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"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

domingo, julio 05, 2026

Citizen Kane y San José 1111


Magnates de la prensa y líderes populares

Héctor Magnetto, en la celebración de la independencia de Estados Unidos, junto al empresario Jorge Brito.
 
 

 

En agosto de 1941 se estrenó El ciudadano (Citizen Kane en el original), dirigida, producida y protagonizada por Orson Welles, quien también escribió el guion junto a Herman J. Mankiewicz. El director tenía veinticinco años, había descollado en el teatro y la radio, y esa era su primera película. Había conseguido una fama inmediata unos años antes, en 1938, al transmitir en forma de radioteatro La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells; una novela que relata una invasión marciana. Lo hizo desde su programa Mercury Theatre on the Air en la cadena CBS y el realismo de los actores fue tal que generó un pánico generalizado en Nueva Jersey, donde, según los falsos reportes de noticias, estaba teniendo lugar la invasión alienígena.

 

 

En una de sus reseñas cinematográficas de la revista Sur, Jorge Luis Borges consideró a El ciudadano como “un film abrumador”: “La ejecución es digna, en general, del vasto argumento. Hay fotografías de admirable profundidad, fotografías cuyos últimos planos (como en las telas de los prerrafaelistas) no son menos precisos y puntuales que los primeros. Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como perduran ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”. Varias décadas más tarde, Borges matizaría esa opinión juvenil sobre una película que confesó haber visto varias veces. Consideró, además, que Welles “había inventado el cine moderno”. En una serie de entrevistas con Henry Jaglom realizadas hacia 1983 (Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles), el director recordó aquella crítica de Borges con un comentario que denotaba un cierto despecho: “Borges es medio ciego, nunca olvides eso”.

El ciudadano Charles Foster Kane, interpretado por el propio Welles, está inspirado en el millonario y magnate de los medios William Randolph Hearst. Un hombre poderoso, con muy poca tolerancia a la frustración, que buscó evitar el estreno del film. Intentó comprarlo con el objetivo de destruir el negativo. Si bien no lo consiguió, al menos logró con amenazas y operaciones diversas limitar su difusión (prohibió, por ejemplo, que los diarios y emisoras de su imperio mediático mencionaran siquiera el título de la película). En 1971, Pauline Kael escribió en el New Yorker: “Aunque Hearst intentó interferir directamente en la película, no fue tanto lo que hizo lo que la perjudicó comercialmente, sino lo que otros temían que pudiera hacerles, tanto a ellos como a la industria cinematográfica. Sabían que estaba pensando en actuar, así que arruinaron la película por él; fue como si decidieran a quién querría el rey matar y, deseosos de complacerlo, cometieron el asesinato sin esperar a que se lo pidieran”. El poder de Hearst era tal que muchas veces lograba su cometido sin siquiera expresarlo. Hay algo de Kane en esa descripción. Pasaría casi un cuarto de siglo antes de que El ciudadano se reestrenara en Estados Unidos y que Welles obtuviera el reconocimiento popular que merecía. En otras latitudes sí recibió el apoyo que sus compatriotas le escatimaron. André Bazin, uno de los fundadores de la revista Cahiers du Cinéma, opinó que El ciudadano había marcado “el inicio de una nueva era cinematográfica”. Jean-Luc Godard y François Truffaut la consideraron una obra maestra que inspiró a la Nouvelle Vague francesa.

Paradójicamente, la persecución encarnizada que Hearst lanzó contra su biografía cinematográfica no autorizada probó la justeza del retrato que Welles hizo del magnate a través del personaje de Kane: un hombre sin escrúpulos que, como Hearst, utiliza su imperio mediático como herramienta de propaganda, manipulación y destrucción de adversarios. Un diálogo entre Kane y Bernstein, su amigo leal y administrador financiero, ilustra la voracidad del magnate:

Hay muchas estatuas en Europa que aún no ha comprado (Bernstein).

No me puedes culpar. Llevan haciendo estatuas unos dos mil años, y yo sólo llevo cinco coleccionando (Kane).

Charles Foster Kane es William Randolph Hearst, pero también podría ser Natalio Félix Botana, dueño del diario Crítica (en el que Borges dirigió la Revista Multicolor de los Sábados, el suplemento literario). Fundado en 1913, llegó a ser el diario de mayor circulación de América Latina y se convirtió en el ariete gracias al cual Botana creó su imperio. Mucho antes de los multimedios y las plataformas, el empresario intuyó el poder del cine como herramienta mediática y del sensacionalismo como difusor de ideas. Por su redacción pasaron grandes escritores como Borges, Roberto Arlt (“uno de los cuatro encargados de la nota carnicera y truculenta, obligado testigo de cuanto crimen, robo, asalto, violación, venganza, incendio, estafa y hurto se cometía”) o Leopoldo Marechal, quien en su novela Adán Buenosayres situó al fundador de Crítica en el séptimo círculo del Infierno, reservado a las almas de los violentos, manejando una rotativa gigante que convierte a los hombres en papel. Como Kane, Botana fue venerado y detestado. Pablo Neruda lo describió como “rebelde y autodidacta”, además de “un capitalista poderoso y dominador de la opinión pública de Buenos Aires”. Crítica fue un diario muy popular, que llegaba a un público amplio gracias a novedades como las historietas en color, la difusión del deporte y la participación en sus páginas de escritores y artistas, con suplementos atractivos como el dirigido por Borges. Neruda recordaba la mansión de Don Torcuato, con un parque zoológico, arboledas, un estudio cinematográfico y treinta habitaciones. Un lujo extrovertido comparable al de Xanadú, la mansión de Kane, inspirada en el fastuoso Castillo Hearst, que el magnate de la prensa mandó construir en California.

Kane podría ser también Roberto Noble, fundador de Clarín; un empresario menos extravagante que Hearst o Botana, pero igual de tenaz. Su heredero es Héctor Magnetto, que a diferencia de todos los magnates de la prensa antes citados, no es periodista sino contador. Con el mismo brío que Kane, aunque sin sus pretensiones artísticas, impulsó el legado de Noble mucho más allá de los límites que tenía cuando llegó al grupo en 1972. En un poco más de medio siglo transformó un diario en un emporio. Como Kane, supo usar la prensa no como un fin en sí misma sino como el ariete para extorsionar al poder político. Todos los gobiernos desde la última dictadura cívico-militar cedieron a su apetito creciente. Papel Prensa, Radio Mitre, Canal 13, Cablevisión, TN y, en los últimos años, Telecom y, ahora, Telefónica. La aceptación de esa última adquisición resulta “una capitulación por parte de Milei” según Martín Becerra, doctor en Ciencias de la Información y especialista en medios de comunicación, ya que le entrega a Clarín “el negocio de convertirse en el único operador de la Argentina capaz de paquetizar los servicios de comunicaciones móviles fijas, conectividad fija, móvil y televisión por cable”. Un enorme monopolio.

En realidad, no todos los gobiernos cedieron ante la extorsión de Clarín. CFK rechazó la compra de Telecom e impulsó la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, una vieja demanda ciudadana para democratizar los medios de comunicación. Esa decisión valiente le costó la cárcel y la proscripción actual, impulsada incluso por la administración Trump a través del embajador Peter Lamelas, quien anticipó el lobby que realizaría para “asegurarse de que CFK reciba la justicia que merece”.

Como contracara de la enorme concentración a la que tiende el sector privado (la expansión del Grupo Clarín tiene su correlato global en el poder creciente de las grandes empresas tecnológicas, a las que entregamos nuestra propia información e incluso nuestra intimidad a cambio de poder ver videos de terraplanistas o imágenes de gatitos), asistimos a una atomización creciente del sector público. Los mismos medios que forman parte de esos conglomerados colosales nos advierten sobre los peligros del populismo y sus líderes. Critican por peligrosa la continuidad de liderazgos y valoran en la política la virtuosa alternancia de la que descreen en el sector privado. La toxina que nos ofrecen y que muchas veces nos inoculamos consiste en considerar que los liderazgos populares son un peligro para la democracia: mientras aplauden el apetito irrefrenable de sus consejos de accionistas. A la vez que la fusión de Telefónica y Telecom sería una buena noticia para la democracia, que un intendente pueda ser reelegido las veces que sus representados lo juzguen oportuno atenta contra esa misma democracia. Escuchamos con frecuencia creciente que las elecciones son “un ruido” que puede alejar las inversiones, inminentes aunque siempre esquivas. En realidad, como el teniente Drogo –personaje principal de El desierto de los tártaros, novela de Dino Buzzati– tememos la llegada de un enemigo desde el lado equivocado. El verdadero peligro para la democracia no reside en el Gran Hermano del Estado totalitario imaginado por George Orwell en 1984, sino en los interiores aterciopelados de los consejos de accionistas de los ultrarricos. La organización global Oxfam afirma que el 1 % más rico posee más riqueza que el 95% de la población mundial, mientras “la sombra de la oligarquía global se cierne sobre la Asamblea General de las Naciones Unidas”. Como vemos hoy en Estados Unidos o en nuestro propio país, la influencia de los ultrarricos en la gestión pública crece de forma exponencial. Ser rico resulta cada vez más barato mientras que ser pobre es prohibitivo: el gobierno aumenta el precio del transporte público mientras reduce los impuestos a los autos de lujo. Es difícil encontrar una declaración de principios más honesta y transparente.

Las letanías sobre el ruido electoral, sobre el fastidio de ir a votar o el costo de los comicios, pero, sobre todo, la convicción impulsada por medios y redes sociales sobre la venalidad de nuestros representantes políticos, que contrasta con la virtud intrínseca de los grandes empresarios, tiende a generar un enorme descreimiento ciudadano en la democracia electoral. El dilema es que gran parte de aquellos políticos han sido cooptados por los virtuosos ultrarricos. No se trata necesariamente de corrupción en el sentido estricto sino de algo mucho más poderoso: el disciplinamiento. Es decir, la convicción de que no existe otro camino posible, una posición estimulada por la implacable persecución política, mediática y judicial a quienes intenten buscar ese camino. Como ocurría con Hearst, el poder de esa nueva oligarquía global es tal que puede lograr su cometido sin siquiera expresarlo: “como si decidieran a quién querría el rey matar y, deseosos de complacerlo, cometieran el asesinato sin esperar a que se lo pidieran”.

Más allá del avance –que hoy nos parece irrefrenable– de personajes siniestros y todopoderosos como Peter Thiel o Elon Musk, o nuestro exiliado fiscal Marcos Galperin, el instrumento para enfrentar esa calamidad creciente sigue siendo el mismo: la política popular. El otro camino existe: ya lo transitamos entre el 2003 y el 2015.

Una ex Presidenta está encerrada en San José 1111 por haberlo impulsado; pero, sobre todo, por el peligro de volver a hacerlo.

 

  

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