La eliminación de los derechos laborales producirá una sociedad de mayor
explotación y menos humanismo. Destruir las relaciones laborales implica
una feroz transferencia de recursos producidos por quienes dan cuerda
al universo todos los días hacia los sectores concentrados de la riqueza
. Los manuales de
historia hablarán de la domesticación social de este tiempo.
|
Por Carlos del Frade
(APe).- Los votos populares completarán la
tarea de las botas sangrientas de 1955 y 1976: la demolición de los derechos
laborales argentinos. Ejemplo a nivel internacional durante ochenta años,
devenido en el concepto “costo argentino”, desde aquellos golpes y en décadas
de democracia implosionada por las clases dominantes, por las grandes
patronales.
He allí la clave de la doble tristeza
del presente que hoy atraviesa aquellas personas que todavía hoy saben que no
son seres humanos completos si no tienen conciencia social, política e
histórica.
El objetivo del terrorismo de estado de
1976, de la dictadura de las 30 mil desapariciones, fue quebrar las
resistencias trabajadoras, por eso la mayoría de las desaparecidas y los
desaparecidos eran empleados y obreros, seis de cada diez y menores de 35 años.
Quien destruye las relaciones laborales elabora un nuevo código genético de la
sociedad en la cual aplica la feroz transferencia de recursos producidos por la
gente que le da cuerda al universo todos los días hacia los sectores
concentrados de la riqueza.
No importan los accidentes laborales,
importan los juicios que tienen que pagar las empresas.
No importan las enfermedades laborales,
solamente es fundamental cuidar los números de los patrones.
No sirven los años de antigüedad, apenas
el presente es funcional a los intereses de la producción.
Por eso la modernización laboral es la
vuelta al siglo quince cuando en el idioma castellano apareció el concepto de
salario, aquello que se pagaba con sal para quienes prestaban su fuerza de
trabajo durante horas y horas. En uno de los artículos dice con claridad que se
pagará en pesos, dólares o especias, la sal del siglo quince. Fenomenal
retroceso que necesita de los efectos devastadores de la deliberada
construcción del olvido y desprecio por la historia inoculada desde hace
décadas.
Cada persona fue educada para despreciar
la lucha de su mamá, su papá, su abuela o su abuelo. Cada persona fue
adoctrinada en los supuestos beneficios del descrédito en las luchas que
antecedieron a su experiencia cósmica llamada vida.
Les enseñaron a despreciar la historia,
el sindicalismo, la política, los derechos humanos, los derechos laborales, el
protagonismo. Los convencieron que la mejor herramienta era el rencor y creer
en líderes brutales e ignorantes. Esa pedagogía produjo este presente.
La eliminación de los derechos laborales
producirá una sociedad de mayor explotación y menos humanismo.
Además de la transferencia millonaria en
dólares de los sectores trabajadores a las minorías empresariales, habrá una
domesticación social de inescrutables consecuencias.

Los votos de personas que abrazaron la
política enamorados de las épicas de los viejos movimientos nacionales y
populares en Argentina son una expresión del triunfo de las principales fuerzas
del capitalismo: exacerbación del individualismo y del consumismo.
Más allá de este momento doblemente
triste y claramente demostrativo de la destrucción del país que ya no es, las
resistencias crecen en distintos lugares, algunos lejanos y ajenos a lo que
sucede en las grandes ciudades.
El tiempo es solo tardanza de lo que
está por venir, decía José Hernández en su “Martín Fierro”.
El puño cerrado de miles y miles frente
a la mirada de la pareja o los hijos o los padres jubilados se multiplicará y logrará
confluir en nuevos riachos de dignidad que empezarán a fluir desde las
catacumbas de la desaparecida conciencia política del pueblo argentino.
Cuando eso suceda ocurrirá que los
nuevos manuales de historia hablarán del triste momento en que la Argentina fue
despojada del derecho laboral, cuando en las cámaras de diputados y senadores
condenaron a las grandes mayorías a ser meros espectadores del privilegio de
unos pocos, cuando la sociedad eligió fingir que seguía existiendo, cuando el
país se convirtió en el territorio de los muertos vivos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario