
Por Alfredo Grande
(APe).-
En los años que estoy escribiendo en el marco de la Agencia de Noticias Pelota de Trapo, han sido pocos los textos donde el nombre propio tiene un espacio destacado. En el intento de trabajar siempre con analizadores, me interesa más el nivel fundante que lo sustenta que el nombre propio que lo evidencia.
Más directo: no me gusta un texto que haga centro en un nombre propio. Pero como hago muchas cosas que no me gustan, este texto hará centro en un nombre propio. Eso solo sucede cuando el nivel fundante y el convencional coindicen. O sea: esencia y apariencia son una cosa y la misma cosa. Hay muchos ejemplos, aunque no demasiados. En este caso, el denominado “cristinismo” es indisoluble de Cristina Fernández. Y esto es lo que denomino una singularidad. Y ejercer el pensamiento crítico con singularidades, da cuenta de la propia implicación.

Quizá por eso dicen que el amor es ciego, aunque en realidad el tema no es el amor, sino el eterno enamoramiento. Insisto: solo una singularidad puede construir y mantener en el tiempo ese vínculo tan especial. Creer porque es absurdo es la consigna que podría dar cuenta de esa singularidad. Cuanto más absurdo, más esforzado es el creer. Entonces la creencia da paso a la construcción de la certeza, piedra fundante de los delirios y de lo que denomino el alucinatorio político social.
Si el pez por la boca muere, es porque en sus palabras algo tóxico, algún tipo de veneno, es producido y consumido casi al mismo tiempo. El pensamiento crítico sobre la singularidad no pretende conmover a la singularidad. Pero al menos intenta quedar por fuera de los efectos letales de esa singularidad sobre los saberes y los sentires.

Si el pensamiento crítico es una vacuna, la inmunidad conseguida es baja. No tiramos piedras, pero no estamos libres de algunos pecados. Al menos no queremos sumar el pecado de la obsecuencia y el pecado de lo políticamente correcto. Nuestra singularidad en debate es el discurso homilía que Cristina Fernández pronunció en Las Flores. La fecha del 24 de marzo obviamente no fue casual, sino apenas digna de un oportunismo astuto y eficaz.
Lo que detonó y sacudió mi modorra setentista, (me refiero a mis 72 años) fue la enfática mención, la encendida defensa, el entusiasmo desbordante, de Disney World. Como lugar preferencial de vacaciones. Parece que algo de magia había después de todo. Dime que vacaciones eliges y te diré quién eres. Solamente por haber transitado “Para leer el pato Donald” de Ariel Dorfman, sabemos que la industria del entretenimiento es también la industria del adormecimiento y la industria del sometimiento.

Más del 60% de les niñes que tienen hambre tienen el consuelo que ni siquiera es premio de que los chicos ricos licuan su tristeza en Orlando. Les niñes parecen adultos, pero adultos sufridos, heridos, mutilados en cuerpo y alma. Sean como Mickey, grito triunfal de los nuevos ricos. Que nadie se sienta ofendido, asqueado, agredido con el exhibicionismo turístico de la singularidad, es efecto no casual del efecto anestésico sobre pensamientos y sentires. De lo contrario, por lo menos uno, o una, o dos, se hubiera levantado al escuchar lo que podríamos denominar el Elogio de la Burguesía Colonial. “¿No podríamos pedir, con toda la dulzura del mundo, que nos hagan algún gestito?”. Ni pedir, ni dulzura. Además, el gestito ya lo hicieron y se parece mucho a un corte de manga. El gesto en serio, sin dulzura alguna, con la profunda amargura de tantos combatientes masacrados, es no pagar aquello que no es deuda sino estafa. No se trata de pagar a 10 o 20 años. Menos de honrar la deuda, porque eso nos sigue deshonrando. Pero la singularidad, que alguna vez se auto elogió definiéndose como pagadora serial, logra que el tema de fondo sea completamente ocultado por temas de forma.

Los que pagan son los trabajadores, incluso los desocupados, los jubilados, les niñes que no comen, que no juegan, que apenas tiene una vida de penuria. Las deudas y las penas las paga el pueblo y las vacas siguen siendo ajenas. Ya totalmente entregada a un público también entregado, entonces glorificar la entrega es gratis. “No es un problema de subjetividades, es un problema de que no podemos, no tenemos la plata”. A pesar de lo que la singularidad afirma, sí es un problema de subjetividades.
El sujeto es núcleo de verdad histórica enseñó el filósofo León Rozitchner.
Y un psicoanalista que no conozco demasiado, pero que me cae muy bien, Alfredo Grande, escribió: la subjetividad es el decantado identificatorio de la lucha de clases. O sea: dime que subjetividad tienes y te diré a qué clase social y económica perteneces. Y si no tenemos la plata, es porque la siguen robando en forma legal.
Entre otras cosas, porque la ley de entidades financieras de Martínez de Hoz en casi 40 años de democracia de responsabilidad limitada, no fue abolida. Nadie puede tener aquello que te roban. Desde la plata del Potosí hasta los minerales de la tierra. No dejaré de mencionar que, en el acto de Las Flores, uno de los que tiró flores fue Horacio Pietragalla. El que evaluó que en Formosa no había violación sistemática de los derechos humanos. O sea: violación había, pero todavía no es un sistema. Me quedo más tranquilo.

Con temor a equivocarme, pero no demasiado, la singularidad se ubicó en la JP Lealtad. Alejada de la Jota Perra de Julio Yessi, pero también alejada de la gloriosa JP de la Tendencia Revolucionaria. La JP Lealtad es compatible con Disney World, ya que en su misma esencia estaba el entretenimiento y el adormecimiento frente a la inevitable masacre que se estaba organizando en forma planificada y sistemática.
Justamente la condición de singularidad permite que aquellos que se beneficiaron directamente del menemismo, que fue la continuación de la dictadura militar por otros medios, exhiban méritos en la lucha contra el neoliberalismo. Recordemos que, en el gobierno de Santa Cruz, en la singularidad kirchnerista, lo que cobraron como provincia, cuando se privatizó YPF, fueron rápidamente depositados en la reserva federal de EEUU. Y además dijeron que Menen era el mejor presidente de la historia. ¿Pero quién se acuerda de eso? Muchas y muchos. Por eso es necesario Disney World. Para que la industria del entretenimiento y adormecimiento le tuerza el brazo a la política rebelde y revolucionaria.

Lo escribí en mi texto “Democracia Cívico Militar”. Me parece una atroz canallada política e histórica suponer que con la derecha liberal y que organizó lo que denomino el fascismo de consorcio, se comparta sensibilidades y vivencias similares. Las y los desaparecidos no indultan a los que traicionaron su ideario durante décadas. Porque la lucha por la patria socialista no nos permite aceptar mansamente que la sangre derramada siga siendo negociada. Ni siquiera por twitter y tampoco viajando a Disney World.
Obviamente, en primera fila Sergio Berni. Porque la singularidad puede ser destituyente del gobierno que ella mismo organizó. Quizá el populismo tilingo sea una de las nuevas atracciones de Orlando.
Otra razón para intentar, pandemia mediante, mi noveno viaje a la Cuba de José Martí, Fidel y el Che. Y no conoceré nunca Nueva York, pero pisaré las calles nuevamente de la Habana Vieja.
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