La ciudad donde vivo, Launceston, en Tasmania, tiene un logo: la silueta de un animal en blanco y negro, con rayas en el lomo, que sube una cuesta. Está en todas partes, en las comunicaciones oficiales, los carteles de bienvenida, cada edificio oficial, los tachos de basura. El animal parece un perro o un lobo pero no es ninguno de los dos: es el tigre de Tasmania, o tilacino, el único mamífero del que sabemos exactamente cuándo se extinguió.
El último de su especie murió el 7 de septiembre de 1936 en el zoológico de Hobart, la capital de la isla. Nunca más se vio otro vivo. Es también el único animal extinto del que se conservan imágenes en movimiento: una breve filmación en cautiverio en la que se lo ve caminando y abrir la boca en 70 grados, casi una “L” perfecta, en un bostezo. No había ni hay ningún otro animal como él, el más grande de los marsupiales carnívoros, un ser que vio la Edad de Hielo, que no se parece a nada.
Se extinguieron muchísimos otros animales, pájaros y peces, algunos muy conocidos, como el pájaro dodo. Pero el tigre es diferente por su iconografía, sus ojos tristes y sobre todo por la ferocidad con la que fue injusta y brutalmente perseguido, acorralada y asesinado hasta la extinción.

La isla de Tasmania, al sur de Australia y a apenas una hora de Melbourne -en avión- no está entre los estados más prósperos de un país muy rico, pero en las últimas décadas, gracias al aumento del turismo, festivales internacionales como Dark Mofo y el museo de arte MONA –una suerte de Lollapalooza alternativo y el equivalente excéntrico al Guggenheim– empezó a convertirse en un destino y una curiosidad que va mas allá del demonio de Tasmania, otro animal que también está en riesgo.
El escritor tasmano Richard Flanagan, ganador del premio Booker en 2014, vive en Hobart. Hay saunas secretos y retiros carísimos por toda la isla, gastronomía elegante, aeropuertos internacionales y es la tierra natal de María Donaldson, la actual reina de Dinamarca. Hasta tiene una película sobre el asesino serial local de rigor, en este caso Martyn Briant, cuya tortuosa vida dirigió Justin Kurtzel en Nitram, con un protagónico despampanante del extraordinario Caleb Landry Jones, que ganó el premio a Mejor Actor en Cannes en 2021. Y en su iconografía, el tilacino, el tigre de Tasmania es una leyenda y una herida.

El animal aparece en registros fósiles de hace 25 millones de años, y vivía en toda Australia. Recién durante la segunda ola migratoria humana en el continente, hace 38 mil años, los nuevos habitantes llegaron con sus dingos, y el tilacino se recluyó en Tasmania, donde vivió durante 40 mil años junto con los aborígenes.
Los primeros europeos se instalaron en la isla en 1803. Decidieron que el tigre –lo llamaban “hiena”– atacaba a las ovejas. Era paranoia: el tilacino mataba a alguna, sí, pero en realidad los colonos se las robaban entre ellos, en una guerra por el ganado que duró décadas y configuró la propiedad de la tierra. El gobierno le puso precio a su cabeza: una libra por tigre. Se pagó por 2.184 ejemplares. El último botín se cobró en 1909. En 1930, un hombre llamado Wilf Batty sólo es recordado porque mató al último tilacino en libertad.
El tigre convivió 40 mil años con aborígenes en Tasmania y se extinguió en apenas 127, cuando llegaron los europeos.
Desde entonces, la obsesión por encontrar un ejemplar vivo es intensa, y se organizaron expediciones oficiales hasta 2005, cuando un diario ofreció un millón de dólares por evidencia. Hoy siguen las exploraciones, pero son privadas. Casi el 50% de Tasmania está deshabitado, una de las áreas vírgenes más importantes del hemisferio sur, con un millón y medio de hectáreas de bosques, y la esperanza es lo último que se pierde, pero cualquier investigador serio sabe y dice que el hermoso animal se fue y no volverá.
Un grupo de investigadores de la Universidad de Melbourne, sin embargo, no se resigna a que la historia violenta y devastadora del tigre de Tasmania sea un destino. El equipo del Thylacine Integrated Genetic Restoration Research Lab (Laboratorio Integrado para la Restauración Genética del Tilacino) se propone des-extinguir al tigre. No es ciencia ficción: van a traerlo de vuelta.
Andrew Pask, el líder del proyecto de des-extinción, dice: “Nuestra máxima prioridad es que esta tecnología se utilice para intentar evitar que otros marsupiales se extingan. Pero la des-extinción del tilacino es el ‘proyecto lunar’ de esta tecnología.” El objetivo no es solo crear un animal para un zoológico, sino “devolverlo a la naturaleza” para que recupere su rol como depredador alfa y ayude a equilibrar el ecosistema de Tasmania.
El pariente más cercano del tilacino es el dunnart, un marsupial muy pequeño, pero que podría llevar en su bolsa al tigre hasta un tamaño determinado: luego tendría madre sustituta.
Aunque no hay una fecha exacta, el equipo cree que se podría tener al primer ejemplar antes de que termine la década: faltan algunos años para poder “editar” el porcentaje de ADN que no comparten dunnart y tilacino,que tienen un 99,9% en común.
Las opiniones sobre el proyecto varían. La primera tiene que ver con el gasto de dinero, porque siempre habrá algo más urgente que des-extinguir a un animal, y mucha necesidades que podrían merecer ese dinero. Y también hay objeciones éticas que se pueden resumir en el pudor que provocar jugar a Dios. Pask tiene una respuesta. No es jugar a Dios, es jugar a ser humanos, dice. Lo que extinguió al tilacino fue la tecnología: eso son las armas, la agricultura y el imperialismo. La genética ofrece la posibilidad de corregir lo que se hizo mal, y preservar el futuro.
El tilacino renacido no será el tilacino, no del todo, pero quizá este proyecto tecnológico es la causa de que en todo Australia, pero sobre todo en la isla de Tasmania, los artistas vuelven a la figura del animal de manera obsesiva.
El más conocido es el pintor Michael McDowell, que en el estilo del gran paisajista John Glover y con una mirada ecologista lo pinta sin cesar en diferentes escenarios, con sus grandes ojos asustados. O John Lendis, que en su última muestra vendió en tiempo récord todos los cuadros que tenían como protagonista al tilacino, en un estilo más abstracto y emocional que el de McDowell.
¿Dónde van a presentar al tigre cuando vuelva? ¿En el zoológico donde su abuelo murió de frío? Es imposible mantener en secreto el nacimiento y sus efectos surreales. Mientras tanto, en Launceston, la municipalidad está rodeada de tilacinos de bronce a escala, congelados en saltos juguetones, a metros del museo de ciencias naturales que exhibe su piel y sus huesos.

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