Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, mayo 31, 2026

Como el viento voy a ver


 

SPINETTA: su amor por el sushi y la comida japonesa

 




Foto de familia. Su explicación está en https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10158292961104031&set=a.980035049558574&id=100026562638645

Durante muchos años me pregunté dónde había sido el lugar  donde por primera vez comí sushi. Recordaba que fue circa 1985, en San Telmo, y que nos llevó allí en auto Luis Alberto Spinetta, a mi y a un amigo común. Aunque me creía baqueano respecto a los barrios sures de la ciudad vieja, nunca logré recordar dónde estaba aquel pequeño restorán japonés. Creía recordar que se encontraba en la calle México. Hasta hoy que de pura casualidad recalé en esta vieja nota (de 2010) de Página/12, firmada por un tal  tal José Totah (del que nunca había tenido noticias hasta hoy que veo que también trabajo en La Nación y que se presentaba como experto en  storytelling (1). Parece que no era  en la calle México sino en la cortada San Lorenzo, de dónde era el Pibe Villarino y dónde vivía Nancy Pazos a los 19 años, cuando se inició en el periodismo en la revista El Porteño. Lo pasé muy bien leyendo a Totah, un profesional del chamuyo.

Luis fotografiado por su esposa y madre de sus hijos, Patricia Salazar.

Más tarde, indagando en esa relación entre El Flaco, el sushi y Japón, encontré que Luis también frecuentaba otro restorán japonés en el barrio de Balvanera; que lo hizo hasta que la enfermedad ya no le permitió moverse, y que el cocinero era tan amigo suyo que le llevaba sushi los domingos por la mañana, yq ue esa fue su última comida. El relato del hijo argentino del  sushiman me resultó muy emotivo y lo incluyo abajo de todo.


NO ES EL TíO SAM, ES ITO SAN

Un japonés heavy metal

En San Telmo funciona el restaurante japonés más bizarro de Buenos Aires. Se llama Sukiyaki y su dueño es un anciano nipón –Ito San– que atiende en chancletas, eructa mientras cocina, maltrata a los comensales y escucha compilados de heavy metal. A veces, incluso, lo visita Spinetta.

–¿Hola, señor Ito San?

–Sí, Ito San habla.

–¿Cómo le va? Lo llamamos para hacerle una entrevista por su restaurante.

–No entrevista. Ito San no va a hablar.

–Pero es una nota que va a leer mucha gente, que va a querer conocerlo.

–Usted soberbio, se manda parte y quiere cobrar a Ito San por nota.

–No, Ito, la nota es gratis. ¿Le parece si pasamos esta noche con el fotógrafo?

–No habla para nota no. Pasa no. No pasa.

–Bueno, quedamos así, nos vemos a las 20.30 en su restaurante.

–No pasa (se escucha un teléfono colgado con furia).

Así de malo es el primer contacto con Ito San, dueño del restaurante nipón Sukiyaki, un minúsculo comedero ubicado en Pasaje San Lorenzo 304, en el corazón de San Telmo. Es sólo el comienzo. Y se pone mucho peor: una noche en el salón del japonés más bizarro y antipático de Buenos Aires (un peso pesado, realmente), frecuentado por Luis Alberto Spinetta, Dolores Fonzi y varios rockeros de la escena local.

Hay nervios antes de entrar a Sukiyaki, a punto de entrevistar a un tipo que, con todo derecho, se niega a ser entrevistado. ¿Tirará algo? ¿Tendrá un sable listo para rebanarnos como en las películas de samuráis? Al abrir la puerta del restaurante, la imagen da un poquito de miedo: una decena de mesas en la penumbra, una heladera vieja zumbando contra la pared y un cuadro descascarado del monte Fuji. De fondo suena, en un doble casetera Aiwa, el tema más conocido de Europe (The Final Countdown). Hay un tablón, cuatro sillas junto a la barra y, atrás de ella, un hombrecito japonés que nos observa con cara de pocos amigos: “¿Ustedes periodistas?”, ruge. “Van a comer ahora, pero van a pagar comida.”

Tiene el pelo blanco engominado y habla con un vozarrón que no encaja en ese cuerpito de anciano. No le queda ni un solo diente y, cuando se enoja, frunce tanto la cara que el mentón casi le llega a la punta de la nariz, una contorsión facial digna de un gimnasta ruso. Tose todo el tiempo, eructa, vuelve a toser y mandibulea como si buscara algo (¿sus dientes perdidos?) en el fondo de la boca. Viste camisa con camiseta abajo y unas ojotas con medias. En el fondo del local se ve un colchón, se asume que ésa es la cueva en donde también descansa ese samurái machacado. El personaje tiene un aire punkoso y de reviente metalero, pero en versión oriental. Podría ser perfectamente un jefe de la Yakuza (la mafia nipona) en la Argentina, pero nunca lo sabríamos.

Hay una única mesa iluminada y, para romper el hielo, el cronista pregunta si tiene mozos que lo ayudan en el salón. “Mozos no me gustan son todos peronistas, como Moyano. Hay que terminar con Eva Perón.”

Ito es el hombre más nihilista, más existencialista, más pesimista, desalentado y desenamorado de la vida que se puede llegar a conocer. El propio Nietzsche resulta un bebé de pecho al lado del dueño de Sukiyaki. Es difícil sacarlo de su enojo con el mundo y, en cierto modo, lo mejor es no prestarle demasiada atención porque se puede poner un poco agresivo. Imposible ir a cenar allí en pareja o buscando un clima romántico. La disciplina y el odio japonés se despliegan en Ito de la misma forma que los aviones nipones se lanzaban en picada contra los buques norteamericanos en las batallas del Pacífico.

Mientras putea contra el Gobierno, se pone cortar sashimi y a preparar unos guioza. “No hay vino, toman cerveza ahora”, avisa mientras destapa una Quilmes de litro. Tampoco hay un menú impreso y asumimos que los únicos platos que se sirven allí son los que nos está preparando y el sukiyaki (un guiso típico), que tiene fama de ser el mejor de Buenos Aires.

Solo contra el mundo

Cuando los alimentos llegan a la mesa, uno no puede entender que ese pescado tan delicioso, que se deshace en la boca como una lámina tierna, haya sido elaborado por alguien que está tan enojado con la vida. “Usted cocina muy bien”, lo elogiamos. “Ito no cocina bien; eso no se llama cocinar”, responde, mientras bebe de su propia botella. Se nota que el alcohol le trae recuerdos, malos recuerdos. “Vine acá hace 50 años, Japón estaba devastado por guerra, yo era un campesino, llegué a la Argentina y me abandonaron acá. Inmigrante abandonado.”

En un intento de llevar a Ito por un camino más alegre, el cronista dice una estupidez del estilo: “Pero las mujeres argentinas son las más lindas”. Grave error. Toma un trago larguísimo de cerveza, vuelve a unir mentón y nariz, se frunce como una pasa de uva y escupe, entre toses y eructos: “Mi mujer se fue con la plata. La mujer argentina no es linda. Hay que ser honesto y serio. Ellas no son”. Nuevamente tratamos de arrancarle algo parecido a una sonrisa, pero el fracaso es rotundo. “Las japonesas sí que son lindas”, tanteamos. “No es verdad”, replica, y en ese momento se comprende que nada de lo que digamos cambiará la cosmovisión que Ito tiene del mundo. Ese hombre recuerda a aquella historia del japonés que luchaba en una isla solitaria del Pacífico contra un enemigo imaginario, porque la guerra había terminado veinte años atrás. Ito es un autómata y hace lo mismo todos los días desde hace 50 años: ir a comprar pescado en bicicleta y cocinarlo. Sólo eso. No le pidan que sea alegre.

De repente, el tono de la conversación cambia. “Soy amigo de Spinetta”, revela desde la cocina. “Y también de Carolina Pellereti, Dolores Fonzi, Mike Amigorena y Francis Ford Coppola.” Ahí mismo explica que no sólo Luis Alberto y sus hijos comieron en el local de Pasaje San Lorenzo sino también un racimo de rockeros y jóvenes curiosos, que desfilan por sus mesas cada fin de semana. “Hace poco vino ese tipo de Ratas Blancas, el que canta con campera de cuero”, piensa en voz alta, y asumimos que es Adrián Barilari, cantante de Rata Blanca.

“Yo estudié a todos los filósofos de cultura occidental: Kant, Heidegger, Jean-Paul Sartre. Ninguno vale la pena”, sorprende, y al ver el equipo del fotógrafo sobre la silla muestra con orgullo el lente de su cámara. “Yo tenía Nikon, pero me la robaron los hijos de puta; me sacaron máquina; aquí en Argentina rompen todo, entran y salen.”

La cena, decreta Ito, ha llegado a su fin. “Ya está, se acabó”, dice mientras apaga las luces de la cocina y espera que terminemos de devorar los guioza. Se lo ve mucho más viejo que sus 76 años, y eso que ya son bastantes. “Mi cabeza explotó y la mitad de mi cuerpo no funciona, pero estoy viviendo igual. Uno nace solo y muere solo.”

El cronista intenta hablar de su restaurante, pero no hay caso. “Seguro que vienen muchos turistas, ¿no?” La respuesta llega como una lluvia de balas: “No viene nadie. Argentino no viene, no tiene plata; turista no viene, come asado; japonés no viene, come en su casa”, grita mientras prepara la cuenta. De fondo, en el Aiwa, suena el tema Sinfonía de destrucción, de Megadeth. Muy oportuno. Se deduce entonces que, esa noche, Ito tiene un compilado de heavy metal. Todo cierra: él también es un metalero, pero de los duros en serio.

Este cronista paga la cena y empieza a juntar sus cosas en silencio. Ito está de peor humor que nunca. El último desacierto de la noche es decirle que cuando salga la nota “va a ser famoso y su restaurante va a crecer”. Sus ojos se prenden fuego y nos mira con la bronca que seguramente tuvo el emperador Hirohito cuando firmó la capitulación frente a Estados Unidos. “No quiero crecer, no quiero saber nada. Crecimiento es mentira”, dice Ito San, el japonés que pelea solo, en su propia isla de San Telmo.

Para él, la guerra no terminó.

………………………

1) Que, me desayuno, se trata del «arte de conectar con tu audiencia transmitiendo un mensaje a través de una historia», es decir que «en lugar de dar datos fríos, utilizar un relato estructurado» con el fin que sea… por ejemplo, recién leí una nota muy bien escrita que describiendo la paradoja de que aunque los franceses ingieren muchas grasas saturadas, tienen mejores índices de salud que los estadounidenses. Una narración con personajes,  y perfectamente estructurad con inicio, desarrollo y remate que termina induciendo a la compra de una cápsulas de cardo marino con la promesa de reconstituir hígados grasos.

 

Cantando la marchota

 


El miércoles 20 de mayo durante la presentación del libro «La gobernación de Eduardo Duhalde 1991-1999» en la Universidad Nacional de Lanús, el expresidente vivió un episodio tenso cuando familiares de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, asesinados el 26 de junio de 2002, lo increpó con cánticos vinculados a la Masacre de Puente Pueyrredón.

Un fascismo “cuqui” y moderno, sin fascistas

 


El fascismo está de moda y quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que su normalización es siempre performativa. No es que el fascismo tenga poder y por eso se normaliza, es la validación de su impunidad lo que agranda su poder.                                 




El Papa, la IA y la batalla por lo humano





La primera encíclica de León XIV Magnifica Humanitas, dedicada a la inteligencia artificial, confirma que la revolución tecnológica dejó de ser un asunto exclusivo de ingenieros y empresarios. La discusión sobre la IA entró en el terreno de lo esencial del ser humano: la libertad, la verdad, la democracia y el sentido mismo de su condición. La gran disputa de este siglo no es económica ni militar: es profundamente humana.

Que un Papa dedique una encíclica a la inteligencia artificial no es un dato menor. Y que lo haga acompañado, entre otras personalidades por el cofundador de Anthropic, Christopher Olah, cuya empresa está en un conflicto legal con la administración Trump por negarse a usar su IA en sistemas de armas, es, probablemente, uno de los signos culturales más relevantes de esta época.

Llevamos años de discusiones sobre la IA como fenómeno técnico: algoritmos más veloces, plataformas más eficientes, automatización de tareas, nuevos modelos de negocios. Pero la encíclica de León XIV deja en claro que el principal problema no es tecnológico sino  antropológico.

La Iglesia —una de las instituciones más antiguas de la historia humana— percibe que estamos entrando en una transformación civilizatoria capaz de alterar no sólo el trabajo o la economía, sino también la manera en que las personas piensan, se relacionan, deciden y comprenden la realidad.

En ese punto, la encíclica acierta plenamente: la inteligencia artificial no es neutral. Ninguna tecnología lo es. Toda tecnología expresa intereses, valores, prioridades y estructuras de poder. Detrás de cada algoritmo existen decisiones humanas, visiones del mundo y modelos de sociedad.

Por eso, necesitamos dejar de  cuestionar únicamente qué puede hacer la IA, y empezar a cuestionarnos qué hace cada uno de nosotros con ella.

La gran preocupación de León XIV no parece ser la aparición de máquinas conscientes ni un escenario cinematográfico de rebelión tecnológica. El riesgo que advierte es mucho más cercano y probablemente más real: la progresiva delegación de capacidades humanas esenciales.

La disponibilidad tecnológica nos lleva a delegar memoria, atención, vínculos y criterio, en una progresiva delegación de nuestro pensamiento.

La inteligencia artificial ofrece beneficios extraordinarios. Puede democratizar acceso al conocimiento, ampliar capacidades educativas, mejorar diagnósticos médicos, optimizar procesos productivos y acelerar descubrimientos científicos. Negarlo sería absurdo.

Pero toda expansión tecnológica trae también una tentación: sustituir esfuerzo humano por comodidad automática.

Allí aparece una de las tensiones más profundas de esta época. La IA puede convertirse en una herramienta para ampliar la inteligencia humana o en un mecanismo silencioso de deterioro cognitivo colectivo.

La diferencia entre ambos caminos no es tecnológica. Es cultural, educativa y política.

Durante décadas discutimos desigualdad económica, desigualdad social o desigualdad digital. Sin embargo, empieza a emerger otra fractura menos visible y posiblemente más decisiva: la desigualdad cognitiva.

La gran desigualdad del siglo XXI será entre quienes usen la inteligencia artificial para pensar mejor y quienes la usen para pensar menos.

Habrá personas capaces de potenciar su creatividad, análisis crítico, productividad intelectual y comprensión del mundo mediante herramientas de IA.

Pero también habrá millones de individuos crecientemente dependientes de sistemas que terminarán organizando sus decisiones, emociones, consumos e interpretaciones de la realidad.

Por eso debemos preocuparnos no sólo de si todos tenemos acceso a la tecnología, sino también de que todos, y particularmente nuestros niños y jóvenes conserven su autonomía intelectual frente a ella.

La encíclica de León XIV parece advertir precisamente sobre esto cuando insiste en que la dignidad humana no puede reducirse a eficiencia, automatización o procesamiento de datos. Pensar, discernir, dudar, deliberar y ejercer libertad siguen siendo tareas irreductiblemente humanas.

Y aquí aparece el verdadero desafío educativo de nuestro tiempo: formar ciudadanos capaces de convivir con inteligencia artificial sin renunciar a su propia inteligencia.

A su vez, el Papa propone que no separemos la discusión sobre IA  de las razones y del funcionamiento de la democracia.

Los algoritmos ya intervienen sobre lo que vemos, lo que creemos, lo que consumimos y aquello que consideramos verdadero. Plataformas digitales diseñadas para capturar atención operan muchas veces amplificando emociones, simplificando debates y debilitando capacidades de reflexión.

En sociedades hiperconectadas pero cognitivamente fragmentadas, la democracia comienza a enfrentar un riesgo nuevo: ciudadanos informados abundantemente, pero cada vez menos capaces de construir criterio propio.

La concentración de poder tecnológico en un puñado de corporaciones globales agrega otra dimensión inquietante. Nunca antes tan pocos actores privados tuvieron semejante capacidad para influir simultáneamente sobre información, comunicación, conocimiento y comportamiento social a escala planetaria.

Por eso, la discusión sobre inteligencia artificial no puede limitarse a productividad o innovación. Ni tampoco queda reservada a mesas de poder internacional. Porque involucra nuestra soberanía cognitiva, el pluralismo, la calidad democrática y el fortalecimiento ciudadano.

Sin ciudadanos cognitivamente fuertes, la democracia se vuelve vulnerable a nuevas formas de manipulación invisibles, sofisticadas y permanentes.

Sin embargo, ni la encíclica ni el debate sobre IA deberían conducirnos al fatalismo.

La historia humana nunca fue una sucesión automática de tecnologías inevitables. Siempre fue, también, una disputa ética, cultural y política sobre cómo utilizar esas herramientas.

El Papa, y nuestra propia conciencia nos indican que la gran batalla de esta época no se libra entre humanos y máquinas. Somo la generación que decidirá si utilizamos la IA para ampliar nuestra libertad, inteligencia y conciencia, o si delegamos en sistemas automáticos aquello que precisamente nos hace humanos.

Por eso, el Papa nos invita a pensar sobre qué humanidad (magnífica o detestable) estamos dispuestos a construir en la era del Homo IA.