Este texto, que La Tecl@ Eñe publica en carácter de adelanto, se trata del prólogo que Ricardo Ragendorfer escribió para la edición conmemorativa al quincuagésimo aniversario del golpe de 1976 de su libro «El otoño de los genocidas», publicado por primera vez en 2017.
Por Ricardo Ragendorfer*
(para La Tecl@ Eñe)
La del 4 de febrero de 2026 fue una noche sin estrellas. Bien a tono, la zona porteña que ocupa la Plaza del Congreso estaba militarizada. Más de trescientos
mastines antropomorfos con escudos y armamento de toda clase cubrían hasta el último rincón, en medio de camiones hidrantes y patrulleros. También había agentes de civil en automóviles no identificables.
¿Acaso acababa de estallar un golpe de Estado?
La respuesta es negativa. Era, solamente, el dispositivo de seguridad en previsión a la marcha de los jubilados que, todos los miércoles, el gobierno de Javier Milei reprime con saña y fervor casi deportivo.
Pero la escena remitía a los años de plomo.
De hecho, si en un milagroso ejercicio de clarividencia, el general Jorge Rafael Videla hubiera podido apreciar este paisaje desde su época, al menos por un instante, quizás creería que la dictadura encabezada por él supo prolongarse sin interrupciones hasta el presente. Una simple ilusión óptica.
Pero en semejante escenografía anidaba una paradoja. Para explorarla, es necesario retroceder medio siglo.
En ello, por cierto, reside el valor de esta nueva edición de El otoño de los genocidas, publicada por primera vez en 2017.
Es que, desde entonces, han ocurrido cosas que resignifican de manera palmaria su sentido original. A veces, los libros tienen vida propia; un fenómeno independiente a la voluntad de sus autores.
II
A dos días de empezado el otoño de 1976, la caída del orden constitucional se deslizaba ante los ojos de la llamada opinión pública. De hecho, aquel martes, la portada del diario Clarín anunció: “Inminencia de cambios en el país”. Y ya en la mañana siguiente, su único título de tapa, con tipografía catástrofe, tenía dos palabras: “Nuevo gobierno”. Era el 24 de marzo.
Hay quienes jamás olvidaron el color opaco de esa jornada. Ni la niebla. Ni las calles desiertas. Ni los tremebundos acordes de la Marcha de Ituzaingó como preludio del “Comunicado Nº1 de la Junta Militar”, leído por un locutor que parecía estar transmitiendo desde las tinieblas. Su arranque: “Las Fuerzas Armadas han tomado el control operacional del país”. Al rato, los televisores exhibieron, en blanco y negro, tres siluetas fantasmagóricas junto a un escribano y un cura, al jurar en el Salón Blanco de la Casa Rosada. Había que ver el rostro calavérico de Videla y su porte tieso, con el cuello estirado hasta lo imposible.
El jueves, la portada del diario Clarín exhibía el siguiente título: “Total normalidad”, sobre una foto de la peatonal Florida profusamente transitada. Y en el epígrafe señalaba: “Las calles del centro mostraron su aspecto habitual”. Hasta hubo espacio para una noticia futbolera: “Argentina derrotó a Polonia”. Aquí no había pasado nada.
Tanto es así que, durante la noche del viernes, el restaurante Hermann, frente al Jardín Botánico, estaba colmado como en vísperas de cualquier otro fin de semana. Salvo por detalle: el bullicio de las conversaciones sonaba más cauteloso que de costumbre. Hasta que un vozarrón congeló la escena.
– ¡Si Videla no la fusila a Isabel, hay que fusilarlo a Videla! –bramaba un sexagenario con mandíbula cuadrada desde el fondo del salón, ya con unas copas de más.
El hombre, que compartía la velada con su esposa y otra pareja, repitió la frase, esta vez golpeando la mesa con la palma de la mano.
La concurrencia evitó mirarlo. Los mozos, con gran disimulo, buscaban refugio al costado de la barra. El aire se podía cortar con una navaja.
Ese lugar, de pronto, se había convertido en un laboratorio social.
III
Lo cierto es que si bien en el funcionamiento de la última dictadura intervino, a la par de los uniformados, un mosaico de actores civiles –desde empresarios hasta curas, pasando por dueños de medios, comunicadores e intelectuales que legitimaron sus prácticas– no está de más poner el foco en el comportamiento de quienes no fueron parte del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”.
Claro que los interrogantes al respecto no apuntan hacia la culpabilidad de este vasto sector de la población, sino al campo de las actitudes sociales que tuvieron, sin soslayar sus fragmentaciones ideológicas, etarias y de clase.
¿Cómo se percibía la represión generalizada o la política económica o la censura, entre otras disfunciones de aquella burocracia autoritaria? Y desde un punto de vista más amplio: ¿cómo se razonaba en medio de un genocidio?
A continuación, una postal callejera: corría la tarde del 21 de mayo de 1976, cuando un hombre ya entrado en años descendía de su automóvil luego de estacionarlo en la calle San José, a metros de Alsina.
“En aquel momento –según su relato– oí lo que interpreté como falsas explosiones de motor; después, un clamoreo de voces enfáticas; voces que se aproximaban, hasta que vi un tropel de personas que corrían hacia donde yo estaba. Iba adelante un individuo con traje holgado, color ratón. Y al subir la vereda, tropezó y cayó. Uno de los perseguidores (todos de civil), le aplicó un puntapié extraordinario y le gritó “¡Hijo de puta!”. Otro le apuntó desde arriba, con la pistola de caño más grueso y largo que he visto, y comenzó a disparar. Las cápsulas servidas caían a mi alrededor. Yo me alejé”.
Luego –siempre de acuerdo con su relato– alguien le dijo:
–Esos eran los tiros que mataron a un hombre.
Entonces, él contó lo que pudo ver.
–No cuente eso –contestó su interlocutor–. Mire si Todavía lo llevan de testigo. O si no quieren testigos, le van a hacer algo peor.
A pesar del frío, él se sacó el sobretodo para ser menos reconocible.
El testigo en peligro era nada menos que Adolfo Bioy Casares. Y dicha vivencia la volcó en sus diarios íntimos, que fueron compilados en 2001 por Daniel Martino con el título Descanso de caminantes.
No es una exageración decir que aquel episodio había repercutido en su conciencia. El 13 de agosto de 1980, las Madres de Plaza de Mayo publicaron en Clarín su primera solicitada. Y entre los firmantes estaba nada menos que él. El horror a veces toma impensadas formas de coraje.
IV
Retomemos ahora la imaginaria visión de Videla durante aquel martes de 2026, cuando la jauría policial desarrollaba el “protocolo antipiquetes” de la ministra Patricia Bullrich que a él tanto deleite le hubiera causado.
¿Qué decir, entonces, sobre la satisfacción que sentiría por la llegada de un ser como Victoria Villarruel, a la vicepresidencia de la Nación?
O ante la terquedad del propio Milei por poner en duda, cada vez que puede, la cifra de 30 mil desaparecidos.
O ante personajillos como José Luis Espert y su lema de “cárcel o bala”.
Ocurre que el negacionismo y la glorificación de la “mano dura” son en la actualidad parte del discurso oficial.
Ello nos conduce hacia un interrogante: ¿acaso el régimen libertario es la (tardía) etapa civil de la última dictadura?
En el plano económico no hay ninguna duda al respecto. Y, además, su imaginario punitivista flota en el aire y también en el lenguaje.
Sin ir más lejos, hacía apenas unos meses, la Policía Federal adujo que un usuario de X (antes Twitter), detenido por subir a esa red alguna incorrección, exhibe “una ideología apegada a la propaganda de la ex Unión Soviética (sic)”.
Pero la de Milei no es (aún) una dictadura sino, apenas, una democracia de baja intensidad, cuyos desbordes represivos son en clave herbívora. O sea, todavía sin asesinatos (habida cuenta de los dolores de cabeza que le causaron al régimen macrista las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel).
A diferencia del viejo terrorismo de Estado –de naturaleza clandestina y con acciones cifrados en el ocultamiento de sus crímenes–, las “operetas” del gobierno de La Libertad Avanza (LLA) se basan en el exhibicionismo, quizás con la idea pedagógica de que la letra con sangre entra. Un ejemplo: la profusa difusión fotográfica de las requisas tipo Bukele en una cárcel santafecina.
En resumen, se trata del reemplazo de la vieja “Doctrina de la Seguridad Nacional” por lo que se podría llamar “Doctrina de la Seguridad Urbana”, un terrorismo de Estado arrabalero, sustentado en tres ejes: el control casi maníaco del espacio público, del disciplinamiento social y la criminalización de quienes no son criminales.
Tal es el clima que se respira en estas latitudes, al cumplirse 50 años de que las Fuerzas Armadas tomaran “el control operacional del país”.
Bienvenidos, entonces al regreso de El otoño de los genocidas.
*Periodista y escritor.
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