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"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, mayo 23, 2021

El odio




Por JUAN MANUEL CINCUNEGUI 

Todos conocemos la historia de Caín y Abel. Crecimos con esta historia. El texto del Génesis, pese a su concisión, es rico en detalles. En pocas palabras comprendemos lo que motiva el crimen: la envidia, los celos. En la tradición budista, el origen de todos los sufrimientos que padecemos los seres vivientes tiene su origen en la ignorancia y las emociones negativas. 

Todos conocemos la historia de Caín y Abel. Crecimos con esta historia. Cuando éramos pequeños, nuestras catequistas nos la contaron una y mil veces. No podíamos eludir el asombro al escucharla. ¿Acaso es posible que algo así haya sucedido?

Caín y Abel eran los hijos de Adán y Eva. Los primeros humanos nacidos fuera del paraíso. Caín era un granjero. Abel un pastor. Aunque ambos hermanos dedicaban sus días a alabar a Dios y a hacerle sacrificios, Abel era el preferido de Dios. De modo que un día, lleno de celos y de odio, Caín mató a su hermano.

El texto del Génesis, pese a su concisión, es rico en detalles. En pocas palabras comprendemos lo que motiva el crimen: la envidia, los celos. Yahvé sentía satisfacción por los sacrificios que Abel le hacia, pero no hizo lo mismo respecto a los esfuerzos de Caín. Esto enfureció a Caín, el granjero, hasta el punto de irritarse contra Dios. Estaba tan abatido e irritado, que un día, viéndolo con el rostro desfigurado por el odio, Yahvé le preguntó: «¿Por qué estás tan irritado, y por qué se ha abatido tu rostro?»

La furia de Caín era tan profunda que no podía esconderla a los ojos de Dios. Entonces, Yahvé le advirtió: «Si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar». Pero Caín era débil. Su ira lo dominaba completamente. Lo volvía loco. Era incapaz de dominarse a sí mismo. El pecado era su dueño, lo controlaba enteramente.De modo que un día le dijo a su hermano:

«Vamos fuera. Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató».

La escena es estremecedora. El fragmento nos conmueve hasta los cimientos de nuestro ser. Ahí está el hermano envidioso, celoso, que, al no poder enfrentarse a Dios, al no poder reconocer su irritación por no haber sido reconocido como su hermano, incapaz de volverse contra Dios (Yahvé), se vuelve contra su hermano inocente para buscar venganza. Entonces, Yahvé dijo a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?»

Y al leer la línea, uno escucha en su propio corazón el eco de esa pregunta condenatoria que se repite una y mil veces: ¿Dónde esta tu hermano Abel? ¿Dónde está? Caín contestó: «No sé». A lo cual Yavhé, dijo: «¿No sabes?» ¿No sabes lo que has hecho a tu hermano? ¿No lo sabes?

Caín intenta engañar a Yavhé, quiere excusarse: «¿Soy yo (acaso) el guardián de mi hermano?» Pero la excusa misma lo condena, porque, efectivamente, era su guardián y se ha convertido en su asesino. A esto, Yavhé replicó:

«Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo». La sangre del hermano muerto pide justicia. «Pues bien (continúa diciendo Yahvé): maldito seas»

En la tradición budista, el origen de todos los sufrimientos que padecemos los seres vivientes tiene su origen en la ignorancia y las emociones negativas. La ignorancia puede asociarse a esa pregunta que formula Caín para excusarse: «¿Soy yo (acaso) el guardián de mi hermano?»

Por supuesto. Tú eres el guardián de tu hermano. Sin embargo, la codicia (tus celos, tu envidia) te ha nublado la razón, y has acabado odiándolo con todo tu ser hasta el punto de asesinarlo.

Sin embargo, el odio de Caín es solo indirectamente odio a su hermano. El verdadero destinatario de su odio es el propio Yavhé. Caín está ofendido porque no ha recibido de Dios el reconocimiento que esperaba. Arrogante, ofreció sus servicios a Dios de manera torcida, y ante la evidencia de ello, Dios lo ignoró y, al contrario, celebró y agradeció los servicios de su hermano Abel.

El asesinato de Abel, entonces, es la expresión del pecado original, de la confusión mayúscula, primordial. Es la ruptura definitiva con Yavhé: la perdición por los siglos de los siglos del hombre que mató a su hermano.

 


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