Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, mayo 03, 2026

Palantir y la privatización de la utopía




Bruno Carpinetti propone en esta nota una idea inquietante: que la política no esté pensando el futuro no significa que el futuro no se esté pensando, sino todo lo contrario: ese ejercicio se está haciendo en otra parte, con otros tiempos, otras herramientas y otros intereses. Peter Thiel, uno de los cerebros detrás de Palantir Technologies, está en Argentina pensando ese futuro que en el presente podría comprar tierras, explorar posiciones y tantear regulaciones, movimientos que forman parte de estrategias más largas. A esta escena se le puede poner un nombre: la privatización de la utopía.


El menú es conocido: disputas internas, competencia por candidaturas, liderazgos que se ordenan y desordenan, denuncias de corrupción que capturan la atención durante días o semanas. La agenda se arma en tiempo real, al ritmo de los titulares y las redes, con la lógica de lo urgente imponiéndose sobre cualquier intento de pensar más allá. Lo importante no es lo que viene, sino lo que pega hoy. El largo plazo, si aparece, lo hace como una vaga promesa o como un lugar común sin contenido.

A eso se le puede poner un nombre: la privatización de la utopía.
Durante buena parte del siglo XX, las utopías – con todos sus excesos y tragedias – eran materia de la política. Se discutían en plazas, en sindicatos, en universidades, en partidos. Eran, en el fondo, formas de disputar el futuro. Hoy, en cambio, esas narrativas aparecen debilitadas en el espacio público, al mismo tiempo que resurgen en versiones nuevas dentro del mundo empresarial y tecnológico.

El problema no es que existan esas visiones. El problema es que no se discuten. O, mejor dicho: que no se discuten donde deberían discutirse. Las decisiones que van a moldear las próximas décadas – qué se produce, cómo, para quién, con qué límites – empiezan a tomarse en ámbitos que no pasan por el filtro de la deliberación democrática.
Y mientras tanto, acá, la política sigue hablando de sí misma.

La consecuencia no es sólo un debate público más pobre, aunque eso ya sería suficiente. Es también una pérdida de capacidad para intervenir en el propio destino. Porque si otros están pensando el futuro por nosotros, lo más probable es que terminemos habitándolo en condiciones que no elegimos.



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