¿Qué es el
amor?
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En un mundo dominado por el odio,
no será acaso inútil hablar sobre el amor. Es lo que intentarán estas breves
líneas.
El amor es la libre y apasionada
enajenación de la libertad. Es libre porque es el compromiso que establezco con
otra conciencia desde una situación sustantiva, lúcida, que nace desde mí y
expresa mi autenticidad. Es apasionada porque no es un acto de la razón, o, al
menos, no solamente de la razón, sino que exige el compromiso de las pasiones,
y el compromiso del cuerpo, que las vehiculiza, expresándolas. En el amor mi
libertad se enajena, porque toda relación de amor con otro ser implica una
limitación de mi libertad absoluta. No obstante, es desde esa libertad absoluta
que he decidido limitar mi conciencia entregándome a otro ser, que también se
me entrega, y con el que establezco un juramento, el de amarnos, que nos limita
a los dos, pero es también nuestra superación, nuestro ir más allá de nuestra
condición solipcista, de nuestra soledad.
Amar no es caer, no es enceguecer,
no es entregarse a la irracionalidad. Se ama con todo lo que somos. Nuestro
amor se construye, se arma, se trabaja con la pasión, la inteligencia, la
paciencia y el laborioso, arduo, cotidiano y deslumbrante conocimiento de la
persona amada. Lejos de cegar, el amor es una fuerza de conocimiento. A nadie
conoceré mejor que a la persona que amo, y a través de ese amor descubriré
acaso las mejores cosas que ignoraba de mí. Y digo mejores porque somos mejores
cuando amamos.
No busco el sometimiento de quien
me ama. No quiero ser amado por una conciencia que se me somete. No quiero
convocar su admiración, ni su deslumbramiento, ni nada que reduzca la dimensión
de su ser auténtico, de su ser más valioso. Le doy lo que le pido. Le doy mi
libertad a cambio de la suya. El amor es un pacto de dos libertades. Muchos le
temen a esto. Creen que el pacto que implica el amor les hará perder la libertad.
Pero la libertad está para usarla. Somos libres para, desde nuestra libertad,
comprometernos, entregarnos. La más alta forma del compromiso y de la entrega
es el amor, donde mi libertad se realiza y se enriquece con la libertad de la
conciencia que se me entrega, libremente, para ser más plena junto a mí. No
somos uno. Somos y seremos dos.
Nuestro pacto está alimentado por
la cotidiana renovación del juramento. Nadie se condena a amar ni a ser amado
para siempre. Nuestra libertad pone a prueba y fortalece nuestro juramento.
Así, el amor es un trabajo cotidiano. Sé que el ser que me ama dejará de
hacerlo si dejo de ser el ser de quien se enamoró. Esto no significa que ya no
habré de cambiar, sino que hay un pacto esencial que deberá permanecer a través
de todos los cambios y aun las sorpresas de la existencia. Cada día seré otro,
porque eso me permitirá sorprender, enriquecer al ser amado. Pero, a la vez,
cada día seré el mismo porque no habré de traicionar el juramento
primero.
Hablamos, desde el primer día, un
lenguaje que nos expresa a los dos. Ese lenguaje se habla con las palabras, con
el cuerpo, con las ideas. Tiene la modalidad de la pasión, de la ternura, pero
no de la violencia. Es único y existe porque lo he creado junto al ser que amo.
No es un lenguaje cristalizado, sino un lenguaje que incorpora -cada día-
palabras nuevas. Cuando ya no existan las palabras nuevas, cuando el juramento
esencial se realice por medio de las viejas palabras, infinitamente repetidas,
el juramento será una áspera cosa y no una vivencia lúdica y palpitante. Ahí,
el amor habrá muerto. Y cada uno se recluirá en la libertad triste, inútil,
estéril, de los solitarios. El trabajo del amor, del amor entendido como
creación constante, es sofocar esa posibilidad, impedirla por medio de la
razón, de la pasión, de la inteligencia y la libertad.

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