Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, abril 26, 2026

Deriva extrema

 


La paradoja de la guerra del fin del mundo

 
 

 

En los tiempos que corren, de profunda desesperanza, uno está tentado a gritarle a los actuales líderes de estas neo monarquías que desgobiernan al mundo y a los países: ¡si es que no se han dado cuenta de que las condiciones materiales de vida y el progreso tecnológico permitirían al mundo entero vivir muy bien, en paz y hasta con un espíritu fraterno! En lo que a mí respecta, lo creo. Sin embargo, el pesimismo se propaga a la velocidad de la luz a causa de una oscuridad creciente y arrolladora. Del enfriamiento del corazón humano, del que intento dar cuenta en algunos de mis escritos.

La amenaza es constante y el discurso raya la esquizofrenia, la bipolaridad severa, el narcisismo. Es patológico, según cualquier definición corriente de este término.

Las recientes publicaciones del Presidente Donald Trump, donde un día amenaza con aniquilar a toda una civilización y después se publica a sí mismo como Cristo, y en una nueva foto con Jesucristo (ambas hechas con IA), es un ejemplo patético de tal situación.

Pero no es el único. Netanyahu es capaz de aniquilar cientos de miles de inocentes y afirmar que su ejército “es el más moral del mundo”, a pesar de toda evidencia en contra. Por caso, en la nota publicada en el periódico Haaretz por Yoel Elizur el 23 de diciembre de 2024 titulada “Cuando sales de Israel y entras en Gaza, eres Dios”. Una mirada al interior de la mente de los soldados de las Fuerzas Armadas de Israel que cometen crímenes de guerra, se describen con crudeza actos de insania e inmoralidad absoluta. Entre otras cosas, dicho autor relata un episodio en el que un soldado describe la muerte de un niño durante una operación y un acto de humillación posterior, presentado como ilustración del grado de brutalización y despersonalización que pueden producirse en el contexto descrito. Una evidencia del daño psicológico y ético que estas conductas generan tanto en las víctimas como en los propios soldados, reforzando el argumento central sobre la lesión moral y la responsabilidad del clima político y de mando. ¿Un soldado israelí puede romper con furia una talla de Jesucristo en el Líbano (ver BBC Mundo) y a pesar de ello ser moral? No se ha visto al Papa alentar antisemitismo ni, hasta donde lo sé, promover un odio atroz. Pero ello es visto como signo de debilidad, no de amor o de razón.

Pero en esta turbulencia de odios imparables, basta con que se califiquen las acusaciones de los crímenes de guerra como “mentiras hipócritas” y “libelos antisemitas”, como suele hacer Netanyahu, para que amplios sectores que defienden la democracia y el derecho a la vida queden expuestos y hasta se los persiga o se induzca a ello. Lo asombroso es que mucha gente no se percata de lo que esto significa para el futuro de la humanidad.

Este regreso a la “ética del Lejano Oeste” es emulado tanto por Trump como por Netanyahu, en los hechos y en las palabras. La conquista de territorios está a la orden del día, cosa que también concierne a la guerra ruso-ucraniana, a Putin, pero también a Zelensky. Algunas posiciones de Trump sobre Groenlandia, el Golfo de Méjico, etcétera, no requieren de mucha explicación, como tampoco lo merecen los ataques contra Irán para habilitar el fuego contra El Líbano en esta cuestión de extender las fronteras.

Los abrazos, elogios, premios y títulos honoríficos que ha recibido nuestro Presidente, por ser un fiel servidor de Trump y Netanyahu, se inscriben en nuestro caso como una alianza respaldada internamente por un conjunto de actores que ven en ello el resguardo férreo de sus propios intereses, pero también bajo la amenaza pragmática de que sin esta alianza la fuga de divisas sería formidable y por lo tanto el caos interno una consecuencia previsible, cuya responsabilidad sería una suerte de “crimen de guerra”. Crimen no cometido por el oficialismo sino por una horda de populistas que se niegan a aprender las lecciones de la historia de unos cien años ficcionados. Claro que, a su vez, ciertos sectores opositores no parecen tomar conciencia de que las lecciones de la historia que ellos propugnan tal vez no serían viables en este contexto de guerra del fin del mundo, sin un rotundo cambio del corazón humano.

Que esta lógica es perversa e inhumana no creo que haya quien lo niegue. Por supuesto, el elogio del modelo de país que se está instalando está repleto de baches y consecuencias negativas, tal como lo muestran muchas de las poco coherentes cifras del INDEC respecto a la caída de la confianza empresarial, del consumo, de la producción industrial, del empleo, de la construcción, de un estimador mensual de la actividad económica (EMAE) dibujado con tiza sobre un pizarrón repleto de manchas, etcétera. Lo cierto es que la desregulación ha culminado en abusos de las prestadoras de todo tipo de servicios privados y la reducción del gasto público, en un deterioro de la calidad de vida que pocas veces se ha visto.

Nadie a ciencia cierta sabe cómo terminará todo esto, más allá de los crecientes signos de corrupción que salen a la luz; más allá de que se rumorea que en los vuelos privados cuyo destino son los nuevos feudos intocables puede llegar dinero, armas, drogas, etcétera, cuyo control por parte del Estado es limitado por órdenes que emergen del mismo Estado en un país gobernado por odiadores del Estado y aplaudido por gente que ha perdido todo sentido común, del prójimo, del bien común y hasta del menor daño posible.

La era del autoritarismo está de moda y es tolerada (cuando no celebrada), pues por definición es una guerra contra el terrorismo, mote que aplica a un solo bando: el enemigo que ellos definen como tal. A pocos se les ocurre que es ni más ni menos que aquello que una vez se llamó “prepararse para la Era del Imperio Global”, cuestión discutida a inicios de este siglo que comenzaría a manifestarse con el 11-S [1] y hoy remata en el festejo de tener el ejército más poderoso del mundo, las armas más letales, y en una suerte de orgía de sangre y sed de ella.

El argumento del “espacio vital” para Israel y para Rusia emula al concepto que dio lugar a Hitler, mal que les pesen estas analogías, pues tanto para Rusia como para Israel, ellos serían los “desnazificadores”, mientras que este argumento para el caso de los Estados Unidos es un tanto exagerado habida cuenta de que su “espacio vital” parece amplio a pesar de su dependencia de insumos para esta nueva era tecnológica en la que se asume que debería defenderse del auge de China. Como si dando estos pasos de mano dura no se aproximaran más y más a lo más temido del modelo de esta última nación.

Otro aspecto para destacar es que, aunque en los hechos tanto la guerra contra Irán como el apoderamiento de Venezuela huelen a las viejas guerras por el petróleo, cabría la pregunta de si es para apoderarse de él (lo que descaradamente dice Trump, para tenerlo gratis), o forma parte de una deliberada acción de restricción de la oferta a fin de acompañar la transición energética, pues precios bajos del petróleo la lentifican. Claro que esto sería contradictorio con su odio a los defensores del combate al cambio climático, su poca afición por Europa, las instituciones democráticas y hasta por una OTAN que para él es tan tibia o moderada como lo es Meloni, el Papa y toda persona que se oponga a la osadía del más fuerte: el derecho de las bestias.

Pero esto no es todo. Todavía hay rondando en el aire denso que respira el mundo una cuestión de supuesta guerra religiosa, un apocalipsis. Tal es el análisis de Alexander Dugin, filósofo y estratega geopolítico ruso, ideólogo del neo-eurasianismo, conocido por su visión ultranacionalista, antiliberal y apocalíptica del enfrentamiento entre Rusia y Occidente, cuya hija Daria Dúguina, periodista y politóloga, murió el 20 de agosto de 2022 en un atentado con coche bomba cerca de Moscú, durante el primer año de la guerra ruso-ucraniana.

El análisis de este intelectual sobre la guerra en Medio Oriente describe un escenario abiertamente apocalíptico, marcado por el colapso del sentido de las palabras, la desinformación total y una violencia que describe como “cruda, brutal y casi infernal”. Según Dugin, ya no existen normas, acuerdos ni líneas rojas, y negociar —especialmente con Estados Unidos e Israel— puede ser incluso más peligroso que rechazar el diálogo, porque los compromisos se rompen en el mismo momento en que se firman.

El filósofo atribuye esta deriva extrema a la influencia de posiciones religiosas radicales en la dirigencia estadounidense, dominada —afirma— por fundamentalistas protestantes que creen estar viviendo el fin de los tiempos. Desde esa visión, el conflicto deja de ser político o geoestratégico y pasa a entenderse como una batalla final entre el bien y el mal, donde amplios grupos —musulmanes, iraníes, cristianos tradicionalistas, judíos humanistas e incluso protestantes moderados— son concebidos como enemigos en un marco casi escatológico.

Frente a este proyecto impregnado de mesianismo y sionismo, el citado autor contrapone a Irán como una sociedad forjada en la ética del sacrificio religioso chiita, inspirada en Karbala, dispuesta a aceptar la aniquilación material antes que la rendición espiritual. Esa lógica, sostiene, vuelve imposible su derrota por la fuerza y convierte el conflicto en una confrontación existencial sin salida negociada. El resultado es un mundo empujado hacia el caos: o un golpe devastador al orden multipolar emergente o una expansión de la violencia que fracture a Occidente desde dentro. En cualquiera de los casos, describe un presente y un futuro dominados por la lógica del fin de los tiempos, donde la brutalidad sustituye al lenguaje y la resistencia se impone como único horizonte [2].

¿Cómo no ser pesimista entonces? En verdad es un acto heroico el no serlo y el seguir sosteniendo que las condiciones materiales de vida y el progreso tecnológico permitirían al mundo entero vivir muy bien, en paz y hasta con un espíritu fraterno.

Creo interpretar que el Papa León XIV llamando a detener la guerra, exigiendo el cese de los conflictos, pidiendo “basta ya de la guerra” y de la “idolatría de la fuerza”, abogando por una “distribución equitativa de la riqueza” para enfrentar el aumento de la pobreza extrema, señalando que “la pobreza más grave es no conocer a Dios” y luchando contra la indiferencia y a favor de la justicia social, es sin duda más fiel a los Evangelios que estas criaturas un tanto fantásticas que creen servir a Dios, a la vez que predican mandamientos inexistentes o hasta se hallan sospechados a través de sus vínculos con Epstein del lado más oscuro de la vida, oscureciendo esa luz de lo divino que cada criatura tiene.

No hay que ser religioso para entender lo que estoy diciendo, pues nadie podrá explicarme jamás la ternura de un niño, el perfume de una rosa, la congoja frente al dolor, el sinsentido de la vida cuando el corazón se endurece, el sufrimiento cuando obramos mal. De eso se trata; de no menospreciar lo que el cuerpo le dice al alma humana: la experiencia del día a día, nuestro instinto de conservación inscrito en nuestras células y neuronas a través del largo camino que ha recorrido la vida. Una vida amenazada hoy por esta ola de odios imparables que solo cesarán si no caemos en las trampas de las polarizaciones que banalizan el mal al punto de no reconocer ya qué cosa son el bien y el mal.

 

 

 

* Roberto Kozulj es comunicador social, economista y escritor. Sus últimas obras son El Testigo, Ed. Diotima, 2026 y Una noósfera envenenada, Ed. Prometeo, 2026.

 

[1] Véase R. Kozulj, “¿Choque de civilizaciones o crisis de la civilización global? Problemática, desafíos y escenarios futuros”. Editorial Miño y Dávila en 2005 (1ª ed.).
[2] Sintetizado a partir de la publicación en la Revista Pacto, la cual no mantiene un archivo digital centralizado y estable; su contenido circula principalmente a través de republicaciones (blogs, redes sociales, sitios alternativos). En este caso, tomado aquí.

Dos colonialismos, un colonizado

 


Milei fue cooptado por el misticismo religioso y el supremacismo

 
 

 

El impedimento al desarrollo de ciertos países con capacidades para alcanzarlo ha sido un objetivo permanente del proyecto imperial estadounidense. Para lograrlo ha empleado variados instrumentos y procedimientos: el bloqueo a la industrialización o la desindustrialización forzada, el endeudamiento crónico, la destrucción bélica, la imposición o el soborno de gobiernos, etcétera. Esos países han resistido tales embates con resultados diversos.

La Argentina se destaca en la actualidad por cuanto su Presidente ha sido cooptado por el misticismo religioso en su versión extrema, mediante otro recurso de los colonialismos: la instrumentalización de las religiones al servicio de proyectos de dominación. Cuando Milei llora en el Muro de los Lamentos no está expresando el pesar de un judío por la destrucción del Segundo Templo, sino lealtad a los sionistas genocidas Trump y Netanyahu, y a uno de sus vástagos en nuestro país, Eduardo Elsztain; es la misma motivación que lo lleva a manifestar “soy el Presidente más sionista del mundo” y a anunciar el traslado a Jerusalén de la embajada argentina en Israel. Es probable que no le hayan pedido tanto: esas sobreactuaciones delatan, exacerbadas por su impenitente histrionismo. La lógica es la misma con la que sus jefes intentan justificar la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, Palestina y el Líbano, presentándola como un conflicto entre religiones, la “guerra contra el terrorismo motivado por fanatismos religiosos”, y no como lo que es: un capítulo más del expansionismo yanqui-israelí en el marco de su compartido proyecto colonial resistido por los afectados.

La efectividad del mileismo para destruir capacidades nacionales e infligir daños a nuestros compatriotas está suficientemente documentada en distintas publicaciones; así también, hay abundante material sobre el objetivo de Israel de consolidarse como potencia regional bajo protección norteamericana; y sobre el inocultable deterioro de la hegemonía global estadounidense en términos de capacidad de dirigir el capitalismo con cierto nivel de consenso. Sin embargo, Estados Unidos mantiene en buena medida su capacidad de dominio en base a los dispositivos financiero y militar, es decir a la pura coerción. La distinción es oportuna por cuanto los recientes errores de sus estrategas pueden inducir a exagerar la pérdida de poder norteamericano: creyeron que provocando la invasión rusa de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y, como resultado de las sanciones, una debacle económica y el aislamiento internacional, pero nada de eso ocurrió; creyeron que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas doblegarían a China y tampoco ocurrió, es más, bastó con que Pekín amenazara con interrumpir la exportación de tierras raras –cuyas reservas alcanzan más del 90% conocido– para abortar aquellas maniobras; pensaron que descabezando al régimen de los ayatolas se produciría un levantamiento popular que terminaría con ese gobierno, para lo cual orquestaron operaciones de la CIA, financiando, movilizando y armando a grupos iraníes que explotarían el descontento de parte de la población, y tampoco ocurrió.

En cambio, el secuestro del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, fue una acción de guerra que alcanzó su objetivo político, lo que habla tanto de la capacidad tecnológico-militar del país agresor como de la indefensión relativa del país agredido, cuya capacidad militar es superior a la de la mayoría de los países de la región.

Quien revise la historia podrá comprobar que los proyectos que representan Trump y Netanyahu invocan la “grandeza” –perdida o a conquistar– de sus respectivos países y tienen sus raíces en el siglo XIX. El señalamiento no es una curiosidad propia de ámbitos académicos sino un dato político relevante: muestra que se ha agravado el peligro para nuestro continente que denunciaron Simón Bolívar, José Martí, Manuel Ugarte y Juan Bosch, entre otros.

En marzo pasado, en la “conferencia hemisférica contra los cárteles”, a la que asistió el ministro argentino de Defensa, teniente general Carlos Presti, en la sede del Comando Sur en Florida, el secretario del Departamento de Guerra de Estados Unidos, el sionista cristiano Pete Hegseth –miembro de la Comunión de las Iglesias Evangélicas Reformadas (CREC), la secta del pastor Douglas Wilson– esbozó una especie de profundización epistemológica del corolario Trump a la Doctrina Monroe, presentado oficialmente en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (ESN) a fines de 2025. Bajo el rótulo de la “Gran Norteamérica”, el funcionario –cuestionado por el fracaso militar del Pentágono en Irán– buscó llenar los vacíos de la concepción neoimperialista impulsada por Trump para el resto de América.

En materia de doctrina, la “Gran Norteamérica” cumple distintas funciones: delimita geográficamente el ámbito de incumbencia militar estadounidense al establecer “un perímetro de seguridad” desde “Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana”, refuerza la tesis que considera al “narcoterrorismo” como enemigo interno y externo al mismo tiempo, y rivaliza con el paradigma del Sur Global sustituyéndolo con un enfoque basado en la relación Norte-Sur.

En términos generales, si el “Escudo de las Américas” complementa en lo operativo el imaginario excepcionalista e intervencionista de alcance hemisférico planteado en la ESN 2025, la “Gran Norteamérica” es su complemento conceptual. De acuerdo con la exposición de Hegseth, “los mismos adversarios que amenazan nuestra herencia común, amenazan también nuestra geografía compartida; buscan desplazar la histórica relación Norte-Sur que siempre hemos mantenido por un tal nuevo Sur Global que excluye a Estados Unidos y a otras naciones occidentales, pero incluye a potencias no occidentales y a otros adversarios”.

Es impresionante que semejante declaración oficial norteamericana haya pasado inadvertida. Su inusitado peligro no motivó la menor reacción diplomática: Estados Unidos asume medio continente como una extensión de su jurisdicción político-territorial. Lo que no sorprende es que el ministro Presti la haya aceptado como propia, según imágenes de la reunión: el proyecto de sometimiento que encarna Milei también se presenta en nombre de la “grandeza”.

No asistimos a un delirio geopolítico de Trump, sino a un reforzamiento de premisas de poder colonial que amenazan las soberanías regionales en tanto Washington se autopermite el derecho de intervenir militarmente, desplegar fuerzas y controlar recursos donde le parezca, en este caso en nombre de la lucha contra el narcotráfico. Hegseth mencionó en su discurso más de diez veces a James Monroe, el Presidente que dio su nombre a la primera doctrina imperial estadounidense establecida en 1823 durante su segundo mandato. Si estuviese vivo, el mandatario esclavista seguramente se emocionaría al ver que su pretensión decimonónica de erigir a Washington como único árbitro de la política continental está en las mejores manos. Claro, 200 años no han pasado en vano: la “Gran Norteamérica” apunta a ser un paso evolutivo dentro de la larga tradición de injerencia yanqui: sustituye las anexiones clásicas por métodos de control geopolítico más sofisticados, como el ya mencionado lawfare, un tipo de golpismo quirúrgico o la monopolización de recursos estratégicos, etcétera. Este derrotero prueba que el problema no es Trump, sino el proyecto imperial norteamericano.

Por otra parte, en Asia occidental el problema no es Netanyahu, sino el proyecto sionista –irredentista y mesiánico– del “Gran Israel”, impulsado en la segunda mitad del siglo XIX por el húngaro Theodor Herzl, que impone –entre otras cosas– la expansión territorial israelí hasta ocupar el amplio espacio “concedido por Dios a los descendientes de Abraham”: Palestina, Líbano y Jordania, y partes de Siria, Irak, Egipto y Arabia Saudita. El genocidio en Gaza, la ocupación de Cisjordania, los intentos de anexión en Líbano y la guerra contra Irán son derivaciones concretas de ese paradigma colonial, que tiene en Netanyahu un implacable ejecutor.

Es importante destacar que los dos proyectos de dominación, la “Gran Norteamérica” y el “Gran Israel”, se nutren de una concepción supremacista de origen religioso: el “Gran Israel” parte de una interpretación colonialista del libro del Génesis de la Biblia Hebrea; la “Gran Norteamérica” tiene fundamento en la herencia puritano-calvinista a partir de la cual Estados Unidos se autoconsideró un país predestinado y superior desde su nacimiento, cuya misión esencial consiste en civilizar a pueblos inferiores. Hegseth se refirió en su discurso a “naciones cristianas bajo la protección de Dios” que enfrentan “amenazas del narcocomunismo radical y la narcotiranía”: falsificaciones que logran la adhesión de creyentes incautos, al mismo tiempo que sirven a grandes corporaciones y se cobran la vida de miles de seres humanos.

La idea de un imperio estadounidense predestinado por la providencia ha tenido diversas manifestaciones. Thomas Jefferson planteó que Estados Unidos “debe ser visto como el nido desde el cual se poblará toda América, Norte y Sur”. Después, a mediados del siglo XIX, la doctrina del Destino Manifiesto planteó que su superioridad política y cultural facultaba al país norteamericano a invadir a sus vecinos del sur, empezando por México.

Otro aspecto clave de las coincidencias entre Estados Unidos e Israel es el rechazo a lo que se conoce como el orden westfaliano, que estableció la frontera como límite de la soberanía en el siglo XVII. Un botón de muestra son las recientes amenazas de Tel Aviv a Turquía aun cuando este país no está comprendido en el “Gran Israel”. Por su parte, Estados Unidos siempre ha ignorado el referido concepto de frontera: el historiador Frederick Jackson Turner en su conocido ensayo The Significance of the Frontier in American History” (1893) sostuvo que la expansión es un espíritu propio de la sociedad estadounidense, cuyas ampliaciones de la frontera ocurren “sucesivamente hasta que al fin una barrera física detiene el avance: el verdadero Dorado siempre parece estar más adelante”.

América Latina ha conocido los efectos económicos devastadores de crisis que tuvieron origen en otras geografías, como la del petróleo en la década de los '70 del siglo pasado, hechos que deberían poner en alerta a los gobiernos teniendo en cuenta que Washington está generando perturbaciones económicas crecientes con su guerra contra Irán.

En este contexto, el Presidente Milei constituye en sí mismo la agudización del problema central que enfrenta el país desde diciembre de 2023, no por las corruptelas de baja estofa –suyas y de sus funcionarios– sino porque su misticismo –fingido o no– de subordinación implica que cada decisión de gobierno está orientada según los intereses corporativo-coloniales, desde la radicalización del proyecto socio-económico rivadavia-videliano de desenfrenado endeudamiento y fragmentación provincialista de la nación hasta el involucramiento del país en la guerra contra Irán; asimismo, el supremacismo supone desprecio por personas e instituciones que no responden a sus ideas; y, como si esto fuera poco, el cóctel de misticismo y supremacismo convierte la política en una cuestión moral en clave de mandato divino: una lucha entre el bien y el mal, no una disputa entre cosmovisiones y proyectos, por eso acaba de afirmar que “con determinadas culturas no vamos a poder convivir”. La conclusión es que hay que eliminarlas: “Una civilización entera morirá”, sentenció Donald Trump refiriéndose a la civilización persa, que alcanzó la cumbre de la poesía y las matemáticas para beneficio de toda la humanidad.

 

 

¿La tierra se ha vuelto plana?

 


Diseño, Alejandro Ros. Animación, SIlvia Canosa
 
 

 

Desde hace tres años, El Cohete es el único medio que ha informado sobre los tanteos estadounidenses con la Argentina para desplazar a Gran Bretaña de las Islas Malvinas. La semana última, la agencia británica Reuters difundió que "desde el Pentágono afirman que Donald Trump evalúa sanciones a sus aliados de la OTAN que no apoyaron las operaciones de guerra contra Irán". Pese a su vaguedad, es una confirmación de lo que venimos afirmando, esta vez de primerísima fuente. Implicaría que Estados Unidos le quitara su apoyo en la disputa con la Argentina por las Islas Malvinas. El desembarco de 1982 de la dictadura militar en las islas se produjo con la presunción de que el gobierno de Ronald Reagan recompensaría con su apoyo el del Ejército argentino a los contras en Centroamérica, en contra de la posición del presidente James Carter.

Leopoldo Galtieri se entendió  con el Comando Sur a espaldas de Carter y entrenó en las tácticas de la guerra sucia a militares argentinos para que extendieran a los países de Centroamérica las tácticas genocidas aprendidas de los paracaidistas franceses de las guerras de Argelia e Indochina. Coordinada con la CIA esa intervención fue financiada por empresarios argentinos, como Francesco Macrì y Ricardo Zinn y por la logia italiana Propaganda Due. Cuando Ronald Reagan reemplazó a Carter, por el fracaso en el intento de rescate de los militares estadounidenses retenidos por la revolución islámica del Ayatolá Khomeini en 1979, los militares argentinos se pusieron en la cola de las recompensas. La expedición que el 2 de abril de 1982 desembarcó en Port Stanley, rebautizada como Puerto Argentino, no fue negociada previamente con Estados Unidos. Las principales personalidades de Inteligencia y Seguridad de Estados Unidos, como el jefe y subjefe de la CIA, William Casey y Vernon Walters, el Secretario y el subsecretario de Estado, general Alexander Haig y William Clark, la embajadora en Naciones Unidas, Jeane Kirkpatrick, eran católicos practicantes y tenían relación estrecha con los  militares argentinos y con el Vaticano. El Nuncio Pío Laghi venía de ocupar el mismo cargo en Buenos Aires y argumentaba a favor de los dictadores argentinos. Junto con el Papa Juan Pablo II, combinaron sus actos contra los gobiernos comunistas de Europa y los populistas de Centroamérica. El cardenal Antonio Quarracino fue designado al frente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana y a pedido del Vaticano elaboró un informe lapidario contra el Arzobispo de El Salvador, Óscar Romero, que justificó su desprotección y asesinato. Luego asumió como Arzobispo de Buenos Aires y designó sucesor a Jorge Mario Bergoglio,  el futuro Papa Francisco, que en cuanto se sentó en la silla apostólica cambió de semblante y de política. Cuando, también sin consulta previa, la primera ministra Margaret Thatcher despachó lo que quedaba de su flota a la reconquista de las islas, Reagan envió al general que manejaba sus relaciones exteriores, Alexander Haig, a gestionar una negociación que terminara el conflicto antes de que los buques británicos llegaran a las islas, cuando se avecinaba el temible invierno austral. En los combates, entre el 1° de mayo y el 14 de junio de 1982 murieron 255 británicos y casi tres veces más argentinos, 649. Contra lo que la Junta Militar daba por sentado,  Reagan apoyó con inteligencia, logística y armamento a los británicos. La doctrina Monroe funcionó al revés de lo que correspondía.

 

 

El general Jeremy Moore exhibe la rendición firmada por Menéndez.

Cuatro décadas después

La gestión sobre el status de las Malvinas ha estado en manos del Comando Sur, a través de sus últimos jefes: la generala Laura Richardson, el almirante Alvin Holsey y el general de Infantería de Marina Francis Donovan. Y tiene relación con el grave deterioro entre Estados Unidos y Gran Bretaña. O, mejor dicho, entre Donald Trump y el primer ministro de Inglaterra, Sir Keir Starmer. Holsey renunció cuando recién promediaba su mandato, en desacuerdo con los bombarderos a buques pesqueros en el mar Caribe, que prepararon el secuestro del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Esta semana, la posición de Estados Unidos respecto del enclave colonial que Gran Bretaña estableció en la Argentina en 1833 fue mencionada por un cable secreto que se filtró a la agencia Reuters. Y que luego fue desmentido por el Departamento de Estado, en una típica confusión trumpiana.

La generala Richardson se reunió varias veces con la exvicepresidenta CFK y con el actual Presidente Milei, quien también departió con Holsey en la Casa Rosada. Cristina le solicitó a Richardson el apoyo de Estados Unidos para que la Argentina recupere la soberanía sobre las islas Malvinas. Como Galtieri entonces, Milei ahora se ilusiona con que su servicio incondicional a los deseos del presidente de Estados Unidos podría conducir al emplazamiento de una bandera azul y blanca en las islas arrebatadas por Gran Bretaña. Reagan y Trump, Milei y la Junta Militar tenían algunas coincidencias, pero también muchas diferencias. El apoyo a los contras contradecía políticas tradicionales de la Argentina pero coincidía con la política genocida de la guerra contra la subversión, y el premio ambicionado era una causa nacional. Hoy la identidad mileica con la política de Trump y del jefe israelí Benjamin Netanyahu no coincide con el interés nacional y puede tener un alto costo para la Argentina.

Eso es parte de lo que Milei conversó con Richardson, cuando viajó de madrugada a Ushuaia, disfrazado de militar, para que una banda de la Armada argentina maltratara el himno nacional de Estados Unidos. A Holsey al menos lo recibió en horario de oficina y en su despacho presidencial. El almirante visitó Ushuaia y la Antártida junto con el  entonces Ministro de Defensa, Luis Petri, con quien analizaron el establecimiento de una base naval integrada. Petri también suprimió por una simple resolución el cuerpo legal, constitucional y convencional que prohíbe a las Fuerzas Armadas la detención de civiles, lo que provocó un extenso malestar en las filas, como consignó la publicación pro-castrense Zona Militar, para la cual esto constituye "la bananerización de la Defensa Nacional".

 

Richardson y Holsey, ex jefes del Comando Sur.

Pensar con los pies

Las declaraciones de los miembros del actual gobierno sobre el tema son erráticas. Milei declaró que la recuperación de las islas depende del éxito de su política económica, que haría deseable para los isleños la nacionalidad argentina. Es posible, pero decirlo así niega la soberanía sobre esa porción del territorio, lo cual tampoco es el camino para recuperarlas. Patricia Bullrich propuso durante el gobierno anterior, canjear las islas a Estados Unidos por acceso a la vacuna Pfizer contra la Covid-19. Los sucesivos cancilleres Diana Mondino, Gerardo Werthein y Pablo Quirno se han pronunciado en forma contradictoria, entre ellos y con las posiciones históricas de la Argentina, cuyas votaciones en Naciones Unidas alineada en forma acrítica con Estados Unidos e Israel, han afectado el apoyo de África y Asia a la reivindicación en el Atlántico Sur. La Argentina es el segundo país con mayores coincidencias en las votaciones de las Naciones Unidas con Estados Unidos, sólo precedido por Israel. Así lo indica el informe para 2024 del Departamento de Estado. La Argentina coincidió en el 82% de las votaciones con Estados Unidos. Si el registro se limita a las 19 votaciones que Estados Unidos define como importantes, la coincidencia alcanzó el 97%, por encima incluso de Israel.

Werthein y Mondino son grandes empresarios, agropecuarios y financieros. En 2024, Mondino acordó con su colega británico David Lammy reponer el pacto del Malbec, también conocido como Foradori-Duncan, que consolida el usufructo inglés de los recursos naturales, facilita su comunicación con las islas y desoye el mandato constitucional de propugnar su recuperación. Se negoció en la bodega de la embajada, y Duncan escribió luego que así consiguió que Foradori firmara lo que le pusieron delante. El en…tonshes vshecannciller lo nnnegó en…formaené rgica. Hic. Recién ahora que Estados Unidos parece contemplar la posición argentina, la línea de la Cancillería pudo retomar la posición tradicional en el reclamo de la soberanía, con los  mapas y los libros de historia antes que con los zapatos.

 

Milei repuso el pacto Foradori-Duncan.

 

En su audiencia de confirmación ante el Senado de su país, el actual embajador de Estados Unidos, el empresario Peter Lamelas, destacó la creciente importancia de la Argentina en el Atlántico Sur para contener la influencia china y rusa, su proyección antártica y el control del Estrecho de Magallanes. Mencionó como un éxito significativo para esta política estadounidense la adquisición por la Argentina de 24 aviones F-16, que Dinamarca está descartando para modernizar su Fuerza Aérea. De este modo, descartó los modernos JF-17 fabricados por China y Pakistán. El ex ministro de Relaciones Exteriores y de Defensa, Jorge Taiana, precisó que adquirieron máquinas construidas hace 40 años. Deliberadamente no serán equipadas con misiles ni radares que puedan alcanzar las islas Malvinas, que es la única disuasión que necesita el país. Ese fue otro tema del candidato a embajador: las llamó Falklands, dijo que Estados Unidos reconoce la administración británica de las islas pero es neutral respecto de su soberanía y alienta el diálogo entre ambas naciones. Después vino Irán y Milei se alineó con su amigo Trump. Para Trump. Milei es un gran líder, y el primer ministro británico un cobarde. El panorama mundial ha cambiado tanto, que fantasías como las de Galtieri y Milei, hasta pueden parecer viables, aunque sigue siendo difícil creer que la tierra se volvió plana.

También frecuentó la Argentina Kristi Noem, quien en julio de 2025 se reunió con quien entonces era su colega de seguridad nacional, Patio Bullrich. Ambas vestidas de cowboys, hicieron una cabalgata en el predio de una fuerza de inseguridad. Noem con menos kilos y más cirugías que Bullrich, se ocupaba de la cacería, arresto y expulsión de inmigrantes, política que Estados Unidos quiere extender a toda la región y a la cual es receptiva la Argentina. Pero muy pronto tuvo  que desmontar: en una audiencia senatorial le cuestionaron haber gastado 200 millones de dólares en un spot en el que invitaba a la autodeportación. Respondió que lo había autorizado Trump. Pero él no tenía el menor recuerdo del tema y la fletó de un saque. Lo mismo hizo el mes pasado con los jefes del Ejército y de la Marina. Todo eso invita a creer en los trascendidos, pero a dudar de que se concreten. El entusiasmo del gobierno de los hermanos Milei es comprensible: igual que Galtieri, los Milei sueñan con que la ruta a Puerto Argentino conduzca a la reelección presidencial que hoy parece bien dudosa.

De acuerdo con el informe de Reuters del viernes 24, un correo electrónico interno del Pentágono contempla la suspensión del apoyo al Reino Unido en su disputa con la Argentina por las Islas Malvinas, en represalia por no haber apoyado las operaciones estadounidenses en la guerra contra Irán. Inicialmente Gran Bretaña se negó a que desde sus bases partieran misiles en acciones ofensivas contra Irán pero ante la insistencia de Trump accedió a que fueran defensivas, ante represalias iraníes contra residentes europeos. Este castigo también incluiría la expulsión de España de la OTAN, por haberse negado a conceder derecho a Estados Unidos de acceso, base y sobrevuelo para sus aviones y armas de combate en las bases naval de Rota y Aérea de Morón . "No es nuestra guerra", había dicho Pedro Sánchez. El memorándum se refiere en forma genérica a las posesiones imperiales europeas de larga data, como las Malvinas y el Peñón de Gibraltar. Trump se ha encontrado con frecuencia con Milei, con quien intercambian alabanzas en el estilo pomposo que ambos cultivan. Por el contrario, Trump  comparó irónicamente con Winston Churchill a Sir Keir Starmer.

 

Trump compara jocosamente a Starmer con Churchill.

 

 

La primera respuesta oficial británica provino el mismo viernes de un vocero del propio Starmer. “No podríamos ser más claros sobre la postura de Reino Unido respecto a las islas. Es una postura de larga data y no cambió”, afirmó el portavoz. También el Departamento de Estado de Estados Unidos declaró que su postura no ha cambiado, seguiría siendo de neutralidad. Esto es una ficción. En 1982 la posición era más que de neutralidad, y no por ocurrencia de un Presidente caprichoso: era el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca el que obligaba a Estados Unidos a alinearse  con el país americano en combate contra una potencia extracontinental. ¿Quién garantiza que hoy sucedería lo contrario? El argentino Rafael Grossi, en su segundo mandato como director del organismo de la energía nuclear de la ONU acaba de reunirse con representantes de Irán, Rusia y China, adelantándose a Estados Unidos y es el favorito para suceder al portugués Antonio Guterres al frente de las Naciones Unidas. Las otras candidatas tampoco parecerían obstáculos para el cambio de status de Malvinas, a pesar de Milei: la ex presidente chilena Michelle Bachelet y la costarricense Rebeca Grynspan, secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo.​

 

Rafael Grossi, el principal candidato a la ONU.

 

 

Control social

Hace 22 años pude discutir en el programa de Andrés Oppenheimer en la televisión de Miami las propuestas del Comando Sur con su jefe de entonces, general James T. Hill, y con el responsable del Pentágono para Subamérica, Roger Pardo Maurer, un centroamericano-estadounidense que se ahogó el año pasado en Costa Rica. El general Hill defendió el proyecto de volver a utilizar a los militares latinoamericanos como instrumento de control social, sobre una región que según declaraciones del propio comandante al Congreso de su país, proveía un tercio del petróleo que importaba Estados Unidos, es decir más que todos los países del Medio Oriente juntos; implicaba un intercambio comercial equivalente al que Estados Unidos tenía con toda Europa y preveía que en 2010, superaría al que Estados Unidos tendría entonces con Europa y Japón juntos. Dos décadas más tarde, esto ayuda a entender el deterioro de las relaciones de Estados Unidos con Europa y su recrecido interés por América Latina, el petróleo venezolano, el litio y las tierras raras. El Comando Sur ya agitaba entonces en América Latina la amenaza de "los demagogos populistas", entre quienes englobaba a Néstor Kirchner, Hugo Chávez y Lula. En una audiencia legislativa, Hill intentó asimilar el fantasma del populismo radical en América Latina con el terrorismo, el narcotráfico, la criminalidad organizada, el lavado de dinero, las pandillas urbanas. Es decir una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos frente a la cual trataba de profundizar el nexo con los militares al margen de los gobiernos y de las instituciones políticas del sistema interamericano como la OEA. En aquel debate de 2004, Pardo Maurer y el general Hill, agitaron el fantasma del populismo radical en América Latina e intentaron confundirlo con el terrorismo, el narcotráfico, la criminalidad organizada, el lavado de dinero y las pandillas urbanas, que “amenazan la seguridad de los Estados Unidos” (no la nuestra).

 

 

 

Les pregunté qué estaba haciendo el Ejército de Estados Unidos dentro de Estados Unidos frente a esos problemas. (Desde 1878 la ley Posse Comitatus prohíbe el empleo de Fuerzas Armadas en los estados provinciales). Pardo Maurer enfureció ante mi pregunta. Dijo que era una pregunta tendenciosa, porque Estados Unidos tenía "un sistema legal muy establecido, en el cual hay tareas explícitas para las Fuerzas Armadas, muy definidas para la policía, muy esclarecidas, con sistemas de mando, de control, de responsabilidad política". Pero que en muchos países de Latinoamérica "existe una confusión total. Nadie sabe cuál es el papel del juez, el de la policía, el de las Fuerzas Armadas". Objeté que la única confusión surge de la presión del Comando Sur para que nuestros militares participen en tareas de seguridad interior y el entrenamiento que están brindando militares norteamericanos a policías de América Latina. Dije que nosotros queríamos hacer como ellos.

Más inteligente que Pardo Maurer, el general Hill sostuvo que las amenazas a Latinoamérica ya no eran las mismas que en el siglo XX. Sugirió a militares y civiles "que observen con honestidad qué necesitan sus fuerzas de seguridad, militares y policiales, para el siglo XXI: qué tipo y número de fuerzas, con qué estructuras, cuánto pueden permitirse gastar y cuánto no, y cuáles son sus roles". Agregó que ese diálogo acerca de lo que las Fuerzas Armadas hacen en apoyo de la democracia era imposible cuando las Fuerzas Armadas no creían en la democracia y en muchos casos estaban en el gobierno. Declaró que "la mayor amenaza es la pobreza, y de ella se derivan la corrupción, la violencia y la frustración. Ello incrementa el narcotráfico, las actividades ilegales y las pandillas, el tráfico de personas y de drogas, el desasosiego en la población cuyas legítimas expectativas no han sido satisfechas. Si usted tiene unas Fuerzas Armadas de 100.000 hombres y sólo 15.000 policías pero la mayor amenaza es el crimen urbano, ¿necesita 100.000 militares o 75.000 policías? Como no puede mantener a ambos yo sugiero tomar algunos de esos militares y reentrenarlos para ser policías. Si la clave es la pobreza, como yo creo, los gobiernos no pueden continuar teniendo las Fuerzas Armadas y la policía actuales. Necesitan más policía". Macrì comenzó a hacerlo poco después, y su asesor en asuntos estratégicos Fulvio Pompeo proponía para las Fuerzas Armadas el modelo estadounidense de una guardia nacional.

Es muy interesante volver a escuchar hoy este debate, cuando el actual Presidente Trump envió 5.000 soldados del ejército  para controlar movilizaciones en protesta por la política de deportaciones de inmigrantes, y un juez le ordenó retirarlas. Trump también criticó a los aliados de la OTAN por no enviar sus armadas para ayudar a abrir el estrecho de Ormuz, que quedó cerrado al tráfico marítimo mundial tras el inicio de la guerra. También declaró que está considerando retirarse de la Alianza. "¿No lo harías si estuvieras en mi lugar?", preguntó el republicano a Reuters en una entrevista el 1° de abril, en respuesta a una pregunta sobre si era posible que Estados Unidos se retirara de la OTAN.

Pero el correo electrónico no sugiere que Estados Unidos vaya a hacerlo, dijo la vocera del Pentágono, Kingsley Wilson. Tampoco propone cerrar bases en Europa. No obstante, no confirmó si las opciones incluían la retirada de algunas fuerzas estadounidenses de Europa. La vocera agregó que "como dijo el Presidente Trump, a pesar de todo lo que Estados Unidos hizo por nuestros aliados de la OTAN, ellos no estuvieron ahí para apoyarnos. El Ministerio de Defensa se asegurará de que el presidente cuente con opciones creíbles para garantizar que nuestros aliados dejen de ser un tigre de papel y, en su lugar, cumplan con su parte. No tenemos más comentarios sobre ninguna deliberación interna al respecto", dijo.

 

La vocera del Pentágono Kingsley Wilson.