Se busca muñeco alternativo que sostenga las mismas políticas

En junio de 1857, Charles Baudelaire publicó Las Flores del mal (Les Fleurs du mal, en el original), una antología de poemas que escandalizó a la sociedad francesa, más pacata de lo que le hubiera gustado parecer. El tribunal correccional del departamento del Sena le impuso una multa muy alta por “atentado contra la moral y la decencia públicas”, cuyo monto fue luego acotado gracias a la oportuna intervención de la emperatriz Eugenia de Montijo. Fue un gesto de generosa compensación ya que quien atacó la obra fue el abogado imperial Ernest Pinard, que, con cierta lucidez, asoció el libro de Baudelaire con las nuevas masas anónimas de lectores; algo que, a su entender, potenciaba la peligrosidad de esos versos impúdicos: “Esos muchos lectores para los que usted escribe, pues la tirada de su libro es de varios miles de ejemplares y el precio de venta es muy bajo, esos numerosos lectores, de cualquier clase, de cualquier edad o condición, ¿sabrán acaso tomar el antídoto que con tanta ligereza usted les propone?”
El gesto de la emperatriz también puede ser analizado como una justa compensación del destino ya que una de las fuentes de inspiración de la obra condenada por la justicia fue, justamente, su marido, el emperador Napoleón III, sobrino de otro emperador: Napoleón Bonaparte. En efecto, dentro del legado del Segundo Imperio se destacaron las colosales transformaciones urbanas de París, que Luis Napoleón Bonaparte encomendó al barón Haussmann y que Baudelaire lamentó como el flâneur (observador urbano) que era.
En menos de veinte años, París dejó atrás su tipología medieval y se transformó a grandes rasgos en la ciudad actual. El enérgico barón anexó distritos limítrofes para aumentar la superficie de la ciudad, planificó grandes ejes urbanos (los famosos bulevares), plazas y parques; impulsó el alumbrado público, el mobiliario urbano (que en gran medida sigue vigente), las redes de agua y cloacas; y una tipología de fachadas (el famoso estilo haussmanniano) que le dejó su impronta en la arquitectura parisina. Sus detractores denunciaron el costo exorbitante de los trabajos y el control de la protesta social que asomaba detrás de esos grandes ejes urbanos, que se complementaban con una red de cuarteles dispuestos estratégicamente en toda la capital. Sin duda el orden social fue uno de los objetivos de aquel entusiasta del despotismo ilustrado, pero es difícil negar la mejora conseguida en la calidad de vida de las clases populares, antes hacinadas en viviendas y calles insalubres. Un siglo más tarde, hacia 1952, el cantante Yves Montand celebraría los grandes bulevares haussmannianos, como un lugar de esparcimiento gratuito de los trabajadores de la posguerra. Sin embargo, muchos, como el propio Baudelaire, lamentaron los cambios profundos en su amada ciudad aunque, en el fondo, los intuían inexorables. En El cisne, uno de los poemas de Las Flores del mal, lo expresa con melancolía:
El viejo París terminó (la forma de una ciudad
cambia más rápido, ¡ah!, que el corazón de un mortal)
Lo asombroso es que hoy no vislumbramos grandes diferencias entre el París medieval que añoraba Baudelaire y la trama urbana impuesta en el Segundo Imperio. Al contrario, sentimos que se trata de una ciudad homogénea. Lo mismo ocurrió un siglo después de aquellos grandes trabajos imperiales, bajo la presidencia del socialista François Mitterrand, quien lanzó una serie de grandes proyectos arquitectónicos a partir de 1981. Tal vez el más emblemático sea el de la Pirámide del Louvre, obra encomendada al arquitecto Ieoh Ming Pei para resolver el acceso al museo ampliado luego de la incorporación del ala Richelieu. Construida, justamente, por Napoleón III, dicha ala fue destinada al ministerio de Economía hasta que Mitterrand decidió mudarlo a un nuevo edificio. El proyecto de una pirámide de vidrio colocada en medio de esa “arquitectura tradicional” generó un inmenso rechazo, no exento de intencionalidad política. El arquitecto explicó con buen criterio que eso que se veía como un edificio homogéneo era, en realidad, un catálogo de estilos diferentes –desde la fortaleza medieval del siglo XII hasta las ampliaciones barrocas, pasando por el palacio renacentista del siglo XVI– que se habían superpuesto a lo largo de los siglos, sin buscar imitar al anterior. El tiempo le dio la razón a Pei: la Pirámide forma parte del paisaje y es uno de los monumentos más visitados de París, luego de la Torre Eiffel, otro monumento criticado en su tiempo (Guy de Maupassant elegía almorzar en el restaurante de la Torre Eiffel, que detestaba, porque era el único lugar de la ciudad en la que no la veía).

La política, como la planificación urbana, es mucho más que administrar lo existente. El buen gobierno, como el urbanismo exitoso, consiste en mejorar la vida de las mayorías aun teniendo que generar tensión con quienes se oponen a los grandes cambios. Ese debería ser el parámetro para definir su éxito o su fracaso. Es por eso que la magnitud de los eventuales cambios no alcanza, de por sí, para juzgar la virtud de un gobernante.
La Avenida de Mayo, inaugurada el 9 de julio de 1894, fue el primer bulevar de la ciudad de Buenos Aires. Su alto costo también generó el rechazo de una parte de la sociedad, como le ocurrió a Haussmann, ya que requirió la expropiación y demolición de residencias pertenecientes a la alta sociedad. Sin embargo, gracias a sus teatros, cafés y restaurantes, y al “pulmón” que abrió en un sector muy denso de la ciudad, se convirtió en un extraordinario espacio público, como los grandes bulevares cantados por Montand. El contraejemplo podrían ser las autopistas urbanas impulsadas por el brigadier Osvaldo Cacciatore, intendente de la ciudad de Buenos Aires durante la última dictadura cívico-militar. El resultado fue catastrófico: generó zonas marginales y verdaderas cicatrices urbanas. Los porteños tuvimos la suerte de que el intendente de facto no pudiera imponer el proyecto en su totalidad.
Nuestro establishment, hoy controlado por el sector financiero, suele optar por alabar los grandes cambios o, al contrario, exigir la continuidad del statu quo en función de quién ocupa la Casa Rosada. Desde el 10 de diciembre del 2023, aplaude un gobierno como el del Presidente de los Pies de Ninfa, que demuele políticas de largo plazo, que exceden incluso a los períodos kirchneristas. Milei destruye nuestra mejor tradición diplomática –como el respeto irrestricto a la resolución pacífica de los conflictos– pero también la universidad pública y gratuita o el impulso a la industria nacional y a la ciencia y tecnología. Vemos con asombro cómo la Unión Industrial Argentina no se opone al desguace del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI); del mismo modo que la Sociedad Rural no protege al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), pese a que ambos organismos impulsan el desarrollo de dichos sectores. El acceso al dólar barato, los blanqueos oportunos, los salarios de miseria y el sueño húmedo de un fin definitivo del peronismo (y van…) impulsa a los grandes empresarios del país a seguir apoyando un modelo que atenta contra el desarrollo de ese país que consideran propio.
Pero, más allá de los aplausos, los entusiastas de Milei empiezan a dudar de sus chances de ser reelecto. Buscan entonces algún muñeco alternativo para continuar las mismas políticas (como Dante Gebel, el pastor que no es pastor, que ya consiguió un primer milagro: ser entrevistado con interés de ambos lados de la grieta mediática) o, en el peor de los casos, imaginan la forma de condicionar un eventual gobierno peronista.
Hace unos días, José Natanson, inventor de la “derecha moderna” (que junto al Nahuelito, la Luz mala y el Lobizón conforma el bestiario imaginario de nuestro país) afirmó: “Una operación interesante sería que el peronismo, con un candidato progresista y popular, diga: mi ministro de Economía va a ser Horacio Rodríguez Larreta, también podría ser Álvarez Agis o Melconian, alguien que tenga interlocución con los poderes fácticos, con los fondos de inversión, con los empresarios, sobre todo que le transmita a la sociedad tranquilidad”.
Es una afirmación que presupone varias ideas, todas tóxicas. Por un lado, descarta opciones heterodoxas para paliar la crisis, supongo que por considerar que aportarían intranquilidad; considera, además, que sólo quienes tienen afinidad con los poderes fácticos, los fondos de inversión o los empresarios pueden transformarse en interlocutores válidos. Esa fue la idea de Alberto Fernández al nombrar a Martín Guzmán como ministro de Economía: al conocer la burocracia del FMI, sería un negociador eficaz. Al final fue el Paladino del Frente de Todos: el representante del FMI en el gobierno y no lo contrario. Pero lo más tóxico de la afirmación de Natanson consiste en creer que quienes aportan tranquilidad a la sociedad son los poderes fácticos, los fondos de inversión o los empresarios. Evitar el conflicto social consistiría entonces en escucharlos antes de escuchar a los asalariados, los jubilados, los investigadores, los docentes, las personas con discapacidad o los trabajadores públicos; es decir, las mayorías hoy postergadas. En realidad, más allá de la invocación al progresismo y otras fantasías, se trata de una maniobra de continuidad política.
Hace unos días, en la Expo EFI –un coso de economía y finanzas– el operador judicial Horacio Rosatti, accesoriamente presidente de la Corte Suprema, lamentó la creciente “judicialización de la política”, obviando así el control de constitucionalidad que ejerce esa Corte; o más bien, que no ejerce, al menos en lo que respecta al DNU 70 y la Ley Pasta Base, que constituyen una verdadera reforma constitucional de queruza llevada a cabo por el gobierno. La crítica a la “judicialización de la política” cuando se discute en sede judicial la reforma laboral no es un dato menor.
Pero lo más notable fue que el cortesano opinara sobre la emisión monetaria: “Es muy sano que no se emita incontroladamente, porque esto surge de una prohibición explícita de la Constitución Argentina”. Mencionó el artículo 75, que efectivamente estipula la defensa del valor de la moneda como una prerrogativa a tener en cuenta, pero mencionada entre muchas otras atribuciones del Congreso; como el desarrollo y el progreso, la promoción de la ciencia y la tecnología, el desarrollo humano o el crecimiento armónico de la Nación a través de políticas específicas. El artículo citado no sólo no menciona la emisión, sino que explicita muchas otras cuestiones relevantes que Rosatti ignoró en su discurso, como las ignora el gobierno sin que la Corte se lo recuerde.
En realidad, Rosatti hace un maravilloso cherry picking, es decir, elige lo que le interesa del artículo en cuestión, para meterse de lleno en la política económica del país, lo que está fuera de su competencia. Atenta así contra la independencia del Banco Central que nuestros liberales imaginarios tanto defienden (sin por eso ejercerla). En realidad, lo que parece buscar este operador aterciopelado es ponerle límites al próximo gobierno, en el caso de que sus mandantes no logren imponer a un nuevo muñeco. Si el peronismo ganara las próximas elecciones y pretendiera encausar la política monetaria por fuera de la ficción contable actual, para propiciar el desarrollo humano y el progreso establecidos en el artículo destacado por Rosatti, la Corte estará allí para impedírselo, ejerciendo el control de constitucionalidad que hoy no practica.
La idea que subyace tanto en la extravagante propuesta de nombrar a Larreta o Melconián en un gobierno peronista, como en una Corte que controlaría la política monetaria es salvar al modelo más allá de la continuidad de Milei; es decir, un De la Rúa como reemplazo de Menem.
Volvió la Alianza y no nos avisaron.
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