La ultraderecha es un simulacro bizarro de revolución. Sus teóricos solo pueden existir en esta coyuntura donde el neoemperador juega de un modo obsceno en subir y bajar el pulgar o el repetido juego del premio y el castigo.
Lo sucedido en la República de Saló de Epstein es una anticipación de la concentración de goce que la ultraderecha necesita acumular. Es un hecho cuyo sentido es absolutamente político.
En el Estado de Excepción, que la ultraderecha de los megamillonarios quiere establecer, no se trata de perversión o de alguna patología especial que puede llegar hasta el ejercicio del canibalismo y la pederastia.
En realidad, como Arendt había registrado en el juicio a Eichman, se trata de un cambio radical y grotesco de los imperativos de la razón práctica kantiana, donde se pone en juego el reverso oscuro que toda ley esconde como un mensaje cifrado en su estructura.
En la parodia de revolución de ultraderechas los imperativos dictan lo siguiente: “Obra de tal manera que puedas obtener la mayor satisfacción de goce” y: “Trata al otro como un medio para satisfacer las pulsiones y nunca como un fin en si mismo”.
Si a esta inversión de los imperativos éticos le añadimos la parafernalia teórica de Jarvis, Lang o Thiel, es decir, la obstinada ferocidad contra la Democracia de los parásitos, la Catedral como símbolo de la construcción institucional ilustrada, se debe destruir sin vacilaciones y sustituir al ser humano por un bicho tecnopsicopático carente de límites; nos encontramos así con la fórmula de la revolución ultralibertaria: fiestas de elegidos para fundar una pertenencia al club de las transgresiones que se impongan en las listas de los elegidos, represión para los vulnerables que aún pueden rebelarse, rediseño del mundo desde las corporaciones tecnológicas.
Cambiar esta situación exige una nueva reformulación de la experiencia de lo político que comienza por uno mismo. La represión no viene del poder, es uno mismo el que tiene que reprimir en su propio ser cualquier signo que promueva el goce opresivo de la ultraderecha.
En la reformulación de una nueva militancia, se trata de estudiar mucho para escuchar mejor al vecino o a la amiga, se trata de indagar el barrio como si fuera el mundo más alejado y la realidad internacional como si fuera el barrio.
Y si no hay recursos, que exista al menos el deseo de buscarlos.

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