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"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

martes, junio 23, 2026

Ensayar la muerte

 

Estos días de funerales, de muertes mitológicas e históricas y también de muertes jóvenes, descubrí con retraso un libro de Sergio Chejfec, el escritor argentino que vivió muchos años en Venezuela y dio clases en la Universidad de Nueva York; de hecho, alguien me contó que vio su fantasma en la que fue su oficina cerca de Washington Square: Chejfec murió en 2022. El libro es Baroni: Un viaje, y lo compré porque un amigo venezolano, Lenin, me habló de su protagonista, la artista plástica que hacía perfomances de su propio funeral. No sé por qué imaginé a alguien como Marina Abramovic o Tania Bruguera, una referente del arte contemporáneo formada en museos, pero lo cierto es que Rafaela Baroni era una artista completamente diferente, de raíz popular y trabajo artesanal, que recreaba sus propias muertes en un evento autobiográfico: dos veces se la dio por fallecida, a los once años y a los treinta y tres. Rafaela sufría de esa condición que parece ficción, la catalepsia, un estado neurológico raro en el que una persona queda inmóvil, rígida y con una disminución marcadísima de la respuesta a los estímulos externos. Claro que en la vida moderna de las ciudades actuales esa catalepsia que temían Poe y los poetas románticos del siglo XIX es casi imposible: basta con una inspección médica moderna que detectará los signos vitales aunque sean débiles. Rafaela Baroni, en su vida, no contó con estas facilidades. Nació en 1935 en la región andina del estado Trujillo, en Venezuela. Su padre, agricultor, murió cuando ella era muy chica, y su madre se puso al hombro cinco hijos. Rafaela aprendió a tejer y tallar figuras religiosas pequeñas, que la madre vendía. El episodio que cambió su vida ocurrió cuando a los once fue declarada muerta durante un día entero. Los vecinos y la familia empezaron a llegar al velorio y, cuando ya estaban cantando y desfilando frente a la niña muerta, Rafaela despertó en su mortaja. El pueblo quedó conmocionado y el episodio se conoció como el “milagro de Rafaela”. A ella, ese despertar en el sencillo ataúd en el que iba a ser enterrada, la dejó obsesionada con la muerte y sus rituales. Ya mujer joven, el duelo por la muerte de uno de sus hijos, un matrimonio infeliz y la extrema pobreza la llevaron a una crisis ingobernable. Estuvo meses hospitalizada por una parálisis de origen psicológico y, como le daba miedo lastimar a sus hijos o darles una vida injusta, los dejó con su abuela y se mudó a Boconó. Sin dinero ni un lugar donde quedarse, durmió varios días en el cementerio. Ahí –en el pueblo, no en el cementerio- conoció a Rogelio Albornoz, que sería su pareja, y el hombre que estaba a su lado cuando sufrió el segundo ataque de catalepsia, a los 33. Esta vez no se llegó a velarla, según Rafaela, por un afortunado “enredo burocrático”. La periodista Ariana Briceño Rojas cuenta ese “enredo” en una crónica de 2009: “Rafaela supo de inmediato que se encontraba en la morgue. La sensación de frío que corrió por su cuerpo al ser tirada en la camilla de hierro la enfureció. ‘No respetan a los muertos, me tiran como si fuera un perro’, pensó, mientras al frente de ella uno de los hombres que se encontraba en la sala la vio moverse e interrumpiendo la conversación de sus dos compañeros, se precipitó a decir: ‘¡La señora está viva, traigan a un médico!’. Después de 72 horas de haberla declarado muerta, Rafaela empezó a recobrar el control de su cuerpo. Los brazos y las piernas despertaron al mismo ritmo que su pulso, pero algo no andaba bien: no podía hablar. Fue trasladada al psiquiátrico de Lídice en Caracas y por más de 15 días Rafaela no emitió palabra. El shock tardó mucho en pasar”.

Fue después de estos años traumáticos –por llamarlos de alguna manera–, que incluyeron un desprendimiento de retina que casi la deja ciega, cuando Rafaela Baroni empezó a crear de forma sistemática su obra escultórica, tallas de madera e imágenes religiosas, en especial de la Virgen María, con colores muy vivos y presencia de la naturaleza en flores y pájaros. También hay elementos autobiográficos simbólicos en sus tallas, como el bebé perdido, la presencia de la muerte o la imagen de un loro, porque ella afirmaba que estas aves estuvieron dentro suyo cuando sufrió la primera catalepsia. Angeles, orquídeas, nazarenos, muñecas de trapo: el arte de Rafaela, de corte naif y elementos surreales, era reconocido, mostraba sus piezas y hasta inauguró un centro cultural, el Búho. En 1985 sumó a sus tallas artesanales algunas perfomances. En “El matrimonio” recreaba la ceremonia de su casamiento. Y en la pieza “La Mortuoria”, la de sus muertes. La primera pieza, permanente, era un ataúd construido y decorado por ella misma, con una figura en madera, tamaño natural, acostada dentro. La obra no se limitaba al objeto: cada año, especialmente en Viernes Santo, la instalación se transformaba en una acción performática. Rafaela se acostaba dentro del féretro y los asistentes participaban como si estuvieran en un velorio real. Chejfec, que además estaba obsesionado con una virgen andrógina de Rafaela, describe en el libro estos funerales, acompañados de cortejo, que podían durar varios días y solían terminar en el cementerio antes del entierro simbólico. Cuando Rafaela salía del ataúd, hablaba con el “público”, contaba sus experiencias cercanas a la muerte y comentaba sus visiones. “Baroni interpreta su propio funeral: viste el atuendo apropiado, un vestido azul que ella misma tejió para ese fin, y se recuesta en el ataúd, también hecho por ella, donde permanece inmóvil por un largo rato. La escena no parece una representación en el sentido habitual del término, porque no hay distancia entre quien actúa y lo que se representa”, escribe Chejfec. “Más bien se trata de una doble mirada: la de quien se ve a sí misma desde fuera y la de quienes la observan como si ya estuviera muerta. En esa suspensión, la muerte no es un final sino una forma de ensayo, repetida hasta volverse familiar.”

Baroni decía que le gustaba divertir a la gente, así que sus perfomances eran festivas, y su intención era no solo repetir su trauma para exorcizarlo, sino compartir el ritual con el público y ser la oficiante. Baroni tenía en su casa un altar funerario, junto a un árbol de mango, donde se ubicaba el ataúd y la muñeca de sí misma: la artista vivía en un predio llamado “El Paraíso de Aleafar” (Aleafar es “Rafaela” al revés), en una zona rural del municipio de Rafael Rangel, Trujillo. La casa estaba abierta a todos los que quisieran visitarla –de hecho el libro de Chejfec reproduce una de esas visitas— y ella los recibía con baile, cantos, a veces comida. A esa altura ya era reconocida como una de las más importantes representantes del arte popular andino en Venezuela, al punto de que en 2015 recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Valle del Momboy. En 2021, cuando murió después de una breve neumonía, todo estaba preparado. Fue enterrada en su casa, como ella quería y como había ensayado. El Paraíso de Aleafar es puro colorido e imágenes; tiene tres placitas, varias capillas y se conservan sus obras, sus premios, las fotos con las parejas y niños que bendecía. Tiene un perfil de Instagram con menos de treinta seguidores y los visitantes hablan de la hospitalidad de su nieta, Rosa Baroni, pero no hay muchos más datos sobre el museo y la tumba de la artista.

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