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"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

jueves, julio 23, 2026

El colonialismo de izquierda y la zoncera con wifi

 Rucci y Ali


    Rucci y AliPor qué Argentina concentra el odio del mundo y qué dice eso del mundo antes que de Argentina



    Hay algo en la Argentina que funciona como pantalla de proyección. No metafóricamente: en el sentido preciso que Lacan le daba al término. La pantalla no refleja al objeto que está enfrente. Refleja al que lo mira. Lo que el mundo proyectó sobre Argentina durante y después de este Mundial no fue un análisis de lo que Argentina es. Fue el mapa de sus propias fracturas buscando un cuerpo ajeno donde depositarse. Pero para que la proyección funcione necesita encontrar algo en el objeto que la facilite. Argentina siempre ofrece algo. Y ahí empieza la complejidad real.


    Arturo Jauretche lo dijo antes de que nadie lo llamara eurocentrismo: hay una forma de pensamiento que imita los modelos del Norte no para comprender la realidad latinoamericana sino para aplicarle categorías construidas en otro lugar con otra historia. Lo llamó zoncera. No una tontería cualquiera sino una tontería estructural, avalada por el prestigio de quien la emite antes que por su capacidad de iluminar lo que pretende describir. En 2026 esa zoncera tiene wifi y millones de likes.

    La pregunta sobre por qué la selección no tiene jugadores negros es legítima cuando se hace en Estados Unidos o en Inglaterra, donde la composición racial de los equipos deportivos refleja décadas de segregación explícita. Si hay tantos jugadores negros en la Premier League es precisamente por eso: por el colonialismo que pobló Londres de personas trasladadas por la fuerza desde sus países de origen.

    Trasplantada a Argentina sin modificación, esa pregunta desbarranca. Porque acá lo negro nunca fue solo una cuestión de piel. Fue una categoría de clase.

    El cabecita negra que Scalabrini Ortiz vio bajar del tren el 17 de octubre de 1945 podía tener la tez clara y seguir siendo negro para la oligarquía que lo miraba con desprecio desde los balcones. El racismo argentino se ejerció sobre los cuerpos populares, sobre los que vienen del interior, sobre los que no tienen los apellidos ni los códigos de las clases altas. Esa especificidad no aparece en ningún posteo en inglés con un millón de reproducciones.

    Lo más lacaniano del asunto es que esa imposición no se reconoce a sí misma como tal. Se presenta como emancipación, como solidaridad. Es la estructura del discurso del amo: habla en nombre del otro sin advertir que le está quitando la palabra. El multiculturalismo europeo no es la ausencia de racismo sino una de sus formas: administra la diferencia en lugar de disolverla. Cada etnia en su lugar, reconocible en sus marcas, conviviendo a condición de no mezclarse demasiado. Desde ese parámetro, Argentina siempre va a quedar del lado equivocado porque el parámetro no fue construido para leer su historia.

    La ultraderecha no es una sola

    Del otro lado llegó otro odio, con otra arquitectura. La ultraderecha global no tiene una posición uniforme sobre Argentina y esa no-uniformidad importa.

    Para la ultraderecha anglosajona, Argentina con Milei es un aliado, un laboratorio. Trump lo recibió en Mar-a-Lago. Thiel compra propiedades en Buenos Aires. El movimiento libertario mira a Milei con simpatía de correligionario.

    Pero para la ultraderecha europea de raíz identitarista, la que piensa en términos de civilización, de nación, de tierra, Argentina es otra cosa. Es el país del mestizaje, de la mezcla, de la inmigración que nunca mantuvo fronteras étnicas claras. El que recibió a los judíos que Europa expulsó y también a los nazis que Europa no quiso juzgar. Esa ambivalencia la vuelve incómoda para el proyecto de pureza racial que algunas corrientes de la derecha europea todavía alimentan.

    Cuando circularon videos de hinchas argentinos cantando canciones que en contexto europeo sonarían racistas, la ultraderecha identitarista los usó para demostrar la degeneración del mestizaje, mientras los medios libertarios los ignoraron porque contradecían la narrativa del aliado. El mismo objeto, dos usos opuestos. El algoritmo no eligió: amplificó los dos.

    La trampa de responder

    Lo que todo esto produce es un sujeto argentino en posición de imposible. Si gana, es arrogante. Si canta, es racista. Si pone una bandera de Malvinas, es belicoso. Si no la pone, es entreguista.

    Esa posición no es nueva. La Argentina viene siendo leída desde afuera como objeto de proyección desde que Sarmiento decidió que la civilización venía del Norte y la barbarie era propia, y desde que las élites locales aprendieron a verse con los ojos de Londres antes que con los propios.

    La diferencia con 2026 es que el algoritmo industrializó esa proyección y la distribuyó desde todos los ángulos simultáneamente. Un posteo en inglés que afirma que en Argentina no hay negros porque hubo un exterminio no está informando: está produciendo subjetividad. Está construyendo una imagen que va a perdurar décadas porque el algoritmo no tiene mecanismo de corrección posterior. Solo de amplificación inicial.

    La trampa no es la acusación. Es la respuesta. El orgullo herido que dice somos mejores que lo que dicen y el auto flagelo que dice tienen razón en todo son dos formas simétricas de quedar atrapado en la pantalla de proyección ajena. Sarmiento en clave local: un país que se mira con los ojos del que lo desprecia.

    Argentina tiene racismo. Un racismo propio, con su historia de castas coloniales y su particular manera de llamar negro al pobre independientemente de su color de piel. Y tiene una historia de integración que ningún país europeo puede mostrar sin que le explote en la cara. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. No se resuelven con un titular. Pero tampoco confundiendo el espejo del Otro con la propia imagen.

    Argentina es otra cosa. Es el país del mestizaje, de la mezcla, de la inmigración que nunca mantuvo fronteras étnicas claras. El que recibió a los judíos que Europa expulsó y también a los nazis que Europa no quiso juzgar. Esa ambivalencia la vuelve incómoda para el proyecto de pureza racial que algunas corrientes de la derecha europea todavía alimentan.

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