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domingo, octubre 18, 2026

"Cultura menemista": los años 90 y la complicidad de los intelectuales

 

Libro Cultura menemista
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    El último libro de Margarita Martinez: Cultura menemista. Buenos Aires en los noventa (Fondo de Cultura Económica), se desarrolla desde dos tesis fuertes. La tesis menor pretende constatar la continuidad cultural que existe entre el antes y el después de la crisis del 2001, negada por el imaginario posterior. La tesis mayor denuncia la complicidad de los “intelectuales” con respecto a la globalización forzosa que se nos impuso, con sus disfrutes, aberraciones e injusticias, todo entremezclado.

    Hace años que vengo creyendo que todavía vivimos bajo el “encanto” de los años 90, aunque todos nos hayamos quedado afónicos de escribir contra lo nefasto de esa era, la liquidación impune del Estado y la creación de proyectos barriales privilegiados, como Palermo o Puerto Madero, a los que Martínez les dedica muchas páginas sabrosas.

    Años en los que se inventó un deseo virósico, el deseo de consumir que nivelaba para bajo el juicio frente a cualquier mercancía que se ofertase, sea obra de arte o souvenirs —objetos que terminaron de hecho confundiéndose.

    Lo que Martínez demuestra es que intelectuales de muy variado tipo, los que escribían en los suplementos del diario Clarín, los que escribían en los suplementos del diario Página/12, compartían prejuicios y objetivos. Y que no estaban lejos de los objetivos del gobierno.

    En la perspectiva de Margarita, los medios hegemónicos de la clase media y del progresismo ilustrado no solo acompañaron esa postmodernización forzada a la que fueron sometidas la por entonces Capital Federal y su población. Los medios culturales fueron también actores pedagógicos fundamentales en esta transformación: “era necesario que el público masivo fuera “educado” en el sentido de nuevos valores estéticos”.

    Hasta acá, todo bien. Ahora, Martínez da un paso más, pues algo que es usual entre los denunciadores de siempre, escatimar nombres, acá no sucede, y así como deschava a personajes como Sergio de Loos, que escribía artículos anónimos en los que él mismo recomendaba sus propias marcas y sus fiestas (y no era el único en hacerlo), también sostiene que, entre varios otros, el fashion “Alan Pauls, asiduo entrevistado y colaborador del suplemento, promocionaba sin pudor las actividades de su por entonces esposa, Vivi Tellas”. ¡Qué pedagogía! Qué futuro el que deparaba ese pasado reciente.

    Mientras se denuncia la pauperización general, se festeja la miseria, el desecho y la basura como elementos artísticos, desde Belleza y Felicidad hasta Eloísa Cartonera. Duro… como la realidad.

    La tesis mayor denuncia la complicidad de los “intelectuales” con respecto a la globalización forzosa que se nos impuso, con sus disfrutes, aberraciones e injusticias, todo entremezclado.

    En el mismo suplemento donde se aborrece la globalización y el “remate” del Estado, se anuncian locales de comidas exóticas e instituciones privadas que vendrán a solventar aquellas prácticas o espacios que el Estado abandona, desde la Fundación Antorchas hasta el Club del Vino de “Cacho” Vázquez.

    Es cierto que en algunas páginas pareciera que no hay matices entre los denunciados, como si fuera lo mismo un modisto chatarrero que un poeta deconstruido: todos culpables. Y pensándolo bien, desde cierta perspectiva, tal vez no los haya.

    Lo que parece perturbar a Martínez, lo que en una de esas debería perturbarnos a muchos, es el silencio y la amnesia que caracterizan a una clase social, la clase culturalmente hegemónica, la clase media porteña, que sobrevive lo más campante mientras los decorados entre los que ella disfruta se vienen abajo. También su sociedad se derrumba. Y parte de ella misma. La “fiesta” va cambiando de forma mientras se reproduce, hasta que le llega la hora de pagar. Todo se paga, se compra y se vende en esta sociedad in.

    Siempre imaginé a Margarita Martínez como una intelectual prusiana a la que no se le escapa ningún error, que con su ojo certero revela los dobleces y (auto) engaños de cualquier discurso. No es a la década del noventa a lo que se juzga acá, sino a sus ideólogos —que muchas veces se camuflaban de enemigos.

    Es bueno saber que siempre está la posibilidad en un futuro desvencijado de que un/a archivista devele los auto-engaños con los que los intelectuales de la clase media nos justificamos nuestros deseos e injusticias.

    Ojalá que de ahora en más nadie duerma tranquilo sabiendo que la historia es menos complaciente con nosotros que nosotros mismos, y que espera ahí para juzgarnos. 

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