Dos poemas de sendos escritores
centroamericanos reconocen la influencia insoslayable del peruano en la
revolución de la expresión humana.
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Por Norman Petrich |
Ilustración: Gabriela Canteros
“Yo no vivo comparándome a nadie ni
para vencer a nadie y ni siquiera para sobrepujar a nadie. Yo vivo
solidarizándome y, a lo sumo, refiriéndome concéntricamente a los demás, pero
no rivalizando con ellos. No busco batir ningún récord (…) No busco batir el
récord del hombre sobre el hombre, sino la superación, centrípeta y centrífuga,
de la vida. Una cosa es el récord de la vida y otra cosa es el triunfo de la
vida. La vida no es guerra ni farsa de guerra”, asegura César Vallejo con ese
materialismo que se fue colando en su escritura, como no podía ser de otra manera
cuando se piensa que si se “pone al pueblo a cargo de su propia lucha, se
comprende de suyo que se sientan en esta lucha latidos humanos de una
autenticidad popular y de un alcance germinal extraordinario, sin precedentes”.
La misma autenticidad y el mismo alcance germinal que va a tener su palabra
poética. Es comprensible que llamara la atención de esos que alguien, alguna
vez, llamó para identificarlos como poetas comprometidos. Juan Gelman es uno,
por ejemplo. Pero estas pocas líneas buscan rescatar los versos de dos
centroamericanos que celebran la vida de Vallejo desde el centro mismo de su
muerte.
“El primer poeta que me impresionó de
verdad, impresión tan grande fue que me estimuló a escribir en serio, a ya
tener de la literatura el sentido justo, fue César Vallejo, el poeta peruano
que me impresionó por su verso descarnado, por un patetismo humano que
encierra, por lo desnudo de su expresión y me pareció (esto lo vine a
comprender después) la expresión auténtica del hombre roto y aniquilado por el
capitalismo”, afirma Roque Dalton en una entrevista que le hacen en Cuba.
Tiempo después, escribirá para la revista de Casa de las Américas: “Vallejo,
como todo escritor humanista en desarrollo, de verdadera consecuencia consigo
mismo y con las necesidades de su labor, comienza además a comprender que su
mejor acción, su gran quehacer en el mundo, girará enderredor de la palabra… la
palabra es sometida a un obstinado, feroz y ratificado castigo de padre
formador y moldeador, y, entre trato duro y amor desaforado, es puesta por el
poeta en el centro de la revolución, más bien dicho es obligada a ser poseída
por una total revolución. ¿Qué revolución? La revolución que en ese entonces
Vallejo necesitaba: la revolución de su propia expresión humana.
En El turno del ofendido, el
poeta salvadoreño le dedicó este poema:
César Vallejo
Este cadáver que comienza a florecer
-la buena educación alza su filo-
este cadáver que no me ha sido
presentado
mejor que vivo a pura muerte cede
a las semillas del amor: ondea pétalos.
Este cadáver quien lo pensaría
defendiendo su copa de tormentas
visitado por ciegas mariposas de
circo
muertos sus poros desmedidos
muertos sus viejos humos de sentarse
vivas tan sólo sus raíces fúnebres
puntual en la palabra que calla
la eterna mano lúbrica que le queda
temblando.
Este cadáver que me contradice
creciendo hombre con hombro en el
idioma
de una plaga debida y crepitante.
Este cadáver de agua seca este
gravísimo
cadáver de los huesos huéspedes
pasa adelante palpa sus banderas
interroga a los interrogadores
da lo único que tiene de todo corazón
este cadáver
ha llorado y regresa y va llorando:
en un lugar del mundo su lápida
respira
bajo el severo peso de su nombre
vivido
un día dijo cosas para siempre
desde su muerte el mundo pesa más.
En “El entierro del poeta”, el cubano
Luis Rogelio Nogueras compone un escenario en el que la figura de César Vallejo
emerge al final como una síntesis del ideal humano, más allá de sus concretas
proyecciones políticas, aunque ellas sostengan esa síntesis, como bien marca
Guillermo Rodríguez Rivera. “De él aprendí que es el corazón quien impulsa la
palabra”, supo afirmar el Wichy. Este poema forma parte de su primer
libro, Cabeza de Zanahoria.
El entierro del poeta
A Víctor Casaus
Dijo de los enterradores cosas
francamente impublicables.
Blasfemaba como un condenado
y a sus pies un par de águilas lloraban pensando en las derrotas.
En el entierro estaba Lautréamont,
yo lo vi desde mi puesto en la cola:
dejaba el sombrero al borde de la tumba
y cantaba algo triste y oscuro
(lloraba honradamente, ya lo creo, y los caballos
devoraban higos en silencio).
Hubo discursos,
sonrisitas de Rimbaud junto a la cruz,
paraguas abiertos a la lluvia como
a él le hubiera gustado.
Hubo más:
hubo viernes y
canciones funerarias,
palomas que volaban sin sentido, como niños,
versos oscuros,
la hermosa voz de Aragón,
suicidios deportivos de Georgette y nunca más y hasta siempre.
A la hora más triste del asunto
no quería bajar porque decía que allí estaba oscuro.
Pero estaba muerto y hubo que bajarlo.
Los sombreros abandonaron las cabezas,
se alzaron copas, adioses, letreros de nunca te olvidamos.
(Un joven poeta a mi derecha le
mesaba las rodillas a la muerte).
Lo bajaron.
Se aplaudió en forma delirante;
la gente corría como loca asumiendo lo grave del momento.
Lo bajaban.
Las mujeres lloraban en silencio
porque bajaban las águilas, los sueños, países enteros a la tierra.
Se intentó una última sentencia:
Nerval se acercó con una tiza y escribió con letra temblorosa:
Su cadáver estaba lleno de mundo.
Desde el fondo, Vallejo sonreía sin descanso pensando en el futuro,
mientras una piedra inmensa le tapaba el corazón y los papeles.
Es curioso que Nogueras, para estos versos, utiliza
un sistema que Dalton aplicará mucho en sus textos y que denominará como
“montaje poético”, en el que reconocía las influencias del cine. Pero lo
cierto es que ambos vislumbraron lo que nacía de ese cadáver exquisito, que iba
de puño cerrado cargando el dolor del mundo, con la audacia necesaria para que
nada, pero nada volviese a ser lo mismo.

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