Así como el diario de Yrigoyen fue
una fantasía, el diario de Uriburu fue una realidad tangible. Noventa años
pasaron desde aquel golpe y Crítica ya
no existe. Sin embargo, Clarín comparte
con su predecesor si no el estilo al menos la ambición de su fundador de
transformarlo en un instrumento de poder político y también la vocación de ser
percibido como el termómetro que mide la temperatura ciudadana.
La segunda presidencia de Hipólito
Yrigoyen puso de manifiesto la profunda división que existía en la Argentina de
fines de los años ‘20. Contrariamente a lo que sostienen las letanías de
nuestros medios serios e incluso las de algunos historiadores que confunden sus
alucinaciones con la realidad, la grieta no fue un invento del primer
peronismo, ni tampoco del más reciente kirchnerismo (en rigor de verdad,
tampoco lo fue del radicalismo, como lo demuestran las luchas eternas entre
realistas y revolucionarios, unitarios y federales, rosistas y antirosistas o
liberales y autonomistas, conflictos que precedieron a la UCR).
Con más del 60% de los votos, el
viejo líder radical demostró un tenaz apoyo popular, dejando en segundo lugar y
con una diferencia de 30 puntos a sus rivales del Frente Único (radicales
antipersonalistas y conservadores, un anticipo de lo que sería la Unión
Democrática de 1945). El establishment conservador, los radicales
antiyrigoyenistas, un sector de la izquierda y gran parte de la prensa, en
particular el diario Crítica de Natalio Botana –un editor brillante y el
más poderoso hombre de medios de aquella época– centraron su odio en la figura
de Yrigoyen, tratándolo a la vez de tirano y de viejo senil. Una asombrosa
contradicción que nuestros medios serios repiten hoy con Alberto Fernández,
descripto a la vez como dictador sediento de poder y marioneta de su
vicepresidenta.
Como ocurriría luego con el primer
peronismo y hoy con el kirchnerismo, las críticas furibundas contra Yrigoyen
reemplazaban el análisis político por el agravio personal. Entre las leyendas
creadas en aquella época figura el “diario de Yrigoyen”, un diario que el
entorno del presidente imprimía sólo para él, con el objetivo de que ignorara
lo que ocurría en el país. Por supuesto, nunca existió ninguna prueba de su
existencia pero la idea es tan tentadora que la expresión sigue aún vigente
como símbolo del cerco que impide a un líder conocer la realidad que lo rodea.
En septiembre de 1930, luego de una
larga campaña mediática y en medio de grandes dificultades generadas por la
crisis mundial del ’29, Hipólito Yrigoyen fue derrocado por el teniente general
José Félix Uriburu, un militar rudimentario y más o menos fascista. La tapa
de Crítica fue contundente: “Jubilosamente celebra todo
el país el triunfo rotundo de la revolución.” Así como el diario de
Yrigoyen fue una fantasía, el diario de Uriburu fue una realidad tangible.
Noventa años pasaron desde aquel
golpe y Crítica ya no existe. Sin embargo, Clarín comparte con su predecesor si no el estilo al
menos la ambición de su fundador de transformarlo en un instrumento de poder
político y también la vocación de ser percibido como el termómetro que mide la
temperatura ciudadana. En el caso de Clarín,
ese objetivo sufrió un gran desgaste a partir del 2008, con el enfrentamiento
que aún hoy mantiene con el kirchnerismo y que el periodista Julio Blanck
llamó “periodismo de guerra”.
Es posible que antes de esa fecha el público en general desconociera el nombre
de Héctor Magnetto, el todopoderoso CEO del Grupo Clarín, transformado hoy en
un jugador visible del juego político e inscripto como tal en la famosa
grieta. Clarín ya no es percibido como un termómetro que
refleja con total independencia la temperatura del país. Está claro, incluso
para gran parte de sus lectores, que en realidad modifica dicha
temperatura. De parecer un observador, hoy es evidente que es un
operador. No es una pérdida menor para un grupo cuyo poder reside en ocultarlo.
Sin embargo, así como las mayorías ya
no toman las consignas del “gran diario argentino” como el reflejo de sus
propias preocupaciones, Clarín parece
haber convencido a una parte del actual oficialismo de que mantiene aún ese
poder y que las tapas negativas no son sólo el reflejo de los deseos e
intereses de sus accionistas sino también del fastidio mayoritario de la
ciudadanía.
El gobierno, en ese caso, no estaría
leyendo el imaginario diario de Yrigoyen sino algo aún peor: el diario de
Uriburu.

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