La Barra de Chocolate, ese misterio del rock argentino
Página/12
Los libros de
historia no dejan de mencionarla, pero la agrupación todavía espera un
reconocimiento: las reediciones de todos estos años no le prestaron la debida
atención.
Alberto Ramón García, Pajarito, uno
de los primeros "náufragos" del rock local.
Es una historia digna de ser contada. A Alberto
Ramón García el destino se le reveló cuando, de adolescente, presenció
una actuación de Oscar Alemán en el Club Social y Deportivo
Villa Malcolm. Atrás habían quedado los días en que, como parte de la murga
“Los Sacacueros de Palermo”, desfilaba a puro salto por la Avenida de Mayo. El
amor por el jazz se profundizó gracias a Louis Armstrong y a conjuntos locales
como The Georgians Jazz Band. García estudiaba en el colegio Nicolás
Avellaneda. Una tarde, en vez de ir a clases, se dirigió al Café Paulista de
Plaza Italia. En las inmediaciones del lugar conoció a Mauricio
Birabent, alumno de la Escuela Técnica Otto Krause, quien también se
había “rateado”. La conexión fue instantánea. El apodado Moris le hizo
escuchar el primer álbum de Elvis Presley. El impacto fue similar al
causado por el guitarrista chaqueño.
Por aquellos tiempos, García era seguidor de Los
Paters. El quinteto, con la voz de Norberto Franzoni, recreaba la sonoridad
de Bill Haley & His Comets y causaba furor. En noviembre
de 1960, el cantante se presentó a una convocatoria del sello RCA e invitó a su
admirador a acompañarlo. La audición resultó exitosa, no así la de su ladero.
El intérprete, bajo el nombre de Lalo Fransen, se convertiría en
una de las figuras de El Club del Clan. A principios de 1962,
el ex murguista trabajaba en un bar de Villa Gesell. Allí conoció al
cineasta Rodolfo Kuhn quien, enterado de su devoción por Brigitte
Bardot, lo bautizó con el apellido de su novio. El afortunado se
llamaba Bob Zaguri. Al año siguiente, el director lo convocó como extra
para Los inconstantes: el film, rodado en el balneario
bonaerense, lo mencionaba en los créditos como “Pajarito”, mote
puesto desde niño por su forma de “volar”, cuando era arquero, en los picados
de barrio.
Pajarito Zaguri era un asiduo concurrente a La
Cueva de Pasarotus, ubicada en la Avenida Pueyrredón 1723. El reducto
aglutinaba a músicos de jazz. En ese sótano, Birabent conoció al baterista Javier
Martínez y al bajista Luis Alberto “Rocky” Rodríguez. Con
ellos, durante el verano de 1965/66, se instaló en Villa Gesell, donde
dio vida a Los Beatniks. El nombre del grupo aludía tanto a la
generación beat (movimiento literario encabezado por escritores de la talla de Jack
Kerouac y Allen Ginsberg) como a la corriente musical liderada
por The Beatles. El conjunto animaba las noches en el Juan
Sebastián Bar. De regreso a la gran ciudad, la formación se disolvió. Moris,
entonces, rearmó la banda con Pajarito y dos músicos del antro de Barrio Norte:
el bajista Antonio Pérez Estévez y el baterista Alberto Fernández Martín.
Los Beatniks necesitaban despertar el interés de
alguna discográfica. Zaguri, a puro tesón, logró una cita con John
Lear, presidente de la filial local del sello CBS. “Averigüé a qué
hora solía llegar a su oficina. Un día lo intercepté en la calle y le dije:
‘¡usted nunca se va a olvidar de mí!. ¡Soy músico y quiero dar una prueba!’”,
le contó Pajarito a este periodista en octubre de 2003. La estrategia dio
resultado. El 2 de junio de 1966, el grupo registró (junto a Jorge
Navarro en órgano) dos piezas. “Rebelde”, con una
letra libertaria y pacifista, era una entrega impetuosa. Moris cantaba con un
convencimiento apabullante. Su compañero, en tanto, imitaba el punteo
de una guitarra eléctrica con la boca. “No finjas más”, de poética
existencialista, era otra muestra del poderío del combo. Con el disco en la
calle, el cuarteto ideó una campaña para promocionarlo. El plan incluyó una
performance en la caja de una camioneta que recorrió el centro porteño y un
chapuzón con amigas en una fuente de Barrio Norte. Los hechos,
reflejados por algunos medios, no lograron aumentar las escasas ventas del
simple. Tras una serie de diferencias internas, el conjunto se separó.
El debut solista de Zaguri fue con
un simple, publicado por el sello Microfón, que contenía la tierna “Un
diablito en el cielo” y la psicodélica “Navidad
espacial”. En ambos temas fue acompañado por Litto Nebbia en
piano, Alejandro Medina en bajo, Moris en guitarra, Ciro Fogliatta en teclados
y Oscar Moro en batería. El disco se lanzó bajo el rótulo de “El
4° Pajarito”, pues había sido la cuarta discográfica visitada la que
había aceptado su propuesta. Al tiempo, junto a José Alberto Iglesias, dio una
prueba en CBS. Las canciones de Tanguito fueron rechazadas. Las
de su amigo, en cambio, contaron con la aprobación de Francis Smith.
Al productor le urgía terminar el álbum de Los Naúfragos, pero un
accidente sufrido por el cantante Enrique Villanueva ensombrecía el panorama.
La placa, entonces, fue completada con seis piezas del ex
Beatniks. El elepé, titulado Otra vez en la vía, fue un
éxito. El compositor, sin embargo, abandonó el proyecto. Luego recibió una
oferta de la compañía Music Hall. Con vistas a esa nueva oportunidad, decidió
buscar un socio creativo para armar una banda.
Néstor “Nacho” Smilari estudiaba
piano en el Conservatorio Nacional Carlos López Buchardo. Su destino era ser
concertista, pero todo cambió cuando se incorporó a Los Parkers. El cuarteto,
vestido con chalecos de lamé dorado, camisas blancas con moñitos negros y
pantalones grises, reproducía éxitos del rock anglosajón. Días antes de una
serie de recitales, el guitarrista del grupo abandonó el proyecto. Néstor, tras
familiarizarse con el instrumento, tomó su lugar. Tiempo después, se sumó a Las
Sombras, conjunto que pulía su repertorio en una sala ubicada en Callao 11. Una
noche, tras finalizar el ensayo, el combo salió a recorrer la ciudad y se topó
con el sótano de la Avenida Pueyrredón. El lugar, ahora llamado La
Cueva, había cambiado su impronta musical. Los muchachos convencieron
al dueño, Nybardo Bravo, para que los dejara ensayar allí a cambio de animarle
las veladas. “Desde las diez de la noche hasta las cuatro de la madrugada,
interpretábamos una treintena de canciones de The Beatles y The Rolling Stones,
ente otros. Las jornadas eran duras, pero así aprendimos a tocar” asegura
Smilari.
La Cueva ya era un recuerdo cuando Pajarito
le propuso a Smilari formar una banda. El músico tenía un conjunto con el
que acompañaba a cantantes como Vico Berti o Freddy Tadeo. El primer convocado
fue el bajista de aquel combo: Miguel Monti. Su apodo era “Fender”, pues había
sido el primero de los “cueveros” en tener un bajo de esa marca. La agrupación
se completó con el tecladista Jorge Mercury y el baterista Enrique Sapia,
quienes habían sido parte de Los Comanches. El artista plástico Martín
“Poni” Micharvegas fue quien le otorgó el nombre al grupo: La Barra de
Chocolate, en alusión a la barra de hachís. A mediados de
1969, apareció el primer simple. El lado A traía “Hippies y
todo el circo”, un frenético relato de Zaguri sobre las reacciones que
despertaba cuando caminaba por la calle. Su autor lo definió, ante quien esto
escribe, como “el primer rap del rock argentino”. La faz B presentaba “¿Cuál
es la forma?”, una balada de tinte pacifista con reminiscencias
guitarrísticas de The Byrds.
En septiembre de 1969, en el Teatro El Nacional, se
realizó el Primer Festival Nacional de la Música Beat. El
certamen consagró ganador a un tema inédito de La Barra de Chocolate. “Alza
la voz” era un grito de rebeldía que reflejó el espíritu revolucionario de su
época. “Cierta vez, un pibe me dijo 'por esa canción me hice comunista’”,
comentó Pajarito en aquel reportaje de 2003. “La escribí en cinco minutos”. La
entrega contaba con un punzante solo de Smilari y unos precisos arreglos de
vientos de su autoría. “Se los tarareé a Francisco “Bubby” Lavecchia, quien
los reprodujo en el piano y luego, los escribió en una partitura”, revela
el guitarrista. La composición, lanzada en un simple, vendió más de
50.000 unidades. El año culminó con una consagratoria actuación en
el Festival Pinap de la Música Beat & Pop ’69. Ambos
triunfos allanaron el camino para la concreción de un álbum. Antes de su
publicación, aparecieron otras dos piezas: la soñadora “Vivir en las nubes” y
la, por momentos, hilarante “El Malecón”.
El elepé del quinteto llegó a las disquerías en
abril de 1970. Los acordes introductorios del Farfisa de
Mercury definían el mid tempo de “Si supiera esta niña”. “Algunas veces tocamos
en Áfrika, un boliche de Barrio Norte. Allí, Pajarito se levantó una mina que
era hija de un militar”, recuerda Nacho. La pieza retrataba ese vínculo,
obstaculizado por diferencias de clase. “Era como ‘La rubia tarada’ de
Sumo, pero con más respeto”, la describió Zaguri. La entrada secuencial del
bajo, el órgano, la guitarra y la batería marcaban el pulso de “Buenos Aires
Beat”. Retrato cuasi tanguero de una ciudad a punto de despertarse. “Proyectos
de un ladrón prisionero” enmarcaba, en una atmósfera psicodélica, un texto
escrito por el cantante durante una temporada a la sombra. Tras “Alza la voz”,
llegaba “¿Usted sabe lo que es fe?”. Un rhythm and blues, nacido en las
sesiones de grabación, con la gran urbe como escenario y citas a otras
canciones del combo. El lado uno cerraba con “Otro lugar, cual puede ser” donde
el compositor planteaba un escape hacia otro sitio, ya fuese físico o mental.
El tema contenía arreglos de Smilari hechos con un pedal wah wah.
El lado dos comenzaba con “Ella, la doncella”, una
balada inspirada en “Juan, el noble caballero”, de Moris. La pieza, con
arreglos de vientos y cuerdas en sintonía con “She´s a rainbow” de The
Rolling Stones, describía a una mujer a la espera de su amado. Seguía
“El divagante”, un entrañable retrato de Tanguito. El sólido bajo
de Monti, el órgano de Mercury con guiños a la sonoridad de The Doors,
y las intervenciones de Nacho, a través de un pedal fuzz, se amalgamaban para
construir una gema pop. En “Beatnick waltz” se criticaba a una sociedad que
anteponía el progreso material al amor. El tema contaba con otra ajustada
participación del tecladista. “El gigante” mostraba a la banda en
estado de gracia. Los aportes de la guitarra de doce cuerdas de
Smilari, la decisiva presencia de Mercury y la base de Monti y Sapia daban
marco a una gran interpretación de Zaguri, quien apuntaba
contra los arrogantes y ególatras. El final llegaba con “¿Viste?” una pirotécnica
zapada de casi ocho minutos surgida en el estudio. En ella, el
cantante desechaba, a viva voz, todo lo que le impedía vivir en libertad.

La fotografía de la carátula del disco mostraba al
quinteto posando en la entrada de un bar que, según rememoraba Zaguri, quedaba en
la intersección de las calles Paraguay y Reconquista. En la
contratapa, un texto del vocalista informaba que las canciones habían sido
compuestas mientras soñaba “con una expresión beat netamente argentina en el
contenido de sus letras”. Los temas fueron plasmados en el estudio Audión,
ubicado en Ayacucho 614, con una consola de cuatro canales. El
autor de las piezas era Pajarito, pero éstas adquirían su forma definitiva
gracias a Smilari. “Me mostraba las melodías, con los acordes básicos, en una
guitarra criolla. Después, yo las envolvía en papel celofán y les ponía un
moñito”, grafica Nacho. El proceso de registro fue arduo. “Llegábamos a las
tomas finales tras varios intentos, porque Monti y Sapia se iban de tiempo”,
afirma. “Los técnicos no entendían nuestra estética. Entonces,
cuando la aguja del magnetófono marcaba en rojo, paraban la grabación”, relata
aún con asombro.
El conjunto aparecía en televisión y
ostentaba una nutrida agenda de conciertos en Capital Federal,
Gran Buenos Aires y el interior del país. “Ganábamos mucha guita. ¡Hasta club
de fans teníamos!”, exclama Nacho. El combo, incluso, llegó a la pantalla
grande en Con alma y vida, film dirigido por David
José Kohon. En septiembre de 1970, apareció un nuevo simple. El lado A
presentaba “Voces en la calle”, donde se describía a una “Reina del Plata” un
tanto hostil. El lado B traía “Doña Lucía”, un soberbio rock and roll con un
Zaguri en llamas y un Smilari descollante. Para entonces, el quinteto sufría
una profunda escisión motivada por diferencias musicales. Tras regresar de un
viaje por Estados Unidos, el guitarrista abandonó el grupo. Su lugar fue
ocupado por Juan “Gamba” Gentilini, ex integrante de Conexión Número 5.
Sin su arquitecto sonoro, La Barra de Chocolate tenía los días
contados. En diciembre de ese año, Pajarito comunicó su disolución.
En abril de 1970, la revista Pelo afirmaba que el
grupo representaba una “tercera posición” dentro de los conjuntos locales. “No
practica la música complaciente, pero tampoco está en la cosa progresiva
cerrada”, señalaba. La mejor definición de la propuesta del quinteto la entregó
su líder, hace diecisiete años, ante quien esto escribe. “La Barra de
Chocolate encarnó la transformación de la denominada 'música beat' en rock
argentino”, precisó. Con el paso de los años, la banda fue
condenada al olvido. En la Argentina, sus canciones jamás fueron
reeditadas en ninguno de los formatos físicos utilizados por la industria
discográfica. Esas piezas, oscilantes entre el pop, el rock, el blues, y la
psicodelia, son un preciso retrato de época que espera ser (re) descubierto.

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