Por FERNANDA SÁNDEZ
Fue descartado como proyecto por
Monsanto hace años y retomado por la empresa argentina Bioceres. El trigo
transgénico HB4 es el último «evento biotecnológico» aprobado en nuestro
país y, definitivamente, el más cuestionado. Fue diseñado en un laboratorio
para resistir un agroveneno llamado glufosinato de amonio, prohibido en Europa
desde hace diez años y quince veces más tóxico que el glifosato: es
neurotóxico, afecta el sistema reproductivo y además es genotóxico. El riesgo
de perder mercados.
Hace rato ya que Argentina no es lo
que fuera, aquel “país del trigo y de la carne” que en tiempos de Evita
despachaba barcos cargados de alimentos para una España famélica. Eso se acabó.
El paisaje campero de los cuadernos de nuestra infancia (el trigal, el molino, la
vaca caminadora y criada a campo abierto) parece cada vez más al dibujo de un
manual antiguo.
Somos, sí, el país de la soja: del
poroto de soja, de la harina de soja, del aceite de soja. La última campaña
sojera implicó millones de hectáreas sembradas y millones de dólares en
divisas: 22.000 millones de hectáreas, para ser precisos. El trigo, exportado
mayoritariamente a Brasil, sin dudas ganó superficie y hoy ronda los 38
millones de hectáreas. ¿A qué entonces la noticia que desde hace dos años sobrevuela
los medios hegemónicos y habla del “trigo resistente a la sequía” como un gran
logro argentino con proyección internacional? ¿Necesitamos realmente un trigo
como éste, que además de tolerar la falta de agua fue diseñado en un
laboratorio para resistir un agroveneno llamado glufosinato de amonio,
prohibido en Europa desde hace diez años y quince veces más tóxico que el
glifosato? Porque, aunque el dato se escamotee detrás de su resistencia a la
sequía, este nuevo trigo es tolerante a un biocida que es neurotóxico, que
afecta el sistema reproductivo y que además es genotóxico. El dato de esa
resistencia figura en la resolución que lo autoriza (la 41/2020 de octubre del
año pasado).
En nuestro país el trigo se sembró
desde siempre en las privilegiadas pampas, en las que ese cultivo encontró las
condiciones ideales de suelo y lluvias. Pero -cambio climático y expansión de
la frontera agropecuaria mediante- hoy el escenario es otro. En 2018,
dicen algunos especialistas, las lluvias fueron tan escasas que la mitad de la
cosecha de trigo se perdió. En este contexto, la sola idea de un trigo capaz de
resistir el llamado “estrés hídrico” (para nosotros, falta de agua) luce
tentadora. Para lograr esta planta-prodigio se empleó la ingeniería genética,
que usó un gen de girasol (más tolerante a la falta de agua) y lo insertó en el
cereal. Las empresas a cargo de este desarrollo fueron la argentina Bioceres y
la francesa Florimond Desprez.
Pero, ¿por qué ningún otro de los
“gigantes” de la agroindustria como Bayer o Syngenta apostaron a este proyecto?
Bueno, en realidad sí lo hicieron. La empresa Monsanto –luego absorbida por
Bayer- hizo su intento con el trigo transgénico en 2004, pero terminó
descartando la idea por las enormes resistencias que un trigo como éste genera
entre los consumidores. ¿Las razones? Sobran. Y a la vez faltan, porque medios
hablan de este nuevo “evento” transgénico como lo que es: un ensayo peligroso
que implicará consecuencias ambientales, sanitarias y económicas en las que
nadie parece querer pensar.
Al
pan, pan
El doctor Walter Pengue es ingeniero
agrónomo, consultor de la Organización para las Naciones Unidas en temas
agroalimentarios, autor de libros y papers, docente de la UBA y
de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Pero, y sobre todo, un
estudioso del campo, de los cultivos y de las empresas que sobrevuelan la
tierra con mirada depredadora. Desde ese conocimiento, asegura que “la
calidad panadera de los trigos argentinos, como la de los trigos canadienses,
es reconocida en todo el mundo. Justamente por eso a nuestros trigos se los
llama “trigos mejoradores”. El mejoramiento del trigo tiene una enorme historia
aquí y en el mundo. Justamente por eso, la llegada de un evento transgénico
relacionado con un herbicida conflictivo como el glufosinato de amonio puede
afectar nuestros mercados. Otros, como Europa y Estados Unidos, ni siquiera lo
están pensando. Lo que se está tratando de hacer acá es de imponer un
cultivo transgénico, cuando está claro que desde Argentina no se le va a poder
“marcar la cancha a los mercados globales. Por otro lado, el glufosinato de
amonio nos va a complicar el tema en Europa”.
Según
la Base de Datos de los Pesticidas de la Universidad de Hertfordshire, el
glufosinato de amonio es un herbicida que está prohibido en Europa por sus
implicancias para los ecosistemas y la salud humana.
¿La razón? Este poderoso herbicida
creado en 1982 está prohibido en la Unión Europa desde hace más de una década
por razones que van desde su poder para afectar el sistema reproductor humano
hasta sus efectos neurotóxicos, sin dejar de mencionar su potencial
contaminante de suelos, aire y agua, ni su capacidad para contaminar
genéticamente a otros cultivos. Porque eso es algo que tampoco se dice lo
suficientemente fuerte y claro: cuando las 25.000 hectáreas hoy sembradas de
trigo transgénico HB4 se conviertan en millones, ya no habrá cómo impedir el
flujo genético entre plantas “de diseño” y cultivos convencionales. Y esa
situación es algo temido hasta por los mismos productores porque puede implicar
la devolución completa del cargamento, como ya ha sucedido en otras
oportunidades.
Veneno
en tu mesa
Ante la noticia de la llegada de esta
planta inquietante, el lobby del agronegocio salió a tratar de calmar las aguas
con los argumentos de siempre: que habían sometido al cultivo a un riguroso
proceso de evaluación, que todo resultó como se prevía, etc. Argenbio
–autodefinida como la Cámara Argentina de Biotecnología y portavoz de
semilleras, fabricantes de agrovenenos y otras firmas del agronegocio-
sentenció: “La aprobación de la autoridad regulatoria argentina se da
luego de varios años de estudios experimentales y evaluación basada en ciencia
por parte de las agencias y comisiones que integran el marco regulatorio para
organismos genéticamente modificados. Estas concluyeron, en particular, que los
riesgos derivados de la liberación de este organismo vegetal genéticamente
modificado (OVGM) al agroecosistema no difieren de los riesgos inherentes al
cultivo convencional y que el trigo HB4 es tan seguro para el consumo humano y
animal, y no menos nutritivo que el trigo convencional”.
Frente a esto, organizaciones
científicas y sociales hicieron oír su disidencia. Trigo Limpio, por caso, es
un colectivo que reúne a científicos, científicas y activistas sociales de todo
el país que se creó justamente para alertar sobre el proceso en marcha y todas
las amenazas que encierra una planta de laboratorio como ésta. En octubre de
2020, y ante las restricciones que impuso la pandemia, realizaron una audiencia
pública virtual y auto convocada llamada “Con nuestro pan no” en la que
médicos, biólogas, ecotoxicólogos, químicos ambientales, campesinos y
activistas de distintas organizaciones fundamentaron el porqué de su
resistencia a este nuevo evento que –por lo inconsulto y secreto de su proceso
de aprobación- a muchos les recordó lo sucedido en 1996 con la soja RR1, la
primera soja transgénica liberada en Argentina. Tampoco aquella vez había
información confiable e independiente (sólo la proporcionada por los creadores
de la “semilla mágica”) ni estudios hechos localmente. Para subsanar ese
déficit de datos que vuelve a repetirse con el trigo HB4, científicos y
científicas se encontraron en el ciber espacio para analizar las implicancias
del nuevo trigo y las conclusiones fueron aplastantes.
“Estamos ya en un modelo transgénico
que cada año ingresa al ambiente cerca de 500 millones de litros de formulados,
de plaguicidas. Y el glufosinato tiene mayor toxicidad que el glifosato tanto
para anfibios como para mamíferos”, dijo
Damián Marino, experto en química ambiental, doctor en Ciencias Exactas y
docente de la Universidad Nacional de La Plata. “Al momento de la
liberación de un nuevo transgénico no hay datos científicos serios que
garanticen su inocuidad”, dijo a su turno el doctor Damián Verzeñassi,
médico y creador del dispositivo conocido como Campamento Sanitario, quien
después de haber estudiado la salud de 40 localidades expuestas a las
fumigaciones adelanta que la aprobación de este trigo no hará más que empeorar
un panorama ya preocupante.
Las voces de alarma también se alzan
desde Brasil, que ya rechazó dos veces la autorización del trigo
transgénico made in Argentina. Según explica el investigador
Leonardo Melgarejo, de la FIAN, “lo que dicen los científicos es cierto: con
este trigo habrá residuos de un veneno genotóxico y neurotóxico en pastas,
panes, galletitas y tanto más. Pero eso no parece ser importante para el
agronegocio”. Quienes sí están alarmados, y mucho, son tanto los
consumidores como los molineros, que- en un documento oficial aportado por
Melgarejo- explican que en caso de que el HB4 finalmente se apruebe en Brasil,
ellos suspenderán las importaciones desde Argentina.
Cabe entonces preguntarse para qué.
Para qué aprobar un evento transgénico como éste, capaz de unir en el rechazo a
ambientalistas y productores, a campesinos y molineros, a argentinos y
brasileños, a investigadores y activistas. ¿Para qué? ¿Cuál sería el verdadero
y profundo objetivo de semejante apuesta? “Creo que el verdadero motivo
de este trigo genéticamente modificado no es la tolerancia a la sequía, aun no
probada, sino la introducción de la tolerancia al glufosinato de amonio”,
asegura Melgarejo. En el mismo sentido, Pengue marca algo interesante: con una
verdadera horda de malezas ya resistentes al glifosato, hay que probar con
nuevos agrovenenos y el glufosinato va en ese sentido. Un dato más: China
–principal compradora de la soja argentina, principal productora del glifosato
que se usa en la soja argentina- está montando gigantescas fábricas de
glufosinato de amonio en su territorio. “El otro día recibí un informe
de la agroindustria china y están justamente potenciando esas plantas,
posiblemente porque están atentos a que aparezca demanda en otra parte del mundo”,
explica Pengue. En el artículo de Agnews que figura a continuación no sólo se
habla de eso sino que se precisa que es “cuatro veces más efectivo que el
glifosato y dos veces más efectivo que el paraquat”. En cualquier caso, se está
hablando de un veneno más poderoso. Más letal.
Aunque quizá, para entender mejor de
qué se trata todo esto, haya que escuchar la voz de Federico Trucco, presidente
de Bioceres, la empresa detrás del HB4. En declaraciones al diario El
País, de España, Trucco afirmó: “Hay un consumidor con un alto poder
adquisitivo que busca comer cosas sanas y por algún motivo, lógico o emocional,
asocia los OGM (Organismos Genéticamente Modificados) a cosas no sanas. Ese
sujeto tiene un prejuicio contra el transgénico, contra la agricultura
industrial y hasta no quiere consumir harinas. No apuntamos a ese tipo de
consumidor, sino al que busca alimentos baratos y a toda la parte usada como
piensos o para sustituir hidrocarburos».
Lo dicho: alimentos baratos pero
envenenados para un consumidor que no puede comprar alimentos sanos y seguros.
Un pan pobre para pobres y capaz de empobrecer cada cosa que toque (salvo a los
dueños del negocio) no importa si ecosistemas, mercados o cuerpos. ¿Qué podría
salir mal?

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