Un dictador cuyo formalismo militar y beato esconde un grotesco carnicero que se convierte en carne de teatro.
Por Vicente Muleiro*
(para La Tecl@ Eñe)
El único. “¿Si no era yo, quién?” dijo Jorge Rafael Videla, en 1998, en el reportaje para la biografía no autorizada El Dictador (María Seoane-Vicente Muleiro, Sudamericana, 2001). Es que a pesar de repartir una imagen pietista y contrita el general flotaba en el Cielo ungido por Dios Padre y siempre a su diestra. Su singularidad tenía doble filo: aseguraba no buscar el poder pero se vanagloriaba de que “las cosas me sucedían”. Sin embargo cuándo se le preguntó cómo llegó al primer sillón dictatorial dijo eso, aquello: “¿Si no era yo, quién?” y picó en punta: “Yo era el más moderado de los firmes y el más firme de los moderados”. O sea: único.
Se combate con uniforme. Videla fue un milico que en una era largamente controversial del ejército –golpes y contragolpes, logias, conspiraciones internas y externas, traiciones, negociados y cruces de bando- atravesó su carrera (había egresado como subteniente de Infantería en 1944) bajo fuego graneado y sin mancharse para lucir una foja impecable. Un hombre sin brillo pero sin desarreglos que “no leía ni el Patoruzú” según el general Juan Carlos Colombo. Se atiborraba de reglamentos, eso sí. Contó Mohamend Ali Seineldín que, cuando se ensayaban los primeros ejercicios de contraterrorismo, el futuro dictador que lanzaría las patotas sin identificación a reventar la vida argentina, se opuso con la frase: “El soldado combate con uniforme. En el uniforme está la responsabilidad del soldado”.
Cara y ceca. En la interna cuartelera de los años 60 cuando se enfrentaron “azules” (de apariencia legalista) y “colorados” (antiperonistas furiosos y partidarios de una larga dictadura) él se definió colorado. Ya se había alineado –aunque tibiamente, por miedo a manchar su foja- con el golpe del 55. Con su ostentación beata, su impecable formalismo militar, su fama de familiero y sus largos silencios, algunos creyeron que podría ser la cara soportable de una promoción de soldados bestiales. Con una operación de inteligencia le desparramaron el mote de “Pantera Rosa” para intentar humanizarlo. Fue la famosa misión imposible. Videla no tenía un solo rasgo, ninguna huella discursiva que pudiera decirse propia. Apenas un tic nervioso producto de la búsqueda de alinear en extremo su compostura marcial. Fue un muñeco articulado por las instituciones: Iglesia –en modo medieval-, sacrosanto Ejército, abstracta Patria, Sagrada Familia. En el reverso de la impecabilidad apadrinó a todos los “locos” (Rualdés, Bussi, Suárez Mason, Menéndez, Camps, la lista es larga), esas fieras que bajo su mando destriparon los cuerpos de la rebeldía, el Derecho, la siempre frágil organización social. Y los bienes, claro, los bienes: la tan acechada riqueza nacional vertida -como ahora- a ese embudo de cuyo pico solo beben los príncipes del dinero.
Una venia al firmamento. Alejandro Agustín Lanusse es presidente de facto (1971-1973) y con tal investidura concurre al Colegio Militar cuyo director es Videla. Finalizada la visita oficial, el “dictablando” se trepa al helicóptero que comienza a levantar vuelo. Videla hace la venia correspondiente y sigue cuadrado e impertérrito mientras la nave asciende hasta convertirse en un punto indeterminado y lejano. Arriba, el tripulante Lanusse comenta a sus acompañantes: “Mirá a ese pelotudo. Vamos a llegar al cielo y todavía va a seguir haciendo la venia”.
El cadete. La relación con el Colegio Militar fue intensa para Videla. Allí estudió, fue instructor, inspector y, finalmente, capo. Siempre se lo vio como un “cadete” hasta tal punto que ese fue uno de sus pocos apelativos. El formalismo y el uniforme lo dotaban de su única personalidad posible. Cuando en julio de 1978 Juan Carlos I rey de España visitó la Argentina le recomendaron al dictador que lo recibiera vestido de civil pues era una oportunidad para mostrar a la prensa internacional una imagen menos cuartelera. Él se negó con estas palabras: “No. Qué va a pensar el soldadito de Orán”. El capitán Federico Mittelbach que lo tuvo como jefe en el Colegio, explicó: “No podía sacarse el uniforme porque sin uniforme no era nadie. Jamás le importó un bledo el soldadito de Orán”.
Amigos son los amigos. Héctor Hidaldo Solá fue un radical conservador que en 1976 aceptó ser embajador de la dictadura en Venezuela. Videla se proponía tenerlo cerca como uno de los civiles potables para poner en marcha una nunca fechada salida política. El ambicioso capo de la Armada y la Esma, Emilio Eduardo Massera –que pretendía ser jefe y heredero de cualquier salida institucional-, lo mató-hizo matar en Buenos Aires en julio de 1977. Pero Videla ni siquiera amonestó al rival asesino. A la mismísima viuda le dijo que por encima de todo estaba la “unidad de las fuerzas armadas”. No dio curso jamás a ninguna clemencia, a indulgencia alguna. Ni siquiera se movió por el hijo de un enfermero que había cuidado a su propio hijo oligofrénico, Alejandro, en la Colonia Montes de Oca en Luján. Ah, pero cuando se le preguntó si cargaba con alguna culpa dijo: “Estoy tranquilo. Con Dios tengo todo arreglado”.
Vocería. El cristócrata Videla hablaba por Dios; por la importada Doctrina de Seguridad Nacional que inventó al “enemigo interno”; por la Escuela de las Américas que le enseñó a emplear la tortura a los camaradas de su generación; por el anticomunismo ultramontano; por el antiperonismo cerril; por un viejo Ejército crecido en la protección del latifundismo y la renta agraria. Él se las creía todas. Al muñeco articulado lo manejaba el múltiple ventrílocuo de lo peor. Y, encima, hablaba con soterrada bronca porque provenía de una aristocracia de cartón; la de esos parientes pobres que envidian a quienes de verdad -como José Alfredo Martínez de Hoz- la tenían toda.
Carne de teatro. La mecánica absurda del formalismo militar; un lenguaje fijo que se emplea como piedras que hay que arrojar; una ética multidimensional que va de lo intachable a lo imperdonable; un muñeco articulado por el mal, semejante dictador ¿Cómo no iba a ser carne de teatro?*
«Vidé/la muerte móvil», de Vicente Muleiro, con Carlos March y Carlos Vignola. Teatro La Carpintería, sábados a las 20. Entradas: Alternativa Teatral.
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