La historia de un pueblo perdido, lleno de excesos y pasiones, que suele ser
considerado el lugar donde se gestó la idiosincrasia nacional y una de sus
mayores identidades: el balompié. ¿Qué tienen de ciertos estos relatos, que hoy
vuelven a salir a la luz tras algunos hallazgos?
Por Norman Petrich
La historia de un pueblo perdido
debido al poco juicio de razón de sus habitantes y los increíbles excesos en
que estos solían caer siempre fue considerada una leyenda alocada utilizada
para animar fogones, una historia truculenta, un cuento perdido de algún mal
escritor que el “boca a boca” convirtió en un relato esgrimido por comadronas
para asustar a los niños. Nunca hubo datos precisos de que Asendog pudo existir
realmente. Pero una nueva corriente revisionista parece asegurar que sería la
cuna del aguante, de la pasión argenta. En distintas semanas iremos
compartiendo los apuntes encontrados de un supuesto hijo no reconocido de Félix
Luna, quien tuvo la mala suerte de caer en ese lugar y del cual aún no sabe
cómo pudo salir, para que juntos, lectores y recopilador, dilucidemos cuán
ciertos pueden ser estos relatos.
¿Fútbol era el de antes?
Lo primero que me hizo pensar en la
posibilidad de que Asendog fuera la cuna de nuestra civilización fue su
desmesurada pasión por el fútbol, cuyos inicios se remontan a tiempos
anteriores de los conocidos primeros pasos del balompié argentino. Todo está
debidamente asentado y registrado en las paredes del Grillo Viejo Bar donde las
fotos que van del sepia hasta los colores rabiosos montan guardia, protegiendo
la fascinante historia de los dos deportes asendogenses más populares: el
fútbol y el chusmerío.
Como toda pasión, tiene sus lados
opuestos. Asendog divide en dos sus sentimientos tras el Deportivo (de camiseta
color verde) y el Atlético (remera blanca con vivos rojos) Y como
enfrentamiento que se precie de tal, tiene su clásico o derby, como prefiera
llamarlo. Ese día, el pueblo entero concurre al estadio. Y es aquí dónde uno
puede comprobar eficazmente que los dos deportes más populares de Asendog van
de la mano: tamaña concurrencia se debe, en parte, al episodio futbolístico
propiamente dicho. Pero también a la posibilidad de confirmar o desechar
historias medio ocultas, o de enterarse de otras que no sabían cómo se les
había pasado por alto. Debo hacer notar que todos se conocen en Asendog, (el
dicho de “somos pocos y nos conocemos mucho” les cae de perillas) lo que
facilita esta situación. Juran que intentan mantenerse calmos, no exaltarse,
pero alguien enciende una simple llamita y en menos de un segundo tenemos una
hoguera gigantesca sin leña de por medio.
Parece ser que, en el fragor del
partido y ante la patada mal intencionada de algún defensor, siempre hay un
fanático que no puede contenerse y empieza a gritar barbaridades ("pero
que son verdades", acota Anita Barretegy de Rojas) tales como “¡Ey, tres,
estás clavado al suelo como un espantapájaros y pegás más patadas que un cable
en corto! ¿Por qué en vez de jugar al fútbol no te dedicas a cuidar a tu mujer
que en este momento debe estar pasándola bien con el comisario?”. El jugador
nunca se queda callado y lanza respuesta del estilo de “imposible, si a la que
atiende el comisario es a tu esposa”. Esta pequeña cadena de sucesos
verborrágicos y machistas produce lo que podríamos llamar un “efecto dominó”,
ya que todos los ciudadanos ven alterada su conducta; los unos defendiendo al
hincha y los otros al jugador. De ahí en adelante nadie está a salvo, los
trapitos sucios que no se lavan desde el clásico anterior salen a relucir sin
importar el remitente, mientras sea hincha o jugador del club contrario. “La
mentira tiene patas cortas”, dice Anita, que calla unos segundos para agregar:
“y el silencio también. Todo se sabe, todo se sabe”. Y ahí nomás nos da el
ejemplo del “Pollo” Herrieda, integrante del once titular de Atlético, quien
tras cometer una dura infracción, fue acosado y acusado por la tribuna del
“verde campeón” de ser el causante en repetidas ocasiones, de serias anomalías
entre los animales de Eduardo Webber. Para ser más claro y directo, lo
señalaban (según las palabras de los simpatizantes) como “viejo culiador de
chanchas”. Después de soportar semejante clima hostil por más de treinta
minutos, Herrieda enfrentó la hinchada del Deportivo y se defendió diciendo que
“como lo podían acusar de semejante aberración, si él lo había hecho una sola
vez, no más”.
Otro de los mitos futbolísticos de
Asendog es Mario Moro (más conocido como el Mono), arquero del Deportivo, a
quien todos recuerdan porque atajaba protegiendo su cabeza con una boina negra
y por lo acontecido durante un clásico en el cual se jugaban la clasificación a
los cuartos de final del campeonato. El “verde campeón”, con empatar, estaba
clasificado (cosa que hasta ese momento ocurría) pero a diez minutos de que
finalizara el encuentro el árbitro sanciona un dudoso penal a favor de
Atlético. Lo ejecuta Diego Acevedo, goleador de "la banda roja". Moro
vuela en forma espectacular hacia su izquierda y contiene el balón.
Inmediatamente la tribuna del Deportivo estalla en una ovación y los compañeros
llenan de felicitaciones al arquero. Es en ese instante cuando Moro se da
cuenta que la boina, con el esfuerzo realizado, se le había caído dentro del
arco y se introduce en él para recogerla con la pelota bajo el brazo y sin
percatarse que, de esa forma, anotaba un autogol. Recién cuando los compañeros
lo rodearon furiosos, el “Mono” hizo un rápido recuento mental de lo sucedido,
justo a tiempo para correr a través de toda la cancha y escapar saltando el
alambrado y evitar de esa forma que lo lincharan.
Situación que sufrió al caer por
estos suelos el ex jugador de fútbol Jorge Valdano, quien había escrito un
relato basándose en lo recién contado. Los hinchas lo acusaron de no haber
solicitado permiso para usar las “raras habilidades de su arquero” antes de
pasarlo al papel escrito. Ante la justificación de Valdano de que Mario había
cedido los derechos para que esto ocurriera, los del “verde campeón” lo
acusaron con una frase que haría historia: “Aquí no hay que hablar con el Mono,
sino con el dueño del circo”. Las malas lenguas comentan que Mario Moro también
sabía venderse a los equipos rivales que necesitaban imperiosamente los puntos,
los cuales en vez de pagarle con dinero arreglaban todo con damajuanas de vino.
Pero yo no creo que sea verdad, las malas lenguas son muy dañinas después de un
gol en contra.
Finalizado el campeonato oficial, el
fútbol no detiene su marcha ya que se llevan a cabo torneos cortos en los
cuales los equipos se anotan abonando previamente una inscripción. Debido a la
hora en que se realizan llevan el nombre de nocturnos.
Las reglas son simples: equipo que
pierde, queda afuera. Cada equipo no puede contar con más de cinco federados
(jugadores fichados en la liga oficial, en clubes como Atlético o el Deportivo,
para dar un ejemplo) Si uno tiene la suerte de ganar el torneo recibirá como
premio una cantidad de dinero previamente establecida, razón por la cual muchos
buenos jugadores desisten de participar en el campeonato anual para hacerlo en
estos lucrativos nocturnos. Pero no es por esto que gozan de buena fama sino
por el hecho de que toda persona amante del fútbol y un poco diestra en el tema
se anima a participar en los torneos. De dicha forma quedan formadas escuadras
bastantes particulares, la mayoría bajo el nombre de un negocio o una idea
disparatada. El verdulero, el arquitecto, el peón de campo, se unen para lograr
el objetivo de alzarse con el dinero que, en forma inevitable, se transformará
en una noche interminable de asado y porrón. Si el afamado escritor Jorge Luis
Borges hubiera escuchado hablar sobre estos disparatados nocturnos no hubiera
opinado que el fútbol es sólo veintidós personas peleando por un único balón.
Quizás, hasta descubriera qué tan importante puede llegar a ser para el
desarrollo de la persona. Y si no que le pregunten al “Petiso” Salomé, quien
jugando para los Vaqueros del Asfalto (equipo formado por camioneros
transportistas de ganado) veía como su compañero Flavio Méndez, pelota que
recibía al ras del piso, automáticamente la elevaba para dejarla caer y recién
ahí pasarla a un jugador de su cuadro. El “Petiso”, cansado, le recriminó dicha
acción, a la vez que lo interrogaba para averiguar la razón de (según sus palabras)
“tamaña burrada”, si pasarla por abajo era lo más sencillo que podía existir en
este deporte. El público asistente se llamó a silencio sabiendo que una
recriminación de ese calibre generalmente recibe como respuesta sutilezas como
“dejame de romper las bolas” o algo por el estilo, casi siempre como antesala
de la demostración de las habilidades pugilísticas tanto de los involucrados
como de alguno que pasaba por ahí y no es de andar amarreteando golpes.
Pero esta vez, la chusma fue testigo atónito de la respuesta de Méndez quien,
pacientemente, explicó que él hacía uso de la ley de la gravedad, la cual reza
que todo cuerpo que sube, tiende a bajar. Como la pelota no era una excepción,
la elevaba y mientras caía tenía tiempo de observar la ubicación de sus
compañeros para luego darle el pase al mejor colocado. Como ya dije, el público
está acostumbrado a los exabruptos, tal vez por eso rompió el silencio con un
estruendoso aplauso y vítores para Méndez. Desde entonces, cada vez que juegan
con él, los compañeros le piden el esférico en forma amable diciendo:- Por
favor, señor Newton, ¿le complacería cederme el balón?
Hubo una época en el pueblo donde
jugar al fútbol y divertirse era más importante que ganar; fomentar la unidad
del grupo a través de la confianza en el compañero algo fundamental para
conseguir cualquier objetivo impuesto. No sé si es el mejor ejemplo pero bien
vale traer a colación la persona de Augusto Andrade, zaguero izquierdo de la
segunda división de “la banda roja”, por aquellas épocas. Este señor, en medio
de un encuentro cerrado, trabado, anodido; al ver caer un centro llovido y
fácil de rechazar recordó lo del juego bonito y la confianza en los demás.
Sabiendo que el "Pato" Lucas era experto atajador de penales, en vez
de despejar tomó la pelota con ambas manos, se dio vuelta y le dijo al número
uno:- Dale "Pato", atajate uno que el partido está aburrido.
Obviamente, por más buen arquero que
sea Lucas no podía detener todos los penales que le patearan y este se lo
mandaron a las piolas. La anotación produjo el inmediato cambio de un Andrade
desilusionado, quien deslizó una frase que marcaría el fin del juego bonito y
el comienzo de un fútbol más interesado: "la confianza mata al
hombre". Los allegados al defensor señalan que esto no sería totalmente
exacto. Según estas personas, al dicho emitido le siguió esta reflexión:- Bah,
matar no sé si lo mata pero por lo menos lo manda al banco. Dicha reflexión fue
abortada por generaciones siguientes para mayor comodidad.
A la hora de nombrar a hinchas
destacados de la localidad, la primera imagen que a uno le viene a la mente es
la de la "Negra" Campos. Se la puede localizar en la tribuna oeste de
la cancha, cambiando sus buenas costumbres de maestra rural por toda clase de
improperios, si de defender a los jugadores del Deportivo se trata. Asegura el
saber popular, que Campos puede insultar sin repetir, sin soplar y de corrido
los ciento cinco minutos que van desde el pitazo inicial hasta el que marca el
final del partido, descanso del entretiempo incluido. Sin embargo, el hincha
que supo dejar cantidades inagotables de anécdotas es el "Narigón"
Alfaro. Ninguna derrota de su amado Atlético tenía como causa el infortunio o
el mal desempeño de los jugadores. No, la culpa era siempre del árbitro, o como
el prefería llamarlo, "el viejo de negro". Entre sus más alocadas
ocurrencias podríamos destacar la vez en que "la banda roja"
cayó derrotado por su clásico rival por el mínimo marcador y el
"Narigón" acusó al juez de línea de, “en una acción en que la pelota
había abandonado los límites del campo de juego, acercarse hasta ella silbando
bajito y, haciéndose el distraído, tocársela a un jugador del Deportivo quien,
ni lerdo ni perezoso, la introdujo en el arco anotando de dicha manera el único
gol del encuentro”. O la vez que su queridísimo club tuvo que soportar, en su
propia cancha, la vuelta olímpica de Independiente de Darías. Alfaro se
excusaba afirmando que "cómo no iban a ganar los de Darías, si al terminar
el partido el viejo de negro daba la vuelta olímpica abrazado con los jugadores
y envuelto en una bandera de Independiente". Tampoco podemos dejar afuera
de esta lista el comentario ofrecido tras la caída de Atlético ante Arsenal de
Valey, sobre el final del partido. El "Narigón" decía que "en el
gol se puso a contar los contrarios que esperaban el centro y había once
adentro del área, ya que hasta el arquero había subido a cabecear. Me fijo
quien pateaba el córner y ahí estaba el viejo de negro, preparadito para
entrarle a la pelota con la zurda". Estas tres pequeñas historias sirven
para ilustrar la inventiva asendogense y para homenajear, en forma póstuma, al
"Narigón", ya que abandonó este mundo como no podía ser de otra
manera: en una cancha de fútbol, alentando a su Atlético. El médico de guardia
aseguró que la causa del deceso fue un paro cardíaco pero las malas lenguas
afirman que lo mató el hecho de ver a los árbitros con vestimentas coloridas,
abandonando para siempre el glorioso uniforme color luto.
Si bien Alfaro exageraba, los árbitros también
tienen su bolsillo roto. Claro ejemplo es Cristian Ruiz, más conocido como
"Cabeka". En un partido disputado por el Deportivo y Valey Fobal
Club, los delanteros de este último tenían a mal traer a la defensa del
"verde campeón". Promediando la mitad del segundo tiempo, tras eludir
a tres contrincantes, el puntero izquierdo de Valey, Raúl Echegoy, pateó ante
la salida desesperada de Mario Moro. Cuando el arquero, ya vencido, creía que
le tocaba ir a sacar la pelota del fondo del arco, ve como "Yobaco" Killer
en una volada salvadora, detiene el balón con las dos manos, cometiendo penal
pero evitando la caída momentánea de su valla. Sin embargo, "Cabeka",
salió disparado hacia la mitad de la cancha señalando un gol que nadie
percibió. Los jugadores del Deportivo corrieron tras él exigiendo explicaciones
a semejante cobro. Ruiz, sin que se le caiga ni una pestaña, reconoció que no
había sido gol sino penal. Pero dando por seguro la conversión del mismo, dejó
para la posteridad una frase que, aun hoy, hace historia en los potreros
argentinos. Aseguró que "penal y gol es gol. ¿Para qué patearlo,
entonces?". Las crónicas no cuentan cuales fueron las respuestas a dicho
interrogante. Lo que sí cuentan es que "Cabeka" tuvo que huir,
cortando campo y saltando el alambrado (algo que, parece ser, fue muy utilizado
por estos lares), de la ira de los jugadores del "verde campeón",
estableciendo un récord que todavía tiene vigencia: doscientos metros con valla
(el alambrado) en menos de doce segundos.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario