Revolución es hacer cada día de nuestro pequeño espacio, un lugar digno de habitar
"La Maldita Máquina de Matar" Pinchevsky/ Medina

miércoles, octubre 05, 2011

MATÁNDONOS SUAVEMENTE


- Entre los cristales y el humo -

"País monárquico gobernado por un gigante. Los súbditos son enanos. El gigante y los enanos se llevan bastante bien. Aquel genera mucho trabajo porque quiere expandir su reino, y los enanos ganan buena plata y disfrutan mucho. Sin embargo, el rey tiene un problema muy grave: su apestoso aliento mortifica a la población. ¿Cómo es posible que un monarca tan poderoso tenga tanto miedo de que el mejor odontólogo del reino arregle su dentadura? Ésta es la crucial pregunta que comienza a formularse un grupito de súbditos que pasan a ser llamados los Insurgentes. Que, como cada vez que aparecen y empiezan a organizarse, se ponen bravos. Lo que estos Insurgentes planifican es nada menos que solicitar al soberano que se siente en el sillón del dentista y abra la boca. ¡Ni loco!, grita el mandamás luego de leer la respetuosa solicitud de sus gobernados que le hacen saber que cada vez que su alteza tose, o habla o bosteza, enferma a la población. Así que si el rey ignora lo que le piden, agregan y le anticipan, no habrá otro remedio que destronar a su majestad. En ese punto, el rey ofendidísimo manda eliminar a los Insurgentes. Pero como tal medida convulsiona a la sociedad, los médicos reales y el dentista, al fin unos pobres desocupados que se aburren muchísimo porque ni pueden tocar al rey, pasan a convertirse en sus consejeros. Consejeros que le aconsejan dejar de matar enanos, y seducirlos en lugar de derramar charcos de sangre por todo el reino. ¿Tienen la certeza de que esa es la solución?, quiere saber el gigante, y los sabios profesionales reiteran que ese método, al que echan mano los gobernantes de otros países, resultará sin duda el más adecuado. Hombre al fin, el pobre soberano, que concentra en su real figura un poder casi infinito, pero a quien sus problemas dentales impidieron tener esposa y descendientes, antes de enfrentar la agitación social y su posible caída, llama entonces a su escriba. Para que escriba lo que habrá de cumplirse sin dilaciones: 1. En cada barrio del reino deberá construirse una hermosa sala de juegos. 2. Cada diez cuadras se levantarán suntuosos centros comerciales en los que los súbditos podrán pasear y comer y comprar a su antojo, aunque luego deban pagar en cuotas.3. Se producirá, e incluso será importada, la
 más sofisticada tecnología, y se le hará accesible a todos a fin de que los enanos se entretengan y se comuniquen desde todas partes y a todas horas. 4. La televisión transmitirá, las veinticuatro horas de cada día del año, programaciones que no compliquen las mentes de los enanos. En rigor, deberán ser entretenidos con espectáculos livianos y divertidos e intrascendentes; con muchísimo deporte, y con noticias impactantes que no descartarán generosas dosis de delitos y asesinatos (que se cometan en otras geografías, naturalmente) para que la población no se sienta privada de su debida cuota de sangre. Una vez implementadas tales medidas en tiempo récord, los Insurgentes deponen armas (o en verdad deponen sus petitorios) y todos pasan a disfrutar de una vida más gratificante y divertida que la anterior. Mientras tanto, el monarca continúa abriendo su boca y exhalando sobre el reino un tufo repugnante que encima carga bacterias de todo tipo. Pero gracias a aquellos consejos tan sabios de sus consejeros, más otros que le darán, él seguirá abriendo la boca y lanzando sus efluvios letales mientras los enanos sigan gozando. En cuanto a los que seguirán muriendo como mosquitos a causa del real aliento, mientras disfruten ninguno se hará problemas..."

ADA MANTINI (Dramaturga y escritora) Párrafo extraído de su última novela  "Entre los cristales y el humo" Editorial Tierra del Fuego  - Noviembre de 2010.

Novela "Una rosa para Junior" - (8) -


Ciudad del Este, Paraguay, febrero de 1995.

    Divah había pisado tierra guaraní luego de un tedioso y agotador vuelo de más de diez horas. En el aeropuerto internacional de El Galeao y tal lo previsto de antemano, tomó contacto con gente de Amed. Luego de cumplimentar los trámites de rigor en migraciones fue conducida por los dos hombres hacia un sector apartado de la estación aérea, más precisamente hasta una pista aledaña en donde aguardaba, con sus motores encendidos, el pequeño Cessna de bandera paraguaya.
    El tiempo que demoró el viaje hasta la ciudad fronteriza se realizó en absoluto silencio. Aquellos hombres eran de pocas palabras. Ellos solo se limitaban a cumplir al pié de la letra las instrucciones emanadas de boca de su padre. Estas eran: “contactar chica y traerla…” Y así lo hicieron.
     Superado el vulnerable control aduanero paraguayo abordaron la combi que los dejaría a las puertas de la recepción de un modesto hotel de la ciudad, en donde fue registrada bajo el nombre de Concha Ríos Moya, turista española, de veintidós años, soltera y coreógrafa de profesión. Tal la nueva identidad que figuraba en su pasaporte. Llenó el registro con letra desenvuelta. Dejando entrever que sólo estaría en el país uno o dos días en carácter de visitante en tránsito hacia Buenos Aires.
    Sólo cuando el servil empleado del hotel le hubo entregado las llaves del cuarto, los dos árabes que la acompañaban se retiraron. Despidiéndose de ella de la misma forma como la habían recibido; sin emitir palabra. Ni siquiera cuando uno de ellos le hizo entrega del pequeño sobre con las nuevas premisas.
     Con la idea fija de darse una buena ducha y descansar se limitó a asentir con una leve inclinación de cabeza para desaparecer rápidamente detrás de la puerta. El cansancio se reflejaba en su semblante, tanto, que hasta el intenso verde de sus ojos pareció opacarse, sumado al asfixiante calor reinante.
    Aseguró la puerta de la habitación con dos vueltas de llave y encendió la luz. La misma era de dimensiones reducidas pero bastante acogedora. Con paredes empapeladas en tonos pastel y muebles de madera oscura. Una única ventana comunicaba a un patio exterior en donde se apreciaban varias cocheras y una pequeña piscina de material plástico circundada de mesas y sillas del mismo elemento. Y un destartalado acondicionador de aire, ruidoso e insuficiente para aplacar la sofocante atmósfera. No obstante le agradó.
     Divah arrojó la única maleta que portaba sobre una mesita y comenzó a desvestirse. Una vez desnuda se introdujo en el baño. Abrió el grifo de la lluvia y dejó que el agua corriera para aclimatarse. Se sentó en el inodoro y orinó abundantemente para después, sí, entregarse a la gratificante y fresca lluvia. Enjabonó su cuerpo una y otra vez como queriendo quitarse de encima la molestia sensación provocada por la falta de higiene de tantas horas de vuelo y la transpiración. Así permaneció durante un buen tiempo. Largos minutos bajo el chorro de agua fría le devolvieron a su piel y a su cuerpo la lozanía natural. Sin secarse y con una toalla envuelta sobre la cabeza, la hermosa Divah, se dejó caer sobre la cama. El sueño le llegó de inmediato, durmiéndose profundamente. Eran las tres de la tarde y el calor en aquella parte del mundo era insoportable.
     Despertó cuatro horas más tarde, cuando su desnudez comenzó a sentir el frío. Con la piel erizada buscó abrigo bajo la gruesa manta marrón. Tenía la intención de seguir durmiendo. Buscando vanamente la posición adecuada para su cuerpo cansado. Y fue en una de esas vueltas que su cuerpo topó con algo duro y punzante. Con sumo fastidio estiró el brazo para tantear a ciegas y cerciorarse. No tardó en asociar el molesto objeto con el sobre entregado por el árabe. Desvelada bostezó aparatosamente, sabiendo que le sería imposible volver a conciliar el sueño nuevamente. Sentada con las piernas cruzadas sobre la cama hurgó el contenido del mismo. En su interior había media docena de fotos con la imagen del mismo joven de la fotografía que Mosser le había entregado en España. Recortes de revistas en donde aparecía divirtiéndose saltando olas montado en un ski-jet, probando poderosas motocicletas, o posando junto a su auto de rally con fondo del Partenón en Grecia. Otras en compañía de hermosas señoritas, y una última, en donde podía vérselo sentado frente a los comandos de un helicóptero. Observándolo con detenimiento dedujo que no había que ser demasiado inteligente para saber sobre la identidad, gustos y debilidades del guapo de los recortes.
    Junto a las fotografías había también otro sobre más pequeño con instrucciones precisas sobre los pasos a seguir de allí en adelante. Mañana saldría hacia la capital argentina. Un tal Darío sería el encargado de conducirla. El hombre en cuestión estaba estrechamente ligado al joven de las fotos y demasiado comprometido con la causa por lo que pondría objeciones en colaborar. También encontró un número telefónico el cual debería memorizar y destruir junto al contenido del sobre. Así lo hizo. Retener el número y el nombre del contacto no representó ninguna dificultad. Repasando mentalmente los datos se desplazó hasta el cuarto de baño donde comenzó a desmenuzar los papeles. Cumplimentada dicha acción pulsó el botón del depósito. Divah permaneció junto al inodoro asegurándose de que la succión se tragara hasta el último papelito. Sin proponérselo su mirada quedó fijada al trozo de fotografía en donde la enigmática sonrisa de su futura víctima giraba en un torbellino de agua. Jamás podría arrancarse de su mente aquella imagen. Jamás…
     Miró el reloj. Eran casi las ocho. Imposible hallar a esa hora un salón de belleza abierto, supuso. Su estómago también le recordó que no había probado bocado en horas. Dada las circunstancias no halló impedimento alguno para disfrutar de su tiempo libre, realizar algunas compras y aplacar el hambre, además de hacerse algunos retoques que distorsionaran su real apariencia. Convencida de que sería lo mejor se incorporó de un salto para abrir la valija en busca de un conjunto de ropa interior de algodón blanco y diversas prendas, las cuales fueron elegidas por comodidad.
     De pié frente al espejo, la mujer recogió su larga y ondulada cabellera negra para sujetarla con un pañuelo de seda. Luchó para calzarse los ajustados jeans de color blanco y desechó el corpiño por dificultarle la respiración. Una remera blanca sobre los senos liberados y un par de sandalias sin tacos como toda indumentaria. Sólo dedicó algo de tiempo al retoque de los labios con un brillo humectante. Y sintiéndose lista asió la cartera y abandonó la habitación.
     Divah no era una improvisada. No la amilanaba el hecho de estar sola en un país en un país extraño. Sabía moverse además de defenderse llegado el caso. Había crecido en Beirut, entre las bombas y el horror de una guerra inacabable. Su corazón había aprendido a cicatrizar las heridas que no terminan de sangrar en una persona corriente. Ella aprendió el difícil arte de sobrevivir en un país violento, enfrascado en el odio y la venganza. Hermano contra hermano. Familia contra familia… Todos contra todos, en el todo vale de una contienda incomprensible para una niña huérfana. Supo desde muy temprano que si deseaba vivir debería dejar de lado cualquier dejo de virtud. Su cuerpo y su seducción se transformaron, entonces, en su mejor arma. También aprendió a manejarlas y a matar por su vida. Vivió de esa manera hasta la llegada de El-Kir. Y fue el astuto sirio quien la rescató del miedo exacerbado de la capital libanesa, tal vez conmovido por ver a tanta belleza desperdiciándose entre los brazos de los rudos combatientes. El pulió la gema de oriente hasta convertirla en lo que era: su incondicional servidora. Ella no era de hacer demasiadas preguntas, simplemente obedecía. Por considerar que ésa era la mejor manera de pagarle a su benefactor.
    Con un papel garabateado en caligrafía difícil de interpretar y algunas referencias verbales que le hiciera el amable conserje del hotel, ganó la calle. Caminó decidida varias cuadras hasta lo que consideró la parte vital de la polifacética ciudad paraguaya.
     Con las primeras luces artificiales que comenzaban a encenderse, también se iba apagando el bullanguero comercio callejero. Consciente del revuelo que causaba su presencia entre los apresurados mercaderes que cesaban en la tarea de desarmar sus puestos tan solo para contemplarla o murmurar obscenidades por lo bajo ya sea en guaraní o en portugués, se internó por pasadizos y callejuelas tenebrosas. Si hasta un grupo de inmutables aborígenes, vendedores de artesanías baratas, le ofrendaron sus mejores sonrisas desdentadas, babeantes de tabaco mascado.
     Ver abrirse paso entre el enjambre de curiosos y atrevidos en celo a la escultural libanesa, con su metro setenta y cinco de estatura, sus preciosos ojos, destellantes como dos esmeraldas, y el bamboleo de sus pechos bajo la delgada remera, era un espectáculo digno de presenciar.
     Una indefensa mujer caminando sola por lugares poco recomendables para cualquier visitante distraído no era algo frecuente en esa parte de la ciudad. Precavida sujetó firmemente el correaje de su cartera y apuró la marcha. Cruzó la calle esquivando bultos y montañas de basura apilada junto a las aceras sin dejar de sonreír a los numerosos admiradores que comenzaron a agruparse con no buenas intenciones. Disimuladamente deslizó una de sus manos en el bolsillo trasero del pantalón para cerciorarse de que la filosa sevillana estuviera en su lugar. Afortunadamente para ninguno de aquellos individuos tuvo que recurrir a sus servicios. De otra forma alguien hubiese resultado seriamente lastimado. En su ciudad natal, Divah, supo rebanarle el cuello a un turco que hizo uso de sus favores negándose luego a pagar el precio acordado. Aún recordaba los ojos desconcertados de aquel rufián desangrándose sobre el piso de la mugrienta habitación. Y la frialdad con que tomó su paga y se marchó.
    Esto era muy distinto. Como distintas eran las circunstancias y los tiempos. Soportando y desbaratando algún que otro pellizco dirigido a la perfecta anatomía de sus glúteos o manotazo hacia sus tetas, la cosa no pasó de ahí y la sangre no llegó al río.
     Finalmente logró desembarazarse de la muchedumbre alzada pero no fue así con el par de muchachitos que la seguían insistiéndole para que les comprara algún perfume, cigarrillos, naipes con figuras pornográficas o “camisinhas”, de las que nunca tuvo claro de qué cuernos se trataban. Sólo pudo deshacerse de los mocosos comprándoles diez perfumes por diez dólares. La única fórmula para que la dejaran en paz. Aliviada y liberada de los molestos buscavidas, buscó un sitio para deshacerse de la bolsa plástica con los perfumes que terminaron a estrellándose contra la pared de una callejuela sin salida. Tenía tino para eso. Todo el norte de África era un gigantesco mercado de compra-venta.
     Los comercios importantes comenzaban a despedirse de otra ardua jornada. Divah entró al luminoso local atraída por la pintoresca marquesina que podía apreciarse desde lejos. La inconfundible y universalmente reconocida sonrisa de la Mona Lisa fue su guía.
     No halló reparos en los vendedores que le franquearon la entrada a punto de cerrar. Adquirió perfumes Channel y Paloma Picasso, algunos cosméticos corporales y tintura para el cabello. Conforme abonó el pago con tarjeta Master Card Gold. Antes de retirarse, la amable cajera le obsequió un tercer perfume, gentileza de la casa por las compras realizadas.
     Divah sació su apetito en el primer local de comidas que halló. No había mucho para elegir por lo que se inclinó por el pollo frito, zumo de naranjas, un pastelillo de manzana y café negro. Luego de disfrutar un cigarrillo y, demostrando ser poseedora de un especial sentido de la orientación, ubicó el hotel sin contratiempos. 

martes, octubre 04, 2011

Esa plusvalía llamada dignidad



Fue y es, sin lugar a dudas, el fenómeno político-social-cultural más importante gestado por estas tierras en la última década. Si bien primero existieron otras formas de subsistencia, resistencia y justos reclamos, como lo fueron “el Trueque” y “los piqueteros”. La convicción, el apego, la lucha de clase, la identidad, el orgullo, la necesidad, la desesperación y los huevos de nuestros trabajadores que nunca se rindieron ofrecieron la respuesta justa a la injusticia; al atrincherarse  detrás de los portones de las fábricas “vaciadas” por sus propios dueños para  defender lo que consideran un derecho adquirido: El derecho al trabajo. Sin romper, sin quemar, sin generar violencia. Entregando de sí lo poco que poseen: Sus manos encallecidas, sus corazones y el esfuerzo cotidiano con que amasaron los sueños de construir una sociedad más justa. Sin dueños ni patrones. Sin ostentación ni hipocresía. Sin explotación ni miseria. Con la única plusvalía que conocen: la plusvalía de la dignidad puesta en movimiento.
Son sus propios obreros los que han puesto nuevamente en marcha a las empresas quebradas a partir del modelo neoliberal implementado en los ’90. Un modelo perverso en donde Estado y Mercado fueron arte y parte de la gran Estafa Nacional.
La autogestión como paradigma para boicotear las políticas recetadas por el Fondo Monetario y los gendarmes del norte. En donde el capitalismo global consideró que era posible multiplicar ganancias en la compra-venta de dinero virtual, basada en la especulación y el soborno. Transformando el trabajo en una concepción amorfa, flexible que apenas posibilita al asalariado una digna subsistencia. Naciendo, de este modo, una nueva categoría social: El desempleado.
Argentina lo vivió en carne propia. De la mano de la dictadura militar primero, y de Menem después, el capitalismo industrial arrasó con una legislación laboral adecuada a los tiempos modernos condenando a miles de trabajadores a la precarización y la desocupación. Y así llegamos al nuevo milenio en donde ya no era necesario la represión, el aniquilamiento y desaparición de los cuerpos de delegados y de comisiones internas. Ahora simplemente las “desaparecían” económicamente.
Argentina gozaba en la década del ´70 de un estándar de vida comparable a muchos países del primer mundo. Bastaron nada más que un par de décadas para que el paradigma obrero despareciera del horizonte. Fábricas cerradas, maquinaria parada, fuerte represión, y miles de obreros empujados al precipicio. Personas desesperadas que no tenían otro lugar a donde ir. Que no sabían hacer otra cosa que trabajar, trabajar y trabajar…
Entonces tomaron las fábricas y allí se quedaron. Los echaron y volvieron. Una y otra vez. Con sus compañeros de lucha, con sus familias, con los vecinos. Poniendo el pecho. Discutiendo en asambleas, compartiendo absolutamente todo, desde un mate, un pedazo de pan, hasta los sueños de volver a creer en el esfuerzo y el sacrificio puestos en movimiento. Y se organizaron. Y se delegaron tareas y responsabilidades. Y reclamaron. Y peticionaron. Y propusieron. Y se capacitaron para demostrarnos de lo que eran capaces de hacer. Solos, cooperativamente, horizontalmente y sin patrones. Abriendo espacios, aceptando el desafío de un mercado voraz, redoblando esfuerzos.
Más de doscientas fábricas recuperadas dan testimonio de lo que puede el amor propio de aquellos que no se conformaron con el telegrama de despido, ni la limosna de algún subsidio por desempleo o la changa limosnera proveniente de algún político.
Las pioneras Brukman, IMPA, FASIPA (fábrica sin patrones) ex Zanón hablan a las claras de lo que siente un obrero al ser su propio patrón.  Sin gastos gerenciales astronómicos, sin prebendas, viáticos, comisiones ni ninguna clase de gastos superfluos toda empresa bien administrada, en mayor o menor medida, es rentable.
Las fábricas recuperadas son bandera de resistencia, un símbolo cultural que ejempliza y marca un camino a transitar en donde el paradigma se construye cada día, en cada asamblea y con cada gota de transpiración vertida sobre la maquinaria puesta en marcha por quienes nunca bajaron los brazos.
Roque Paz

domingo, octubre 02, 2011

La Mirada Transparente








FUE UN INFATIGABLE DOCUMENTALISTA ARGENTINO Y UN HOMBRE QUE ABRAZÓ EL INDISCUTIBLE CARÁCTER REVOLUCIONARIO DEL CINE. AUTOR DE JOYAS COMO LA TIERRA QUEMA Y LOS TRAIDORES, FUE SECUESTRADO EN MAYO DE 1976 Y DESDE ENTONCES PERMANECE DESAPARECIDO.



RAYMUNDO GLEYZER

El 27 de mayo de 1976, Raymundo Gleyzer salía de hacer un trámite burocrático en el Sindicato de la Industria Cinematográfica (Sica), cuando una patota del Ejército le cayó encima y lo secuestró. Como faltó a una cita pactada para el día siguiente, amigos y familiares fueron hasta su departamento y encontraron todo roto y revuelto. La casa había sido saqueada: el grupo de tareas robó lo que les pareció valioso y huyeron. Desde entonces se supo muy poco de Raymundo, cineasta y militante del PRT/ERP. Se presentaron los hábeas corpus, se hicieron gestiones, pero no aparecía nada concreto.

 El 19 de mayo de 1976, Ernesto Sabato, Jorge Luis Borges, el sacerdote Leonardo Castellani y Horacio Ratti (presidente de la Sade) tuvieron su célebre almuerzo con el dictador Jorge Videla. Sólo Castellani se preocupó por un desaparecido, y le preguntó al genocida por la situación de Haroldo Conti, que poco antes había sido secuestrado. Distintas versiones aseguran que el sacerdote pudo ver a Conti, destrozado por la tortura, y que desde algún lugar llegó una voz que le gritó: “¡Padre, yo soy Raymundo Gleyzer! Dígale a mi familia que estoy bien…”. Pero no estaba “bien”. Estuvo en el campo de concentración conocido como El Vesubio, en donde, según algunos testimonios, lo torturan con ferocidad. Al director de cine lo dejaron ciego, pero no consiguieron nada. El domingo 20 de junio de 1976 lo trasladaron sin rumbo conocido. Desde entonces, nada se sabe de Raymundo. Como dijo Eduardo Galeano, había hecho películas imperdonables.

 Una carrera vertiginosa.  Raymundo había nacido el 25 de septiembre de 1941. Se crió en el seno de una familia filocomunista de aquellas que creían que Perón era un nazi. Desde muy chico se hizo fotógrafo y pasó por la facultad de Ciencias Económicas, pero lo suyo era el cine: estudió en La Plata, hizo sus primeros cortos, participó en otros y un día, de golpe, se fue a Brasil y se puso a filmar en el nordeste, en las tierras de las ligas agrarias. Volvió con el cortometraje  La tierra quema, que se llenó de premios. Después trabajó con el documentalista Jorge Prelorán. Y desató una carrera vertiginosa.

 Al mismo tiempo que llevaba adelante sus propios proyectos, comenzó a trabajar como camarógrafo en canales de televisión. En 1965 fue el primer periodista argentino que filmó en las islas Malvinas y, en 1969, el primero que envió imágenes desde Cuba. Realizó también documentales institucionales por encargo y cubrió diferentes rubros técnicos en numerosas realizaciones. Pero siempre se negó a hacer publicidad. En 1971, con la producción de un norteamericano progresista, William Susman, realizó el documental  México, la revolución congelada, que fue premiado en varios festivales internacionales. En otro país, la repercusión internacional de  México… hubiera significado la culminación de una carrera intensa y sorprendente. En la Argentina, en cambio, la película fue prohibida en 1971, por la dictadura del general Lanusse.

 Su inicial simpatía por el Partido Comunista argentino no tardó en evaporarse. Detestaba la burocracia, desconfiaba de los intelectuales de café y admiraba al Che. Quería hacer la Revolución y quería hacer buen cine. Se relacionó con el PRT/ERP y se convirtió en un cineasta militante. Poco después, con un grupo de compañeros, crearon el grupo Cine de la Base, que no era un área propia de la organización liderada por Santucho, pero adhería a su política. Realizaron algunos documentales firmados por el PRT/ERP como Comunicado Nº 2, dedicado al asalto del Banco Nacional de Desarrollo (Banade) en 1972; Comunicado Nº 5, sobre el secuestro del cónsul inglés Stanley Silvestre, que fue canjeado por alimentos repartidos en barrios populares, o Ni olvido ni perdón, que desmentía la versión oficial sobre la Masacre de Trelew. Cine de la Base filmó otros comunicados y testimonios que, hasta hoy, continúan perdidos.

 En 1973, dirigió Los traidores, un largometraje de ficción dedicado a la corrupción de las dirigencias sindicales. Se exhibió en forma más o menos clandestina, obtuvo buenos comentarios de los críticos referenciales del medio (como Homero Alsina Thevenet) y generó apasionadas polémicas estético-políticas tanto en el exterior como entre la militancia setentista.

 Como el film termina con la muerte del dirigente sindical corrupto, hubo quienes, de manera descabellada, interpretaron que la película proponía esa clase de soluciones a los problemas político-sindicales. Lógicamente, el film fue prohibido y perseguido: “Los traidores sigue siendo uno de los verdaderos casos extremos del cine mundial: muerte para su realizador, destierro para buena parte de los actores y técnicos involucrados, desgracia para quienes no pudieron irse, silencio y consecuente olvido para todo el conjunto”.

 Al año siguiente hicieron  Me matan si no trabajo y si trabajo me matan, un documental con una estética a la vez innovadora y sólida que todavía hoy sorprende por su belleza y eficacia narrativa. Esta vez el tema del film eran los obreros que trabajaban en una fábrica de acumuladores para autos: los que no morían de saturnismo quedaban arruinados.

 Un huracán de ojos claros. Durante años su obra estuvo tan desaparecida como su cuerpo. Hasta que a principios de los ’90, Fernando Peña consiguió una copia deteriorada de  Los traidores, la restauró y comenzó a exhibirla. Después, con Carlos Vallina, publicaron el hermoso libro  El cine quema: Raymundo Gleyzer (Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2000) de donde están tomadas las citas de esta nota. Ernesto Ardito y Vilma Molina hicieron el documental Raymundo  (ver:http://www.filmraymundo.com.ar ). Vinieron entonces los ciclos, los homenajes y la recuperación de su obra para las nuevas generaciones, que nada sabían de él.

 Gleyzer era un hombre público, estaba expuesto y la dictadura andaba detrás de él. Después de una operación de columna, viajó a los Estados Unidos (en donde lo contrataron para hacer un par de films institucionales) y regresó a la Argentina. Lo secuestraron una semana después. Tenía apenas 35 años y una obra extensa. Como dijo Fernando Birri, su pensamiento “era tan transparente y tan clarividente como correspondía a sus ojos de agua, es decir, realmente veía bajo el agua”.

Por Hernán Invernizzi
Fuente: Miradas al sur
Más informaciónhttp://sur.elargentino.com

El Che y los mercenarios






Me dicen que Perón se ponía medio cachondo cuando hablaba del Che. Sonreía a toda boca y contaba: “Me vino a ver a Madrid y me preguntó si yo no tenía gente para la revolución. Y le contesté que no tenía”. Si fue así, tal vez haya sido el más grande error de apreciación del Che. Dos argentinos. De distintas generaciones. Uno murió en la acción, el otro en la cama abanicado por López Rega e Isabelita, mientras Ruckauf lloraba en un saloncito privado. Mientras Rodríguez Saá, De la Sota, Romerito, Barrionuevo y cierta mafia bonaerense se disputan los desechos del peronismo y Reutemann hace calentar sillas, el Che es cada vez más mito. En casi todos los dormitorios de la juventud, en vez del crucificado de ayer está su foto. El Cristo de la Revolución. A él lo crucificaron los norteamericanos con la ayuda de pobres mercenarios bolivianos sin calzoncillos.

Nos faltaba a los argentinos esa figura que poseían los mexicanos con Emiliano Zapata y los nicaragüenses con Sandino. Los convencidos de sus muertes. Los altruistas.
Teníamos otros, pero ningún Emiliano, ningún Augusto César, hasta que vino el Che. Y ya estamos a la par. Los tres asesinados, los tres liberadores, los tres que fueron siempre al frente. En tres pueblos de burócratas, mentirosos, putañeros, ladrones, cagados y cagones, de pronto ellos. Emiliano, Sandino y el Che. Ahí, en los bosques, las pampas, las villas.
Pero en monumentos, no. Acabo de venir del sur y nosotros los argentinos preferimos los monumentos a los que nos enseñaron la angurria y el racismo: por todos lados Roca y el perito Moreno, el perito Moreno y Roca. Aquel perito Moreno porque marcó definitivamente las fronteras del egoísmo con Chile y decía que los mapuches tienen “cara de sapo” y que creó la Liga Patriótica Argentina que en la Semana Trágica les enseñó a los judíos del Once a aprender que nosotros somos “argentinos y católicos”; y ese general Roca que fue a Londres a vanagloriarse de cómo había eliminado al “salvaje” y conquistado sus tierras para el negocio internacional. Los ingleses siguieron al pie de la letra y después en sus estancias eliminaron al tehuelche con sus famosos “cazadores de indios”. Gloria y loor, al perito, perito, perito y a Roca, Julio Argentino.
Pero nos quedamos con el Che. Con él no podemos hacer ni una interpretación sociológica ni politológica. No podemos decir que se equivocó. Era así. Tenía consagrada en la mirada la luz de los mártires. Y por undécima vez me voy a arrepentir por escrito cuando el 4 de enero de 1960, en aquella entrevista interminable, después que el Che nos explicó cómo había que hacer la revolución en la Argentina, yo le planteé lo casi invencible que era la represión argentina: policía, ejército, aeronáutica, marina y la derecha de los infinitos alcahuetes de la SIDE. Recuerdo sus ojos grandes mirándome con tristeza: “Son todos mercenarios”, fue su respuesta.
Claro, ¡cómo yo le voy a explicar los peligros al Che Guevara! Hago aquí mi autocrítica sentimental. ¿Cómo yo le puedo decir tan luego al Che que los uniformados que nos dio el egoísmo de nuestra sociedad pueden ser un peligro para sus ideales? No, fue un abuso de mi parte, una pequeñez, un atajo burguesito. El me siguió mirando con triste mirada. Claro, Ernesto Che, son todos mercenarios, no los puedes considerar ni como enemigos.
A él lo quisieron matar en vano los mercenarios y pasaron a la historia como meros asesinos, como los que en nuestro país quisieron matar en vano a los treinta mil mejores jóvenes de nuestra historia. Ya están muertos para siempre, los Videla y Massera, viviendo el resto de sus miserables vidas encerrados en sus propios excrementos de verdugos.
El Che fue el héroe máximo de una época de liberación. Hoy, los héroes de la dignidad del pueblo son los oradores de las asambleas en las calles, de los piquetes de los suburbios populosos y humillados, son los obreros que han tomado las fábricas abandonadas y producen el pan de todos los días con manos ágiles y mentes formadas en la solidaridad y el altruismo. Como el Che, en un mundo rodeado de mafias, caudillejos que se alían a criminales de uniforme, Jaunarenas que marcan el paso al lado de los militares asesinos que miran torvos a ver dónde pueden volver a repetir sus batallas contra el pueblo. Hadades que soban el lomo a los uniformados y civiles alcahuetes que vigilan que no se toque el poder de la injusticia y la desigualdad.
El Che, héroe argentino y latinoamericano para la eternidad. Sus asesinos son todavía los dueños de la tierra. Pero no han podido destrozar el símbolo, por más remeras que han producido. Está ahí, ni Dios ni tirano, un Hijo del Pueblo que no se calló la boca ni pactó nunca ante los mercenarios.


Por Osvaldo Bayer