Todo un talento
Decía don Camilo José Cela que este país es muy escandalizable, y en consecuencia, se daba con premeditada mala leche a encampanar a la mitad de España y a matar de la risa a la otra mitad con el cabreo de los anteriores. Tales mañas, naturalmente, le procuraban estar en boca de todos para su saludable y muy morigerada popularidad. Pero éste no es el caso de mi amigo Javier Krahe y del dichoso cortometraje que ha encalabrinado tanto a una de esas asociaciones de propensos al sofoco y a la patarata como para que lo sienten de nuevo en el banquillo dentro de dos meses. Y ya llevan así un par de años, de juzgado en juzgado y de instancia en instancia.
Y les digo que no es el caso porque Javier Krahe, sólo a regañadientes, nos ha contado los pormenores de este enojoso asunto en la tertulia del Café Estar. Y, por supuesto, no quiere ni oír hablar de actos de desagravio ni de manifestaciones a la puerta de los tribunales; al contrario de algunas otras eminencias de nuestra cultura y de nuestra política que estarían encantadas de hallarse en un brete así, para disponer de la indispensable excusa con que recorrer emisoras y periódicos, donde presentarse como ultrajados mártires de la libertad, montar a continuación la plataforma de apoyo y concluir todo el fasto con una manifestación, frente a la audiencia, de amistades y allegados, tras doliente pancarta.
No, a Javier, su hidalguía antigua le prohíbe esas artimañas oportunistas y, encima, de persecuciones está curtido desde hace más de dos décadas, cuando un Presidente del Gobierno, al que sacó los colores con una de sus canciones, lo vetó en televisiones y tablados oficiales. Por eso, este otro asunto del cortometraje resucitado de un olvido de hace treinta y cuatro años parece, a veces, que nos duela más a los amigos que a él mismo, al punto que anoche, al oírmelo lamentar, ella me dijo:
—Pero, mi vida, ¿el valor de un hombre no se mide por la altura y diversidad de sus enemigos?
—Sí, eso dicen, aunque… —le respondí cariacontecido.
—¿Y Javier no ha conseguido con ingenio enfurecer al poder, tanto de un signo como del otro? —insistió arqueando una ceja.
—Desde luego, eso parece…
—Pues, monín, algo así sólo está al alcance de los talentos. De modo que yo, de vosotros, en lugar de andar quejándome, organizaría la cuestación para cuando haya que erigirle un monumento en el Retiro.
—¿Dónde la Casa de fieras? —le pregunté con una ilusión rescatada.
—En efecto, donde la Casa de fieras.

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