
El éxodo hacia una lucha compartida
Por Alfredo Grande
(APe).-
No estoy seguro de que todo tiempo pasado fue mejor. En todo caso, si lo mejor es enemigo de lo bueno, todo tiempo pasado es más bueno, aunque no necesariamente mejor. Quizá lo bueno sea justamente ser tiempo pasado. O sea: un tiempo que ya pasó y que podamos recordarlo desde este tiempo que está pasando. Pensar en el tiempo pasado es lo mismo que sostener los recuerdos. Y no podemos vivir de recuerdos, pero tampoco podemos vivir sin recuerdos. O sea: sin pensar en el tiempo pasado.
Era una ceremonia familiar ver el álbum de fotografías. Las comparaciones con las imágenes de la actualidad no siempre eran favorables. El tiempo pasado tiene no solamente el beneficio de la duda, sino incluso el beneficio de la impunidad. Hoy puedo aceptar que todo tiempo pasado fue distinto, y no pocas veces, peor. La frustración con el presente y el terror al futuro, son condicionantes suficientes para idealizar lo que ya pasó.

Los Estados Unidos de Norteamérica tenían como marca de fábrica ser la “gran democracia del Norte”. La anomalía a la matrix capitalista fue sepultada en los 90, dando paso al fin de la historia. En realidad, de las otras historias que hoy llamaríamos alternativas. La aldea global pasó a ser el capitalismo mundial integrado. Y el año dos mil nos encontró unidos y dominados.
Nuevamente los males de las puebladas rebeldes e insurgentes fueron curadas y prevenidas con las vacunas de las democracias representativas. En el 2001 escribí un artículo para Enfoques Alternativos, revista en papel, sin archivo digital, dirigida por el sabio economista que fue Jorge Beinstein. Su título: “Democracia restitutiva: del ritual al escrache”. La representación comenzaba a ceder el espacio político a la gestión. Con cierta nostalgia recuerdo una propaganda sobre un candidato a no me acuerdo que cargo, al que denominaré “el ignoto”, que solamente decía: “tiene gestión”. De qué tipo, en que, para que, no interesaba. La serpiente ya había puesto otro de sus huevos.

El Microchip, o también llamado circuito integrado (CI), es una pastilla o chip muy delgado en el que se encuentran una cantidad enorme de dispositivos microelectrónicos interactuados, principalmente diodos y transistores, además de componentes pasivos como resistencias o condensadores. El primer Circuito Integrado fue desarrollado en 1958 por el Ingeniero Jack St. Clair Kilby, justo meses después de haber sido contratado por la firma Texas Instruments. Los elementos más comunes de los equipos electrónicos de la época eran los llamados "tubos al vacío". Las lámparas aquellas de la radio y televisión. Aquellas que calentaban como una estufa y se quemaban como una bombita.
En el verano de 1958 Jack Kilby se propuso cambiar las cosas. Entonces concibió el primer circuito electrónico cuyos componentes, tanto los activos como los pasivos, estuviesen dispuestos en un solo pedazo de material, semiconductor, que ocupaba la mitad de espacio de un clip para sujetar papeles. El 12 de septiembre de 1958, el invento de Jack Kilby se probó con éxito. El circuito estaba fabricado sobre una pastilla cuadrada de germanio, un elemento químico metálico y cristalino, que medía seis milímetros por lado y contenía apenas un transistor, tres resistencias y un condensador. El éxito de Kilby supuso la entrada del mundo en la microelectrónica, además de millones de dólares en regalías para la empresa que daba trabajo a Kilby. El aspecto del circuito integrado era tan nimio, que se ganó el apodo inglés que se le da a las astillas, las briznas, los pedacitos de algo: chip. En el año 2000 Jack Kilby fue galardonado con el Premio Nobel de Física por la contribución de su invento al desarrollo de la tecnología de la información.


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