El mundial de fútbol nos dejó tantas emociones, perturbaciones y discusiones que a esta altura parece que hubieran pasado meses, y no apenas diez o doce días. Hubo discusiones y debates como: si hubo trampa en el último partido, si los argentinos somos racistas, y uno un poco más ambicioso: qué somos los argentinos. Los tres temas me parecen interesantes, y los tres se tocan y se tocarán con la mínima seriedad. El problema no es que alguien aborde una cuestión con mínima seriedad, sino el cruce entre el que quiere discutir en serio, y el que quiere que lo escuche o lea mucha gente. Eso que se llama “bate”, poner o decir algo que provoque reacciones, y que por lo tanto consiga que más personas te vean o te lean. Las redes sociales son a la discusión pública algo similar a lo que eran aquellos programas de la tarde con invitados, panelistas y eventualmente con público. Sé que en los Estados Unidos hubo muchos, de acá el que mejor recuerdo es el de Mauro Viale. Al estudio del canal llevaban gentes y cuestiones que muchas veces eran muy dramáticas, pero que se dirimían gritándose insultos. Algo así como “hoy traje a un represor que les va a explicar qué pasó” y la gente en el estudio grita “¡eh, represor maracaaa!”. Otro: “hoy tenemos a la doctora Mongocho que va a hablarnos del patriarcado heteronormativo” y la gente en el estudio grita “¡eh, doctora maracaaa!”. Otro ejemplo: “hoy vamos a hablar del racismo en la argentina, saludamos al Negro Dolina”, y la gente del panel grita “¡eh, negro maracaibooo!”. El ejemplo con Dolina es bueno, porque la producción invitaría a alguien famoso, morocho y conocido como “negro”. (No lo invitarían por su capacidad de desarrollar ideas.) Pero el ejemplo es malo porque el Negro Dolina nunca iría a un programa así. Quizá con el Negro Lavié tendrían más suerte, no lo sé.
Las redes son eso, un espacio donde todo lo que entre va a salir enchastrado por gente que odia, pero sobre todo por gente que trabaja de hacer bullying, por gente indolente que juega a destruir a otros con insultos y toda clase de descrédito. Recuerde: todo lo que usted ponga en la red, saldrá sucio y roto y abaratado, pisoteado y consumido por formas de imbecilidad que usted todavía no conoce. Porque la imbecilidad en las redes es un arte que se cultiva, y no lo digo con ironía. Porque esa imbecilidad, cuando se aplica con la experticia de los grandes conocedores, es capaz de corroer hasta la lógica más irrefutable. El original silogismo “tenía trabajo, me alcanzaba la plata, me iba de vacaciones, me compré la casa, mis hijos podían estudiar y había salud pública con esos kukas que destruyeron el país y se robaron todo” es un logro de esto que estoy contando.
Para los problemas internos del campo nacional y popular es parecido, cualquier crítica o posición política o análisis de la situación irá acompañada de “el hijito caprichoso” o “el enanito que se cree alguien”, haciendo bastante complicado cualquier avance sobre el campo chamuscado de las ideas y facilitando el insulto como respuesta. No lo tengo medido, ni me tomaría semejante trabajo, pero veo que la lógica de las redes ya está en todos lados. En la tele y la radio y en el Congreso y donde se quiera decir algo se usa la lógica del “bate”. Las palabras son cada vez más fuertes, no fuerte como “coloniaje” sino como “pelotudo”, un concepto que nos dice bastante menos, pero que resuena mucho mejor. El conductor televisivo que explica que “el país está hecho verga” hace que coincida con él fuertemente (con una frase que yo podría decir quizá hasta varias veces al día), pero me deja con un poco de ganas de sentir que me respetan como televidente racional. Claro que no se piensa en eso, se piensa muy sencillamente en llamar la atención con una palabra diferente y un poco más grosera que las groserías que ya son parte de cualquier discurso. Y hago acá una aclaración, que esto no es una guerra contra las groserías, es que sospecho que donde me dan una grosería me están debiendo una palabra con una idea detrás. Porque putear, puteamos todos, el asunto es que en algún momento tenemos que pensar también.
Y así vamos encerrándonos, acorralados por estas lógicas que necesitan ruido para hacerse notar, escándalos que duran 5 minutos, peleas a muerte que duran 10 minutos, tragedias nacionales que duran 15 minutos. Los tres temas que menciono al principio: trampa en la final del mundial, si somos o no racistas y qué somos los argentinos se están apagando a medida que escribo estos párrafos y empiezan a aburrir. Porque todo va a parar a la redes, lo que se dice en el Congreso, en la Casa Rosada, en la tele, en las radios, lo que pasa en la calle y en una cancha de fútbol en Atlanta. La gente habla y actúa, queriendo o sin querer, para la trascendencia intrascendente de X o Instagram, donde nadie se acuerda del tema que fue tendencia la semana pasada.
Y acá está el culpable, lo tengo al lado, a centímetros de mi mano por si me reclama para darle atención. El maldito celular que nos hace trabajar gratis para el patrón cuando respondemos algo del laburo a las diez de la noche, para la municipalidad cuando hacemos nuestros trámites en su simpática aplicación, para Marcos cuando nos metemos a buscar y comprar cualquier porquería en su multitienda megaverso, para nuestro banco cuando abrimos su lujosa “app” y hacemos lo que antes hacía el cajero, para los dueños de los algoritmos cuando buscamos dónde arreglan zapatos o quién era el protagonista de Brigada A. Seguramente me faltan más trabajos que hacemos gratis para otros con el maldito. Pero falta señalar que el maldito también es el responsable del déficit atencional de nuestros hijos, con el agregado de que también gracias al maldito están expuestos a diferentes clases de acosos, ya sea de un violador de la escuela austríaca, como de una aplicación de apuestas.
A lo anterior deberíamos agregar que el maldito, el celular, nos separa de la gente, a todos, a los chicos y a los grandes. Y al parecer contra eso no podemos hacer nada más que darnos cuenta a veces. La anécdota que me cuenta un amigo periodista, un delegado sindical que le dice que antes todos se juntaban en el comedor de la empresa durante el almuerzo, y que ahí se charlaba y se tocaban los temas de los laburantes. Y que ahora también, se juntan en el comedor de la empresa a almorzar, pero cada uno está mirando a su maldito. Nadie se habla. Se muestran las pantallas cuando aparece algo que los asombra durante dos segundos.
Sé que en algunos países se empezó a restringir el uso del maldito en los chicos y sé de gente aguerrida, con mucha conducta, que deja de usarlo. Que simplemente se compra un aparato que es sólo teléfono y le dice adiós a todo lo que el maldito te da, que es mucho. Y ese mucho se disfruta, mientras lo mucho que te saca casi ni lo sentís. Por eso las restricciones son dificultosas.
Es así, o es bastante así, el celular es el aparato más antiperonista del mundo, y llevamos un gorila en el bolsillo. También por eso las cosas se nos complican. Pero bueno, siempre queda la posibilidad de dejar al gorila en casa y de encontrarnos con los amigos en el café.