Un tren para deportar villeros

El tren a Bolivia, en una nota de la revista GENTE de octubre de 1977.
Las tensiones con los "vecinos" no son nuevas: hace 35 años, el gobierno porteño dispuso ferrocarriles para "devolver" a los extranjeros de la Villa 31.
Por Matías Loewy/Newsweek
Cpavon, un lector de lanacion.com, tiene una propuesta lúcida y expeditiva para abordar el reclamo de colectivos escolares por parte de los habitantes de la Villa 31 de Retiro: "cargarlos en camión y llevarlos sin escala a Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba o La Paz". TONYARG, otro comentarista, aporta una idea complementaria: "La solución insisto que es la topadora, y soy bastante benigno". Menos mal. No hace falta escarbar mucho para encontrar reflejos racistas y xenófobos de ese estilo, tan simplistamente obscenos, en ciertos segmentos sociales porteños. También abunda la falta de memoria.
Hace 35 años, en plena dictadura y con la excusa de ordenar el espacio urbano para el Mundial de Fútbol de 1978, el gobierno municipal de la Ciudad de Buenos Aires puso en marcha una perversa "solución final" para los asentamientos precarios que incluyó variantes de ambas metodologías: la deportación y la demolición. Es de suponer que Cpavon y TONYARG, si no lo hicieron entonces, hoy celebrarían una medida similar. La política de erradicación, que expulsó de la ciudad a casi 200.000 villeros tuvo efectos tan dramáticos como efímeros. Entre 1976 y 1980, la proporción de la población en villas respecto del total de la ciudad se desplomó de un 7,2 a un 1,2 por ciento. Sin embargo, dos décadas más tarde esa cifra ya había subido a casi 4% y en 2010, según los datos del último censo, trepó a 5,7%.
La Villa 31 de Retiro, que data de la década del ‘30, pasó entonces de tener 5.000 familias a menos de medio centenar. Un artículo de la revista Gente del 6 de octubre de 1977, escrito por el periodista Eduardo J. Paredes, retrata una modalidad olvidada de esa estrategia para "limpiar" y "embellecer" la ciudad: la partida de trenes charter para devolver a los villeros extranjeros a sus países de origen. La crónica cuenta el debut del operativo: la travesía ferroviaria que trasladó de esa villa a 269 bolivianos (en realidad, contando como tales a muchos de los 160 chicos y adolescentes de 54 familias que habían nacido en la Argentina de padres bolivianos) hasta La Paz, Cochabamba y Oruro.
El texto es imperdible. Los editores de Gente presentan la iniciativa como un convenio entre el Gobierno de Bolivia y la Municipalidad de Buenos Aires para "permitir el retorno a su patria de bolivianos que sufrían un estado deficitario de sus viviendas". Altruismo puro. También enfatizan que el tren contó con asistencia médica y social en todo el recorrido. Uno de los pasajeros está tan enfermo ("Tiene una cirrosis en estado avanzado. El vientre inflamado, el color de la piel muy amarillento que anuncia la posibilidad de un coma hepático", describe la nota) que el médico a bordo, Raúl Pardo, lo interna en un camarote sanitario a las pocas horas de viaje. Otros compañeros de travesía también requieren asistencia, pero el redactor lo atribuye a un efecto psicológico. "Se genera una suerte de psicosis colectiva clásica en las personas socialmente sumergidas: todos quieren ser vistos por el médico, todos quieren ser atendidos por las asistentes sociales, todos quieren comer todas las comidas. Es una manera de sentirse atendidos y a través de esa acción captar afecto", deduce.
Aunque la crónica pretende transmitir un clima de fiesta (en Villazón esperaban al tren funcionarios del presidente de facto Hugo Banzer y más de dos mil pobladores con matracas, cohetes y lluvia de papel picado), el redactor Paredes es consciente de que se trata de un tema "delicado". "Podrían ser inevitables las suspicacias sobre una repatriación involuntaria", reconoce. Entonces despeja las dudas. Sostiene, de acuerdo a la versión oficial, que el cónsul boliviano en Buenos Aires (Néstor Calderón) abrió un listado, trató caso por caso con sus compatriotas y consiguió que un millar de ellos aceptara las condiciones para el retorno: viaje pago hasta el lugar de origen y transporte de todos sus enseres. Sin ningún tipo de coacción.
Cuando avanza la nota, sin embargo, el cronista (que viaja infiltrado entre hombres y mujeres "que llegaron con sus bultos, sus bolsas de naranja, sus ristras de ajo y sus animalitos") se permite sagazmente dudar. Entrevista a uno de los inmigrantes que retorna con su familia, Andrés Balboa, de 36 años, radicado en Buenos Aires desde la infancia, casado con Elvira y padre de cuatro hijos argentinos de 7, 4, 2 y 1 años. Vuelven a Oruro, donde, asegura Andrés, el cónsul le prometió que iba a conseguir un buen trabajo. Pero su cara "flaca, dulce y tranquila" está triste: se había hecho hincha de River, se llevaba bien con sus vecinos y cuenta que rara vez le faltaba trabajo. "Pero optaste por ir a Bolivia libremente. ¿O ahora estás arrepentido de dejar la Argentina?", lo increpa el periodista de Gente. "No, arrepentido para nada, señor", responde Andrés. "Pero desde muy chico estuve allá… Pasa, señor, que Argentina me tira desde hace mucho. Yo viví algo difícil, pero algo argentino soy, ¿no?", agrega.
Aunque no hay registros de cuántos inmigrantes de países limítrofes fueron "devueltos" en estos operativos, la antropóloga María Cristina Cravino, autora del libro Las villas de la ciudad. Mercado e informalidad urbana, sospecha que muchos de ellos finalmente regresaron a Buenos Aires al cabo de un tiempo. En cualquier caso, 35 años después, el nuevo cruce entre "vecinos" y "villeros" de la 31 refleja que temas tales como la definición de los modos y lugares socialmente legítimos para vivir en la ciudad todavía no están resueltos. Mauricio Macri hoy no fletaría un tren para sacarse de encima a los habitantes de barrios marginados, pero Cravino, investigadora del CONICET en el Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento, sostiene que las ideas del líder de PRO acerca del "orden urbano" tienen muchas coincidencias con aquellas de la dictadura. Como si el tiempo no hubiera pasado.
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