Tanto la palabra "traición" como el nombre de Judas han sido moralmente escarnecidos a lo largo de la historia. ¿Existe otra forma de interpretar la conducta del apóstol? Este ensayo plantea, desde una postura alternativa, la posibilidad de reivindicar la traición.
- Entre 1965 y 1966 el venerable cantante de folk Bob Dylan sacó una gran trilogía de álbumes, Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde, y comenzó una gira mundial que cambiaría la música popular. En un concierto ahora famoso, en el Manchester Free Trade Hall, Dylan estaba tocando su nueva música eléctrica y electrizante cuando un folkie del público le gritó descontento: “¡Judas!”. Dylan respondió dándole instrucciones a su banda para que tocara “fucking loud” lo que sería una interpretación extraordinaria de “Like a Rolling Stone”, una canción sobre alguien desilusionado por causa de la persona en la que se había convertido, una canción sobre alguien que había cambiado. El público estaba esperando que Dylan fuera una cosa cuando resultó ser otra, y se sintió traicionado. Por hacer algo nuevo e inesperado, Dylan se convirtió en Judas.
Aquí el traidor es alguien que quería cambiar algo; visto desde el presente podemos advertir que lo que sonaba como una traición era la innovación. Se traicionó algo para hacer otra cosa posible. Este Judas estaba ofreciendo un nuevo sonido, una nueva visión. El haber sido llamado Judas incitó a Dylan, lo liberó para ser la persona en que se había convertido. Tocó la música “ruidosa” incluso de modo más ruidoso. Dylan adoptó el nuevo rol y esto lo liberó, al menos por el momento. Dylan, como Judas, estaba ahora, como dice la canción, “sin dirección a casa”. Se pueden hacer muchas cosas con la traición, pero no se le puede deshacer. Se siente como algo irredimible. Traicionar es crear una situación de la cual no se puede dar marcha atrás.
Si la traición es una de las maneras, o incluso la única manera en que podemos cambiar nuestras vidas, deberíamos hablar no solo del miedo a ser traicionado, sino también del deseo, la voluntad de ser traicionado y de traicionar. Y entonces estaríamos hablando de planear, consciente o inconscientemente, nuestra propia traición, y de estar buscando a personas (o cosas) a quienes traicionar. Estaríamos hablando de la traición como un acto transformativo; podríamos incluso hablar de la traición como un objeto de deseo y comenzar a darnos cuenta de cómo le buscamos. Podríamos también comenzar a darnos cuenta de todas las oportunidades que hemos tenido para traicionar y ser traicionados y que hemos dejado pasar, riesgos que por varias razones hemos evitado. Muchas de nuestras acciones se quedan incompletas porque son formas de traición. Actos de cobardía que nos hemos redescrito como compromiso, o lealtad, o integridad, o gentileza. Con frecuencia somos leales cuando tememos decepcionarnos. El psicoanálisis quiere que nos preguntemos qué es lo que pasa con la frustración cuando no se expresa, y un traidor es alguien que representa, que expresa una frustración.
Y sin embargo, hablar así, promover la traición, defenderla, es también moralmente censurable. Este hecho revela la manera tan rígida en que nuestra comprensión de nosotros mismos como criaturas morales está organizada alrededor del problema de la traición y de aquello que consideramos sus alternativas. ¿Qué forma tendría el contrato social –y qué forma tendrían las relaciones entre los individuos– si asumiéramos la capacidad para traicionar y ser traicionados como una virtud, o al menos en algún sentido integral para la vida moral, como algo que se debería enseñar en las escuelas? Imaginen cuáles serían las consecuencias para la vida de las personas si fueran incapaces de traicionar o soportar la traición: ¿qué les imposibilitaría hacer, o sentir, o desear? ¿De qué manera serían capaces algún día de dejar la casa, comenzar a vivir como si no pudieran volver jamás a emprender el camino de regreso a casa (“no direction home”)? ¿De qué modo serían capaces de cambiar?
En psicoanálisis a la traición se le llama de varias maneras: el destete, el nacimiento de un hermano, el complejo de Edipo y la pubertad. En cada una de estas etapas de desarrollo, en el relato psicoanalítico, el hijo sufre lo que se siente como un abuso de confianza, una pérdida de derechos, una condición especial perdida. Como en las infidelidades sexuales de la vida adulta, se ha tenido que compartir algo que antes se daba por sentado y como exclusivo. Pero estas traiciones acumulativas –sin la intención de los padres, pero experimentadas así por el hijo– están al servicio del desarrollo, de más vida. El hijo, al menos al principio, se siente traicionado por la nueva vida a la que se le precipita; es como el hombre entre el público de Dylan que grita “Judas”, pero a sus padres. Sabemos que algo es nuevo, que algo está cambiando, cuando nos sentimos traicionados.
Sabemos que alguien nos importa si puede traicionarnos o si le traicionamos. Una vez que existe la posibilidad de traicionar, ha pasado ya gran cosa: solo puede haber traición si hay una historia, una relación o afinidad verdaderas. La traición solo es posible cuando hay algo que traicionar; ese algo toma tiempo, y es de la mayor importancia. Los celos sexuales no son solamente una de las cosas que pasan cuando se tiene afecto por otra persona; son un signo de afecto. Si no hubiera algo como la traición en el mundo, ¿cómo nos podría importar cualquier cosa, o cómo sabríamos que nos importa?




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