
“La naranja mecánica” es uno de esos casos en que la película superó ampliamente a la novela que la inspiró. Tanto es así, que la asociación mental inmediata es con el director estadounidense Stanley Kubrick y no con el escritor británico Anthony Burgess.
El dato no es menor, porque la versión fílmica del clásico omite el último capítulo de la obra original, que muestra al protagonista ya adulto, luego de una suerte de redención moral, en la que le encuentra un sentido a su vida.
Para la mayor parte del público, que vio la película pero no leyó el libro, esa oportunidad no existe en la vida de Alex y “La naranja mecánica” es (o fue) una suerte de orgía de violencia por la violencia en sí misma, carente de cualquier otro mensaje.
Su protagonista es Alex De Large, un adolescente de barrio que empieza destruyendo objetos (cabinas telefónicas, vidrieras, automóviles) en la vía pública y luego descubre que es infinitamente más placentero atacar a seres humanos que a cosas inanimadas.
La vida de Alex da un giro cuando se le va la mano en el asalto a una jubilada y termina matándola. Este es un punto de inflexión en su carrera delictiva, que lo lleva a pasar dos años encarcelado.
Dentro de la cárcel, tras sufrir un ataque sexual, él mismo se propone como voluntario para el curioso programa Ludovico, todavía en fase experimental, a cambio de su liberación inmediata.
Ludovico consiste en exponerlo a horas y horas de imágenes de violencia extrema, sin permitirle siquiera el consuelo de pestañeo. Esas son las escenas que desataron uno de los mayores escándalos ente el público y la crítica de entonces.
Juguemos por un instante a ser Burgess. Si Alex no hubiera caído preso, entre otras cosas por la delación de sus secuaces, ¿hubiera seguido perfeccionando sus métodos? ¿Se hubiera sofisticado? ¿Hubiera acumulado poder, al punto de llegar a presidente?
Y, como tal, ¿se hubiera desplazado hasta el país vecino, supongamos en este caso Francia, cruzando el Canal de la Mancha, para insultar a su presidente en su propio territorio? ¿Hubiera sido capaz de insultar a los gritos a un socio de una importante institución, en la que el otro es anfitrión y él invitado?
Burgess, un tipo muy prolífico, escribió más de treinta noveles y más de medio centenar de libros en total. Fue un hombre del siglo veinte, un moderno, como lo denota ese último capítulo que Kubrick decidió ignorar deliberadamente.
Murió antes del primer Blackberry, cuando la guerra fría era un recuerdo fresco y Marc Zuckerberg un estudiante seco que contaba las monedas en la cafetería de la universidad. Cuando la violencia era cuerpo a cuerpo y las amenazas luego se bancaban o uno sacaba chapa de bocón.
En aquel entonces, ni al más audaz de los autores de ciencia ficción se le podía ocurrir construir un personaje que llega a presidente de su país a base de comportarse como un energúmeno y mantiene la misma línea durante su gestión.
Claro que al personaje de Burgess, inmortalizado por Kubrick y encarnado por el actor Malcolm McDowell, la vida lo lleva a chocarse con una pared y aprender duramente que cada acto (y cada palabra, que en política es su equivalente), tiene consecuencias.
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