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domingo, junio 07, 2026

El ahogado de Claromecó

 

Por Lautaro Ortiz
El Tortoni del improbable José Enrique Tafas según Eduardo Stupía. Imagen Web

Detrás de cualquier biblioteca –chica, grande o descangallada–, se oculta una galería de cuadros que jamás fueron pintados. Todos alguna vez, seducidos por ese misterio, fantaseamos con hallar un mecanismo injerto en alguno de nuestros viejos libros que nos permita abrir, en un lento deslizar, una imaginaria puerta secreta para acceder a ese museo inaudito.

(“¡Basta de jugar con el resorte!”, solía decirle Charles Dickens a su sobrina cuando esta visitaba la campestre Gad’s Hill Place, famosa por ser una de las primeras construcciones de Inglaterra en poseer una biblioteca que incluía ese artilugio).

Esa pinacoteca invisible alberga cientos de cuadros que están descriptos minuciosamente en páginas y páginas a lo largo de la historia de la literatura. Todos hemos leído esas descripciones alguna vez: retratos, paisajes campestres y urbanos, escenas inconcebibles de muerte y resurrecciones, perfiles de mujeres trágicas y de hombres tristes, escenarios de colores admirables, y atardeceres que se leen, pero que jamás se ven.

Esta pinacoteca invisible posee, además, un catálogo formado por innumerables nombres de pintores de los cuales muchas veces conocemos su vida y los motivos de su muerte, pero jamás existieron. Pienso en el acongojado Juan Pablo Castel de Sabato o en Jean de Daumier-Smith de Salinger, aquel que pintaba chicas “de altos pechos”, entre muchos otros artistas invisibles.

Los griegos tienen una sonora palabra (casi un chasquido de dedos) que de alguna manera podría explicar en parte este fenómeno: écfrasis, o la descripción verbal de una figura visual real o imaginada. La gran écfrasis, el gran ejemplo, es el escudo de Aquiles, descripto en todos sus detalles. Es el escudo que una madre angustiada mandó a pedir a Hefesto, luego de que Héctor dejara en la arena y sin armadura al bueno de Patroclo. Lo leímos por Homero, pero, claro, él como nosotros, jamás lo vio.

En mi sombría oficina de la calle Uruguay y Viamonte, oficina dentro de un edificio de muchas otras ocupadas por tordos, amigos de los softwares ilegales y cultivadores indoor de cannabis, yo también suelo tantear los libros de mi biblioteca imaginando activar el mecanismo de esa puerta secreta. Y en cada uno de esos intentos, se queda entre mis dedos algún volumen que, por azar, me habla de cuadros o de un pintor que no existió.

(“¡Activa el resorte de una vez!”, le rogó Bruce Wayne al distraído Ricardo Tapia, para poder acceder a la baticueva oculta detrás de la biblioteca).

Así fue como una tarde levanté Crónicas de Bustos Domecq (1967), y me detuve en el capítulo “Un pincel nuestro”, donde se cuenta no sólo la desafortunada muerte del joven pintor José Enrique Tafas, sino su notable y novedosa técnica pictórica.

Archivo -

Lo único que sabemos del pintor es que era de origen árabe, y que solía visitar las playas pedregosas de Claromecó ni bien terminó su infancia, ya que su padre, un árabe que había llegado al país “escondido en una alfombra”, conoció ese paraje siguiendo los pasos de una danesa de amplia sonrisa. Tal vez la esperanza de ese amor llevó a Tafas padre a olvidar a su familia y a instalarse en un departamento a metros del faro Claromecó. Tal vez la insistencia de ese amor imposible (nunca sabremos el nombre de la danesa), lo llevó más tarde a ocupar el puesto de farero. Mientras soñaba, un día de invierno se le apareció su hijo, el Tafas artista.

Se cuenta que el 12 de octubre de 1964 (cuando entonces se hablaba de razas), el viejo Tafas subió, como todos los días, los 278 escalones del faro Claromecó y al llegar a la vidriera observó desde lo alto cómo su hijo, el prometedor pintor con el que había convivido los últimos siete años, era tragado por una gran ola, fría, espumosa, artera. Lo lloró días y noches, y entre aquel mar de llanto recordó cuando su hijo le contó emocionado el encuentro con Bustos Domecq.

Fue una cariñosa mañana septembrina en el quiosco de Bernardo de Irigoyen y Avenida de Mayo. Ambos habían llegado a ese lugar para adquirir la misma tarjeta postal: la del café Tortoni. La coincidencia despertó la curiosidad y la curiosidad ahondó en la afición de ambos: el coleccionismo de tarjetas postales de Buenos Aires. Más tarde, sentado a una de las mesas claras de una confitería de Constitución, el joven Tafas, cuando la cerveza abre las puertas a las confesiones, le reveló a Domecq su técnica pictórica, elaborada con el propósito de burlar la ley de Alá que impide la representación gráfica de seres animados. Domecq la relató de este modo:

“Primo con fidelidad fotográfica pintó vistas porteñas, correspondientes a un reducido perímetro de la urbe, que copiaban hoteles, confiterías, quioscos y estatuas. Secundo, las borró con miga de pan y con el agua de la canilla. Tercio, les dio una mano de betún, para que los cuadritos devinieran enteramente negros. Tuvo el escrúpulo, eso sí, de rotular a cada uno de los engendros, que habían quedado iguales y retintos, con el nombre correcto, y en la muestra usted podía leer Café Tortoni o Quiosco de las postales”.

Releí varias veces aquella explicación técnica para que se dibujara en mi cabeza alguna imagen, pero nada salía. Me fui entonces al taller del pintor Eduardo Stupía para que me explicara cómo era el asunto y para que me hiciera ver lo que nadie vio hasta ahora: cómo sería un cuadro de Tafas.

Eduardo, amable y atento, me escuchó. Aceptó el desafío y, en silencio, se puso a trabajar. Mientras tanto yo, me senté en un banquito y me puse a investigar en el celular qué se decía en Google acerca de Tafas. Además de la referencia al libro Crónicas de Borges y Casares, se insistía (con ese empecinamiento típico de Google en repetir entradas y entradas con la misma información) que Tafas es un pueblo de Siria donde ocurrió una masacre que vengaron luego Lawrence de Arabia y su ejército.

Pasaron las horas, y en el momento en el que yo soñaba con Lawrence cortando cabezas mientras Tafas bocetabaa su lado descalzo sobre la arena caliente del desierto, Stupía me tocó el hombro. “Listo”, me dijo y me hizo ver. Comparto aquí con ustedes su versión / interpretación de un cuadro del malogrado Tafas, que, a partir de ahora, será el primer documento real del pintor ahogado.

Volví feliz a la oficina y con unas terribles ganas de subir a internet la pintura de Stupía, sabiendo que, al hacerlo le estaríamos mostrando a Google y a sus rostros macabros de la IA que la imaginación no le pertenece. A partir de ahora las pantallas de todo el mundo reproducirán junto al nombre del pintor Tafas la obra que acompaña estas líneas.

Con esos pensamientos subí al ascensor. Pulsé el botón del piso siete en dirección a mi oficina, pero mi viaje fue interrumpido en el piso dos. Cuando se abrieron las puertas, en la semipenumbra del palier se recortó la figura de Aparicio, hombre sabio y encargado del inmueble. Desde el piso dos al cinco le conté la historia de Tafas. Desde el piso cinco al siete, él hizo silencio. Cuando se abrieron nuevamente las puertas y antes de que yo me bajara, me recitó sonriente la siguiente décima que todavía resuena en mi cabeza:

“Nunca se borra del todo

lo que ha trazado la mano,

pues la memoria al gusano

del olvido opone un modo

de preservar lo que el codo

quiso quitar y perdura.

No olviden que la pintura,

dijo Da Vinci el genial,

es una cuestión mental.

El resto es literatura”.

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