Por Carles Manera |
Fuentes: Economistas frente a la crisis
1. Soberanía privatizada, la tecno-oligarquía en marcha
Empecemos con una conclusión: privatizar la soberanía se entiende en una
dirección concreta: los dirigentes de grandes empresas tecnológicas están
decidiendo temas que van a afectar a millones de personas, sin haber sido
elegidos en procesos democráticos. Algunos autores hablan de tecno-feudalismo
para referirse a esta situación. C. Durand (Tecnofeudalismo. Crítica de la
economía digital, Palinodia, Madrid, 2021) indica la extracción de rentas
por parte de los tecno-oligarcas mediante el control de datos. Y. Varoufakis (Tecnofeudalismo,
Deusto, Barcelona, 2024) subraya que las plataformas tecnológicas han relevado
partes de la lógica capitalista por relaciones de dependencia que se asemejan a
las feudales. Un concepto discutible que radica, en esencia, en la expansión de
la inteligencia artificial. La inserción en sistemas complejos por la necesidad
de cruzar y poder interpretar millones de datos, da a los tecno-oligarcas un
poder clave: no tienen competencia de otros actores con capitalizaciones
menores y con recursos tecnológicos inferiores. Esto es nuevo en un sentido:
los capitalistas industriales ejercían un dominio importante sobre los
principales resortes económicos, pero su grado de influencia social tenía
límites, marcados por las propias dinámicas de las sociedades y de las economías
industriales. La eclosión de los servicios, con todas sus complejas derivadas,
ha dinamitado esta visión tradicional. Y esos nuevos grandes capitalistas
tienen procesos de acumulación relativamente rápidos, en buen grado de carácter
especulativo, sin descuidar sus proyectos vinculados a la Industria 4.0. Los
beneficios son escandalosos, y las sumas patrimoniales en poco tiempo son
insólitas.
Los recientes datos conocidos de la fortuna de Elon Musk son tan
llamativos como obscenos. Según Oxfam, la riqueza personal del tecno-oligarca
ha aumentado a un ritmo superior a un millón de dólares por minuto en el último
año. Esto recoge el incremento estimado del empuje de las acciones de Tesla,
SpaceX y otras empresas de Musk. El origen de esta expansión desproporcionada
se relaciona con sus contratos con la administración Trump, a pesar de sus
teatrales desavenencias. La sintonía del capital es absoluta; su vinculación al
capital público –este que tanto se suele criticar– es palmaria. Esta situación
de Musk no es exclusiva. Otros tecno-oligarcas se hallan en escenarios
parecidos. Sus generosas donaciones a la campaña de los republicanos, y
particularmente su apuesta por Trump, les moviliza para reclamar las facturas
correspondientes: las que debe devengar la administración federal en forma de
concesiones en proyectos considerados como estratégicos y que abrazan
preferentemente la industria militar y la aeroespacial. Estamos ante una nueva
fase del desarrollo capitalista, caracterizada por una elevada concentración
del capital tecnológico. Y con otro rasgo característico: la amenaza a los
sistemas democráticos por el control de la información y la capacidad
financiera para depredar medios de comunicación. Se ha visto y se ve en Estados
Unidos; y se aprecia igualmente en Europa. El pretexto: enfrentarse al
crecimiento de China y a su gradual dominio en los mercados.
En 2016, Peter Thiel, desde el Silicon Valley, ya apostó con fuerza para
frenar el empuje chino, observado como un peligro económico real. Para obtener
ese objetivo, se arbitraron medidas concretas: por un lado, el veto contra
Huawei –en 2019–; por otro, una privatización efectiva de la administración en
forma de contratos particulares, que brindan generosos emolumentos y
posibilidades efectivas de contactos a quienes los suscriben. Esto ha sido
advertido por la periodista Ana Swanson, especializada en política industrial y
en las relaciones entre Estados Unidos y China (The New York Times, del
13 de marzo de 2026). Hablamos –señala Swanson– de poder acceder, desde el
ámbito privado, a 200 mil millones de dólares de inversión pública durante tres
años, con accesos privilegiados y la posibilidad de formar redes al más alto
nivel. Evidentemente, eludiendo al máximo la responsabilidad fiscal y
criticando cualquier movimiento que trate de impulsarla.
En tal sentido, la campaña que se está desplegando contra economistas
que están trabajando en los campos de la desigualdad, el cambio climático y la
distribución de renta es feroz, a raíz de un trabajo firmado en The
Guardian por Olivier De Schutter, Joseph Stiglitz, Jayati Ghosh,
Thomas Piketty, Kate Raworth y Jason Hickel. Sobre todo, cuando desde este
ámbito heterodoxo se plantean perspectivas plausibles de un impuesto sobre el
patrimonio del 2%, de carácter mundial (G. Zucman, Por qué los
multimillonarios no pagan impuestos sobre la renta, Cuadernos Anagrama,
Barcelona, 2026).
2. Capitalismo que muta: el poder omnímodo de las nuevas élites
La mutación del capitalismo parece clara en estas células incipientes,
pero meridianas, que se están detectando. Debemos recordar que, tras la Segunda
Guerra Mundial, en Estados Unidos existía una planificación liderada por
profesores e investigadores universitarios, con participación sindical y con la
bendición de la administración. El cuadro de decisiones estaba en manos
públicas. El contexto actual parece otro: ahora, los tecno-oligarcas y sus
terminales, que provienen de consultoras privadas, son quienes marcan la
determinación y los proyectos estratégicos en la economía relacionada con las
tecnologías avanzadas y con el entramado militar. Se maneja dinero público para
alimentar negocios privados. Y con un frontispicio, recordémoslo: ningunear las
consecuencias del cambio climático y de la desigualdad en la distribución de
rentas. Al mismo tiempo, renegar de lo público en beneficio de lo privado, a
pesar de las contradicciones de ese modelo que se promulga (sobre esto: N.
Oreskes-E. M. Conway, El gran mito, Capitán Swing, Madrid, 2024).
Estamos ante una nueva élite económica con un enorme poder económico y
de influencia, que va mucho más allá de los límites conocidos de la empresa
privada. Son grandes empresarios de las ramas tecnológicas que detentan
plataformas digitales, inteligencia artificial, potentes redes de comunicación,
algunos sectores productivos como la industria del automóvil o la aeroespacial,
y que informan sobre hechos consumados en cuanto a posibles proyectos en los
que se involucra de manera directa la administración por las acciones lobistas
que perpetran esos magnates. Uno de los máximos dirigentes reclutado desde Wall
Street en todos estos procesos en los que participa el Pentágono es George K.
Kollitides II, director de la Economic Defense Unit. Se trata de una nueva
institución que tiene como objetivo integrar elementos económicos, financieros
e industriales en la seguridad nacional de Estados Unidos. Este financiero
proviene del capital privado, como alto ejecutivo de la firma Cerberus Capital
Management, y tiene la misión de movilizar inversiones estratégicas para
robustecer la base industrial estadounidenses.
La cadena causal que se impulsa es esta: el Pentágono redacta las
cláusulas, los tecno-oligarcas gestionan los fondos de inversión, Palantir
escruta la situación, Nvidia suministra informaciones y datos, el Tesoro
culmina la burocracia. La historia económica inspira: en una investigación
publicada en 2010 por T. Roy en la London School of Economics (Rethinking
the Origins of British India: State Formation and Military-Fiscal Undertakings
in an Eighteenth Century World Region, Working Papers, 142/10) ya se expone
ese esquema de combinación entre los poderes económico, financiero e industrial
en una estrategia para la seguridad nacional, con protagonismo de la Compañía
de las Indias Orientales del imperio británico, con actividades desde el siglo
XVIII hasta su disolución en 1874. Algunos analistas han invocado esta
analogía. Es el uso de capital privado y experiencias financieras para apoyar
lucrativos objetivos estatales; un híbrido entre Estado y mercado (sobre todo
esto, véase E. Morozov, “Frente a Pekín, Washington tiene un plan”, Le
Monde Diplomatique, junio de 2026).
3. Utopías y burbujas
En la esfera más pública, la estrategia de la tecno-oligarquía es
diáfana. Conflictos contra la migración, por ejemplo, se alientan sin recato
desde X, como se ha observado recientemente en los graves disturbios en
Belfast, con la ultraderecha desatada quemando negocios regentados por
población no considerada “nacional”. La narrativa es simple, pero muy efectiva.
Las derechas compran unos mensajes que son porosos para franjas de población, y
que se divulgan a través de redes sociales y medios convencionales de
comunicación. La democracia no parece necesaria cuando el “enemigo” es el
“otro”, al que se hace responsable de pretendidas inseguridades y del consumo
de recursos públicos, a la vez que se aboga por la reducción drástica de
impuestos lesionando justamente esos servicios públicos. Con un telón de fondo:
el ensalzamiento de una “libertad” edificada sobre arenosos cimientos.
La utopía ultraliberal está servida. Y los tecno-oligarcas ejercen de
sumos sacerdotes, con la aquiescencia de determinados poderes públicos, de
administraciones concretas que se escoran, sin tapujos, hacia posicionamientos
cada vez más ultraconservadores. Esa utopía tiene fundamentos tecnológicos, y
una idea clara de que nada debe obstruir un avance imparable, que se vende como
beneficioso para todos. Es decir, nada de regulaciones, ni de auditorías, ni de
controles a esos poderes paralelos cuyas riquezas superan el PIB de muchos
países. En tal sentido, Musk ha comparado la importancia de establecer
presencia humana en Marte con combatir problemas como la pobreza o las
enfermedades, vinculando esto a la supervivencia de la especie humana. El
reclamo de inversiones para desarrollar más tecnologías que vayan en esa
dirección representa un delirio en el que están incurriendo fondos de inversión
con financiaciones opacas, un hecho que preocupa al sistema financiero por la
posible generación de una burbuja tecnológica. No sabemos a ciencia cierta si
nos estamos moviendo en un pavimento en el que puede explosionar una crisis
tecnológica por su sobreinversión. Un tema sobre el que un gran economista ya
fallecido, Hyman Minsky, escribió analizando crisis económicas auspiciadas en
recalentamientos de los activos.
Esa utopía abraza consideraciones de carácter macroeconómico,
relacionadas con el desempeño de las economías públicas. Las propuestas que ya
se están plasmando desde la ultraderecha siguen en esa senda de un
ultraliberalismo sin freno: fiscalidades más bajas con menos tramos en los
impuestos sobre la renta, eliminación total de los tributos sobre el Patrimonio
y las Sucesiones, contraer el IVA y aportar menos carga fiscal a las empresas.
Lo ha expuesto hace pocos días Vox; pero no descarrila con lo que algunos
economistas conservadores proponen. Todo esto no cuadra con un ejercicio simple
de contabilidad, a no ser que el mensaje opaco que se esconde es la reducción
drástica del gasto público y, en especial, del gasto social.
Recordemos que esto supone un mensaje peligroso para los mercados: menos
ingresos y posible mantenimiento de los gastos (reducirlos al nivel de la
contracción de ingresos puede provocar movilizaciones sociales), conduce a un
déficit severo que deberá ser financiado por la emisión de deuda pública. Con
elevados intereses y con la sospecha de su devolución. Esto le pasó a Liz
Truss, la premier británica asesorada por un gurú titulado en
Oxford –poca broma– enaltecido en su momento por la prensa, Kwasi Kwarteng,
tras la presentación, en 2022, de un presupuesto muy reducido que contemplaba
grandes rebajas fiscales y fiaba los ingresos a las emisiones de deuda. Los
inversores no se lo creyeron y ese economista formado en la élite académica
duró apenas un mes en el cargo (uno se pregunta qué diablos se les enseña en la
Facultad). La libra se desplomó y la crisis política se acentuó.
Pero estas premisas encajan plenamente con los postulados de los
tecno-oligarcas, cuyo objetivo estratégico es eliminar cualquier obstáculo que
impida expandir sus negocios. Y a pesar de que sus beneficios son astronómicos
en este momento. Según Bloomberg, los resultados corporativos en Estados Unidos
en el primer trimestre de 2026 han aumentado de forma vertiginosa, por encima
de previsiones previas establecidas. Esto es extensible a sectores como el
inmobiliario, las comunicaciones, la tecnología, la energía, los materiales y
los productos industriales. Según la misma fuente, la situación europea es
igualmente boyante, si bien menor que en Estados Unidos, en prácticamente todos
los sectores considerados.
Esta visión utópica de una realidad tecnologizada al máximo, sin
cortapisas democráticas, con gobiernos de perfil autocrático o dictatorial,
presentados como ejecutivos positivos que velan por los administrados pero que
dejan rienda suelta a los tecno-oligarcas, solo puede ser desvelada y combatida
por las armas de la política. En escenarios de gran dificultad, con
inundaciones informativas que se sustentan sobre mentiras y falsedades en
muchísimas ocasiones, urgen procesos de unidad de los demócratas. Este es el
desafío para éstos últimos. Porque ellos no van a cejar hasta obtener sus
objetivos.
Carles Manera. Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el
departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears.
Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias
Económicas por la Universitat de Barcelona. Miembro de Economistas Frente a la
Crisis Blog: http://carlesmanera.com
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