Una nueva esencia de la normalidad
El pornólogo y "exfilósofo" Dani Mundo descubre que lo que creíamos una patología, la adicción, no solo es normal, sino que es la esencia de la normalidad
Por Dani Mundo |
Foto: Agus Serratore
“Yo soy un vicio más,
en tu vida soy solo un vicio más”
Ch.G.
Vivimos en una sociedad cuya
estructura de vinculación básica es la adicción. Tal vez para el siglo XX la
adicción fuera una patología que perturbaba la normalidad y había que curarse
de ella, hoy es normal. Hípernormal. Somos adictos que hacemos todo lo que está
a nuestro alcance para negar sistemáticamente nuestra adicción, como hacen
todos los adictos, por otro lado. No importa el objeto de la adicción, desde
una inocente serie en el cable hasta las selfies programadas
que subimos todos los días a una red social, desde la rayita que esnifeamos cuando
empieza a caer la tarde hasta mirar un rato porno antes de dormir, no importa
el objeto, lo que importa es la forma del vínculo —los proveedores de series lo
saben, por eso ahora lanzan todo el paquete junto y no como antes, que apelaban
a nuestro recuerdo semanal y subían un episodio por semana—. Nos machacan y
machacan que la adicción es mala mientras se predisponen todos los dispositivos
para volvernos reclamantes, demandantes, adictos. ¡Quiero más! Nos dicen que
hay algunos objetos que son más dañinos que otros —el porno es más dañino que
los mensajes que consumimos por Instagram, por ejemplo—, falso. No porque los
mensajes de IG sean lo mismo que el mensaje porno, no. Lo que pasa es que en el
fondo no importa este mensaje, este nivel de mensaje. Casi no hay nada que
deteste más que los juicios de las consciencias bien-pensantes. Que juzgan,
condenan o absuelven y listo. Si nos fijamos un poco, comprobaremos que está es
la única forma de “comprensión” que alientan las redes virtuales. Dirán: pero
el porno hoy se tolera. OK. Se tolera… pero se tolera hasta cierto punto.
“Beber con moderación”. “Fumar es perjudicial para la salud”. Desde la perspectiva
que estoy pensando las cosas hoy, toda nuestra vida está tejida de vínculos
adictivos. Somos adictos a los mensajes de Whatsapp y a las redes sociales que
visitamos asiduamente. Somos adictos a nosotros. El smartphone es
el dispositivo hegemónico de vinculación contemporáneo, el núcleo de nuestros
deseos adictivos. Se me ocurre relacionarlo con otras prácticas y objetos
emblemáticos que aparentemente no tienen ninguna relación con él, pero que eran
muy, muy importantes hasta hace poco tiempo, como el cigarrillo o el automóvil,
por ejemplo. ¿Qué tiene que ver un cigarrillo o un auto con un smartphone?
Las cosas cambiaron. Hace un poco más de una década atrás una consigna
progresista aconsejaba controlar las horas que pasaba un niño estupidizándose
frente a la tele. Hoy el iPhone me avisa una vez por semana la
cantidad de horas que paso mirándolo e interactuando con él. Esto no puede ser
inocuo. Atraparon nuestra atención. Se me ocurre que el vínculo que ahora
mantenemos con el smartphone es semejante al que en la década de 1950 teníamos
con el cigarrillo o con el automóvil. Fumar era vivido como un hecho liberador.
Los autos tenían el tamaño de una nave trasatlántica, gastaban nafta a lo loco,
uno navegaba con ellos por las calles como el magnate que había visto en la
serie enlatada norteamericana. No habíamos detectado que el cigarrillo causa
masivamente cáncer. El petróleo que necesitábamos para mover esos mastodontes
retro parecía un regalo ilimitado de la naturaleza, como hoy nos lo parece el
silicio, el galio, el antimonio, el litio, etc., elementos materiales
imprescindibles para montar un teléfono inteligente. Cada vez más nuestros
aparatos se consumen como cajas negras cuyas partes constituyentes ignoramos.
Se rompe, se cambia. Lo importante es que prenda y apague. Si no prende, se
reemplaza. Hoy somos conscientes que el petróleo se extingue y que el
cigarrillo causa cáncer. Mi papá y mi mamá fumaban dos atados de cigarrillos
por día cada uno. En el siglo pasado se encontró una fibra íntima del deseo,
que desea siempre la repetición. Tuvieron que poner la imagen de un moribundo
cancerígeno monstruoso en el paquete de cigarrillos para controlar o aminorar
nuestra adicción. No lo lograron, pues ya habíamos consumido imágenes
semejantes a esas en las películas de terror clase B. En nuestra fantasía
realista, esas imágenes terroríficas remiten a la ficción, no a la realidad. En
la realidad nadie se enfrenta o ve esos cuerpos putrefactos (salvo, tal vez,
los oncólogos). Los autos se fueron empequeñeciendo todo lo posible y
convirtiéndose en cápsulas ideales para el individualismo narcisista. En el
auto todo está diseñado para satisfacer los deseos y necesidades del conductor,
con el menor esfuerzo posible. No era nada fácil estacionar un Torino. Todo
está calculado para que en el accidente inevitable al que está destinado todo
auto, lo único que sobreviva sea el conductor, mientras todo el resto se
destruye en el acto. “Todo el resto”, es decir, el conductor también es un engranaje
del auto que fantasea que tiene el control porque es dueño de la llave con la
que enciende o apaga el motor. Falso. Es como el televidente que con el control
remoto en la mano hace zapping convencido de que es él el que pulsa el botón…
¿o acaso no es él el que en última instancia puede apagar e irse a dormir? ¿No
tenemos acaso el poder de no-chequear el whatsapp? Conozco gente que solo puede
dormirse mirando cualquier cosa en la tele. Recuerdo a una persona muy querida
que se dormía mirando La ley y el orden. Cuando era chico o no tan
chico, los aviones se dividían en dos zonas, una para fumadores, otras para no
fumadores. Hoy causa gracia esa separación, porque todos viajábamos en la misma
cápsula, hasta la fila 20 los que fumaban, desde la fila 20 hasta la 40 los que
se contaminaban pasivamente. Hasta hace muy poco tiempo se fumaba en las aulas
de la facultad o en los ómnibus de larga distancia o en los colectivos urbanos.
Fumaban los docentes y fumaban los alumnos. Fumaban los choferes y fumaban los pasajeros.
En la tele fumaba todo el mundo. Muchos de mis amigos, algunos personas que
considero muy inteligentes, toman “relajantes” para conciliar el sueño. No
pueden dormir. Nuestra sociedad necesita que no te duermas. Mis padres tomaron
durante los últimos 20 años de sus vidas Trapax, que fue una de las primeras
armas de destrucción psíquica que desembarcaron en nuestro país para lograr
dormir. Lo tomaban todas las noches como aspirinetas. Mi papá y mi mamá
murieron los dos de cáncer de pulmón. Hoy casi ni se puede fumar en la calle,
ya no digo en un bar. Lo importante no es el cigarrillo o el súper Chevy o el
resplancediente celular, simples fetiches. Lo importante es la estructura de
comportamiento que el capitalismo genera para garantizar su reproducción. ¿Qué
hacen las redes sociales sino confirmar el ego de cada usuario? Se nos dio la
posibilidad de generar mensajes, cosa casi imposible en la era de los
medios broadcasting, en la era del cigarrillo y de los automóviles
transatlánticos. Con cada mensaje que compartimos en una red no hacemos otra
cosa que reafirmar nuestro ego, el valor de nuestro yo. No importa lo que
compartamos. No importa el contenido de lo que consumimos o compartimos. Nos
repiten una y otra vez que todos los datos que volcamos en la red son materia
prima para los hackers, que vaciarán nuestras cuentas bancarias. No importa. A
mí no me va a pasar. Si no confiáramos que a nosotros no nos va a pasar nada
(aunque fumemos como escuerzos, así se decía en otra época), que somos tan insignificantes
que nadie se va a fijar en nosotros, no podríamos participar en ninguna red
social. No tenemos idea ni de los elementos que integran un smartphone ni
de la función del chip. Seguimos explotando a destajo a la naturaleza. ¿De
dónde se extraen los materiales que se requieren para producir un chip? ¿En qué
condiciones sociales y económicas se ensamblan esos materiales para producir
ese aparato brillante que es lo último que vemos antes de dormir, y que es lo
primero que revisamos cuando nos despertamos? Negamos nuestras adicciones
mientras al mismo tiempo multiplicamos nuestras actitudes adictivas. Tal vez
tuviera razón Guattari cuando aconsejaba que en lugar de renunciar o controlar
las adicciones, lo mejor sería liberarlas, profundizarlas hasta un límite en el
que se ponga en peligro a ese ser insignificante (un número en una masa) que,
sin embargo, tanto amamos: nuestro yo. Acabemos de una vez con esa creencia
idiota y poderosa que postula que el yo, nosotros, cada uno de nosotros (sea lo
que sea a lo que me esté refiriendo con estos conceptos), gobierna su vida.
Decide lo que hará o no hará, qué comerá, qué mirará a la noche en la tele,
cuándo entrará o saldrá de la red social, qué subirá o qué no mostrará nunca.
¡Por dios! Liberemos la pulsión. Destruyámonos. Solo de nuestros restos podrán
surgir formas de vida dignas de ser vividas en un régimen político y económico
que está abocado a hacernos creer importantes, valiosos, soberanos. Somos una
cuenta virtual y nada más. Cuanto más neguemos nuestra impotencia (y la
enmascaremos con fallidas omnipotencias), más impotentes seremos.

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