Hay razones para temer que dentro de poco la mayoría pueda creer relatos que inundarán nuestros medios de comunicación como expresión máxima de la gran “fake new” cósmica de nuestro siglo XXI.
Por E. Raúl Zaffaroni*
(para La Tecl@ Eñe)
No resisto la tentación de relatar lo que sigue. Fue no hace mucho, había regresado esa madrugada en un torturante vuelo con escalas desde Centroamérica y estaba agotado; no obstante, quise cumplir con un compromiso académico en La Plata. Volvía manejando mi añejo “Vento” cuando sentí que perdía fuerzas, percibí una claridad y supuse que se trataba de los “fantasmas” que ven los choferes cuando están agotados. Me hice despacio hacia la banquina y estacioné el automóvil, pensando en descansar un rato y maldiciendo mi imprudencia. La claridad provenía de algo que me ocultaban los árboles y entre ellos surgieron un hombre y una mujer particularmente perfectos, hermosos, solo que su piel era celeste con algunos reflejos un tanto violáceos. Se comunicaron conmigo telepáticamente, para decirme que me calme, que no tema, que solo querían ver mi coche. Se aproximaron con un extraño aparatito similar a un teléfono que arrojaba luces verdes y que enfocaron al automóvil, me dijeron gracias y se volvieron a perder entre los árboles. A los pocos segundos logré ver la fuente de la luminosidad, que era un objeto redondo, de unos veinte metros de diámetro que ascendió verticalmente y casi de inmediato se perdió en el cielo nocturno.
Este relato lo creerán pocos; la mayoría pensará que deliro o pretendo ser un embaucador, y hará bien en pensar eso, pues lo inventé hace cinco minutos. ¿Por qué lo hice? Porque hay razones para temer que dentro de poco la mayoría pueda creer relatos mucho más creativos que inundarán nuestros medios de comunicación, como expresión máxima de la gran “fake new” cósmica de nuestro siglo XXI. Me genera ese temor la circunstancia de que Trump mandó “desclasificar” y publicar toda la supuesta documentación sobre los OVNI, platos, cigarros o salchichas que vuelan, criticando a Obama porque declaró que no había evidencias, lo que sería información “reservada”.
Se me ocurre que lo primero que darán por cierto será el famoso “caso Roswell”, donde se dice que en 1947 un plato volador se quedó sin nafta o algo parecido y se estrelló en una granja en ese pequeño pueblo de Nuevo México, que desde entonces explota esa historia como destino turístico. Se pretende que se hicieron autopsias de alienígenas, registradas con fotografías que resultaron trucadas y que unos doscientos soldados recogieron los restos del vehículo. En verdad no sé cómo pudo mantenerse el secreto entre tantas personas, sin que nadie se emborrache o se lo cuente a su amante.
En materia de objetos voladores se ha escrito mucho, pero quizá un libro casi póstumo de Carl Gustav Jung (“Un mito moderno. De cosas que se ven en el cielo”) sea uno de los más dignos de releerse ahora, pese a los casi setenta años de su publicación en 1958.
Dejando de lado las interpretaciones de Jung en base a su tesis de los arquetipos, que hace a la discusión de escuelas psicoanalíticas, cuestión en la que no abro juicio porque no me considero competente, lo cierto es que parte de presupuestos y reflexiones que resultan por demás racionales.
En principio no se trata de negar la existencia de objetos voladores que no nos explicamos: sería demasiado soberbio pretender que no existe todo lo que todavía no nos explicamos.
Jung no discute la existencia física de esos objetos, que parece que suelen dejar alguna huella en los radares, sino que se ocupa de los mitos que generan como cuestión psicológica. No niega los testimonios de quienes los han visto ni los considera patológicos, por lo que no los denomina “alucinaciones”, sino “visiones” generadoras de “rumores visionarios”, incluso colectivos, dado que es posible verificar que hay muchos casos de personas que ven cosas que otras al mismo tiempo no ven, fenómeno que atribuye a una muy fuerte base emocional. A este respecto precisa que no todo lo que no es racional es patológico, es decir, que no es verdad que se carezca de cualquier espacio intermedio.
La fuerte base emocional a que se refiere consiste en una alta tensión afectiva, que da lugar a que el inconsciente deba proyectar psicológicamente, o sea, impulsar (“yectar”) hacia adelante (“pro”), hacia afuera, algo que, en términos vulgares, diríamos que no puede digerir.
Los objetos voladores arreciaron en las noticias a partir de la última posguerra y en especial en los Estados Unidos, que es donde cundieron mayoritariamente los “rumores visionarios”. Es obvio que, si estos objetos existen físicamente, lo lógico es que se distribuyan por todo el planeta y no se concentren en un país y cerca de sus aeropuertos o de sus aviones en vuelo, de modo que, más bien, es cuestión de preguntarse a qué obedece la tensión afectiva que explica su causalidad psicológica, no física.
En esta materia Jung escribe acerca de los fenómenos psíquicos espontáneos de los aviadores, cuya soledad en la inmensidad la compara con la del eremita, pero más en general mencionaba en su tiempo el peligro de la guerra nuclear, el exceso de población, la guerra fría del mundo bipolar y, en definitiva, el temor al fin del mundo físico, dado que el metafísico había dejado de funcionar y, por ende, entendía que se buscaba un acontecimiento redentor extraterrestre, en medio de una general sensación de desorientación.
En su momento Jung atribuía esa sensación de desorientación a la realidad angustiante y sin brújula del mundo bipolar y, por cierto, no era el único en percibir un panorama caótico: Teilhard de Chardin presagiaba una “huelga de la biósfera”, o sea, de la inteligencia, Velasco Ibarra en nuestra región escribía un libro titulado “Caos político en el mundo contemporáneo”, en filosofía, de la “nada nadea” heideggariana se pasaba a la “nada, nada” sartriana y podríamos seguir.
Ahora parece que los objetos voladores no son materia predilecta de noticias o, al menos, lo son mucho menos que en tiempos de Jung. No obstante, la sensación de desorientación y la proximidad del “fin del mundo” parecen mucho más cercanas que hace setenta años: la destrucción del medio ambiente, el peligro de volver humanamente inhabitable el planeta, el arsenal nuclear acumulado, las guerras insensatas, el exceso de información, la celeridad que incapacita para la reflexión, todo es más desorientador que en el tiempo de Jung.
Dicho más claramente: están presentes y reforzadas la base emocional y la fuerte tensión afectiva necesarias para producir este género de “rumores visionarios” en gran escala. Lo que temo –no gratuitamente- es algo que a Jung no se le hubiese ocurrido jamás, o sea, que se los fomente mundialmente como instrumento político.
Si me permiten delirar un poco, me imagino a Trump exigiendo la unidad bélica del mundo –por él comandada- para defendernos de los extraterrestres, miles de relatos mejores que el que inventé al principio, millones de personas “viendo” alienígenas en las cocinas y los baños de sus casas, objetos voladores de todas las formas, sistemas de seguridad para prevención de agresiones extraplanetarias y cuantos disparates resulten funcionales al poder del colonialismo financiero y de la economía financiarizada.
¿Qué? ¿Acaso la opinión pública no lo aceptaría? Quisiera ver qué sucede si resulta funcional a los intereses financieros y nuestros medios de comunicación se llenan de series interplanetarias, los digitales de mensajes y testimonios de visiones, se forman las burbujas de personas convencidas, de testimonios de personas que viajaron en platos voladores, del repiqueteo constante de las incursiones de los alienígenas y hasta del riesgo de que tengan infiltrados y espías entre nosotros.
No me extrañaría que surjan “especialistas” en alienígenas, médicos especializados en biología extraterrestre y teóricos del derecho que discutan si se trata de “personas” o si esa condición está reservada a nosotros, como también otros que escriban gruesos tratados, ya no sobre derecho interplanetario, sino interestelar o intergaláctico, congresos, seminarios, conferencias, etc.
Gracias por permitirme delirar un poco, pero, delirio aparte, por lo menos no puedo descartar que sea un recurso político para distraernos de las guerras criminales, las bravuconadas, las agresiones, el retroceso de la dignidad humana, la crueldad de los dueños del poder y el riesgo cierto de catástrofes bélicas y climáticas.
Viernes, 6 de marzo de 2026.
*Profesor Emérito de la UBA.
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