Escritor, periodista, viajero, militante, testigo lúcido del siglo XX. Los versos cultos y el chamuyo barrial se funden en un talento que escapó a todos los moldes y marcó nuevos rumbos. Tuvo un alter ego: Juancito Caminador.
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Por Jorge Boccanera
Trotamundo que depositó sus convicciones en la revuelta social y el “dulce oficio de la poesía”, Raúl González Tuñón nació en Buenos Aires en 1905 y luego de continuos viajes falleció en la misma ciudad en 1974.
Tuñón es un poeta fundador, igual que César Vallejo, Jorge L. Borges, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y Pablo Antonio Cuadra, y como ellos articula un espíritu iconoclasta, cosmopolita, con la circunstancia propia, vernácula.
Su voz se ubica en un cruce de coordenadas entre la escenografía portuaria de Héctor Pedro Blomberg y el chamuyo barrial de Evaristo Carriego. Pero en la poética de Tuñón convergen, además, la poesía en prosa de Charles Baudelaire y el fraseo callejero y palpitante de Carl Sandburg. Y si bien una extensa galería de escritores lo acompañará desde sus lecturas –Heine, Quevedo, Darío, Whitman, Rimbaud, Fernández Moreno, Villón, Rilke, Machado–, existe una vecindad del argentino con la poesía norteamericana que entre 1910 y 1920 se corporiza como “renacimiento” dando paso al poeta trovador, juglar, recitador de feria. Figuran en esta franja: Richard Hovey y sus Cantos de vagabundia, los poemas protesta de Edwin Markam; Stephen Vincent Benét, autor del poema-novela John Brown’s Body, y Vachel Lindsay, ese “rapsoda-evangelista-cirquero”, que escribió una Guía manual para mendigos.
Florida y Boedo
Testigo lúcido del siglo XX, a los 17 años publica poemas en las revistas Inicial y Caras y Caretas. Con sus primeros libros: El violín del diablo (1926), Miércoles de ceniza (1928) y La calle del agujero en la media (1930), Tuñón integra el movimiento vanguardista que signó las primeras décadas.
Fue parte del grupo Florida (junto a Borges, Girondo, Marechal, Roxlo, Fijman) aunque sin adherir nunca a ortodoxias o escuelas literarias, y publica en las revistas Martín Fierro, Proa, Los Pensadores y Síntesis. Respecto de la polémica con el grupo de Boedo (Barletta, Castelnuovo, Yunque, Tiempo), cuestiona los lugares estancos y dice no estar seguro de que este se haya interesado por el contenido desestimando la forma, en tanto Florida privilegiara la búsqueda formal sin interesarse por los contenidos. De este modo, su producción problematiza a una crítica esmerada en pescar antinomias (hay incluso quienes lo ubicaron a caballo entre ambos grupos) para alumbrar un espacio de interacción y préstamos. El desacomodo de su poesía enriquece y amplía el espacio de la ruptura.
Más que los rascacielos de la ciudad moderna, Tuñón observa el tránsito de los habitantes enfrascados en sus quehaceres, anhelos, luchas. Percibe así los motores atronadores de los nuevos tiempos, pero coloca su oído justamente allí donde se insinúa “el caliente embarazo del musgo”.
Su poética resulta de un entramado de discursos que llegan de la historia y la jerga callejera, el periodismo y los anuncios publicitarios, para urdir un tono que se adelgaza en lo confesional y se ensancha en la crónica. Prevalece así el elemento coloquial, sobre todo en textos presentados como cartas y relatos de viaje armados con un fuerte componente expositivo a través de la descripción y la enumeración. Estos recursos le permiten trazar un registro pormenorizado de lugares (pueblos, ciudades, mercados, calles, cafetines), que prologan los rasgos humanos de sus personajes. En estos inventarios quedará dibujado el ritmo febril de la vida ciudadana y una extensa galería de personajes –marineros, estibadores, boxeadores, actores de cine, luchadores sociales, músicos de jazz, artistas circenses y prostitutas–, todos en esa “encrucijada de caminos que parten y caminos que vuelven”. Su poesía se abre como un atlas; el poeta trueca el “había una vez” de los cuentos por la voz del testigo: “yo conozco”, “estuve”, “me acuerdo”. La evocación y el asombro hacen el resto, todo con el impulso de quien confraterniza y experimenta un hondo sentir solidario. Todo en una escritura que va del verso a la prosa poética, de la estampa a la ronda infantil.
Un caminador llamado Juancito
La década de los ’30 será profusa en términos literarios y vitalmente intensa. En 1933 funda la revista Contra, subtitulada “La revista de los francotiradores”, donde colaboran desde Borges hasta Liborio Justo, hijo trotskista del presidente conservador Agustín P. Justo. A raíz de su poema “Las brigadas de choque”, publicado en Contra, Tuñón es detenido y procesado por incitar a la rebelión.
Ese mismo año corrige su cuarto libro, El otro lado de la estrella, convalidando su etapa vanguardista y preparando el terreno a una producción que incorpora de manera más contundente lo social. Un año después conoce a Amparo Mom (su compañera que fallecería en 1943) y en 1935 su alter ego, Juancito Caminador, se va a corporizar con fuerza en el libro Todos bailan. En realidad, ya desde sus primeros textos, Tuñón había dado noticias de un tren fabuloso conducido por un prestidigitador en busca del camino de las islas perdidas; los vagones transportaban un circo, un puerto y un bodegón llamado “El Puchero Misterioso”.
Según un relato del mismo poeta, Juancito Caminador surgió de un viaje que realizó en 1926 al puerto de Ingeniero White, en Bahía Blanca, donde conoció al prestidigitador “Johnny Walker”. El alter ego de Tuñón –que tomó de modelo al personaje “Barnabooth”, inventado por el francés Valery Larbaud– es un grumete que viaja con “Los caballeros del caño”, da noticias del porvenir, anuncia la aurora, brinda por “los buenos tiempos”, saluda a la cofradía trotacalle y trotamundo, dice adiós cuando llega y hola cuando se va, marcha de espaldas al camino, entona canciones con aire de rondas infantiles, incorpora onomatopeyas, juegos, toques de humor y de ironía.
Es por boca de Juancito Caminador que Tuñón esboza su poética: “Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente / lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad (...) Somos la imaginación”.
En la trinchera
En 1935 y 1937 Tuñón viaja a España. Allí participa junto a importantes creadores antifascistas en los congresos internacionales para la defensa de la cultura en la Guerra Civil Española. De esta honda experiencia emergen libros fundamentales como La rosa blindada (1936) y La muerte en Madrid (1939). En base al primero, su amigo Pablo Neruda lo llamará “el poeta que blindó la rosa”. Un tono de marchas, himnos, cantos, elegías, hilvana el espíritu combativo del poeta que presencia el derrumbe de un mundo solidario y lamenta el asesinato de sus amigos poetas Miguel Hernández, Robert Desnos, Federico García Lorca y René Crevel.
En España, ubicado en la primera línea de fuego, Tuñón se desdobla en el corresponsal de guerra que envía sus despachos para la revista El Suplemento y los periódicos La Nueva España y El Diario. Si sus inicios en el periodismo están asociados al diario Crítica, donde se desempeño desde 1926, escribió también para las revistas Máscaras y El Hogar, el diario anarquista La Protesta, las agencias noticiosas ANDI y Gente de Prensa, y las publicaciones comunistas La Hora y Orientación. Militante del Partido Comunista, enfrentó el sectarismo y polemizó con la ortodoxia a favor siempre de una estética irreductible, fuera de dogmas.
Como periodista, Tuñón también se lució en medios extranjeros como Monde, Heraldo de Madrid y El Siglo, diario chileno que ayudó a fundar. Los temas de sus notas van de la Patagonia trágica a las villas miseria de Buenos Aires, de la huelga de cañeros tucumanos a la guerra del Chaco, pasando por la revolución de Getulio Vargas en Brasil.
En su larga estadía en Chile, nace en 1946 su hija Aurora Amparo, fruto de su relación con Irma Falcón. Ya de regreso a Buenos Aires va a contraer matrimonio en 1952 con Nélida Rodríguez Marqués, quien lo acompañó hasta el final de sus días y con quien tuvo en 1955 a su hijo Adolfo Enrique.
El escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón situó a Tuñón en el espíritu de una sentencia de Paul Eluard: “Del horizonte de un hombre al horizonte de todos”, ubicando su poesía en una frase contundente: “Suave su rosa blindada que no cesa de ser rosa”.
Otros títulos de su extensa obra son: Las puertas del fuego (1938), Canciones del Tercer Frente (1941), Himno de pólvora (1943), Todos los hombres del mundo son hermanos (1953), A la sombra de los barrios amados (1957), Poemas para el atril de una pianola (1965) y El banco en la plaza (1977).
Enrique, el otro Tuñón
Quizás en un solo verso de su hermano Raúl: “Somos seres en borrador, inconclusos”, pueda ceñirse la obra de Enrique González Tuñón (Buenos Aires, 1901-Córdoba, 1943), condensada en la mueca del grotesco expresado con ironía y crudeza. Su lenguaje enriquecido por una batería de símiles y metáforas, está atravesado por la jerga barrial y las locuciones populares.
Colaborador en las revistas vanguardistas Proa y Martín Fierro, consolidó su obra de ficción con libros como Tangos (1926), La rueda del molino mal pintado (1928) y su novela fundamental Camas desde un peso (1932).
Si por el relato del derrumbe de las ilusiones que traza su literatura desfila la miseria, la frustración y la locura, hay también una apuesta por lo incontaminado, lo utópico, los anhelos relumbrando al fondo de su último libro, La calle de los sueños perdidos (1941). Su calidad del testigo que olfatea y presiente ya había quedado reflejada en El alma de las cosas inanimadas (1927), donde “el hombre de los ojos X” que tiene la propiedad de ver el fondo de las cosas, dice: “la vida en paños menores”.
En la cuerda de la picaresca porteña, comparte una visión amasada entre la deformación y la degradación con los astrólogos y los inventores de Arlt, el fraseo de De la Púa, y el patetismo discepoliano.
Como periodista, el adolescente que intentó editar sin éxito una revista diferente con el nombre provocador de Satirikón, revolucionaría el género con sus notas en los diarios Crítica y Noticias Gráficas.
Su escritura en la que combina estampa y relato, periodismo y novela, minificción y sátira política, se completa con: Apología del hombre santo (1930), El tirano (1932), El cielo está lejos (1933), Las sombras y la lombriz solitaria (1938).
Trotamundo que depositó sus convicciones en la revuelta social y el “dulce oficio de la poesía”, Raúl González Tuñón nació en Buenos Aires en 1905 y luego de continuos viajes falleció en la misma ciudad en 1974.
Tuñón es un poeta fundador, igual que César Vallejo, Jorge L. Borges, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y Pablo Antonio Cuadra, y como ellos articula un espíritu iconoclasta, cosmopolita, con la circunstancia propia, vernácula.
Su voz se ubica en un cruce de coordenadas entre la escenografía portuaria de Héctor Pedro Blomberg y el chamuyo barrial de Evaristo Carriego. Pero en la poética de Tuñón convergen, además, la poesía en prosa de Charles Baudelaire y el fraseo callejero y palpitante de Carl Sandburg. Y si bien una extensa galería de escritores lo acompañará desde sus lecturas –Heine, Quevedo, Darío, Whitman, Rimbaud, Fernández Moreno, Villón, Rilke, Machado–, existe una vecindad del argentino con la poesía norteamericana que entre 1910 y 1920 se corporiza como “renacimiento” dando paso al poeta trovador, juglar, recitador de feria. Figuran en esta franja: Richard Hovey y sus Cantos de vagabundia, los poemas protesta de Edwin Markam; Stephen Vincent Benét, autor del poema-novela John Brown’s Body, y Vachel Lindsay, ese “rapsoda-evangelista-cirquero”, que escribió una Guía manual para mendigos.
Florida y Boedo
Testigo lúcido del siglo XX, a los 17 años publica poemas en las revistas Inicial y Caras y Caretas. Con sus primeros libros: El violín del diablo (1926), Miércoles de ceniza (1928) y La calle del agujero en la media (1930), Tuñón integra el movimiento vanguardista que signó las primeras décadas.
Fue parte del grupo Florida (junto a Borges, Girondo, Marechal, Roxlo, Fijman) aunque sin adherir nunca a ortodoxias o escuelas literarias, y publica en las revistas Martín Fierro, Proa, Los Pensadores y Síntesis. Respecto de la polémica con el grupo de Boedo (Barletta, Castelnuovo, Yunque, Tiempo), cuestiona los lugares estancos y dice no estar seguro de que este se haya interesado por el contenido desestimando la forma, en tanto Florida privilegiara la búsqueda formal sin interesarse por los contenidos. De este modo, su producción problematiza a una crítica esmerada en pescar antinomias (hay incluso quienes lo ubicaron a caballo entre ambos grupos) para alumbrar un espacio de interacción y préstamos. El desacomodo de su poesía enriquece y amplía el espacio de la ruptura.
Más que los rascacielos de la ciudad moderna, Tuñón observa el tránsito de los habitantes enfrascados en sus quehaceres, anhelos, luchas. Percibe así los motores atronadores de los nuevos tiempos, pero coloca su oído justamente allí donde se insinúa “el caliente embarazo del musgo”.
Su poética resulta de un entramado de discursos que llegan de la historia y la jerga callejera, el periodismo y los anuncios publicitarios, para urdir un tono que se adelgaza en lo confesional y se ensancha en la crónica. Prevalece así el elemento coloquial, sobre todo en textos presentados como cartas y relatos de viaje armados con un fuerte componente expositivo a través de la descripción y la enumeración. Estos recursos le permiten trazar un registro pormenorizado de lugares (pueblos, ciudades, mercados, calles, cafetines), que prologan los rasgos humanos de sus personajes. En estos inventarios quedará dibujado el ritmo febril de la vida ciudadana y una extensa galería de personajes –marineros, estibadores, boxeadores, actores de cine, luchadores sociales, músicos de jazz, artistas circenses y prostitutas–, todos en esa “encrucijada de caminos que parten y caminos que vuelven”. Su poesía se abre como un atlas; el poeta trueca el “había una vez” de los cuentos por la voz del testigo: “yo conozco”, “estuve”, “me acuerdo”. La evocación y el asombro hacen el resto, todo con el impulso de quien confraterniza y experimenta un hondo sentir solidario. Todo en una escritura que va del verso a la prosa poética, de la estampa a la ronda infantil.
Un caminador llamado Juancito
La década de los ’30 será profusa en términos literarios y vitalmente intensa. En 1933 funda la revista Contra, subtitulada “La revista de los francotiradores”, donde colaboran desde Borges hasta Liborio Justo, hijo trotskista del presidente conservador Agustín P. Justo. A raíz de su poema “Las brigadas de choque”, publicado en Contra, Tuñón es detenido y procesado por incitar a la rebelión.
Ese mismo año corrige su cuarto libro, El otro lado de la estrella, convalidando su etapa vanguardista y preparando el terreno a una producción que incorpora de manera más contundente lo social. Un año después conoce a Amparo Mom (su compañera que fallecería en 1943) y en 1935 su alter ego, Juancito Caminador, se va a corporizar con fuerza en el libro Todos bailan. En realidad, ya desde sus primeros textos, Tuñón había dado noticias de un tren fabuloso conducido por un prestidigitador en busca del camino de las islas perdidas; los vagones transportaban un circo, un puerto y un bodegón llamado “El Puchero Misterioso”.
Según un relato del mismo poeta, Juancito Caminador surgió de un viaje que realizó en 1926 al puerto de Ingeniero White, en Bahía Blanca, donde conoció al prestidigitador “Johnny Walker”. El alter ego de Tuñón –que tomó de modelo al personaje “Barnabooth”, inventado por el francés Valery Larbaud– es un grumete que viaja con “Los caballeros del caño”, da noticias del porvenir, anuncia la aurora, brinda por “los buenos tiempos”, saluda a la cofradía trotacalle y trotamundo, dice adiós cuando llega y hola cuando se va, marcha de espaldas al camino, entona canciones con aire de rondas infantiles, incorpora onomatopeyas, juegos, toques de humor y de ironía.
Es por boca de Juancito Caminador que Tuñón esboza su poética: “Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente / lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad (...) Somos la imaginación”.
En la trinchera
En 1935 y 1937 Tuñón viaja a España. Allí participa junto a importantes creadores antifascistas en los congresos internacionales para la defensa de la cultura en la Guerra Civil Española. De esta honda experiencia emergen libros fundamentales como La rosa blindada (1936) y La muerte en Madrid (1939). En base al primero, su amigo Pablo Neruda lo llamará “el poeta que blindó la rosa”. Un tono de marchas, himnos, cantos, elegías, hilvana el espíritu combativo del poeta que presencia el derrumbe de un mundo solidario y lamenta el asesinato de sus amigos poetas Miguel Hernández, Robert Desnos, Federico García Lorca y René Crevel.
En España, ubicado en la primera línea de fuego, Tuñón se desdobla en el corresponsal de guerra que envía sus despachos para la revista El Suplemento y los periódicos La Nueva España y El Diario. Si sus inicios en el periodismo están asociados al diario Crítica, donde se desempeño desde 1926, escribió también para las revistas Máscaras y El Hogar, el diario anarquista La Protesta, las agencias noticiosas ANDI y Gente de Prensa, y las publicaciones comunistas La Hora y Orientación. Militante del Partido Comunista, enfrentó el sectarismo y polemizó con la ortodoxia a favor siempre de una estética irreductible, fuera de dogmas.
Como periodista, Tuñón también se lució en medios extranjeros como Monde, Heraldo de Madrid y El Siglo, diario chileno que ayudó a fundar. Los temas de sus notas van de la Patagonia trágica a las villas miseria de Buenos Aires, de la huelga de cañeros tucumanos a la guerra del Chaco, pasando por la revolución de Getulio Vargas en Brasil.
En su larga estadía en Chile, nace en 1946 su hija Aurora Amparo, fruto de su relación con Irma Falcón. Ya de regreso a Buenos Aires va a contraer matrimonio en 1952 con Nélida Rodríguez Marqués, quien lo acompañó hasta el final de sus días y con quien tuvo en 1955 a su hijo Adolfo Enrique.
El escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón situó a Tuñón en el espíritu de una sentencia de Paul Eluard: “Del horizonte de un hombre al horizonte de todos”, ubicando su poesía en una frase contundente: “Suave su rosa blindada que no cesa de ser rosa”.
Otros títulos de su extensa obra son: Las puertas del fuego (1938), Canciones del Tercer Frente (1941), Himno de pólvora (1943), Todos los hombres del mundo son hermanos (1953), A la sombra de los barrios amados (1957), Poemas para el atril de una pianola (1965) y El banco en la plaza (1977).
Enrique, el otro Tuñón
Quizás en un solo verso de su hermano Raúl: “Somos seres en borrador, inconclusos”, pueda ceñirse la obra de Enrique González Tuñón (Buenos Aires, 1901-Córdoba, 1943), condensada en la mueca del grotesco expresado con ironía y crudeza. Su lenguaje enriquecido por una batería de símiles y metáforas, está atravesado por la jerga barrial y las locuciones populares.
Colaborador en las revistas vanguardistas Proa y Martín Fierro, consolidó su obra de ficción con libros como Tangos (1926), La rueda del molino mal pintado (1928) y su novela fundamental Camas desde un peso (1932).
Si por el relato del derrumbe de las ilusiones que traza su literatura desfila la miseria, la frustración y la locura, hay también una apuesta por lo incontaminado, lo utópico, los anhelos relumbrando al fondo de su último libro, La calle de los sueños perdidos (1941). Su calidad del testigo que olfatea y presiente ya había quedado reflejada en El alma de las cosas inanimadas (1927), donde “el hombre de los ojos X” que tiene la propiedad de ver el fondo de las cosas, dice: “la vida en paños menores”.
En la cuerda de la picaresca porteña, comparte una visión amasada entre la deformación y la degradación con los astrólogos y los inventores de Arlt, el fraseo de De la Púa, y el patetismo discepoliano.
Como periodista, el adolescente que intentó editar sin éxito una revista diferente con el nombre provocador de Satirikón, revolucionaría el género con sus notas en los diarios Crítica y Noticias Gráficas.
Su escritura en la que combina estampa y relato, periodismo y novela, minificción y sátira política, se completa con: Apología del hombre santo (1930), El tirano (1932), El cielo está lejos (1933), Las sombras y la lombriz solitaria (1938).

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