Autor Reo West. De Fantasmas y rocanrroles. Relatos de un Oeste cercano.
“¡India sucia! ¡Mataca tenías que ser! ¡Y comunista, seguro!…¡Todos los negros son guerrilleros!" Eso era lo más suave que brotaba de la boca de aquel loco desquiciado. Y si aguanté fue porque me hacía falta el dinero pero cuando tuve conocimiento de su verdadera identidad y de todas las achurías que les hizo a esos pobres chicos la idea de apurarle los tiempos se hizo carne en mi. Dios me perdone pero aprendí a odiar a ese tipo de una manera compulsiva, como nunca en la vida. Y fue así que pasó…”
“Cuando el Gordo me dijo que estabas
interesado en la historia del capitán me negué al principio. Fue hace tanto y
me costó tanto enterrar aquella terrible historia. El tiempo, la distancia
hacen lo suyo, ¿sabés? Pero cuando me dijo quien eras acepté gustosa. Tal vez
porque quiero pasar al otro lado limpia y sin cargos de conciencia.”
“¡Cómo no me iba a acordar de vos,
ruliento! Te conozco desde que eras un bebé y a la Chiquita, tu mamá y a Don
Carlos, tu papá. Fuimos buenos vecinos…Ah, que lindos tiempos aquellos. Un
barrio tranquilo, Sí, muy buenos vecinos… ¡Si te habré curado el empacho, la
culebrilla y el mal de ojos… A veces extraño Morón. Pero ya no queda nada, ni
familia, ni el puente, ni el arroyo, ni siquiera mi casa quedó en pie. Estoy
vieja y he decidido que mis huesos reposen en esta tierra donde se hicieron
firmes y aprendieron a sostenerme. Acá rodeada de naturaleza y con mi gente, lo
único que tengo, que pasan muchas penurias y no saben cuando los latifundistas
los van a correr con sus máquinas de desmonte y sus matones. El monte tiene las
horas contadas por la ambición y yo también. Créeme que falta muy poco. Por eso
decidí sacarme este peso de encima y contarlo todo tal cual sucedió. Pero antes
quiero que me hagas la promesa de no hacerlo público hasta que la huesuda me
lleve… Lo que hice, lo hice por la memoria de mi hijo y por todos los chicos y
chicas de su edad que acabaron asesinados en manos de ésos hijos de puta!…”
Ya
periodista y muchas décadas después viajé al Chaco con la idea de oír de sus
propios labios aquella historia que me había cautivado de muchacho. Había
tenido noticias de ella por El Gordo, un camionero y pariente lejano suyo que
vivía en lo que es hoy el Parque Nacional El Impenetrable.
Así
que no le di demasiadas vueltas al asunto, preparé la mochila, la cámara y el
grabador y hacia allí partí. No fue una tarea sencilla. Andaba escaso de dinero
y era temporada de lluvias… Pero siempre me gustaron los desafíos.
Llegar
a lo que alguna vez había sido La Colonia Nueva Pompeya, fundada por los Padres
Franciscanos italianos en el año 1949 fue casi una odisea. Abrirnos paso a
través de la selva tupida a puro machetazo, embarrarnos hasta el ojete,
soportar el calvario de los insectos y el calor infernal en un tramo final de
película, remontando el Bermejito.
Mi
Apocalypse Now chaqueño internándome,
como el capitán Willard, cada vez más profundo en territorio vietcong por el río Nung en una canoa impulsada por un motorcito que tosía como un
tuberculoso por aquellas aguas de colores cambiantes como el paisaje. Con cielo
de enramada y manto de plantas y camalotes. Lluvias torrenciales. El rugir de
fieras salvajes o el aullido lastimero de algún aguará guazú, ese lobo de patas largas, pelaje rojo y mirada
penetrante.
Así
iba. Esperando la lluvia de Napalm
que no caería de la manera esperada. Navegando, siempre navegando al encuentro
de mi coronel Kurtz que moraba en el
interior de aquella jungla fantasmal.
Doña
Dina era una persona de poco hablar. Más bien se diría que era de carácter
recatado y hasta hosco con los extraños. Directa y con pocas pulgas. Honesta y
servicial en extremo. Por eso me extrañó la necesidad de expresar todo lo
padecido los pocos meses que trabajó al cuidado del militar.
Me
sorprendió gratamente hallarla en ese paraje inhóspito rodeada de vegetación y
un riacho serpenteante de aguas coloradas. Caminaba sustentada en una vara de
quebracho. Delgada y encorvada. La tez de su cara más oscura y mucho más arrugada
de como la recordaba. Manos huesudas pero firmes. Mascaba tabaco y bendijo a
Dios al verme. Vestía su impecable uniforme blanco de enfermera. Remendado pero
limpio y un estetoscopio colgado al cuello. Vivía en una choza hecha de palma y
barro, con piso de tierra junto al río. Un camastro de troncos, un fogón en
donde siempre bullía el agua de la pava ennegrecida por el hollín y una cruz de
madera colgando en la pared. Ese era todo su patrimonio.
Allí
estaba Doña Dina con sus 95 años a cuesta pero con la misma disposición hacia
el otro. Vino a mi encuentro junto al cacique de la comunidad y el chamán que
me recibieron con toda cordialidad.
Fueron
tres días los que pasé en aquella comunidad whichi. Días de lluvias
intermitentes, humedad y calor extremos. Noches de insectos y ruidos selváticos
que atemorizan al visitante. Durmiendo sobre un camastro de palo. Observando el
campo sembrado de estrellas sobre mi cabeza. Un cielo diamantado y por momentos
de un extraño azul iridiscente. Comiendo pescado, con suerte alguna corzuela
que alguno de la comunidad había cazado para compartir entre todos. Mandioca y
pescado, a veces alguna fruta, reviros y cocido… el mejor que he tomado en mi
vida viajera, hecho sobre las brasas en donde se queman las hojas de yerba mate
y el azúcar para agregarle agua caliente al final. Una verdadera exquisitez.
Ayudando a Dina en la recolección y separación de hierbas medicinales que
juntábamos en la selva con el chamán.
“Un viejo loco. Deliraba. Hablaba
siempre de los muertos enterrados en un bosquecito… Sesenta o setenta cuerpos…
Todos pibes. Llora grita, pide perdón, se ríe. Insulta y en más de una ocasión
me pidió un arma de verdad para quitarse la vida… El sabía que en una de las
habitaciones de la casa, y bajo llave, estaba lo que él llamaba su cuarto de
armas. Allí guardaba recuerdos de su época militar. Armas y, según pude
constatar, el listado de las personas asesinadas…” Está chiflado, me dijo uno
de sus hijos, también milico. Vos seguile la corriente, vieja… Hacé tu trabajo,
no hagás preguntas y no le des bola."
“Andaba con su andador y un par de
armas de juguete en la cintura como jugando a la guerra. Era ridículo verlo
hacer la venia con sus pañales. Tenía un casco de plástico y le gustaba
asomarse a la ventana simulando disparar a la gente que pasaba por la calle.
Gritaba órdenes, puteaba... Era su guerra. Todo muy grotesco. Con medio cuerpo
seco por la parálisis igual se las ingeniaba para tirarse cuerpo a tierra o
atrincherarse detrás de los sillones y cosas así. A veces se ponía serio con la
punta de la pistola en la boca y gritaba: ¡Alto ahí o me vuelo la cabeza!”
“Yo no sabía nada, ni siquiera conocía
su nombre. Y lo que descubrí, lo descubrí con el tiempo y de pura casualidad.
Hacía poco me había jubilado y uno de los médicos del hospital me propuso
trabajar de cuidadora de un paciente los fines de semana en Barrio Parque de El
Palomar. Necesitaba tener la cabeza ocupada. Había enviudado y mi hijo… bueno
ya te habrás enterado lo que pasó con mi hijo… Era una buena paga y acepté.
Sábado y domingo. Lo único que se me pidió fue absoluta discreción.”
Dina
me contó que fue una de las primeras enfermeras recibidas en La Escuela de Enfermería creada por su
coterráneo, el Dr. Ramón Carrillo. Fue el propio ministro quien la apadrinó
para alejarse de la colonia y cursar la carrera y formar parte de la mítica Milicia Sanitaria de Eva Perón. Y todos
en el barrio, quien más quien menos, hemos pasado por sus manos. Sea para una
inyección, sea para medirse la presión o cualquier consulta referente a la
salud. Siempre con su impecable delantal blanco, su cofia, sus chatitas blancas
y su suéter de lana azul. Nunca la vi vestida de otro modo, salvo la vez que le
tomé una foto y tuvo que cambiarse para lavar su uniforme.
Cuando
aceptó el trabajo de atender al viejo militar se auto impuso ser comprensiva y
tolerante. Ya estaba alertada de que era un paciente conflictivo. Era viuda y
su único hijo se había suicidado hacía poco. La jubilación de $150 no alcanzaba
para cubrir los gastos de una casa y le sobraba oficio para sobrellevar los berrinches
de viejos locos. Se había criado en el campo y no le asustaba el trabajo duro.
Sin embargo con el tiempo algo en su interior comenzó a transmutar en una
especie de odio al conocer la verdadera identidad de su paciente. No fueron los
cuadros, la sala de armas, la impostura marcial de su voz. La bibliografía
nazi. No. Lo que verdaderamente encendió la llamita del resentimiento fue la
veracidad de su relato. Que entre delirios y divagues fue asomando a la verdad.
“Al principio supuse que eran
trastornos de la edad. Un viejo loco delirando… en constante lucha con sus
demonios internos… pero todo cambió cuando conocí su verdadera identidad y su
rango militar… Y que los cadáveres de los que había asesinado se encontraban
enterrados en una fosa común en un bosquecillo detrás del cenotafio de
Malvinas. Toda aquella fantasía perversa tomó forma. El capitán se hallaba
atrapado en el peor de los miedos: La culpa que lo torturaba y lo devastaba
mentalmente.”
“El capitán guardaba bajo llave la lista con los nombres de todos los
asesinados en los cuarteles y siempre repetía sus nombres. Repito, eran Sesenta o setenta… como en una misa
negra lo oía repetirlos uno por uno, una y otra vez cada noche… Marta 26 F,
Oscar 19 I, Miguel 14 E… Después supe que aquellas letras que acompañaban el
nombre y la edad era la forma en que cada uno de ellos fue muerto. F= Fusilada.
I= Incinerado. E= Electrocutado y así seguía…”
“Eso lo pude corroborar con mis
propios ojos la misma noche que me apoderé del revólver. Alguien olvidó las
llaves de la sala de armas y fue como una señal. Conozco de armas. Me crié al
lado de hombres rudos y cazadores. Había armas de todo tipo y calibre en las
vitrinas. Elegí entre todas un 38 corto, cromado muy bonito, con sus
respectivas balas. Solo tomé el recaudo de utilizar guantes quirúrgicos, el
resto te lo podés imaginar. Y te lo juro, hijo. Aquel sábado fue como si Dios
me hubiese allanado el camino. La llave, el revólver, las balas… todo, todo
estaba dispuesto allí, al alcance de mis manos…”
“Y mi mirada hacia ese pobre enfermo
cambió de manera abrupta. La compasión dio paso al desprecio y el desprecio a
la imperiosa necesidad de acabar con el maligno… Sentí asco, sentí revulsión.
Mi hijo se suicidó por culpa de los milicos que lo empujaron a pelear en
Malvinas y no lo pudo superar. No podía permanecer de brazos cruzados a
sabiendas de que existían tantos cuerpos pudriéndose en un pozo tan cerca del
monumento a Los Fantasmas de la guerra de Malvinas. Chicos de la edad de mi
hijo… Lo veía beber su whisky escocés con el desprecio que ostentan aquellos
que se creen superiores, retroalimentándose de odio cada día de sus puercas
vidas. Orgulloso de lo que había hecho y sin una pizca de arrepentimiento. Con
desdén. Un odio visceral desmedido, que se magnificaba cuando su mano temblaba
imposibilitándole llevar el vaso a su boca. Ah… si pudiera volver a hacerlo,
Argentina sería otra - decía -…¡Viva la Patria! - gritaba - Vaciaba el vaso de
un trago y se cuadraba. Creeme, hijo. Nunca conocí a un ser tan despreciable.”
“Recuerdo que fue la noche del sábado
ya domingo, alrededor de las 1:30 a.m. cuando el capitán se despierta
bruscamente bañado en sudor. Siente que le falta el aire y el corazón se le
dispara. Desesperado se arrastra hasta el baño. La horrible sensación de muerte
inminente vuelve a acorralarlo como casi todas las noches. Me llama con
desesperación, asustado.”
“La parálisis le dificulta la tarea
de mojarse la cara. Bebe un sorbo de agua y respira profundo hasta conseguir
aplacar los latidos y despejar su cabeza de pensamientos nefastos. Permanece de
pie delante del espejo observando a ese espectro en que los años han
convertido. Otrora gallardo oficial del ejército, hoy un anciano decrépito, con
medio cuerpo inmovilizado por el ACV y en lucha constante con sus demonios.”
“Me insultó, hasta intentó ahorcarme.
En su locura me puso el revólver de juguete en la cabeza. ¡India de mierda!
¡Montonera hija de puta! ¡Te voy a descuartizar como a una res y tirar los
pedazos al rio como alimento de las pirañas!”
“No sé cómo logré zafar de sus garras.
Corrí hacia la puerta y cerré con llaves. Aguardé que se calmara y volví con la
medicación que tomó ayudado por el whisky que siempre escondía bajo la cama. Le
quité la ropa mojada, lo aseé y lo volví a vestir con su uniforme militar. Y
después… – Dina hizo una pausa para pitar largamente su cigarro. Como buscando
aquellas imágenes olvidadas en el tiempo y prosiguió – Después le mostré las
llaves del cuarto y el treinta y ocho cargado y lo chicaneé mal. Sabía de
antemano cual iba a ser su reacción.”
—
Acá tenés viejo de mierda. A ves si te animás… Esta es de verdad, no como las
otras de juguete… Pero siempre fuiste un cagón. Dale viejo maricón, volate la
cabeza… Mirá, fijate que bien te queda el uniforme que tanto deshonraste.
¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!
“Era domingo por la tarde. Oí el
disparo. Cerré la casa y dejé las llaves en el lugar de siempre. Del resto se
encargaron sus propios demonios. No volví a Morón. Fui directo a Retiro, saqué
mi pasaje y acá me tenés esperando que la parca se acuerde de mi…”
Desde
el lugar en donde nos hallábamos podíamos ver las aguas del río discurrir
mansamente en las tonalidades doradas de un atardecer empalidecido por el
relato de Doña Dina y aquel abrazo sin lágrimas.
–
Adios y cuidate mucho ruliento
–
Adios, Doña Dina de mi corazón.
–
Nos vemos del otro lado, querido. – me dijo al despedirme en su lengua natal.
–
Allí estaré cuando Dios lo disponga.
Doña
Dina, La enfermera, falleció a los pocos días de aquel encuentro. Dicen que
murió fumando y con la vista fija en las rojizas aguas del Bermejito y que fue
enterrada en la Colonia con su inmaculado uniforme de enfermera envuelta en una
nube de mariposas blancas, la danza amorosa de una bandada de flamencos de
plumaje encendido que se refrescaban las patas en los bañados, y el llanto lastimero del aguará guazú rasgando el monte chaqueño.