Ilustración Malena Guerrero
Una académica rosarina
estudiaba el archivo de sueños del nazismo realizado por la alemana Charlotte
Beradt. Y esa noche, ya en cuarentena, soñó algo extraño. Así nació Pandemia de
los sueños, el acervo onírico del 2020 realizado de manera colectiva por
investigadores de la Universidad Nacional de Rosario. En 2020, “la máquina
soñante se prendió”, todes soñamos casi lo mismo y lo singular se abrazó a lo
social. Cuando los sueños actúan como sismógrafos.
“Estaba en una
comunidad que tenía cuchetas en unas cuevas. Me enteraba que tenía Covid y
tenía miedo de contagiar. Me envolvía en papel film y les pedía a todxs que se
alejaran, pero se subían a mi cama y me abrazaban. En crisis, me escapaba en
una balsa. El mar se volvía loco y se comía el barco/balsa. Yo miraba la
situación desde afuera.” Comerciante, 30 años.
En toda una
vida se sueña el equivalente a 2200 días. Tenemos entre seis y siete sueños por
noche, aunque tal vez recordemos sólo el último. El único autor y dueño de esa
realidad inasible y paralela es el soñante.
En
circunstancias sociales excepcionales -durante guerras, pestes y regímenes totalitarios
como el nazismo-, los sueños toman otra dimensión. Durante tres mil años les
adjudicaron ser una interpretación mística de la realidad. Luego, desde
hace 120 años, los estudios psicoanalíticos les dieron el pasaje a un mundo
subjetivo.
El 2020 fue la
peste. Los argentinos comieron, amaron, se preocuparon. Durmieron, tuvieron
insomnio y soñaron mucho. El lado onírico de la cuarentena pandémica incluyó
selvas, animales y bichos extraños, lugares y personas de la infancia, muerte,
viajes, reuniones clandestinas, peligro en casa, temor al contagio. Dormir no
fue sencillo, pero la madrugada Netflix, las lecturas prolongadas y los
desvelos sobre cómo resolver el día a día no impidieron soñar. Muchas veces
cosas terribles.
Un grupo de
investigación de la ciencia psicoanalítica (historiadores y cientistas
políticos, docentes de la Universidad Nacional de Rosario) puso el ojo en el
tema. Lucía Brienza, Flavia Castro, Victoria Farruggia, Julian Varela,
Soledad Secci, Florencia Harraca y Soledad Nivoli reconocieron que ellos mismos
tenían sueños extraños incluso desde antes del inicio de la pandemia.
Decidieron investigar las reacciones del inconsciente en contextos de encierro
y aislamiento. Para ellos, “los sueños saben más de nosotros que nosotros
mismos”.
Dos integrantes
de ese equipo, nucleados en el Centro de Estudios Periferia Epistemológica
(CEPE), tradujeron del alemán una investigación única realizada en la etapa
previa y durante el nazismo. Se trata de “El Tercer Reich de los sueños” de la
periodista Charlotte Beradt, exiliada alemana en Estados Unidos. El trabajo
reposó 30 años hasta que Hannah Arendt alentó a Beradt a publicar su obra, que
fue un éxito.
Los
investigadores rosarinos tomaron de Beradt el concepto de ‘archivo onírico’,
por eso recaban los sueños de manera sistemática y cronológica sin
interpretarlos. La mayoría de sus entrevistados son jóvenes de entre 20 y
30 años; también hay niños, adultos y adultos mayores de Argentina, Francia,
España y Chile. El material será parte de un libro (en proceso).
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”Voy a abrir la
canilla y sale fuego en vez de agua. Mi mujer me dice que la deje abierta hasta
que termine de salir el fuego, le hago caso y se incendia todo.” Carpintero, 38
años.
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El 14 de marzo
de 2020 el presidente Alberto Fernández anunció la suspensión de las clases y
el cierre de las fronteras, en el preludio del año signado por la pandemia.
Cuatro días antes, una alumna de estos investigadores tuvo una serie de sueños
de guerra e invasión.
En un grupo de
Whatsapp se dio el puntapié inicial.
16:18. Lucía
Brienza: Chicas, estoy trabajando en
la reseña de Beradt. Me quedé pensando, y a la noche soñé con situaciones de lo
más variopintas con el coronavirus. Y me preguntaba en qué contextos podríamos
encontrar sueños colectivos que se asemejen entre sí. Me quedé pensando,
podríamos recolectar sueños de amigues. Entiendo que no es parecido al nazismo,
que juega la propaganda y todo, y ahí me freno. En fin, si sueñan me cuentan!!
Besos.
16:20. Soledad
Nivoli: Es muy bueno!! Varixs
amigues tuvieron sueños “beradtianos”. Me parece que lo de la propaganda
aplica… los sueños de Beradt eran fruto, en parte, de la insistencia inédita de
los medios en repartir consignas y discursos altisonantes… ¿qué es lo que no te
cierra?
16:25. LB: la
diferencia entre lo masivo de las redes sociales hoy en comparación con lo de
antaño. El acceso a las fake news. Hay allí una diferencia de grado. ¿Vos cómo
lo ves?
16:32.
SN: Es para pensar lungo… Hay
algo en el modo de transmitir el terror que quizás acerque más que distancie a
los dos momentos. Que cuando algo de nuestro mundo vital se “unitarelaliza”
conformamos una rara comunidad, que en el nazismo quizás sólo podía expresarse
oníricamente. A nosotros por ahí nos quedan otras alternativas… Está bueno
seguir la advertencia beradtiana de atender a la uniformización de nuestros
sueños como índice de que nos estamos por ir al tacho…
16:36.
LB: Por eso el experimento. Si
salimos de ésta, creo que sí, sería genial ver los sueños ahora y en unos
meses, cuando todo haya pasado. Tremenda hipótesis!
19:53. Flavia
Castro: Queridas, recién las leo y
me la volaron con la idea. Me parece una conversa’ surrealista pero me encanta
como ensayo.
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”Soñé
que asistía a una médica que le colocaba una vía central a un paciente que
ingresaba por una urgencia. Yo tenía la mano apoyada en el hombro del paciente,
ella lo pinchaba y sin querer al mismo tiempo me pinchaba la mano.”
Enfermera, 35 años.
***
“No somos autores
ni analizantes. Seríamos los mediums”, dice Soledad Nívoli y se ríe detrás
del barbijo. Algunos de los sueños tienen muchas escenas y son extensos,
también los hay de un párrafo y hasta de una línea. “Producen un efecto de
fábula, como un chiste bien contado en quien no lo soñó (y no lo padeció).
Parecen
lecciones en viñetas.”
A partir del
encierro por la cuarentena “la máquina soñante se prendió”, dice Nivoli.
Los académicos buscaron que esos relatos contasen la pandemia. Si en un futuro
quieren estudiar el fenómeno, que hable el archivo. Vieron una cronología: en
la pre pandemia hubo sueños anticipatorios, de guerras de invasores en las
casas de familias. Cuando comenzó el encierro, la actividad onírica se dedicó a
romper las reglas y evadir la cuarentena. En la apertura y distancia social
sugió un miedo real al contagio, aparición con vida de familiares fallecidos y
salvaciones milagrosas con frasquitos con la vacuna.
Flavia Castro
se encargaba de ordenar el archivo: “Las pasiones entran en la categoría
Contacto. Ahí hay tacto, abrazos, besos. Hay una tía que sueña a su sobrino
mirando una peli porno”. Hubo pocos relatos sueños de sexo, pero muchos
vinculados a la impotencia de no llegar a un lugar, de no poder terminar algo.
Una chica soñó que estaba en un momento erótico con su novio y apareció la
madre.
Hipótesis
confirmada: independientemente de clases sociales, edad, ocupaciones y
geografías, estuvimos todos soñando más o menos lo mismo. “Algo de la
singularidad quedó abolido o desdibujado en lo social”, concluyen las autoras.
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“Hoy
soñé que tenía poder mental y a través de un juego podía matar gente. Una vez
que una voz me lo permitía, yo mataba a esa persona. Horrible. Y había un
pájaro que me volvía loca porque yo los odio y les tengo miedo, ese mismo miedo
le tenía en el sueño. Y yo no los mataba corte película de terror, sino con la
mente. Re turbio. Con el tema del pájaro tenía alto miedo y desesperación. Era
como un cuervo de las películas de terror. O de las brujas. Era como que lo
tenía cerca y me desesperaba.” Estudiante de bioquímica, 20 años.
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El título del
libro ya fue definido, ‘Pandemia de los sueños’. “Seguimos el genitivo del
libro de Charlotte Beradt que habíamos traducido con Leonardo Levi -dice Lucía
Brienza-. Charlotte plantea que tenemos en la psiquis como un sismógrafo
que prevé la catástrofe que viene. Como una antena que transmite en términos de
coro o de voz polifónica del exterior”. Ya están los capítulos
diferenciados con categorías, que los llamaron núcleos, y los dividieron en
once temas. Cada uno se subdivide en subtemas en una página de Excel. Los
núcleos son: naturaleza, prohibiciones, coronavirus, evasión de la realidad
pandémica, aglomeraciones, peligro, entre otros. “En los sueños de
aglomeraciones había fiestas y reuniones con seres queridos. En los de
naturaleza, animales como toros o tigres, o que en la casa se aparece una
selva. Una especie de Jumanji”.
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“Soñé que mi
mamá tenía otro hijo. Ibamos a visitar a mi abuelo (que falleció), él estaba en
un geriátrico hospital. Lo loco era que mi abuelo estaba joven y re bien,
lúcido y ante tal alegría yo lo abrazaba y le decía que lo necesitaba.”
Estudiante de visitador médico, 21 años.
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Desde hace
cuatro años, la escritora Beatriz Vignoli lleva un diario de sueños e
investiga qué mensajes le traen según las diferentes culturas milenarias. Todo
comenzó cuando su hermano le mostró su registro, en los ‘90. Pensaron en el vínculo
con el surrealismo, leyeron “Onirokitsch” de Walter Benjamin. Después Beatriz
prestó atención a los relatos de la Biblia y se encandiló con el relato que
hacía Jacob, según ella “el primer surrealista”.
Vignoli
coincide en que “el sueño es como un sismógrafo”. Para ella, además, nos
preparan para sobrevivir en el futuro, como en el clásico sueño del monstruo
que persigue al soñante. “El origen estaría en cierta información genética que
persiste del hombre cavernícola cazador, para saber cómo reaccionar en el
momento real.”
A Beatriz le
gusta creer que es una conexión al inframundo. Su perspectiva va más allá del
encuadre psicoanalítico, al que suscribe de todas formas en sus bases. Pero
prefiere la teoría exógena de los sueños, en la que han coincidido las culturas
egipcia, griega, judeocristianas, mapuche, tehuelche, los yaquis mejicanos de
Carlos Castaneda y tantas otras. Porque “los sueños vienen de afuera de los
soñantes, y una prueba es que soñamos las mismas figuras arquetípicas de hace
miles de años”, dice.
***
“Mi hermano,
vestido con pantalón corto y una remera gastada, tal como lo vi en la foto que
me envió mi mamá del momento en que le daban de alta en el sanatorio por la
neumonía. Yo pensaba: ¿Por qué sigue vestido como en la foto? Está parado junto
a su novia, nos interpela a mí y a un grupo de gente difusa, diciendo `¡Nos
estamos muriendo! ¡Nos estamos muriendo!´. Yo pienso que se refiere a él, a su
infección pulmonar, anterior a la cuarentena. Estamos en un lugar blanco, entra
luz artificial, no distingo límites. Veo el piso de un sanatorio conocido. Yo
estoy cruzada de brazos entre angustiada y desafiante. Dudo de algo, no de sus
palabras.” Becaria del Conicet en literatura y filosofía, 46 años.
***
Tres mil años
antes de Cristo, Drumuzid el pastor, un rey mesopotámico, contó un sueño a su
hermana, una sacerdotisa llamada Geshtin Anna. Fue la encargada de interpretar
el primer sueño documentado. Alejandro Magno, luego de soñar una catástrofe en
plena batalla se lo contó a su interpretante y finalmente tomó una ciudad
sitiada y ganó. Los egipcios tenían un archivo de esos relatos. En el reinado
de Ramsés II existió el libro que los relacionaba con enfermedades. En la
Biblia las apariciones son fundantes, al igual que en otras religiones.
Un ingeniero
irlandés, J. W. Dunne, defendió con pasión el poder profético del soñar. Su
teoría es que el tiempo no es lineal y que en otro plano de realidad
virtual coinciden pasado, presente y futuro. En ese caso no sería extraño soñar
con ciudades, paisajes y gente desconocida. Para Dunne los sueños atraviesan
esa dimensión.
Stephen
LaBerge, psicofisiologista norteamericano, escribió “La Exploración de los
sueños Lúcidos” y fundó un centro de difusión de técnicas sobre cómo
direccionarlos. Promueven la idea de que con estas técnicas se puede superar
angustias y ansiedades. A quienes escriben e investigan sus sueños de esta
manera se los llama onironautas.
El azar también
es dueño de los sueños. A principios del siglo XX llegó a la costa rioplatense
la Smorfia napolitana. Fue la base de los números de la quiniela; Il morto qui
parla: el 48; La niña bonita, el 15.
Descartes soñó
su discurso del método. Mary Shelley en unas vacaciones junto a Lord Byron soñó
con un humanoide, le llamó Frankenstein. Paul McCartney soñó la melodía de
“Yesterday”, preguntó a sus tres amigos si no la habían escuchado en alguna
parte y después la grabó. En 1981 James Cameron soñó con un torso de plata que
se arrastraba y disparaba sus armas, una escena de la película
“Terminator”. Stephanie Meyer soñó un capítulo completo de “Crepúsculo”.
Marcel Proust se fue a dormir y volvió a su infancia en el campo con su
familia, en su novela “En busca del tiempo perdido”.
En 2020, por la
pandemia del Coronavirus todas las sociedades estuvieron en la misma condición
histórica del encierro. Aquel que debía salir estaba bajo amenaza de
contagiarse del virus. Las ciudades quedaron vacías: el control del espacio
público por decretos del Estado era la única forma de prevención. En cierta
metáfora radial, cada sujeto subió el volumen al exterior y el inconsciente
enfocó en sintonía.
Los sueños
ordenan y cristalizan lo que aún no entendemos del afuera, y según la
investigación del equipo rosarino “repetimos el gesto beradtiano de hacer un
archivo personal, nos volvimos archivistas de nuestros sueños”.
***
“Soñé
que tenía una perra y su nombre era Drama”.
“Soñé
que me estornudaban en la cara y entraba en pánico.”
“Soñé que metía
mis piernas al mar y me quedaba feliz”.

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