Como pornógrafo y pornólogo, Dani
Mundo intenta comprender esa crítica trascendental que utiliza los
conceptos sin ninguna precisión para reflexionar de qué trata de
protegernos esta manera tan masiva, automática y estigmatizante de pensar.¿Qué
otras preguntas se esconden?
Por Dani Mundo | Ilustración: Nora
Patrich
Siempre que leo “sociedad porno” o
“cultura porno”, nombres que se pusieron de moda para denominar a nuestra
contemporaneidad, sé que me voy a encontrar con una crítica negativa de nuestra
sociedad y nuestra cultura. Lo aclaro desde el principio: para mí hay muy pocas
cosas defendibles en nuestra sociedad pseudo liberal. Salvo en casos muy
extraños, el término porno implica todavía hoy la degradación de aquello a lo
que refiere. Una sociedad porno es una sociedad empobrecida espiritualmente y
alienada afectivamente con respecto a otra sociedad no-porno, donde se
preservaba el misterio y se fogoneaba el erotismo. Es cierto que para nuestra
sociedad tolerante el porno ya no está prohibido —hasta un poquito y sin querer
se lo fomenta con publicidad negativa cuando se machaca todo el tiempo que las
páginas porno son las más visitadas de la web, por ejemplo—, pero en el fondo
se lo sigue discriminando. Nadie, que yo sepa, que llame a nuestra sociedad
“porno”, está pensando algo bueno de ella. La investigación que vengo llevando
a cabo desde hace unos años trata de comprender por qué sucede esto. Como
pornógrafo y pornólogo, lo que intento no es reivindicar el porno, lo que no
tiene sentido; en realidad me interesa comprender esa crítica trascendental que
utiliza los conceptos sin ninguna precisión, y reflexionar de qué trata de
protegernos esta manera tan masiva de pensar. Hasta que no definamos con
rigurosidad qué es el porno, llamar porno a nuestra sociedad será una
irresponsabilidad política y conceptual.
¿Qué es el porno?
Esta pregunta parece tan obvia que ni
siquiera merece una respuesta. ¿Quién no sabe qué es el porno? Un juez
norteamericano de la Corte Suprema de la década de 1960, que tenía a su cargo
ni más ni menos que decidir lo que era obsceno y lo que no, declaraba que no
sabía qué era la pornografía, pero que la distinguía en cuanto la veía. Tengo
la sospecha que esta definición imprecisa y vaga sigue vigente en nuestra
sociedad pornográfica. Hay dos fuentes incorrectas y usuales de la crítica al
porno: está la crítica que nunca vio porno y lo denuncia desde lo que el
analista imagina como porno; y está la crítica que concibe al porno a partir de
una serie de características que no se ponen en duda, y que todos entendemos en
cuanto las escuchamos, y que no hace falta interrogar. Es más fácil llamar
porno a nuestra sociedad, que llevar a cabo esa interrogación.
Para el sentido común, como para el
juez que nombré recién, Potter Stewart, el porno no oculta ningún misterio: es
sexo explícito, es exhibicionismo, es un signo maldito que mata el deseo,
aliena los afectos y reduce la sexualidad a su mínima expresión de eyaculación
frustrante. Por lo general se asocia al signo porno con una práctica, la
masturbación, que si bien ya no se persigue como se perseguía hasta hace poco
tiempo, tampoco fue tan beneficiada por la “revolución sexual y genérica” como
les ocurrió a otras prácticas sexuales, por ejemplo, el bukkake o la
“pareja abierta”.
Esto se debe a varios motivos. El
principal, en mi interpretación, es que la masturbación atenta contra una
formación social que sobrevivió a sus críticas terminales y a los conflictos
psíquicos y sociales que acarrea, me refiero a la pareja amorosa.
La pareja que nos parió
La pareja amorosa sigue siendo la
columna afectiva que sostiene todo el edificio social moderno. Para el
imaginario social, el vínculo de pareja sigue siendo un vínculo fundamental
(tal vez esto esté cambiando en las nuevas generaciones que entran ahora en la
adultez, me gustaría). ¿O acaso Adán y Eva no eran una pareja? ¿O Evita y
Perón? ¿O mamá y papá? Si el vínculo de pareja no logra entablarse, o fracasa,
la culpa de la imposibilidad de lograrlo se vive como algo personal, cuando en
verdad es un problema social. Ahora bien, no puedo dejar pasar esta oportunidad
para reafirmar que de hecho el vínculo de pareja es muy diferente al vínculo
familiar, y que ambos vínculos son construcciones históricas. El vínculo
familiar, de hecho, se adaptó mucho mejor a los cambios sociales que el vínculo
de pareja. En cuestión de afectos y deseos, estamos entrando en un nuevo orden
de existencia, donde la virtualidad es tan real como la realidad. La familia es
más plástica y flexible que la pareja. Nada más desparejo que una pareja.
Mientras que ésta sigue dominada por la idea de posesión y monogamia, la
familia acepta a los “extranjeros”, los incorpora y evoluciona hacia relaciones
más democráticas y plurales. Pensemos que la temida figura paterna, el pater
familias, tan importante durante tantos siglos, ha sido casi demolida, y
que la mujer está luchando por el reconocimiento de todas esas labores
invisibilizadas y naturalizadas que sostienen el funcionamiento de una casa. La
pareja y la familia son pymes, mientras que ésta trafica como cualquier otra
empresa comercial con moneda nacional y libros de contabilidad, la segunda
comercia con pesos libidinales y contabilidad inconsciente. En el vínculo de
pareja pervive la posesión, la propiedad, el dominio: mi pareja, mi mujer. No
estoy diciendo que necesariamente la mujer esté sometida al hombre, ni que la
fidelidad no se haya resquebrajado por todos lados, ni que la pareja no esté
entregada a la finitud y a la contingencia (como todas las cosas humanas). Lo
que digo es que en la pareja suele combatirse por el poder en una guerra de
guerrillas constante, que desgasta a todos los bandos y de la que no sale
victorioso nadie. En la familia no sucede esto. Si bien es cierto que en ésta
la mujer lleva la mayor parte de la carga, en el progresismo cultural el hombre
empezó a colaborar en esas tareas esclavizantes que antes se delegaban
naturalmente en las mujeres. La familia es democrática, la pareja es tiránica.
La pareja no evolucionó como lo hizo la familia. De cualquier forma, no era de
esto de lo que quería hablar, sino del porno.
No se puede ver porno en familia. Se
puede cenar en familia mirando un noticiero, que es tan o más traumático que
una escena de sexo explícito, pero no se cena mirando porno. Y si bien sé que
repito una perogrullada, ver porno tampoco es sencillo en pareja. Esto no
sucede por el mito de que a las mujeres no les gusta el porno (mito que puede
ser verdad o no), sino porque el porno entabla un vínculo individual, singular
e intransferible con el telespectador, y no es nada fácil compartir ese vínculo
con una pareja. Es un vínculo que implica un enorme compromiso psíquico.
También es un vínculo vergonzoso.
La tecnología y el acto sexual
Ahora bien, las características que
suelen definir al porno (transparencia, exhibicionismo, obviedad, sexo
explícito) pueden ser correctas, pero no son verdaderas. ¿Por qué? Voy a dar un
par de motivos: 1) porque esas características no pertenecen en exclusividad al
género pornográfico, sino que se aplican a otros productos mediáticos que
imaginariamente se encuentran en las antípodas del porno; 2) porque el signo
porno (como cualquier otro signo, por otro lado) no debe concebirse como algo
sustancial. Mejor dicho: no hay un signo porno, una imagen porno, un hecho
porno. Lo porno es el vínculo que un espectador o usuario entabla con lo que
mira. El porno no es algo, una cosa, una imagen, el porno es la relación que
entabla un individuo con aquello que mira, percibe o lee. Una imagen que para
un individuo es porno (y que lo excita o le repugna), a otro individuo le
resulta totalmente indiferente e inocua. Cuando murió el juez que nombré
recién, entre sus documentos íntimos se encontraron miles de fotografías de
ombligos. Nadie puede decir que las fotos de ombligos sean porno o excitantes.
Tengo el prejuicio de que los que descalifican al porno, lo hacen porque no
vieron porno, ni mucho menos encontraron el signo porno que los afecta a ellos.
Nuestra sociedad considera que ese
signo porno, que en verdad no es lo que se ve, sino una forma de relacionarse
con lo que se ve, atenta contra otras formas de vincularse más humanas, más
comprensivas, menos adictivas. Para criticar el presente, se pone como
horizonte otras sociedades pasadas, donde se tenían otros vínculos afectivos y
sexuales. El error en este tipo de análisis no es solo el anacronismo, sino
también la descontextualización de lo que se investiga. Para pensar el porno
hay dos elementos que son imprescindibles: la tecnología y el acto sexual.
La galaxia pornográfica
La tecnología, porque el género
pornográfico es el primero que se apropia de las innovaciones
tecnocomunicativas, desde el daguerrotipo hasta internet, pasando por los
cortos mudos y el VHS. El acto sexual, por su parte, cambia al ritmo de la
evolución tecnológica. Hay una fantasía en la que inconscientemente se
relaciona al sexo con un resto de naturaleza, como aquello que compartimos con
el resto de los animales, la cópula y sus rituales. Nada más lejos de la
realidad. El sexo no nos vincula con la naturaleza, nos vincula con la
tecnología. Y el porno puede ser el eslabón perdido entre uno y otra.
La intención de mi investigación no
era reivindicar al porno (aunque lo reivindico en cualquier espacio, aceptando
algunas críticas), era más bien demostrar que en realidad no sabemos de qué
estamos hablando cuando nos alarmamos y llamamos a nuestra sociedad “porno”. El
que critica al porno es como si lo hiciera siempre desde afuera, como si el
porno representara una gran tentación, y evitarla elevara moralmente al que
atraviesa la prueba. El que critica al porno lo hace como desde una altura
moral. Y es cierto, el porno no tiene moral. En este sentido, el porno es
inmoral y ético. ¿Estoy afirmando que el porno no es exhibicionista y no
muestra sexo explícito? ¿Que no es un género idiota en el que nunca hay
conflicto y siempre acaba igual? Obviamente, no. Lo que quiero decir es que
primero hay que definir qué entendemos por sexo explícito. Es más: ¿qué
entendemos por sexo? Evitar tan sistemáticamente estas preguntas porque las
respuestas son obvias (obveeeas), a mí me hace sospechar. Las interpreto como
un lapsus colectivo, la falla que revela el mecanismo atrofiado que se oculta
con fachadas románticas en technicolor.
En realidad, no sabemos casi nada del
porno. Así como dije que el porno acaba con la sustancia y se define por el
vínculo que se entabla entre el signo y su perceptor (no hay una imagen porno;
cualquier imagen puede despertar el vínculo o afecto porno), de la misma manera
digo que el sexo porno no ocurre en la pantalla, no consiste en las acrobacias
de los “actores y actrices porno”, sino en la relación que el teleusuario hace
con eso que está viendo en la pantalla (que puede ser una serie porno
videoclipera o no). En este sentido, el porno revela no solo lo polimórfico e
ilimitado de nuestra sexualidad, sino que revela también la lógica con la que
nosotros entramos en vinculación con la realidad a partir de una mediación
tecnológica, básicamente a través de una mediación multimediática.
Definición inacabada
Dos españoles estudiosos del porno,
Andrés Barba y Javier Montes, que escribieron un libro muy bueno: Las
ceremonias del porno, sostienen que “internet es la tierra prometida del
porno”. Ellos dicen esto por el contexto de intimidad que facilita la web, y
por la multiplicación ilimitada de ofertas de imágenes excitantes que ofrece. A
veces creo que esta caracterización podría trasladarse a la realidad virtual en
general, porque en realidad nunca los humanos habíamos dispuesto de la cantidad
de información que disponemos hoy, que supera con creces nuestra capacidad de
entendimiento e interpretación. A la realidad virtual ahora la llevamos en el
bolsillo del pantalón, concentrada en nuestro Smartphone. Con esa información
que disponemos entablamos diferentes vínculos, uno de los cuales, quizás el
hegemónico, sea el vínculo porno. El vínculo porno es el vínculo caracterizado
por el deseo de transparencia, el exhibicionismo, la exposición, la perversidad
normalizada, la excitación y la satisfacción frustrante. Todos estos rasgos son
trasladables a los vínculos que se entablan en las redes sociales, lo que no
quiere decir que todas las relaciones virtuales sean porno. Quiere decir que la
lógica de los vínculos virtuales obedece a una o más de estas características
porno.
Creo que la caracterización que estos ensayistas
españoles hacen de la realidad virtual (que internet es la tierra prometida…)
es muy acertada, pero también acotada: internet es la tierra prometida porque
internet cambia las maneras de tener sexo que conocemos, e inaugura nuevos
vínculos sexuales, nuevas prácticas y hábitos, nuevos deseos, que no
comprenderemos mientras sigamos analizándolos con las anteojeras del pasado:
los conceptos exigen una actualización. Sin duda que el deseo es una facultad
muy importante para comprender las acciones humanas, pero también estoy seguro
que el deseo que se conforma a principios del siglo XXI no puede ser el mismo
que el creado a fines del siglo XIX. Si cambia la consistencia del deseo, es
inevitable que cambien las prácticas sexuales. Estamos inmersos en un mundo que
es real y virtual al mismo tiempo, que es a la vez híper normal y polimorfo.
Somos un amasijo de contradicciones que tratamos de aplacar o resolver con
prejuicios morales de otras épocas. Los poros de nuestra piel como los agujeros
negros de nuestro cerebro están abriéndose a nuevas experiencias, que
intentamos clausurar con el cemento rápido de nuestra consciencia. Solo se
podrá detener el aluvión virtual que nos arrasa si se corta el circuito
eléctrico en el que estamos interconectados. Pero nadie desea auténticamente
esto.

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