, “afrontar el costo impositivo” aunque eso dejara un rastro. O mantenerlos afuera.

El trabajo no se agotaba en los doscientos mil dólares. Los contadores también revisaban otras deudas, sociedades y formas de acomodar los números. Hablaron de una deuda de Ingresos Brutos de Varianza SA. La solución que se discutía era hacerla desaparecer con una declaración jurada en cero. “Para mí eso es bastante arriesgado”, dijo una contadora. “Yo sé que desaparece, pero no es lo que corresponde”, agregó. La frase vuelve a mostrar el clima de esas semanas. Había advertencias y una conciencia bastante clara de cuándo algo servía y cuándo algo correspondía.

Además, los archivos que los contadores le presentaban a Espert intentaban ordenar su futuro. En uno de esos documentos aparecían “pautas para evitar situaciones similares” durante el 2021. Una recomendación era especialmente gráfica y alertaba “maximizar consumo en efectivo”. El problema no era solamente qué hacer con los doscientos mil dólares que ya habían entrado sino cómo administrar de ahí en adelante un patrimonio que no podía mostrarse entero.

“Maximizar consumo en efectivo”. Una de las recomendaciones de los contadores de Espert para administrar sus gastos y justificar su patrimonio durante 2021.

Cada opción contenía pros y contras. Mostrar la transferencia obligaba a afrontar los costos impositivos y dejar rastros de la operación en la declaración jurada. Presentar la transferencia como una prestación de servicio incumplida podía aliviar los costos impositivos aunque abría otros riesgos. La “liberalidad” aparecía como “la de menor riesgo político y de más transparencia por si se conoce el contrato”. Significaba presentar el pago como una donación o aporte en lugar de un pago por servicios. La última alternativa era forzar la declaración jurada y no mostrar nada. “Si sale mal se puede complicar todo”, decían sobre esta última. Esas alternativas discutían qué declarar y con qué explicación. Ninguna podía convertir en lícito un eventual origen delictivo de los fondos. 

De todas las opciones, Espert eligió la peor.


“Si sale mal se puede complicar todo”. La advertencia junto a la opción de “forzar” la declaración jurada de 2020, en el esquema de alternativas elaborado por los contadores de Espert.

Espert no parece haber elegido inconscientemente. Según la justicia, se trató de una decisión deliberada. Sus contadores revisaron su patrimonio, proyectaron sus declaraciones juradas, discutieron sobre “hacer desaparecer la deuda” a través de Varianza SA, pensaron cómo administrar el efectivo y escribieron “pautas para evitar situaciones similares”. Cada decisión le compraba un poco más de tiempo. Declarar la cuenta, devolver la plata o explicar su origen obligaban a resolver el problema en ese momento. Dejarla afuera permitía patearlo hacia adelante. Durante años funcionó. La transferencia no era pública, la cuenta del Morgan Stanley tampoco y el contrato seguía guardado.

Por esos días, Espert parecía más preocupado por no desordenar el trabajo de sus contadores que por el fondo del asunto. Hablaba de ingresos blancos, de alquileres, de honorarios. Los números apenas le cerraban. 

“En 2022 si Dios quiere estaré como Diputado de la Nación, ya tendré un sueldo como empleado del Congreso de la Nación”, decía. Además le pedía a uno de sus contadores que arreglara el pago de la otra contadora para que no “descuajeringara todos los números” que estaban “encaminando”.

La omisión no podía explicarse como un olvido. Después de la detención de Machado, después de revisar la cuenta del Morgan Stanley y después de discutir las salidas posibles con sus contadores, Espert todavía estaba a tiempo de decir la verdad. Según describió el fiscal en el pedido de indagatoria, si el ex diputado actuaba de buena fe podía declarar la cuenta, explicar el saldo o consignar judicialmente la plata que seguía en el exterior. Al 30 de abril de 2021, todavía quedaban más de ciento dieciocho mil dólares sin declarar ni justificar. Pero no lo hizo. Lo mantuvo en secreto. “In pectore”. Fuera de la declaración jurada.

Al procesarlo, el juez Mirabelli le atribuyó haber advertido la posibilidad concreta de que el dinero tuviera origen delictivo y haber continuado con operaciones para introducirlo y disimularlo en el sistema financiero. 

Cuando la transferencia finalmente se hizo pública, quedaron a la vista las decisiones que había ido postergando durante años. La cuenta sin declarar, el contrato, los archivos de sus contadores, los audios y las declaraciones juradas empezaron a formar parte de una misma historia.

Esa historia ya había tenido su expediente. En 2021, después de la detención de Machado, se abrió una causa en Comodoro Py por los aviones que Espert había usado durante su campaña presidencial de 2019. Vuelos privados, una camioneta blindada, fotos de campaña. Todavía no aparecía la cuenta del Morgan Stanley. Todavía no aparecía el giro de doscientos mil dólares. Todavía no aparecía el contrato guatemalteco.

En septiembre de 2025, Juan Grabois denunció a Espert en la Justicia Federal de San Isidro. La presentación señalaba que el diputado había recibido al menos doscientos mil dólares de una empresa vinculada a Machado y pedía investigar si esos fondos podían integrar una maniobra de lavado. La denuncia se apoyó en documentación de una causa en Texas contra Machado y su socia Debra Mercer-Erwin. Días después, La Nación publicó registros oficiales del Bank of America que ubicó el giro del 22 de enero de 2020, por doscientos mil dólares, desde Wright Brothers Aircraft Title Inc. hacia una cuenta vinculada a Espert.

La transferencia incluyó una anotación en la que figuraba la patente de uno de los aviones de Machado que Espert había usado en su campaña. ¿Por qué un pago por asesoramiento a una minera tenía como referencia ese avión? Según el juez, el ex diputado tampoco explicó esto en su descargo.

El expediente en Texas también siguió avanzando. En agosto, el juez federal de Texas, Amos Mazzant, aceptó la declaración de culpabilidad de Machado por conspiración para cometer lavado de dinero y fraude electrónico. Cuando Espert presentó su descargo, el empresario ya había reconocido esos delitos ante la justicia estadounidense.

"Insumos discursivos"

Cuando la transferencia salió a la luz, Espert publicó un video para justificarse. Dijo que Machado le había contado que una “empresa minera vinculada a él” necesitaba un economista. Habló de una reunión, de un adelanto, de una condición que él mismo había puesto. “Nada que esconder” aclaró. Dos días después, en una entrevista radial agregó que “la empresa era de Fred Machado” y dijo que había firmado el contrato con él. Consultado por la detención respondió que quedó “shockeado” y “entró en pánico”. La justicia encontró la copia física del contrato en un allanamiento en la casa donde Machado esperaba la extradición y una versión digital del mismo documento entre los archivos del contador de Espert.

El requerimiento fiscal ordena esas explicaciones como una serie de versiones que se acumulan. Que el depósito había sido diferido aunque el contrato preveía otra cosa. Que en un holding una empresa puede pagar por otra. Que el origen de los fondos debía controlarlo el banco receptor en Estados Unidos. Que la pandemia frustró los viajes y el cumplimiento del trabajo. Ninguna resolvía la pregunta inicial. ¿Por qué una empresa del entramado de Machado le giró doscientos mil dólares a una cuenta que después no apareció en sus declaraciones juradas?

En los dispositivos también aparecieron otros archivos digitales que funcionaban como una reedición de las alternativas de 2021, pero con una diferencia. Ya no se trataba de decidir si mostrar o no mostrar. Ahora había que explicar por qué durante años no se había mostrado. Así nombraron los contadores de Espert a los documentos en los que ofrecían nuevas explicaciones:

“Esquema Contrato Minas del Pueblo.pdf”

“Evaluación de Riesgos Penales por Lavado de Dinero en la Situación del Cliente.docx”

“Rectificativas de impuesto a las ganancias.docx”

“JLE-Flujo de fondos Banco Exterior.pdf”

Otro de esos documentos se llamaba “250930_TemaFM.docx”. Era un “insumo discursivo” para entrevistas periodísticas ante la posible pregunta sobre por qué no se declaró la transferencia en 2020:

“a) por un tema de “pánico impositivo” y los daños que estos hechos podrían generar en la figura de JLE

b) JLE ya era candidato y era conocido su enfrentamiento con el Kircherismo

c) Frente a la AFIP estaba Mercedez Marcó del Pont, funcionaria del Gobierno de Alberto Fernandez y fuertemente alineada a Cristina Fernandez de Kirchner.

d) Hay ejemplos de sobra de como el Kirchnerismo no respetaba las Instituciones

e) Por ello lo que se busco en no declarar la cuenta al 2020 fue evitar que a través de la AFIP se den a conocer hechos de una forma distorsionada como finalmente está sucediendo actualmente porque explicar eso significaria que JLE quedara afuera de su carrera politica en el 2021, lo mismo que sucedió ahora. Finalmente esto sucedió porque el kirchnerismo accedió a información privilegiada del expediente en Texas”.

El lenguaje ya le resultaba familiar. El 5 de junio de 2025, tres meses antes de que se conociera la transferencia, Espert había presentado en Casa Rosada el proyecto del Poder Ejecutivo sobre Inocencia Fiscal. Como presidente de la Comisión de Presupuesto habló entonces de abandonar el “régimen persecutorio” de la ex AFIP y de permitir que quien hubiera ahorrado pudiera “formalizar ese ahorro sin que lo persiga el fisco”. Cuando meses después sus asesores escribieron “pánico impositivo”, la persecución fiscal ya formaba parte del vocabulario público de Espert.

En agosto de este año, Diputados le dio media sanción a Inocencia Fiscal II, la reforma con la que el Gobierno buscó facilitar la formalización de ahorros que permanecieron fuera del sistema. El texto aprobado permite que los funcionarios utilicen la declaración simplificada, pero los deja afuera de sus principales beneficios entre ellos la presunción de exactitud y la liberación de fiscalizaciones. La restricción alcanza también a quienes fueron legisladores durante los últimos cinco años.

“Quien lava fracciona, usa testaferros y esconde su nombre”, escribiría Espert luego en su descargo. La descripción legal del lavado en la Argentina es más amplia. El Código Penal contempla transferir, administrar, adquirir o poner en circulación bienes provenientes de un ilícito cuando pueden adquirir apariencia lícita. 

Al mismo tiempo, Espert encabezaba la lista de diputados de La Libertad Avanza en la provincia de Buenos Aires. Cuando el escándalo escaló lo suficiente, decidió bajarse. Lo hizo a tres semanas de las elecciones. El oficialismo lo reemplazó con Diego Santilli y pidió reimprimir las boletas. Por decisión de la justicia electoral, el nombre y la cara de Espert quedaron impresos. La Cámara Nacional Electoral consideró inviable la reimpresión en los plazos disponibles. Santilli, buen soldado de emergencias, meses después volvería a ser reemplazante. Esta vez, de Manuel Adorni en la Jefatura de Gabinete.

El 27 de octubre de 2025, una vez iniciada la causa que lo investiga por lavado de dinero, Espert extrajo ochenta mil dólares de su cuenta. Meses antes, su esposa se había sumado a un fideicomiso llamado Costa Dunas situado en el km 378 de la Ruta 11 a 2 km de la entrada principal de Costa Esmeralda. Según la documentación incorporada a la causa, pagó un anticipo de 55.501 dólares y después más de cincuenta millones de pesos en siete cuotas. La fiscalía incluyó esa operación en su hipótesis. En cambio, el juez, no consideró acreditado que la seña proviniera del dinero de Machado. Tampoco dio por probado ese origen para la parte en pesos del Lexus.

Increíble

En el descargo que Espert presentó ante la justicia cuando todas las sospechas ya eran públicas argumentó que nadie lava dinero a cara descubierta con su propia cuenta, en su propio banco y con contratos a su nombre. “No pido que me crean. Sólo que me lean”. El juez lo leyó pero hasta ahora no le creyó. 

Este mes, la Cámara Federal de San Martín rechazó sus cuestionamientos a la investigación. Días después llegó el procesamiento. 

“La verdad está escrita en los documentos. Y los documentos no militan ni operan”, escribió al terminar aquel hilo de Twitter. Quería mostrarlo. Quería que lo leyeran. Lo publicó en sus redes sociales. Pero era tarde. Lo que demuestran los documentos es el ocultamiento. Todo lo que Espert presentó hace apenas dos meses tuvo que investigarlo la justicia durante años, precisamente porque el ex diputado no lo había mostrado. Los contadores le habían ofrecido cinco años antes varias alternativas para declarar los doscientos mil dólares y la cuenta bancaria estadounidense. Todavía podía elegir qué mostrar. Eligió no mostrar nada. 

Operación memoria

 


La masacre de 1956 y el oprobio del doctor Sebastián Soler

 

El Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional N° 2 de San Martín, provincia de Buenos Aires, dictó el 22 de junio –los fundamentos se publicaron el 16 de julio– el veredicto que establece como verdad judicialmente comprobada la responsabilidad del Estado argentino por los fusilamientos del 10 de junio de 1956 en los basurales de José León Suárez, tal como en aquel momento lo había descubierto la investigación de Enriqueta Muñiz y Rodolfo Walsh, publicada por Walsh primero como notas sucesivas en la revista Mayoría y luego como el libro fundacional de la no ficción, Operación Masacre [1].

La sentencia concluye un juicio por el derecho a la verdad promovido por la Comisión por Memoria, Verdad y Justicia de General San Martín junto a familiares de las víctimas de la masacre. Con producción de pruebas múltiples y claras se ha determinado judicialmente la veracidad de los hechos magistralmente narrados en Operación Masacre. La dictadura del teniente general Pedro Eugenio Aramburu y del almirante Isaac Francisco Rojas, con el aparato de la SIDE a cargo del general Quaranta, valiéndose de la policía bonaerense conducida por el teniente coronel Fernández Suárez, planificó, ejecutó y encubrió el secuestro de doce personas en la última hora del 9 de junio de 1956 por considerarlos opositores sublevados. El propio Fernández Suárez, como jefe de la policía bonaerense, condujo a gritos y culatazos el allanamiento ilegal de dos viviendas contiguas en la localidad de Florida, partido de Vicente López, al grito de: “¿Dónde está Tanco?”. Resultó falso que allí se escondiera el general constitucionalista Raúl Tanco, quien resistía la dictadura de Aramburu, pero ello no mejoró la situación de los secuestrados. Horas más tardes fueron conducidos a los basurales de José León Suárez para ser fusilados en un operativo comandado por el inspector mayor Rodolfo Rodríguez Moreno, consumando el homicidio alevoso contra cinco de los perseguidos –Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez, Carlos Lizaso y Mario Brión– y tentando el homicidio de los otros siete –Juan Carlos Livraga, Miguel Ángel Giunta, Horacio di Chiano, Norberto Gavino, Julio Troxler, Reinaldo Benavídez y Rogelio Díaz–, quienes lograron sobrevivir. El fallo califica los actos como delitos de lesa humanidad, merecedores de pena de prisión perpetua de no haberse dejado impunes a quienes los perpetraron, imponiendo distintas medidas reparatorias a cargo del Estado nacional y de la Provincia de Buenos Aires. También se ordena la inscripción de la condena en los legajos de los militares y policías considerados autores de los delitos, al tiempo que se rehabilita el buen nombre y honor de las doce víctimas de los crímenes dictatoriales.

Este pronunciamiento constituye un nuevo triunfo del país al que se ha buscado mantener al margen de la ley y que nos permite volver a debatir cómo ha operado el campo jurídico en las prácticas de terrorismo de Estado, cuál ha sido el rol de los grandes maestros del pensamiento jurídico argentino en las dictaduras cívico-militares y frente a sus multiplicados crímenes de persecución política, cuál es la relación del discurso jurídico con la verdad de los principales acontecimientos de nuestra historia y con las disputas entre defensores de la impunidad y del olvido frente a quienes no dejan de tener presentes a les muertes y desaparecides por los perseguidores genocidas de las luchas populares.

 

Sebastián Soler, al servicio de los fusiladores

Juan Carlos Livraga fue uno de los secuestrados el 9 de junio de 1956 en las viviendas de Hipólito Yrigoyen 4519 de la localidad de Florida, partido de Vicente López. A diferencia de los demás, no conocía del esperado levantamiento de los generales Valle y Tanco contra la dictadura cívico-militar de Aramburu y Rojas, en defensa de “la soberanía popular, esencia de nuestras instituciones democráticas, y [para] arrancar a la Nación del caos y la anarquía a que ha sido llevada por una minoría despótica encaramada y sostenida por el terror y la violencia en el poder” (proclama de Valle y Tanco).

Con 96 años de edad, Livraga hizo llegar por escrito su testimonio para el juicio desarrollado este año. Lo remitió desde California, donde vive hace varias décadas luego de tener que exiliarse ante incesantes persecuciones y hostigamientos. Cuenta Livraga que aquel día, luego de terminar su jornada de trabajo como chofer de colectivo, fue invitado por su amigo Vicente Rodríguez para escuchar la trasmisión del combate de box entre Eduardo Lausse y Humberto Loayza, mientras hacía tiempo para ir a un baile donde se había citado con una joven. Horas más tardes, Vicente Rodríguez fue asesinado en los basurales de León Suárez por múltiples disparos mientras insultaba a sus asesinos. Livraga quedó con la cara destrozada por los disparos que le hicieron cuando creyeron haberlo rematado. Es el “fusilado que vive” del que supieron Walsh y Muñiz para decidirse a emprender la investigación que cambiaría la vida política de ella, de él, de las víctimas, de sus familias, de sus perseguidores y de la sociedad argentina.

 

Kirchner sentó a Livraga en el sillón de Rivadavia: el poder de los símbolos.

 

En el testimonio de este año, Livraga reitera lo que ya expuso en su denuncia ante los tribunales argentinos el 14 de diciembre de 1956, apoyado por Rodolfo Walsh y Enriqueta Muñiz. La denuncia tomó estado público al publicarse el 23 de diciembre en el semanario Propósitos que dirigía Leónidas Barletta. El juez platense Belisario Hueyo adoptó medidas probatorias rápidas y bien encaminadas. Allí, el inspector mayor Rodolfo Rodríguez Moreno, quien había conducido el comando de fusilamiento, reconoció que había recibido órdenes de ejecutar a los doce secuestrados en una comunicación directa por parte del teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, el jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires designado por la dictadura libertadora. No fue la única vez que un miembro de la familia Fernández Suárez se embandera en el proyecto de hacer vivir la libertad a pura persecución de las identidades políticas populares. Leandro Fernández Suarez, nieto del fusilador de militantes peronistas, se ha ganado la confianza de Karina Milei y ha sido designado a principios de este año como embajador en México por decreto de quien ejerce formalmente la presidencia, el hermano de Karina, Javier Milei.

Las pruebas obtenidas por Hueyo justificaban el enjuiciamiento de los militares y policías fusiladores, pero el expediente se puso en manos del prestigioso Procurador General de la Nación designado por la dictadura libertadora, el doctor Sebastián Soler. Antes y después de este paso por la alta magistratura dictatorial, Soler consolidó un rol magisterial en la doctrina penal argentina que, sorprendentemente, aún se le otorga. La concepción del derecho expuesta de manera teórica por Soler es la de una estructura precisa al servicio de la protección de la libertad y la seguridad jurídica, donde los operadores jurídicos se encuentran limitados desde arriba por las exigencias de la Constitución y desde abajo por la cosa juzgada (Soler, 1962). Pero el mayor y real aporte a las prácticas punitivas de nuestro país no es presentado en sus libros. La tarea asumida por Soler al dictaminar sobre el expediente “Livraga” fue asegurar la impunidad de los fusiladores dictatoriales alentando la defensa de la libertad con acciones de terrorismo de Estado contra militantes populares. En esa trayectoria de defender la libertad como jurista activo de las dictaduras, Sebastián Soler conducirá la comisión de expertos designada por la última dictadura cívico-militar que en 1979 le presenta un proyecto de nuevo Código Penal al general Jorge Rafael Videla, tomándose algunas licencias sobre la limitación desde arriba de lo jurídicamente posible según la Constitución.

Soler dictamina en “Livraga” que el 9 de junio de 1956, el día de los secuestros que derivarán en los fusilamientos, “las fuerzas policiales actuaron con subordinación a las disposiciones y autoridades de carácter militar”, suponiendo que cuando iniciaron los delitos contra los doce secuestrados ya regía la ley marcial, que en realidad iniciaría su promulgación al día siguiente, como establecieron Walsh y Muñiz con pruebas incontrastables. La falacia presentada por Soler pretende fundar su dictamen a favor de la competencia de la justicia militar para juzgar los hechos denunciados, sabedor de que eso blindaría a los fusiladores con una sólida impunidad. La Corte Suprema designada por la dictadura de Aramburu-Rojas, también integrada por reconocidos doctrinarios como Alfredo Orgaz y Benjamín Villegas Basavilbaso, adoptará la recomendación de Soler y así el tribunal militar completará la tarea sobreseyendo a los fusiladores.

 

Escritor revolucionario y jurista corta cabezas

En Operación Masacre, Walsh denuncia tanto la falsedad contenida en la maniobra de Soler, ya que la ley marcial no pudo entrar a regir sino a partir del 10 de junio, como la puerilidad de su argumento. “Dije en la primera edición de este libro –sin que a nadie se le ocurriera querellarme por desacato– que el dictamen del procurador y el fallo de la Corte eran una siniestra corrupción de la norma jurídica” (Walsh, 1972: 129). Según el razonamiento de Soler y de los otros célebres magistrados de la Corte Suprema dictatorial, bastaría también la puesta en vigencia de la ley marcial para que un jefe de policía tenga una autoridad ilimitada sobre todas las personas a las que tiene privadas de libertad. “Este señor, entonces, puede asesinar a todos los presos confiados a su custodia, y luego –si la cuestión llega a plantearse– ser ‘juzgado’ por un tribunal militar, es decir, por sus colegas y camaradas, embarcados en su misma facción y acaso culpables de similares hazañas… Quiero que se me diga qué diferencia hay entre esta concepción de la justicia y la que produjo las cámaras de gas del nazismo”, escribirá Walsh.

Una respuesta de Soler puede quizá encontrarse en la segunda edición actualizada de Ley, historia y libertad que publica en 1957, donde incluye un apartado que alude a la violencia que es necesario ejecutar para no dejar indefensa a la democracia. En el precario argumento filosófico que allí esboza, identifica el rol de quienes serían los guardianes del Estado liberal habilitados para dar muerte a quienes puedan calificar como revolucionarios opuestos a la Constitución liberal. Siempre los “revolucionarios han sabido que en su fracaso estaba comprometida su cabeza” (Soler, 1957: 189). Los nuevos teóricos del Estado liberal deben evitar incurrir en la ingenuidad de reconocerle garantías constitucionales a quienes se alcen contra la Constitución, “de manera que no alienten con sus teorías a los rebeldes, y estos sepan que también esa forma política se sabe defender, y que para destruirla es preciso también exponer la cabeza” (190). Manifestación del pensamiento legitimador de la clase que Walsh retrata en el epílogo a la tercera edición de Operación Masacre en 1969: “…oligarquía dominante frente a los argentinos, y dominada frente al extranjero. Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos” (Walsh, 1973: 175).

Un abismo separa las formas de vivir entre el mandarín del derecho penal liberal y el tenaz escritor. “Uno de los secretos de la gran literatura que creó Rodolfo J. Walsh es que apostó su vida en cada palabra y no redondeó una idea que no llevara luego a la práctica” (Verbitsky, 1984). Los testimonios y memorias que aportó Walsh en Operación Masacre pervivieron y se multiplicaron a través de décadas y generaciones en lecturas, debates, reediciones, consignas, películas, protestas y recordatorios. La suma de logros populares en contra del derecho modelado por Soler, es decir, la construcción de un derecho argentino opuesto a las prácticas genocidas, ha posibilitado que los tribunales argentinos se pronunciaran del modo en que durante setenta años evitaron. Los defendidos de Soler cometieron homicidios alevosos de lesa humanidad. Ese accionar en defensa de la libertad queda expuesto en toda su perversidad y cobardía.

 

Bibliografía

  • Muñiz, Enriqueta, 2019, Historia de una investigación. Operación Masacre, de Rodolfo Walsh: una revolución de periodismo (y amor), Planeta, Buenos Aires, Planeta, 2019.
  • Soler, Sebastián, 1957, Ley, historia y libertad, 2da. ed. actualizada, Abeledo Perrot, Buenos Aires.
  • Soler, Sebastián, 1962, La interpretación de la ley, Ariel, Barcelona.
  • Verbitsky, Horacio, 1984, “El Facundo de Walsh”, en El Periodista de Buenos Aires, N° 2.
  • Walsh, (1973), Operación masacre, 4ta. ed., Ed. de la Flor y E. Sol 90, Buenos Aires, 2001.

 

* El artículo reproduce fragmentos extraídos de la conferencia brindada el 16 de octubre como cierre de las XL Jornadas Argentinas de Filosofía Jurídica y Social: Derecho y Democracia. A 50 años de la ruptura del orden constitucional.
** Agradezco las informaciones y aportes de Carlos Palacio, abogado querellante en este juicio histórico, representando a familiares de las víctimas y a la Comisión por Memoria, Verdad y Justicia de General San Martín.

 

[1] Los registros de Enriqueta Muñiz sobre la investigación que compartió con Walsh se publicaron en 2019: Historia de una investigación. Operación Masacre, de Rodolfo Walsh: una revolución de periodismo (y amor), Planeta.

 

A todo o nada

 

Sobre el potencial transformador de las músicas populares



 

Decidí echar un vistazo al documental sobre Frank Sinatra que apareció en Netflix porque, a pesar de no considerarme un fan, le tengo cariño por carácter transitivo. Sinatra era el ídolo musical de mi madre, desde su adolescencia. Ella perteneció a la generación de las llamadas bobby soxers —en referencia a los calcetines cortos y blancos que usaban—, las teenagers que conformaron el primer público masivo del pop mundial, consagrado a delirar por el entonces flaquísimo, casi esquelético Frank. (Porque antes de que existiese la Beatlemanía, existió la Sinatramanía.)

Esta filiación me condenó a absorber sus canciones durante mi infancia (debo haber escuchado el dubi dubi du de Strangers In The Night más veces que mi propio nombre) y a registrar la fascinación que mi madre sentía por películas como De aquí a la eternidad (1953) —que le valió a don Frank un Oscar, como actor de reparto— y Alta sociedad (1956). Nunca vi Alta sociedad, porque el trío Sinatra-Bing Crosby-Grace Kelly no me inspira mucho, pero quizás la vea algún día para sentirme cerca de mi madre, que murió hace casi 40 años. Pero sí vi De aquí a la eternidad —me divirtió descubrir, a través de una foto que enseña el documental, que Sinatra leyó la misma edición de la novela original de James Jones que yo heredé de mi vieja—, y me pareció un peliculón. Para mi madre venía con el plus de incluir a dos de sus amores, porque su otro ídolo era el actor Montgomery Clift. (De quien conservaba una foto dentro de su mesa de luz, como otra gente guarda estampitas.)

 

 

Tan pronto me metí en el documental, descubrí que no era una película convencional sino un relato en dos partes y que, además, lo había dirigido Alex Gibney. ¿Y quién es Gibney? El responsable del documental sobre Elon Musk que ese sátrapa y sus tecno-amigotes quieren boicotear. (En estos días se supo que Musk invirtió ya mil millones de dólares en Skydance, la mega-compañía que fusionó a la Warner y la Paramount. Lo cual confirma los temores que expresé la semana pasada, cuando dije que HBO, que financió el documental y ahora forma parte de Skydance, podía enterrar el film para que nadie lo viese.) El dato terminó de atraparme, porque Gibney es una garantía como director, y en un par de días me zampé las cuatro horas del relato.

El film se llama Sinatra: All or Nothing at All (Todo o nada, en referencia a uno de sus primeros éxitos), y está muy bien. No es nuevo, sino del año 2015, pero yo no supe de su existencia hasta ahora. Fue realizado con la anuencia de la familia —hablan allí sus hijos y su primera mujer, y amigos como Tony Bennett—, pero no es hagiográfico ni evade sus costados más oscuros: la relación con la mafia, el carácter podrido (la sangre tana no es agua), la tendencia a abusar del poder que había acumulado. Mucho de lo que narra ya lo sabía, pero también descubrí cosas que disfruté de aprender. Como el hecho de que el raquítico Sinatra de los primeros años había sido, al nacer, un bebé de seis kilos, que arrancaron del vientre de su madre Dolly con herramientas más dignas de taller mecánico que de sala de parto. A consecuencia del trance, no sorprende que los Sinatra se hayan contentado con ese hijo único.

 

Sinatra, bardero desde pibe.

 

Uno de los méritos del documental es que respeta la complejidad del personaje. Sinatra era un pibe que venía del barro. Porque eso era Hoboken, New Jersey, a comienzos del siglo pasado: un suburbio en la margen proletaria del río Hudson, que se llenó de tanos, irlandeses y judíos después de la Primera Guerra. El matrimonio de sus padres suponía en sí mismo una tensa alianza, entre el sur pobre de la península —Saverio Sinatra era de Bracaccio, Sicilia— y las pretensiones del norte —Dolly era genovesa, de Lumarzo. Dado que su madre era una fuerza de la naturaleza, Frank no padeció necesidades. (Ella era comadrona, ocasional abortera, puntera de los Demócratas y regenteaba el bar donde su hijo empezó a cantar de niño, sobre el sonido mecánico de una pianola.) Pero aún así, Sinatra pertenecía a una minoría. Esto condicionaba cualquier carrera que quisiese intentar —salvo la de mafioso, obvio—, porque lo obligaba a arrancar bien de atrás, a lo Colapinto. Lo cual torna más meritoria su consagración como el cantante más popular del siglo XX. Vaya si le sacó partido a su voz meliflua y sus ojos azules.

Fue un tipo que no dudó en usar su popularidad para llevar agua al molino de las causas que creía justas. Puso el cuerpo —es decir: se expuso— por ellas: desde apoyar a Roosevelt y más tarde a Kennedy, a oponerse a la segregación que sufría la minoría negra. También es cierto que con el tiempo se volvió conservador, y pasó de ser el tipo más cool del mundo —como recuerda el documental, las mujeres lo amaban y los tipos querían ser como él— a convertirse en un anacronismo viviente. Jubilado antes de tiempo por la cultura rock y el fenómeno Beatle, se dedicó a grabar versiones de canciones pop a las que masacraba sin darse cuenta. (Lo que hizo con Mrs. Robinson, de Simon & Garfunkel, vale como precursor de lo que hoy los pibes llaman cringe — da vergüenza ajena.)

 

 

El documental de Gibney me dejó pensando en la naturaleza del arte popular. El film se toma el trabajo de reconstruir el contexto del que surge Sinatra: los Estados Unidos de la Gran Depresión, donde la guita escaseaba, las jerarquías sociales eran asfixiantes y había que deslomarse para llegar al 20 de mes. (La devoción por Roosevelt se debía a que el Presidente del New Deal rescató a las masas del fondo de la olla, como tiempo más tarde hizo aquí Ya-Saben-Quién.) Pero esa misma situación dio pie a expresiones artísticas muy distintas. Estaban los cronistas de la desazón: escritores como el Steinbeck de Viñas de ira (1939) y músicos del blues y el folk, como Blind Willie Johnson y Memphis Minnie. Pero lo popular de verdad era el arte escapista, el entretenimiento que te arrancaba de la realidad para transportarte a un mundo de fantasía, donde todo estaba bien. Para eso existían usinas de sueños como Hollywood —los musicales más fastuosos datan de esa era— y Tin Pan Alley, el movimiento de compositores con sede en Manhattan del que salían casi todas las canciones que inundaban las radios. Existía una disociación fenomenal entre el sonido de la época y la realidad de la época: uno era un diamante, el otro un trozo de tosco carbón.

Si bien es cierto que la influencia de Tin Pan Alley empezó a menguar durante la Depresión, es innegable que la música de Sinatra procede de ese molde. Hablamos de canciones ocurrentes o románticas, que no hablan de otra cosa que de la subjetividad sentimental de quien las canta y las consume. No hay realidad objetiva en esas grabaciones, no hay mundo real. Sólo estados de ánimo: exultancia, enamoramiento, melancolía.

 

 

 

Recuerdo la distinción que hacía mi tía China —que no era china ni se llamaba China, pero le decían así—, a la hora de discriminar qué quería ver en el cine o qué disco escuchar: Para amarguras, decía, ya está la vida. La gran industria del espectáculo de los Estados Unidos procedía de un modo similar. Entendía que la gran mayoría del público potencial necesitaba escapar de su circunstancia, proyectarse a un mundo mejor, o al menos a un mood mejor, durante los tres minutos de la canción o la hora y media del film. La obra artística no debía ser creadora de conciencia o lucidez alguna, no debía ser espejo de la realidad circundante, sino apenas sublimación. Huida de lo material a lo gaseoso, exaltación a un grado superior de la existencia — sin importar lo improbable que fuese el acceso a ese nuevo plano.

 

 

 

Ven a volar conmigo

Sinatra parece haber tenido una intuición profunda respecto del modo en que sus canciones operaban sobre el oyente. Siempre creí que Los Beatles habían sido los responsables de la consagración del formato long play, disco grande de vinilo, como obra total; no ya una colección de singles exitosos y material de relleno para completar, sino un formato expresivo en sí mismo, que empieza, se desarrolla y termina, constituyendo una experiencia narrativa tan deliberada como única. Pero no había advertido que Sinatra merece ser reconocido como pionero en esa materia.

 

 

 

Según dice John Lahr, crítico del New Yorker, a partir de los años ’50, cuando la tecnología concibió el disco de 12 pulgadas que bautizaron long play —porque permitía incluir hasta 16 canciones de duración convencional—, Sinatra empezó a usar las canciones “de forma novelística, convirtiendo cada track en una especie de capítulo, que construía y contrapunteaba estados de ánimo para iluminar un tema más grande”. En el libro Sinatra in Hollywood (2008), Tom Santopietro sostiene que “cada nuevo LP era una obra maestra de un tipo u otro, ya se tratase de temas uptempo [rítmicos, movidos], balada sentimental [torch song] o swing. Canción tras canción, esos brillantes álbumes conceptuales redefinieron la naturaleza del arte vocal en el pop”.

 

Ava Gardner y Frank Sinatra, cuando todavía sonreían.

 

A mi entender —más impresionista que académico, en este asunto—, el mejor Sinatra es aquel de su madurez en el punto justo, cuando el divorcio de Ava Gardner inspiró una amargura que se coló en su voz, dotándola de una gravitas —dignidad, sentimiento— que antes no estaba ahí. La experiencia le confirió una autoridad que lo empujó hacia su registro más grave, y en un volumen que no necesitaba elevar por encima del susurro. Las canciones que suenan como si hubiesen sido grabadas de noche, en un estudio en penumbras: esas son las que más me gustan. Cosas como In The Wee Small Hours (1955), I’m A Fool to Want You (1957) y A Very Good Year (1965). Consecuentemente, huyo de aquellas donde se muestra estentóreo —como My Way— o donde parece que le daría igual estar cantando una página de la guía telefónica, como lo hace cuando destroza Both Sides Now de Joni Mitchell o New York, New York de Kander y Ebb.

Pero en ningún momento —ni cuando le sale de maravillas, ni cuando erra el vizcachazo— deja Sinatra de usar la canción a lo Sinatra, de crear con su voz un espacio que se recorta y aparta del mundo real y sólo concierne a lo que ocurre en esa región enrarecida del alma que habría que llamar Sinatralandia. Lo cual explica su perdurable atractivo entre el público. Es casi inevitable escuchar sus mejores canciones y sentirse transportado a un bar nocturno, donde uno fuma y estira un whisky bajo el ala de un sombrero fedora. Es casi un experimento narrativo. Exponerse a sus mejores canciones te sinatriza, te convierte en personaje de una fantasía sinatriana, donde todos los tipos somos cool y todas las minas son semidiosas crueles.

 

 

 

Se entiende, entonces, uno de los porqués de su popularidad. Además de la calidad intrínseca de sus producciones, Sinatra cantaba canciones que te colocaban en otro lugar del alma, aun cuando hablasen de emociones reales. Por eso saltaban casi todas las barreras: les gustaban a republicanos y a demócratas, a hombres y a mujeres, a jovencitas y a gente de edad provecta. Parafraseando a Micki Vainilla, sin la (sobre)carga ideológica: hacía pop para divertirse, para emocionar y proporcionar un buen rato — era lo que suele llamarse un entertainer, dicho esto con el mayor de los respetos.

La capacidad de entretener y seducir es esencial al arte popular. Si no disponés de ese talento, nunca dejarás de ser un artista de culto o de minorías. Pero eso no significa que el arte popular deba limitarse a producir obras seductoras y entretenidas y nada más. Si así fuese, su corpus sería infinitamente menos rico de lo que es. Al menos para mí, lo más relevante del arte popular se da cuando alguien crea una obra que por supuesto te engancha por su forma —te convoca, te excita, te enamora—, pero además proporciona otro tipo de estímulos: deslumbra intelectualmente, inquieta, desafía.

 

 

En sus comienzos, Los Beatles aggiornaron la fórmula del pop. Parecían diferentes a los artistas de décadas previas, porque eran cuatro pelilargos en formato de banda eléctrica, o sea: nada de trajes serios, orquestas y bronces. Pero tampoco se diferenciaban tanto. Hacían canciones pegadizas, de ritmo infeccioso, con letras sencillas que hablaban de amor, sólo que concebidas para la sensibilidad de otra generación, la de los hijos de las bobby soxers como mi madre. Canciones como If I Fell e In My Life, de sus primeros álbumes, podrían haber sido versionadas por Sinatra sin grandes alteraciones.

Recién a mediados de los ’60 rompieron con la fórmula y empezaron a experimentar, tanto musical como letrísticamente. No sé cómo lo hicieron, pero lograron que su vasto público internacional los acompañase en la aventura creativa, aun cuando se internaban en terrenos que la música popular no había hollado nunca: sonidos experimentales, collages, canciones de duración inusitada, pequeñas suites eléctricas, versos surrealistas, confesiones descarnadas (Yer Blues, de Lennon en el álbum blanco, es el pedido de ayuda de alguien al filo del suicidio.)

 

 

 

El salto cualitativo que propusieron Lennon & McCartney tuvo que ver con el hecho de que, además de intérpretes, eran los autores de sus propias canciones. Mientras que Sinatra era sólo un intérprete. Cuando uno es apenas el cantante, por más que cuente con todos los compositores del mundo a su disposición, sólo podrá elegir entre lo que hay y le ofrecen. No puede optar por una canción que todavía no existe, desde que la industria se limita a recrear los formatos probados y establecidos. Y tampoco puede pedir que hagan para él una canción que suene como ninguna otra y que hable de cosas que las letras no habían abordado antes. Una búsqueda semejante tiende a ser personal, no por encargo. Y el rock podía ser permisivo en materia de calidad interpretativa: no demandaba que tocases o cantases como un dios, sí o sí, a diferencia de la música pop tradicional, que ni muerta te ponía a un Milei o una Wanda Nara a cantar al frente de una orquesta. Pero, al mismo tiempo, el rock concedía toda la libertad del mundo en materia creativa. Y los mejores artistas que surgieron de su seno hicieron buen uso de esa oportunidad.

No estoy planteando esto para sugerir que Los Beatles fueron mejores que Sinatra, no. Hablamos de peras y manzanas, a cada uno le gusta lo que le gusta y está bien que así sea. Lo que intento señalar es que el cambio en las condiciones de producción —lo que va de una creación musical standarizada, profesionalizada, a una más libre y democrática, que alentaba la experimentación— cambió también la naturaleza de lo que consideramos música popular.

 

Con Dean Martin y Sammy Davis Jr., en la era Rat Pack, después de un homenaje a Martin Luther King.

 

 

 

Buenas y malas noticias

Cuando Sinatra estaba en su apogeo, todas las radios comerciales (las de los Estados Unidos, al menos) pasaban canciones que sonaban parecidas y hablaban siempre de los mismos, limitados tópicos. A partir de Los Beatles, muchas radios empezaron a emitir sonidos impensados, capaces de confundir al desprevenido, convenciéndolo de que había sintonizado una señal de otro planeta. Y esas canciones ya no hablaban tan sólo de la chica soñada, de lo que se sentía cuando la conquistabas y lo que dolía perderla. Hablaban de revoluciones, de recaudadores de impuestos, del fin del mundo, de dealers y experiencias alucinógenas, de la locura, de cómo se siente uno cuando está muerto. Y esas canciones empezaron a ocupar en los rankings de venta el mismo lugar triunfal que quince años antes ocupaban cosas como Canto de guerra hawaiano de Spike Jones y Ain’t Nobody Here But Us Chickens de Louis Jordan & His Tympany Five.

En nuestro país, la libertad que ofrecía el rock se combinó con las libertades que ya se había permitido el tango para alumbrar un fenómeno como el del Indio. Porque aunque el cliché pretende que el tango se limitaba a penar por la madre muerta y la percanta que te había amurado, también se había dado el lujo de hablar de muchas otras cosas: así como produjo poesía de verdad, describió realidades crueles y denunció injusticias. (El Indio solía recordar cuánto lo marcó el tango Ladrillo, de Caruso y Filiberto: “En la penitenciaría / Ladrillo llora sus penas / Cumpliendo injusta condena / Aunque mató en buena ley”. De Ladrillo a Pabellón Séptimo hay apenas un paso, más formal que temático.) El tango había nacido en la marginalidad, entre la noche, el sexo, el alcohol y la droga, como el rock. Eso lo comprometió a ofrecer algo más que el escapismo y la sublimación estética que caracterizaron al grueso de la música comercial (ergo, blanca) de los Estados Unidos, durante la primera mitad del siglo XX. Por esa razón —el folklore también aportó lo suyo, por cierto—, nuestro pueblo estaba habituado a que la música popular no fuese tan sólo cursilería, ritmo bailable o melodías pegadizas como un jingle.

 

Con su gran amigo John F. Kennedy.

 

Ya sea con Los Redondos o con Los Fundamentalistas, el Indio elevó a la categoría de standards de la música popular argentina a canciones que se resistían a ser categorizadas en términos estilísticos (porque, a pesar de la instrumentación propia del rock, proponían melodías y arreglos con perfume a otras músicas: populares, cultas y hasta experimentales); a la vez que desarrollaban una poética personal, donde se mezclaban el lunfardo y el argot carcelario con el lenguaje de la ciencia-ficción, para practicar tanto la picaresca como el melodrama y la provocación política. De algún modo, la obra del Indio es la versión musical de lo que representó la Editorial Minotauro, que a partir del ’55 difundió en la Argentina literatura de vanguardia y experimental, bajo el ropaje tranquilizador de la fantasía y la ciencia-ficción. (Intuyo que esta analogía le habría gustado mucho, a Solari. Lamento que no se me haya ocurrido antes.)

Tengo muy presente el balance que el Indio buscaba permanentemente en su producción. Cuando mostraba los bocetos de sus canciones nuevas —y esto ocurría todo el tiempo, porque componía sin cesar—, yo tendía a engancharme con los materiales que sonaban más melodiosos y aventureros, a los que, en consecuencia, elogiaba con ganas. Al Indio le complacían también, pero insistía en alternar esas canciones con aquellas otras a las que llamaba “los rocanroles”: los números más fuertes, más rítmicos. ¿Y por qué? Porque entendía que formaban parte del ida y vuelta que había creado con el público que, a su vez, lo había formado a él. Un poco de joda era necesario —saltar, brillar, una efusión que la vida reclama, a modo de auto-celebración—, para a continuación sumar a la torta algo de otro cariz, más desafiante, y así, a consecuencia de ese proceso de toma y daca constante, ir elevando la vara del disco y del show —y, por arrastre, de la música popular toda.

 

 

 

El documental sobre Sinatra tuvo, a fin de cuentas, un efecto impensado. Empecé disfrutando de las canciones de don Frank y del oficio del director Gibney, y terminé revalorizando nuestra música popular, que siempre ha estado cerca de las pasiones y tribulaciones más hondas de los argentinos.

Estos no son grandes tiempos para la producción musical, ni aquí ni en el norte. El grueso de lo que suena parece cortado con la misma tijera: todo predecible y predigerido, papilla para el oído y la mente, más allá de honrosas excepciones. No recomiendo comparar la calidad de la música popular de hace un siglo con la de hoy, porque puede detonar una consulta psiquiátrica y no hay presupuesto para anti-depresivos. Pero el asunto da para pensar.

Por una parte, da para pensar porque pone en cuestión la relación entre música popular y realidad político-social. Creo que la cosa no pasa por buscar causalidades, porque ahí quedás preso del dilema del huevo y la gallina: ¿será que un tiempo de mierda genera una música de mierda, o es la música de mierda —una cultura chata, o con acento en lo pasatista— la que conduce a un tiempo de mierda, o al menos lo torna factible? Es más complejo que eso, lo tengo claro. Lo que resulta indiscutible es que no se trata de fenómenos aislados. Existe una relación dinámica, creativa, un juego de energías entre ambos. Todos sabemos de tiempos de mierda en los que se han compuesto músicas sublimes. Y por eso mismo, atribuimos a esas músicas un rol en la claudicación del tiempo de mierda, en su caída y finalización. Ahora, ¿qué ocurre cuando coinciden un tiempo de mierda y una música de mierda?

 

 

Eso es lo otro que da para pensar, por lo que sugiere en materia de la degradación de nuestras escuchas. Cuando los graznidos e improperios de gente como Trump y Milei se convierten en leit-motiv de la música del presente, cuando nuestro oído se acostumbra a registrarlos —siempre ahí arriba, carentes de matices y estridentes al mango—, significa que perdemos sensibilidad ante la belleza y, por ende, que corremos el riesgo de habituarnos a la brutalidad. Y eso es tan grave, en materia de la salud de la humanidad, como que te detecten un cáncer.

De todos modos, tengo claro que esta malaria terminará de un modo u otro (aunque por supuesto, preferiría que fuese del modo que incluye un mañana al otro que lo excluye), y que entonces habrá un renacer de todo lo bueno, del que la música, como siempre, formará parte, abriendo un camino nuevo donde parecía no haber nada. Mientras tanto hay que aferrarse a la belleza que ya conocemos como a un salvavidas, hasta que proceda el rescate o demos con tierra firme. Se encuentre donde se encuentre, esa belleza: en obras artísticas, en la gloria de los lazos afectivos y amorosos o en la reivindicación de las viejas y buenas virtudes. (Y en particular de las virtudes públicas, que hoy no aparecen por ningún lado, como el mango que buscaba el viejo Gómez del tango.) Como de costumbre, el Indio ya lo avisó. “Tengo buenas y malas noticias para vos”, dice en Shopping Disco-Zen, “la belleza es lo que te da felicidad”.

Y por eso hay que jugarse por ella, como Sinatra, a todo o nada.